Karl Marx

Spree und Mincio

["Das Volk" n. 8, 25 de junio de 1859]

Voltaire, como se sabe, tenía en Ferney cuatro monos a los que había puesto los nombres de sus cuatro adversarios literarios, Freron, Beaumelle, Nonnotte y Franc de Pompignan. No pasaba un día sin que el poeta los alimentara con su propia mano, los regalara con puntapiés, los pellizcara las orejas, les pinchara las narices con agujas, les pisara el rabo, los metiera en capuchas de cura y los maltratara de todas las maneras imaginables. Estos monos de la crítica le eran al viejo de Ferney tan necesarios para descargar su bilis, satisfacer su odio y aplacar su miedo a las armas de la polémica como lo son hoy para Luis Bonaparte en Italia los monos de la revolución. También a los Kossuth, Klapka, Vogt, Garibaldi se los alimenta, se los provee de collares de oro, se los mantiene bajo siete llaves, ya se los acaricia, ya se los obsequia con puntapiés, según que en el humor de su amo predominen el odio o el miedo a la revolución. Los pobres monos de la revolución han de ser también sus rehenes; han de garantizar al hombre del dos de diciembre el armisticio del partido revolucionario, para que pueda, sin estorbos, destruir los arsenales de las bombas orsinianas y caer por sorpresa en su propio campamento sobre el enemigo ante el que tanto tiempo tembló en las Tullerías, para estrangularlo.

El Imperio
ha de significar de nuevo la paz
, o no vale la pena haber cometido tantas infamias, haber jurado tantos perjurios y haber soportado tantas humillaciones para fundarlo. Un imperio al que las bombas revolucionarias, las sociedades secretas, los burgueses insolentes y los soldados indisciplinados hacen inseguro, es insoportable. ¡Marchons! ¡Adelante! ¡Aquí está la gloria, aquí están las ideas napoleónicas, la libertad, la nacionalidad, la independencia, todo cuanto queráis, pero marchons, marchons!

La idea de convertir Italia en una ratonera de la revolución es bastante rebuscada; solo que no puede llevarse a cabo por la sencilla razón de que todo aquel que se deje atrapar, en el mismo instante en que muerde el anzuelo, deja de tener importancia alguna para el partido revolucionario. Querer cerrar el cráter de la revolución arrojando de cabeza en él a los señores Kossuth, Klapka, Vogt y Garibaldi es verdaderamente infantil y solo contribuye a acelerar la erupción.

Aunque con su ayuda se lograra extinguir una bomba orsiniana en Italia, otra estallará en Francia, en Alemania, en Rusia o dondequiera que sea; pues la necesidad y la necesidad natural de la revolución son tan generales como la desesperación de los pueblos pisoteados sobre los que habéis edificado vuestro trono, como el odio de los proletarios despojados, con cuya miseria habéis hecho un juego tan divertido. Y solo cuando la revolución se haya convertido en fuerza elemental, incalculable e inevitable como el rayo, cuyo trueno no oís hasta que su mortífero proyectil ha sido lanzado irrevocablemente, solo entonces será seguro su estallido.

Dónde y cómo se produzca ese estallido es de poca importancia. Lo principal es que se produzca. Esta vez parece estar destinada Prusia a dar, a su pesar, expresión a la necesidad revolucionaria general. El Príncipe Regente, que por sí mismo «nunca dijo nada estúpido y nunca hizo nada sensato», es obligado por puro amor al conservadurismo a asumir seriamente el papel revolucionario, con el que Luis Bonaparte, por miedo, afectación y capricho, no hace sino coquetear.

La mediación armada de Prusia
, es decir, su alianza con Austria,
significa la revolución
.

El sentimiento general de la prensa berlinesa demuestra que la neutralidad con la movilización del ejército ha sido abandonada como una posición insostenible. Con toda razón observa la "National-Zeitung", el órgano de las veleidades liberales del gabinete:

«La neutralidad puede ser, en las actuales circunstancias, un papel apropiado para Bélgica, Holanda o Suiza; para Prusia, la neutralidad es la muerte.»

Si Bonaparte logra realizar sus magnánimas intenciones sobre Italia, aun cuando la guerra quede localizada y no resulte de ella una adquisición territorial directa para Francia, no tendría como consecuencia, según el mismo periódico, más que un protectorado militar francés sobre toda la península. Con ello, la hegemonía ruso-francesa sobre el continente europeo, que en los tres últimos años ya se ha hecho tan sensible, se fortalecería hasta tal punto que en cualquier momento podría proceder al reparto del poder proclamado en Santa Elena. El nuevo Imperio muestra enteramente las tendencias del primero y se halla en una situación aún más favorable, ya que no es empujado desde fuera y puede, por tanto, elegir a su antojo el momento, el lugar y la ocasión para aislar a sus adversarios y aniquilarlos luego en detalle. Para frustrar el éxito de este plan de batalla, llevado hasta ahora con tanto tacto, Prusia se ve obligada a marchar con Austria, en modo alguno con la intención de tomar partido por la política de los Habsburgo, sino para luchar por su propia existencia.

Este es, aproximadamente, el contenido del artículo citado, que es considerado como programa de la política de la regencia. En el éxito del último intento de mediación, del que está encargado el señor von Werther, no cree nadie. Sin embargo, si Napoleón consintiera una paz que, en el mejor de los casos, no haría sino dar nuevo pábulo al descontento de sus oficiales y soldados, ya no sería necesario combatirlo. Entonces se podría decir de él lo que Horace Walpole dijo del diplomático sardo marqués de Very: está muerto, pero desea que se mantenga en secreto por unos cuantos días. Por mucho tiempo no lo conseguiría.

Si fracasa esta mediación, que difícilmente se ha emprendido en serio, entonces las batallas entre la tiranía napoleónica y el despotismo de los Habsburgo se librarán en el Mincio, pero las batallas de la libertad se librarán en el Oder y el Vístula. Ya se hallan concentradas en Kalisch, a dos leguas de la frontera prusiana, ingentes masas de tropas. Un cuerpo de ejército prusiano ha sido anunciado para su paso hacia el Rin a través de Hannover, otro se mueve hacia el sur, y los comandantes de los diversos cuerpos federales han sido convocados a una conferencia militar en Berlín. Todas estas medidas se refieren únicamente a la movilización de la vanguardia. El
ejército
que ha de librar la lucha contra Francia y Rusia no existe todavía y solo puede ser reclutado del pueblo, no del pueblo que declama los poemas teutónicos del teutón Luis, sino del pueblo que se levanta con toda la energía aniquiladora del entusiasmo revolucionario. Si no se logra despertar ese entusiasmo, entonces la movilización de los Hohenzollern, la mediación armada, la declaración de guerra, la conducción de la guerra, etc., se basan en el cálculo infantil del negro de la Costa de Oro que cree asestar un golpe mortal a su enemigo cuando logra colgarse del poste de la puerta de éste.