Great Trouble in Indian Finances

Londres, 8 de abril de 1859

La crisis financiera india, que en este momento comparte con los rumores de guerra y la agitación electoral el privilegio de absorber el interés público en Inglaterra, ha de ser considerada desde un doble punto de vista. Implica a la vez una necesidad pasajera y una dificultad permanente.

El 14 de febrero, Lord Stanley presentó en la Cámara de los Comunes un proyecto de ley que autorizaba al Gobierno a levantar un empréstito de 7.000.000 de libras esterlinas en Inglaterra, a fin de cubrir los gastos extraordinarios de la administración india para el año en curso. Unas seis semanas más tarde, las autocongratulaciones de John Bull en cuanto al reducido coste de la rebelión india se vieron bruscamente interrumpidas por la llegada del correo de la India, que traía un grito de socorro financiero del Gobierno de Calcuta. El 25 de marzo, Lord Derby se levantó en la Cámara de los Lores para declarar que haría falta un nuevo empréstito para la India de 5.000.000 de libras esterlinas, además del de 7.000.000 ahora sometido al Parlamento, a fin de hacer frente a las exigencias del presente año, y que incluso entonces, ciertas reclamaciones por indemnizaciones y botines de guerra, que ascendían como mínimo a 2.000.000 de libras, quedarían por pagar con algún recurso aún no visible. Para hacer las cosas agradables, Lord Stanley, en su primera declaración, solo había provisto para las necesidades de la Tesorería india en Londres, dejando al Gobierno británico en la India librado a sus propios recursos, los cuales, por los despachos recibidos, no podía sino saber que distaban de ser suficientes. Prescindiendo por completo de los gastos del Gobierno metropolitano, o de la administración india en Londres, Lord Canning calculaba el déficit del Gobierno de Calcuta para el año en curso de 1859-60 en 12.000.000 de libras, después de contar con un aumento de los ingresos ordinarios de 800.000 libras y una disminución de los gastos militares de 2.000.000 de libras. Tal era su penuria que había dejado de pagar a parte de su servicio civil; tal era su crédito que los títulos del Gobierno al 5 por ciento se cotizaban con un descuento del 12 por ciento; y tal era su apuro que solo podía salvarse de la bancarrota mediante el envío de Inglaterra a la India de 3.000.000 de libras en plata en el plazo de unos pocos meses. Se hacen así evidentes tres puntos. Primero: la declaración original de Lord Stanley fue una «artimaña» y, lejos de abarcar todas las obligaciones indias, ni siquiera tocaba las necesidades inmediatas del Gobierno indio en la India. Segundo: durante todo el período de la insurrección, si exceptuamos el envío desde Londres en 1857 de 1.000.000 de libras en plata a la India, el Gobierno de Calcuta se vio abandonado a su suerte, obligado a sufragar con sus propios recursos la parte principal de los gastos extraordinarios de guerra que, naturalmente, habían de ser desembolsados en la India: para el alojamiento en barracones de unos 60.000 europeos adicionales, para la restauración de los tesoros saqueados y para la reposición de todas las rentas de las administraciones locales que habían sido barridas. Tercero: existe, con independencia de las necesidades del Gobierno metropolitano, un déficit de 12.000.000 de libras al que hay que hacer frente en el presente año. Mediante operaciones en cuya cuestionable naturaleza nos abstenemos de detenernos, esta suma ha de quedar reducida a 9.000.000, de los cuales 5.000.000 han de ser tomados en préstamo en la India y 4.000.000 en Inglaterra. De estos últimos, 1.000.000 en lingotes de plata ya ha sido enviado de Londres a Calcuta, y otros 2.000.000 más han de despacharse en el plazo más breve posible.

Se verá por esta sucinta exposición que el Gobierno indio fue tratado de manera muy injusta por sus amos ingleses, quienes lo dejaron en la estacada a fin de echar polvo a los ojos de John Bull; pero, por otra parte, hay que admitir que las operaciones financieras de Lord Canning superan en torpeza incluso a sus hazañas militares y políticas. Hasta finales de enero de 1859, había logrado procurarse los medios necesarios mediante empréstitos en la India, emitidos en parte como títulos de deuda pública y en parte como letras del Tesoro; pero, cosa extraña, mientras sus esfuerzos habían dado resultado durante la época de la rebelión, fracasaron por completo a partir del momento en que la autoridad inglesa fue restaurada por la fuerza de las armas. Y no solo fracasaron, sino que se produjo un pánico respecto a los valores del Gobierno; hubo una depreciación sin precedentes en todos los fondos, con protestas de las Cámaras de Comercio de Bombay y Calcuta y, en esta última ciudad, asambleas públicas compuestas por especuladores ingleses y nativos, que denunciaban la vacilación, el carácter arbitrario y la impotente imbecilidad de las medidas del Gobierno. Ahora bien, el capital prestable de la India, que hasta enero de 1859 había provisto de fondos al Gobierno, comenzó a escasear después de ese período, cuando la capacidad de endeudamiento parece haberse agotado. De hecho, los empréstitos globales, que de 1841 a 1857 ascendieron a 21.000.000 de libras, absorbieron en los dos años de 1857 y 1858 solos alrededor de 9.000.000, equivalentes a casi la mitad del dinero tomado en préstamo durante los dieciséis años precedentes. Semejante agotamiento de los recursos, aunque explica la necesidad de elevar sucesivamente la tasa de interés de los empréstitos del Gobierno del 4 al 6 por ciento, está, desde luego, lejos de explicar el pánico comercial en el mercado indio de valores públicos y la total incapacidad del Gobernador General para hacer frente a las necesidades más urgentes. El enigma se resuelve por el hecho de que se ha convertido en una maniobra habitual de Lord Canning lanzar nuevos empréstitos a tipos de interés más altos que los otorgados a los empréstitos abiertos existentes, sin previo aviso al público y con la mayor incertidumbre reinante en cuanto a las ulteriores operaciones financieras contempladas. La depreciación de los fondos, a consecuencia de estas maniobras, se ha calculado en no menos de 11.000.000 de libras. Acuciado por la penuria del Erario, atemorizado por el pánico en el mercado de valores y espoleado por las protestas de las Cámaras de Comercio y de las asambleas de Calcuta, Lord Canning consideró lo mejor portarse bien y tratar de satisfacer los desiderata de la mentalidad monetaria; pero su notificación del 21 de febrero de 1859 demuestra de nuevo que el entendimiento humano no depende de la voluntad humana. ¿Qué se le exigía que hiciera? No abrir simultáneamente dos empréstitos en condiciones distintas y comunicar de una vez al público monetario la suma requerida para el año en curso, en lugar de engañarlo con anuncios sucesivos, uno contradictorio del otro. ¿Y qué hace él en su notificación? En primera instancia dice que se ha de levantar mediante empréstito en el mercado indio, para el año 1859-60, la suma de 5.000.000 de libras, al 5 1/2 por ciento, y que

«cuando esta suma se haya realizado, el empréstito de 1859-60 se cerrará, y no se abrirá ningún otro empréstito en la India durante ese año».

En la misma proclamación, barriendo por completo el valor de las garantías que acaba de dar, prosigue:

«No se abrirá en la India, en el curso del año 1859-60, ningún empréstito que devengue un tipo de interés más alto, a menos que medien instrucciones del Gobierno metropolitano».

Pero eso no es todo. De hecho, abre un doble empréstito en condiciones diferentes. Al tiempo que anuncia que «la emisión de letras del Tesoro en los términos notificados el 26 de enero de 1859 se cerrará el 30 de abril», proclama «que se notificará una nueva emisión de letras del Tesoro a partir del 1 de mayo», que devengarán un interés de casi el 5 3/4 por ciento y serán reembolsables al cabo de un año desde la fecha de emisión. Ambos empréstitos se mantienen abiertos al mismo tiempo, en tanto que, simultáneamente, el empréstito abierto en enero aún no ha sido concluido. El único asunto financiero que Lord Canning parece capaz de comprender es que su salario anual asciende nominalmente a 20.000 libras y, de hecho, a unas 40.000. De ahí que, pese a las pullas del Gabinete Derby y a su notoria incapacidad, se aferre a su puesto por «un sentimiento del deber».

Los efectos de la crisis financiera india en el mercado interno inglés ya se han hecho patentes. En primer lugar, las remesas de plata por cuenta del Gobierno, que vienen a sumarse a las cuantiosas remesas por cuenta mercantil, y que faltan en un momento en que los suministros ordinarios de plata de México están retenidos a consecuencia de la situación de desorden de ese país, han hecho subir, como es natural, el precio de la plata en barras. El 25 de marzo había subido al precio ficticio de 62 1/4 peniques por onza estándar, provocando tal afluencia de plata de todas las partes de Europa que el precio en Londres volvió a bajar a 62 3/8 peniques, mientras que la tasa de descuento en Hamburgo subió del 2 1/2 al 3 por ciento. A consecuencia de estas fuertes importaciones de plata, los cambios se han vuelto contra Inglaterra y se ha iniciado una salida de oro en lingotes que, por el momento, solo alivia al mercado monetario londinense de su plétora, pero que a la larga puede afectarlo seriamente, unida, como lo estará, a cuantiosos empréstitos continentales. La depreciación, sin embargo, en el mercado monetario de Londres, de los títulos del Gobierno indio y de los valores ferroviarios garantizados, por perjudicial que haya de resultar para los empréstitos gubernamentales y ferroviarios que aún han de presentarse en el curso de esta temporada, es ciertamente el efecto más grave hasta ahora en el mercado interno resultante de la crisis financiera india. Las acciones de muchas líneas férreas indias, aunque el Gobierno garantiza sobre ellas un interés del 5 por ciento, están hoy al 2 o 3 por ciento de descuento.

Con todo, sin embargo, considero el momentáneo pánico financiero indio como un asunto de importancia secundaria, comparado con la crisis general del Erario indio, que quizá pueda examinar en otra ocasión.

Londres, 12 de abril de 1859

El último correo de la India, lejos de mostrar atenuación alguna de la crisis financiera en la India, revela un estado de desarreglo apenas previsto. Los expedientes a los que se ve empujado el Gobierno indio para hacer frente a sus necesidades más urgentes pueden ilustrarse mejor con una medida reciente del Gobernador de Bombay. Bombay es el mercado donde el opio de Malwa, que promedia 30.000 cajones al año, encuentra su salida mediante remesas mensuales de 2.000 o 3.000 cajones, por los cuales se giran letras sobre Bombay. Al gravar cada cajón importado en Bombay con 400 rupias, el Gobierno obtiene una renta anual de 1.200.000 libras esterlinas sobre el opio de Malwa. Ahora, para rellenar su exhausto Erario y conjurar la bancarrota inmediata, el Gobernador de Bombay ha publicado una notificación que eleva el derecho sobre cada cajón de opio de Malwa de 400 a 500 rupias; pero, al mismo tiempo, declara que este derecho incrementado no se recaudará hasta después del 1 de julio, de modo que los tenedores de opio en Malwa tienen el privilegio de introducir la droga bajo los antiguos derechos durante cuatro meses más. Entre mediados de marzo, en que se publicó la notificación, y el 1 de julio median solo dos meses y medio durante los cuales puede importarse opio, ya que el monzón se inicia el 15 de junio. Los tenedores de opio en Malwa, naturalmente, se aprovecharán del intervalo que se les concede para enviar opio con los antiguos derechos; y, en consecuencia, durante los dos meses y medio vuelcan en la Presidencia todas las existencias que tienen en mano. Dado que el remanente de opio, de las cosechas vieja y nueva, que queda en Malwa asciende a 26.000 cajones, y el precio del opio de Malwa alcanza 1.250 rupias por cajón, los comerciantes de Malwa tendrán que girar sobre los comerciantes de Bombay por una suma no inferior a 3.000.000 de libras, de las cuales más de 1.000.000 ha de ingresar en la Tesorería de Bombay. La finalidad de esta artimaña financiera es transparente. Con miras a anticipar los ingresos anuales procedentes del derecho sobre el opio, e inducir a los negociantes del artículo a pagarlo de inmediato, se blande prospectivamente un aumento del derecho in terrorem. Si bien sería del todo superfluo extenderse sobre el carácter empírico de este artificio, que llena el Erario en el presente creando un vacío correspondiente dentro de unos pocos meses, no podría darse ejemplo más palmario del agotamiento de los recursos y los medios por parte de los sucesores del Gran Mogol.

Dirijamos ahora la atención al estado general de las finanzas indias, tal como ha surgido de la última insurrección. Según las últimas cuentas oficiales, los ingresos netos que obtienen los británicos de su granja india ascienden a 23.208.000 libras, digamos 24.000.000. Estos ingresos anuales nunca han bastado para sufragar los gastos anuales. De 1836 a 1850 el déficit neto ascendió a 13.171.096 libras, o, en un promedio aproximado, a 1.000.000 anual. Incluso en el año 1856, cuando el Erario se llenó excepcionalmente mediante las anexiones en masa, los latrocinios y las extorsiones de Lord Dalhousie, los ingresos y los gastos no cuadraban exactamente, sino que, por el contrario, un déficit de cerca de un cuarto de millón se añadió a la cosecha habitual de déficits. En 1857 la insuficiencia fue de 9.000.000 de libras, en 1858 ascendió a 13.000.000, y en 1859 el propio Gobierno de la India la calcula en 12.000.000. La primera conclusión a la que llegamos, pues, es que, incluso en circunstancias normales, los déficits se acumulaban, y que en circunstancias extraordinarias tienen que alcanzar dimensiones tales que lleguen a la mitad y más de los ingresos anuales.

La pregunta que se presenta a continuación es: ¿hasta qué punto ha sido ensanchada esta brecha ya existente entre los gastos y los ingresos del Gobierno de la India por los acontecimientos recientes? La nueva deuda permanente de la India resultante de la represión del motín es calculada por los financieros ingleses más optimistas en entre cuarenta y cincuenta millones de libras esterlinas, mientras que el Sr. Wilson calcula el déficit permanente, o el interés anual de esta nueva deuda que ha de sufragarse con los ingresos anuales, en no menos de tres millones. Sin embargo, sería un gran error creer que este déficit permanente de tres millones es el único legado dejado por los insurgentes a sus conquistadores. Los costos de la insurrección no solo están en pretérito, sino que son en alto grado prospectivos. Incluso en tiempos tranquilos, antes del estallido del motín, los gastos militares se tragaban por lo menos el sesenta por ciento del ingreso regular total, ya que excedían de 12.000.000 de libras; pero el estado de las cosas ha cambiado ahora. Al comienzo del motín la fuerza europea en la India ascendía a 38.000 hombres efectivos, mientras que el ejército nativo sumaba 260.000 hombres. Las fuerzas militares actualmente empleadas en la India ascienden a 112.000 europeos y 320.000 soldados nativos, incluida la policía nativa. Justo es decir que estas cifras extraordinarias se reducirán a un estándar más moderado con la desaparición de las circunstancias extraordinarias que las hincharon hasta su tamaño actual. No obstante, la comisión militar nombrada por el Gobierno británico ha llegado a la conclusión de que se necesitará en la India una fuerza europea permanente de 80.000 hombres, con una fuerza nativa de 200.000, con lo que los gastos militares se elevarán así a casi el doble de su nivel original. Durante los debates sobre las finanzas indias en la Cámara de los Lores, el 7 de abril, dos puntos fueron admitidos por todos los oradores con autoridad: por un lado, que un gasto anual con cargo a los ingresos de la India de poco menos de veinte millones solo para el ejército era incompatible con unos ingresos netos de solo veinticuatro millones; y, por otro lado, que era difícil imaginar un estado de cosas que, durante una serie indefinida de años, hiciera seguro para los ingleses dejar la India sin una fuerza europea del doble de la que tenía antes del estallido del motín. Pero supongamos incluso que bastara con añadir permanentemente a las fuerzas europeas no más de un tercio de su fuerza original, y obtenemos un nuevo déficit permanente anual de por lo menos cuatro millones de libras esterlinas. Así pues, el nuevo déficit permanente, derivado de un lado de la deuda consolidada contraída durante el motín, y de otro lado del aumento permanente de las fuerzas británicas en la India, no puede, según el cálculo más moderado, ser inferior a siete millones de libras esterlinas.

A esto hay que añadir otras dos partidas: una resultante de un aumento de los pasivos, la otra de una disminución de los ingresos. Según un estado reciente del Departamento de Ferrocarriles de la oficina de la India en Londres, resulta que la longitud total de ferrocarriles autorizados para la India es de 4.817 millas, de las cuales solo 559 millas están actualmente abiertas. El capital total invertido por las diferentes compañías ferroviarias asciende a 40.000.000 de libras esterlinas, de los cuales 19.000.000 están desembolsados y 21.000.000 están aún por exigir, habiéndose suscrito el 96 por ciento de la suma total en Inglaterra y solo el 4 por ciento en la India. Sobre este importe de 40.000.000 de libras, el Gobierno ha garantizado un interés del 5 por ciento, de modo que el interés anual a cargo de los ingresos de la India alcanza los 2.000.000 de libras, que han de pagarse antes de que los ferrocarriles estén en funcionamiento y antes de que puedan rendir ningún beneficio. El conde de Ellenborough calcula la pérdida que de esta fuente sufrirán las finanzas indias en los próximos tres años en 6.000.000 de libras esterlinas, y el déficit permanente último en estos ferrocarriles en medio millón anual. Por último, de los 24.000.000 de libras de ingresos netos de la India, la suma de 3.619.000 libras proviene de la venta de opio a países extranjeros, una fuente de ingresos que, según se admite ahora generalmente, tiene que verse considerablemente mermada por el reciente tratado con China. Resulta, pues, evidente que, aparte del gasto extraordinario aún necesario para completar la represión del motín, un déficit permanente anual de por lo menos 8.000.000 de libras habrá de ser sufragado con unos ingresos netos de 24.000.000 de libras, que el Gobierno tal vez, mediante la imposición de nuevos impuestos, logre elevar a 26.000.000. El resultado necesario de este estado de cosas será cargar sobre los hombros del contribuyente inglés la responsabilidad por la deuda de la India y, como declaró Sir G. C. Lewis en la Cámara de los Comunes,

«votar cuatro o cinco millones anuales como subsidio para lo que se llamaba una valiosa dependencia de la Corona británica».

Se admitirá que estos frutos financieros de la «gloriosa» reconquista de la India no tienen un aspecto seductor, y que John Bull paga derechos proteccionistas sumamente elevados para asegurar el monopolio del mercado indio a los librecambistas de Manchester.