Karl Marx/Friedrich Engels

Síntomas de la guerra que se avecina –

Alemania se arma

[“New-York Daily Tribune” nº 5631 del 9 de mayo de 1859]

Londres, 22 de abril de 1859

Cuando los estudiantes de las universidades alemanas son expulsados, a eso de las once de la noche, por las autoridades académicas de sus diversas cervecerías, las distintas corporaciones de los corps estudiantiles, si el tiempo lo permite, suelen reunirse en la plaza del mercado. Allí, los miembros de cada corporación o “color” inician un juego de “pullas” con estudiantes de otro color, con el objetivo de provocar uno de esos frecuentes y no muy peligrosos duelos que constituyen una de las características principales de la vida estudiantil. En estas controversias preparatorias sobre la plaza del mercado, el gran arte consiste en distribuir los golpes en la refriega verbal con tal habilidad que no contengan ningún insulto directo o formal, pero que al mismo tiempo irriten al adversario al máximo, hasta que este, finalmente, pierda la paciencia y profiera aquel insulto convencional y formal que obliga a desafiarlo.

Este preludio ha sido puesto en práctica durante algunos meses por Austria y Francia. Francia lo inició el 1 de enero de este año y Austria no se quedó sin respuesta. De palabra en palabra, de gesto en gesto, los adversarios se acercaban a un desafío; sin embargo, la etiqueta diplomática exige que semejante juego se lleve hasta el final. Así pues, hubo propuestas y contrapropuestas, concesiones, condiciones, restricciones y subterfugios sin fin.

La pulla diplomática adoptó por último la forma siguiente: El 18 de abril, Lord Derby declaró en la Cámara de los Lores que Inglaterra emprendía un último intento, tras cuyo fracaso pondría fin a sus esfuerzos mediadores. Ya tres días después, el 21 de abril, el “Moniteur” declaró que Inglaterra había hecho a las otras cuatro grandes potencias las siguientes propuestas: 1. Antes del congreso deberá efectuarse un desarme general y simultáneo. 2. El desarme será regulado por una comisión militar o civil, independiente del congreso. (Esa comisión se compondrá de seis miembros, entre ellos un representante de Cerdeña.) 3. En cuanto la comisión haya iniciado sus trabajos, el congreso se reunirá y comenzará la discusión de las cuestiones políticas. 4. Los representantes de los Estados italianos serán invitados por el congreso, inmediatamente después de su reunión, a ocupar sus escaños junto a los representantes de las grandes potencias, exactamente como en el congreso de 1821. Al mismo tiempo, el “Moniteur” anunció que Francia, Rusia y Prusia habían dado su consentimiento a las propuestas de Inglaterra, y un telegrama procedente de Turín regocijó a las diversas bolsas de Europa con la grata noticia de que el Piamonte había sido inducido por Luis Napoleón a hacer lo mismo. Hasta aquí, las cosas parecían inusitadamente pacíficas, y parecía haber esperanzas de que todos los obstáculos para el congreso fueran eliminados. En realidad, sin embargo, el plan era bastante transparente. Francia no estaba aún “en condiciones” de emprender la lucha. Austria, sin embargo, sí lo estaba. Para no dejar dudas sobre sus verdaderas intenciones, Luis Napoleón hizo saber por su prensa oficiosa que este desarme sólo concernía a Austria y al Piamonte, ya que Francia no podía desarmarse porque no se había armado; al mismo tiempo redactó sus artículos en su periódico oficial, el “Moniteur”, de tal manera que no dio promesa alguna de incluir a Francia en el “principio del desarme”. Su paso siguiente debía consistir, evidentemente, en convertir la afirmación oficiosa de que Francia no se había armado en una declaración oficial, con lo cual la cuestión habría sido desviada con éxito al ilimitado terreno de los detalles militares, en el que es fácil prolongar una controversia semejante casi indefinidamente mediante afirmaciones, contraafirmaciones, exigencias de pruebas, desmentidos, réplicas oficiales y otros ardides parecidos. Entretanto, Luis Napoleón podría terminar sus preparativos con toda tranquilidad, de los cuales podría decir, según su nuevo principio, que no constituyen un armamento, pues no pide soldados (a los que puede llamar a filas en cualquier momento), sino material y nuevas formaciones. Él mismo ha declarado que sus preparativos de guerra no estarán terminados antes del próximo 1 de junio. De hecho, tendría que terminar sus preparativos el 15 de mayo y llamar a filas ese día a sus soldados licenciados, para que, con ayuda de los ferrocarriles, estén en sus cuerpos el 1 de junio. Sin embargo, se puede suponer con buenas razones que, debido al colosal desorden, despilfarro, soborno y malversación que, según el buen ejemplo dado por la corte, reinan en la administración militar francesa, la puesta a punto del material necesario no estará terminada por completo ni siquiera en el plazo fijado originalmente. Sea como fuere, lo cierto es que cada semana de retraso supone tanto ganancia para Luis Napoleón como pérdida para Austria, que, a consecuencia de semejante interludio diplomático, no sólo tendría que abandonar las ventajas militares obtenidas gracias a su delantera en los armamentos, sino que además se vería aplastada por los inmensos gastos necesarios para mantener su actual estado de preparación bélica.

Plenamente consciente de esta situación, Austria no sólo ha rechazado la propuesta inglesa de celebrar un congreso en las mismas condiciones que en Laibach, sino que también ha hecho sonar la primera señal de guerra. En nombre de Austria, el general Gyulay ha entregado a la corte de Turín un ultimátum en el que se insiste en el desarme y la licencia de los voluntarios, concediendo al Piamonte sólo tres días de plazo para tomar una decisión, transcurridos los cuales sería declarada la guerra. Al mismo tiempo, dos divisiones más del ejército austríaco, con una fuerza de 30.000 hombres, han sido enviadas al Tesino. Así pues, en el plano diplomático, Napoleón ha conseguido poner a Austria contra las cuerdas, obligándola a pronunciar primero la palabra sacramental: la declaración de guerra. No obstante, si ahora Austria no se ve movida por notas amenazadoras procedentes de Londres y San Petersburgo a retirar sus pasos, puede ocurrir que la victoria diplomática de Bonaparte le cueste el trono.

Entretanto, la fiebre bélica se ha apoderado también de otros Estados. Las potencias alemanas menores, que con razón se sienten amenazadas por los preparativos de Luis Napoleón, han expresado sentimientos nacionales como no se habían vuelto a oír en Alemania desde 1813 y 1814. Actúan en consonancia con esos sentimientos. Baviera y los Estados limítrofes organizan nuevas formaciones, llaman a filas a los reservistas y a la Landwehr. Los cuerpos de ejército séptimo y octavo del ejército federal alemán (aportados por estos Estados), que oficialmente deben tener una fuerza de 66.000 soldados para el servicio de campaña y 33.000 hombres en la reserva, entrarán muy probablemente en guerra con 100.000 soldados activos y 40.000 de reserva. Hannover y los demás Estados del norte de Alemania, que proporcionan el décimo cuerpo, se arman en la misma medida y fortifican al mismo tiempo sus costas contra los ataques por mar. Prusia, cuyo equipo bélico ha sido elevado a un nivel de rendimiento más alto que nunca gracias a los preparativos realizados durante la movilización de 1850 y después de ella, se prepara desde hace algún tiempo, con toda calma, para una movilización de su ejército; arma a su infantería cada vez más con el fusil de aguja, dota actualmente a toda la artillería de a pie de piezas de a doce libras y pone al mismo tiempo sus fortalezas del Rin en estado de guerra. Ha dado orden a tres cuerpos de ejército de mantenerse en estado de guerra. La actividad de Prusia en la Comisión Militar Federal de Francfort es también una clara prueba de que es muy consciente del peligro que la amenaza por la política de Luis Napoleón. Y aunque su gobierno aún se muestra vacilante, la opinión pública está completamente alerta. Luis Napoleón se verá obligado, sin duda, a constatar que Alemania se enfrenta a Francia unánime y resuelta como nunca, y ello en un momento en que entre alemanes y franceses hay menos hostilidad que nunca.