Karl Marx

Quid pro Quo

I

["Das Volk" núm. 13 del 30 de julio de 1859]

El general Clausewitz, en un escrito sobre la campaña austro-francesa de 1799, observa que Austria sucumbió tantas veces porque la disposición de sus batallas, tanto en lo estratégico como en lo táctico, no estaba calculada para la conquista real de la victoria, sino más bien para la explotación de la victoria anticipada. Envolver al enemigo por ambas alas, cercarlo, diseminar el propio ejército hasta los puntos más remotos para cerrar todos los escondrijos al enemigo ya derrotado en la idea... éstas y otras medidas análogas para la explotación de la victoria fantástica fueron siempre los medios más prácticos para asegurar la derrota. Lo que vale para la dirección de la guerra de Austria vale para la diplomacia de Prusia.

Prusia había perseguido, indudablemente, desempeñar un gran papel con pequeños costos de producción. Un cierto instinto le decía que el momento de la hinchazón de las medianías era propicio. La Francia de los tratados de Viena, la Francia de Luis Felipe, había sido rebautizada de reino en imperio por simple decreto, sin que se hubiera movido una sola piedra fronteriza en Europa. En lugar de la campaña de Italia de 1796 y de la expedición a Egipto, la fundación de la sociedad de bribones del 10 de diciembre y la revista de las salchichas de Satory habían bastado para la parodia del 18 de Brumario mediante el 2 de diciembre. Prusia sabía que la ilusión de los campesinos franceses acerca de la resurrección del verdadero Napoleón no era compartida del todo por las grandes potencias. Se había convenido tácitamente que el aventurero que había de representar a Napoleón en Francia asumía un papel peligroso y podía, por tanto, volverse peligroso en cualquier momento para la Europa oficial. Francia podía soportar el

Imperio de pacotilla <Kaisertum de imitación> sólo bajo la condición de que Europa fingiera creer en la farsa. Se trataba, pues, de facilitar al comediante su papel y de asegurarle una eficaz claque en el patio de butacas y en la galería. Cada vez que las condiciones internas de Francia se volvían insostenibles —y dos años parecen ser el máximo del tiempo de rotación del imperio rococó en torno a su propio eje—, había que permitir al ex prisionero de Ham una aventura exterior. La parodia de algún artículo del programa napoleónico, ejecutable más allá de la frontera francesa, entraba entonces en el orden del día de Europa. El hijo de Hortense podía hacer la guerra, mas sólo con la divisa de Luis Felipe: «La France est assez riche pour payer sa gloire.» <«Francia es bastante rica para pagar su gloria.»> El viejo rey de Prusia <Federico Guillermo III>, el hombre de la cabeza sin seso, dijo en cierta ocasión que su Prusia se distinguía de la Prusia de Federico el Grande en que esta última se hallaba en abstracta oposición al cristianismo, mientras que la primera había superado la época de transición de la insípida Ilustración y había llegado a la comprensión profundamente interior de la Revelación. Así como el viejo Napoleón se aferraba al prejuicio racionalista chato de que una guerra sólo es favorable para Francia cuando el extranjero cosecha los gastos de ella, pero Francia los ingresos, su remplazante melodramático, en cambio, ha penetrado hasta la profundidad de la concepción de que Francia tiene que pagar por sí misma su gloria guerrera, de que la conservación de sus antiguas fronteras es una ley natural y de que todas sus guerras deben ser «localizadas», es decir, moverse dentro del estrecho margen de juego que Europa se digna asignarle cada vez para la representación de su papel. Sus guerras no son, por tanto, en realidad, más que sangrías periódicas de Francia, que la enriquecen con una nueva deuda pública y la estafan en un viejo ejército. Después de cada una de estas guerras aparecen, sin embargo, ciertas contrariedades. Francia está desazonada; pero Europa lo hace todo, ante todo, para quitarle las cuitas a la belle France <la hermosa Francia>. Representa el Barnum del Dutchfish <literalmente: pez holandés; aquí: grosero holandés>. Después de la guerra de Rusia, ¿no se lo revistió con todos los atributos teatrales del árbitro de Europa? ¿No viajó el barón de Seebach una y otra vez de Dresde a París y de París a Dresde? ¿No le sirvieron Orlov, el envenenador, y Brunnow, el falsificador? ¿No creyeron el príncipe de Montenegro y Jacobus Venedey en su plenitud de poder? ¿No se le permitió imponer las exigencias de Rusia bajo la firma de perfidias contra

Inglaterra? La paz rusa, sellada por Palmerston mediante la traición de Kars y la magnitud negativa de su propio general Williams, ¿no fue denunciada por el «Times» como una traición de Bonaparte a Inglaterra? ¿No resplandecía así a la luz de la cabeza más astuta de Europa? ¿No ocupó durante la guerra todas las capitales, si bien no del mundo moderno, sí del antiguo, y su bonachona evacuación de los Dardanelos no apuntaba a planes más profundos? El viejo Nap[oleón] recurría a lo más inmediato. La aparente resignación del Napoleón reeditado apunta a una insondabilidad maquiavélica. Sólo rechazaba lo bueno porque aspiraba a lo mejor. Finalmente, el tratado de paz de París, ¿no fue coronado por un «Avis» de Europa a los periodistas antibonapartistas de Bélgica, el Estado gigante?

Entre tanto, los dos años normales de la rotación propia de la Francia seudonapoleónica iban transcurriendo. Los representantes oficiales de Europa creyeron haber hecho, de momento, suficiente por la grandeza del hombre. Se le permitió navegar en pos de los ingleses a China y, por encargo de los rusos, instaurar al coronel Cuza en los principados del Danubio. Pero tan pronto como los tiernos límites entre el héroe y el pickelhäring que representa al héroe fueron confundidos, aunque sólo fuera por vía de ensayo, Luis Napoleón fue devuelto con sorna al terreno que le estaba asignado. Su intriga contra los Estados Unidos de Norteamérica, su intento de renovación del comercio de esclavos, sus amenazas melodramáticas contra Inglaterra, su manifestación antirrusa del canal de Suez que hubo de asumir por encargo de Rusia para justificar ante John Bull la oposición rusa de Palmerston al proyecto... todo esto reventó. Sólo frente al pequeño Portugal le fue permitido darse aires de grandeza, para poner en el relieve adecuado su pequeña actuación frente a las grandes potencias. La propia Bélgica comenzó a fortificarse, y hasta Suiza declamaba a Guillermo Tell. A las potencias oficiales de Europa les había ocurrido manifiestamente lo que tantas veces desorientó a los cultivadores de la astronomía en épocas anteriores: un falso cálculo del tiempo de rotación.

Mientras tanto, los dos años de la rotación propia del lesser Empire <imperio menor> habían expirado. Durante la primera rotación —de 1852 a 1854— se había producido una descomposición silenciosa que podía olerse, pero no oírse. La guerra rusa fue su safety valve <válvula de seguridad>. Distinto fue durante el turno de 1856 a 1858. El seudo-Bonaparte había sido arrojado de vuelta por el desarrollo interno

de Francia hasta el momento del golpe de Estado. Las granadas de Orsini habían relampagueado. El desdichado amante de miss Coutts había tenido que abdicar ante sus generales. Francia, hecho inaudito, fue dividida, según usanza española —la operación se realizó bajo el signo de Eugénie, aquejada de timpanitis—, en cinco capitanías generales. La instauración de una regencia transfirió de hecho el poder del Quasimodo imperialista a Pélissier, el asador orleanista de carne humana arábiga. Pero la renovada terreur <régimen de terror> no infundió terror alguno. En lugar de terrible, el sobrino holandés de la batalla de Austerlitz resultó grotesco. N’est pas monstre qui veut. <No cualquiera puede ser un monstruo. (V. Hugo, "Napoléon le petit".)> Montalembert pudo hacer de Hampden en París, y Proudhon proclamaba en Bruselas el luis-filipismo con un acte additionnel. El levantamiento de Chalon probó que el ejército mismo consideraba el Imperio restaurado como una pantomima cuyo acto final se aproximaba.

Luis Bonaparte había llegado otra vez al punto fatídico en que la Europa oficial debía comprender que el peligro de la revolución sólo podía conjurarse mediante la parodia de un nuevo artículo del viejo programa napoleónico. La parodia había comenzado con el fin de Napoleón, la campaña de Rusia. ¿Por qué no proseguirla con el comienzo de Napoleón, la campaña de Italia? De todas las personas europeas, Austria era la menos grata. Prusia tiene que vengar en ella el congreso de Varsovia, la batalla de Bronzell y la marcha al mar del Norte. Palmerston había autenticado desde siempre sus aspiraciones civilizatorias mediante el odio a Austria. Rusia veía con espanto que Austria volvía a anunciar los pagos al contado de su banco. Cuando en 1846, por primera vez desde tiempo inmemorial, el tesoro de Austria no presentó déficit, Rusia había dado la señal para la revolución de Cracovia. Finalmente, Austria era la bête noire (el hombre negro) de la Europa liberal. La segunda campaña anfiteatral de Atila, la de Luis Bonaparte, debía, pues, dirigirse contra Austria, bajo las condiciones conocidas: ningún costo de guerra, ninguna ampliación de las fronteras francesas, guerra «localizada» dentro de los límites de la sana razón, esto es, dentro del terreno necesario para una segunda sangría gloriosa de Francia.

Bajo estas circunstancias, ya que de todos modos se representaba una comedia, Prusia creyó llegado también para ella el momento de desempeñar un gran papel con autorización oficial y buen seguro

de vida. La paz de Villafranca la ha puesto en la picota, como víctima de un engaño, ante toda Europa. Con su gran progreso en el constitucionalismo —progreso demostrable en la progresión geométrica de su deuda pública—, ha creído oportuno cicatear la herida con un blue book of its own make (libro azul de hechura propia). En un artículo escucharemos su apología.

II

["Das Volk" núm. 14 del 6 de agosto de 1859]

Cuando la Prusia de la regencia habla tal como escribe, se explica fácilmente su talento, recién probado en la europea comedia de las equivocaciones, no sólo para malentender, sino también para ser malentendida. Guarda en ello cierta semejanza con Falstaff, que no sólo era ingenioso de por sí, sino que también era causa de ingenio en los demás.

El 14 de abril llegó a Berlín el archiduque Alberto, donde permaneció hasta el 20 de abril. Tenía que comunicar un secreto al regente <Guillermo I> y hacerle una propuesta. El secreto era el inminente ultimátum austríaco a Víctor Manuel. La propuesta consistía en una guerra del Rin. El archiduque Alberto debía operar con 260.000 austríacos y el cuerpo de la Confederación del sur de Alemania allende el Alto Rin, mientras que los cuerpos prusianos y del norte de Alemania formarían, bajo el mando supremo prusiano, un ejército septentrional en el Rin. En lugar de un «generalísimo de la Confederación», Francisco José y el príncipe regente decidirían conjuntamente desde un cuartel general único.

Prusia, con indignación contenida, rechazó de inmediato no sólo el plan de guerra, sino que «hizo al archiduque Alberto las más urgentes consideraciones en contra del proceder precipitado del ultimátum».

Cuando Prusia hace jugar la donkeypower <fuerza de asno> (como es sabido, la fuerza de las grandes máquinas se mide en horsepowers <fuerza de caballo>) de su locuaz astucia, nadie puede resistirse, y mucho menos un austríaco. El regente y sus cuatro satélites —Schleinitz, Auerswald, Bonin y el señor doctor Zabel— estaban «convencidos» de haber «convencido» a Austria.

«El archiduque Alberto», dice una declaración prusiana semioficial, «abandonó Berlín el 20 de abril; se creyó aplazado el audaz plan del momento… Pero —¡ay!— pocas horas después de su partida, el telégrafo de Viena anunciaba el envío del ultimátum.»

Tras estallar la guerra, Prusia se negó a declarar su neutralidad. Schleinitz nos revela, en un «Despacho a las misiones prusianas en las cortes alemanas, fechado en Berlín el 24 de junio», el secreto de esta heroica decisión.

«Prusia», susurra, «jamás ha abandonado su posición de *potencia mediadora*» (en otro despacho se dice *potencia de mediación*). «Su *empeño principal* desde el comienzo de la guerra se ha encaminado, más bien, a conservar esa *posición* rechazando *el aseguramiento de su neutralidad*, manteniéndose al margen de todo compromiso por *todos* lados y permaneciendo así *completamente imparcial y libre* para la *acción mediadora*.»

En otras palabras: Austria y Francia, las partes contendientes, se agotarán en la guerra de momento «localizada» en la arena de Italia, mientras Inglaterra, ¡como neutral (!), permanece lejos, al fondo. Los neutrales se han paralizado a sí mismos, y a los combatientes les están atadas las manos porque necesitan usar los puños. Entre unos y otros flota Prusia, «completamente imparcial y libre», un euripideo *Deus ex machina*. El mediador se impuso siempre sobre los extremos. Cristo llegó más lejos que Jehová; San Pedro, más lejos que Cristo; el clérigo, más lejos que los santos; y Prusia, el mediador armado, llegará más lejos que los tensados y los neutrales. Tienen que presentarse eventualidades en las que Rusia e Inglaterra den la señal para el final de la comedia. Entonces le meterán a Prusia sus instrucciones secretas en el bolsillo por detrás, mientras ella se coloca por delante la máscara de Breno. Francia no sabrá si Prusia está a favor de Austria; Austria no sabrá si Prusia está a favor de Francia, y ninguna de las dos sabrá si Prusia no está mediatizando contra ambas a favor de Rusia e Inglaterra. Tendrá el derecho de reclamar confianza desde «todos los lados» e inspirar desconfianza hacia todos los lados. Su falta de ataduras las atará a todas. Si Prusia se declaraba neutral, no se podía impedir, además, que Baviera y otros miembros de la Confederación tomasen partido por Austria. Como mediador armado, con las grandes potencias neutrales cubriéndole los flancos y la retaguardia, y con la imagen nebulosa de su siempre amenazante gran gesta «alemana» en perspectiva, podía esperar, en cambio —mientras se encaminaba con pasos tan misteriosos como largamente medidos hacia la salvación de Austria—, escamotear entretanto la hegemonía alemana a precio de descuento. Como bocina de Inglaterra y de Rusia, podía imponerse a la Confederación Alemana; como aplacador de la Confederación Alemana, insinuarse ante Inglaterra y Rusia.

¡No solo gran potencia alemana, sino gran potencia europea y, además, «potencia de mediación», y encima tirano de la Confederación! En el curso de las cosas se verá cómo Schleinitz se va empantanando cada vez más en esta línea de pensamiento tan astuta como sublime. Hasta ahora, la quinta rueda del carro estatal europeo, la gran potencia *de cortesía*, la persona europea *por tolerancia*; ¡este mismo prusiano está ahora encargado de la grandiosa posición del «*quos ego*»! Y todo ello, no porque desenvaine la espada, sino porque se limita a terciar el fusil, sin derramar otra cosa que las lágrimas del Regente y la tinta de sus satélites. Que la gloria, incluso la del simple «mediador», permaneciera inasible para las *Afinidades electivas* de Goethe, no fue, desde luego, culpa de Prusia.

Prusia comprendió que en el primer acto había que fruncir el ceño a Austria, mantener alejada la más leve sospecha de Louis Bonaparte y, sobre todo, recomendarse mediante buena conducta ante Rusia e Inglaterra.

«Alcanzar este objetivo, tan importante para nuestro propio interés, no fue fácil», como confiesa Schleinitz en el despacho ya citado, «dada la excitación que reinaba en muchos Estados alemanes. Además, apenas hace falta recordar que la orientación de nuestra política se apartaba en esto de la de un gran número de gobiernos alemanes, y que, en particular, Austria no estaba de acuerdo con ella.»

A despecho de todas estas dificultades, Prusia desempeñó con éxito el gendarme de la Confederación Alemana. Desde finales de abril hasta finales de mayo desplegó su acción mediadora forzando a sus co-confederados a la inactividad.

«Nuestros esfuerzos», dice eufemísticamente Schleinitz, «estuvieron encaminados *ante todo* a prevenir la *prematura* implicación de la Confederación en la guerra.»

El gabinete de Berlín abrió al mismo tiempo las esclusas de la prensa liberal, la cual desgranaba ante el burgués, negro sobre blanco, que, si Bonaparte iba a Italia, lo hacía solo para liberar a Alemania de Austria y para fundar la unidad alemana bajo el héroe que ciertamente pertenece a la nación, puesto que ya en una ocasión anterior fue declarado «propiedad nacional».

Lo que en cierta medida dificultaba la operación de Prusia era que estaba llamada no solo a mediar, sino a mediar «armada», «a su debido tiempo». Mientras se ocupaba de sofocar los afanes bélicos, tenía al mismo tiempo que llamar a las armas. Mientras repartía las armas, tenía que advertir contra su uso:

«No juegues con el arma de fuego,
pues ella siente, como tú, el dolor.»

«Pero si al mismo tiempo», dice Schleinitz, «tomamos todas las medidas encaminadas a la protección de Alemania, que se halla situada en medio de las dos grandes potencias beligerantes, y si, de igual modo, los órganos de la Confederación, con nuestra cooperación, adoptaron sin cesar disposiciones defensivas, entonces nos surgió el *nuevo deber* de velar para que esas disposiciones no se transformaran súbitamente en medios ofensivos y, con ello, no quedaran seriamente comprometidas la posición de la Confederación y *la nuestra propia*.»

Entretanto, la «potencia de mediación» no podía, naturalmente, avanzar siempre en la misma dirección de manera unilateral. Aparecieron, además, síntomas peligrosos.

«Había», dice Schleinitz, «para nuestro vivo pesar, indicios de acuerdos particulares proyectados en la dirección divergente de nuestra política, y la gravedad de la situación debía suscitar, por esta parte, el *temor* de que con ello pudiera imponerse involuntariamente cada vez más la tendencia hacia una disolución de las relaciones confederales.»

Fue para prevenir estos «abusos» y para comenzar el segundo acto de la «mediación» por lo que tuvo lugar la misión del general Willisen a Viena. Sus resultados están expuestos en el despacho de Schleinitz, fechado en Berlín el 14 de junio, dirigido a Werther, el enviado prusiano en Viena. Mientras Schleinitz escribe solo a los confederados alemanes, emplea el conocido estilo de consejero de regencia prusiano *in ordinary* <como de costumbre>. Cuando escribe a las grandes potencias extranjeras, lo hace, afortunadamente, en una lengua que desconoce. ¡Pero sus despachos a Austria! Lombrices de frases de vara y media de largo, enjabonadas con el verde jabón de las convicciones del gothaísmo, empolvadas con la seca arena de cancillería de la Uckermark y medio ahogadas en torrentes de pérfido *treacle* <jarabe> berlinés.

III

[*Das Volk*, núm. 15, 13 de agosto de 1859]

Si analizamos con más detalle una parte del *blue book* berlinés, que tiene ya tres semanas de antigüedad, no lo hacemos ni por antojo anticuario ni por interés hacia la historia brandeburguesa. Se trata, más bien, de documentos que en este mismo momento están siendo pregonados por liberales y demócratas alemanes como pruebas de la futura vocación imperial de Prusia.

El último despacho de Schleinitz al general Willisen llegó a Viena el 27 de mayo. Los despachos de Werther a Schleinitz sobre la acogida de Willisen en el gabinete imperial llevan fecha del 29 y del 31 de mayo. Quedan sin respuesta durante medio mes. Con el fin de cubrir todas las contradicciones entre la «misión» original y su posterior «interpretación», tanto los despachos de Schleinitz a Willisen como los de Werther a Schleinitz están suprimidos en el *blue book* prusiano, exactamente igual que todas las negociaciones entre el príncipe regente y Boustrapa. Rechberg, el ministro de Asuntos Exteriores austriaco, no podía de ningún modo reconstruir el *texto original*, ya que Willisen y Werther no debían comunicarle los despachos prusianos en copia, sino únicamente *leérselos* de viva voz. Se comprende la situación de un ministro que no puede leer, sino que tiene que oír, una construcción oracional como la siguiente:

«Guiado por el deseo», dice Schleinitz, «de que reine plena claridad en un asunto tan importante, me había preocupado por caracterizar con toda precisión nuestro punto de vista en la carta que dirigí al general von Willisen, tanto en lo referente a lo que, bajo ciertas circunstancias, nos proponemos hacer por nuestra parte, como en lo tocante a los presupuestos que necesariamente tienen que servir de base a la acción que tenemos prevista.»

Antes de disponerse Schleinitz a dar una interpretación oficial de la misión de Willisen a Viena, había dejado, con característica cautela, que los acontecimientos desfilaran ante él. El ejército austriaco había perdido la batalla de Magenta, evacuado todas las fortalezas lombardas y se hallaba en plena retirada más allá del Chiese. La circular de Gortschakow a los pequeños Estados alemanes, en la que, bajo amenaza del knut, les imponía estricta neutralidad, se había abierto camino hasta la prensa. Derby, sospechoso de secretas simpatías hacia Austria, dimitió en manos de Palmerston. Finalmente, el 14 de junio —fecha del despacho de Schleinitz a Werther—, el *Preußischer Staats-Anzeiger* publicó un decreto para la movilización de 6 cuerpos de ejército prusianos. ¡La misión de Willisen a Viena, seguida de esta movilización! Toda Alemania estaba llena de la heroica sensatez y del sensato heroísmo de Prusia.

Lleguemos por fin al despacho de Schleinitz al enviado prusiano en Viena. «Palabras magnánimas» habían brotado de los labios del Regente. Willisen, además, había oraculado «propósitos los más sinceros», «planes los más desinteresados» y «confianza la más confidencial», y el conde Rechberg había expresado su «acuerdo con el punto de vista que adoptamos»; pero el mismo Rechberg, un Sócrates vienés, deseaba finalmente hacer descender el debate del cielo de las frases a la tierra efectivamente llana. Depositaba «especial valor» en «ver formuladas» las «intenciones» prusianas. Prusia se dispone, pues, por la pluma de Schleinitz, a llevar la «intención» de la «misión» de Willisen a la «precisión». Resume, por tanto, «las intenciones que dimos a conocer en el *intercambio de ideas* que tuvo lugar en Viena en lo que sigue a continuación», cuyo «lo que sigue a continuación» resumido reproducimos en forma condensada. El chiste de la misión de Willisen era este: Prusia tendría «intenciones firmes bajo un presupuesto expreso». Mejor habría dicho Schleinitz que Prusia tiene intenciones imprimibles bajo un presupuesto firme. El *presupuesto* era que Austria cediese a Prusia la iniciativa en la Confederación Alemana, renunciase a tratados separados con cortes alemanas, en resumen, que concediese temporalmente a Prusia la hegemonía en Alemania; la *intención*, salvaguardar el «estatus territorial italiano de Austria basado en los tratados de 1815» y «esforzarse por la paz sobre esta base». Las relaciones de Austria con los demás Estados italianos y «las relaciones de estos últimos» las consideraba Prusia una «cuestión abierta». Si las «posesiones italianas de Austria llegasen a verse seriamente amenazadas», Prusia «ensayaría una mediación armada» y

«según el éxito de la misma, continuaría obrando para alcanzar el objetivo arriba fijado tal como lo exijan sus deberes como potencia europea y la elevada vocación de la nación alemana».

«Es de nuestro propio interés —dice el desinteresado Schleinitz— no intervenir demasiado tarde. Pero la elección del momento, tanto para la mediación como para la ulterior acción de Prusia que de ella se derive, debe quedar reservada al libre arbitrio de la real corte.»

Schleinitz afirma, primero, que Rechberg califica este «intercambio de ideas», mediado por Willisen, como «intercambio de pareceres»; segundo, que las intenciones y presupuestos de Prusia «se beneficiaban de la aquiescencia de la corte imperial», y, tercero, que Rechberg, enemigo del pensamiento puro, al parecer, ha transformado el «intercambio de ideas» en un «intercambio de notas», ha «consignado por escrito la concordancia de ambos gabinetes»; en suma, quería ver «constatado», negro sobre blanco, el «presupuesto» prusiano y la «intención» prusiana. Aquí se indigna la noble conciencia de Schleinitz. ¿Qué pretende la exigencia de Rechberg? En realidad, la conversión de nuestros «más secretos pensamientos políticos, confiados con toda confianza, en promesas vinculantes». ¡Schleinitz se entrega a verdaderos ejercicios secretos de pensamiento político, y Rechberg pretende maniatar la idea inaccesible en profanas notas! Quelle horreur <Welch Grauen> para un pensador berlinés. Además, tal intercambio de notas equivaldría a una «garantía» de las posesiones austro-italianas. ¡Como si Prusia quisiera garantizar algo! Encima, el intercambio de ideas, perversamente convertido en intercambio de notas, podría ser considerado «inmediata y consecuentemente del lado francés y ruso como un engagement formel <eine offizielle Verpflichtung> y como una entrada en la guerra». ¡Como si Prusia tuviese jamás la intención de entrar en una guerra o quisiera comprometerse en algún sentido, y menos aún del lado francés y ruso! Finalmente, y esto es lo principal, semejante intercambio de notas «haría manifiestamente irrealizable el intento de mediación proyectado». Pero Austria ha de comprender que no se trata de su estado posesorio italiano, ni de los tratados de 1815, ni de la usurpación francesa, ni de la dominación mundial rusa, ni en absoluto de intereses profanos, sino de que los desórdenes europeos se han iniciado más bien tan solo para improvisar la nueva y sublime «posición» de Prusia como «potencia mediadora». El pícaro de Shakespeare que despierta como lord después de haberse dormido como calderero, no habla de manera más conmovedora que Schleinitz tan pronto como le sobreviene la idea fija de la vocación de Prusia como «potencia mediadora armada» europea. Lo pincha y lo acosa como una tarántula la «uneasy conviction, that he ought to act up to his newborn sublimity of character <beunruhigende Überzeugung, daß er gemäß der neugeborenen Erhabenheit seines Charakters hätte handeln sollen>».

La «confianza» con que Schleinitz musita a Rechberg la idea fija del destino de Prusia como potencia mediadora le hace, según dice, «esperar hallar en la corte imperial una confianza correspondiente a la nuestra». Rechberg, por su parte, pide copia de esta curiosa nota de Schleinitz. Para documentar la confianza prusiana, Werther declara que, «en cumplimiento de sus instrucciones», está autorizado a leer la nota verbalmente, pero de ningún modo a entregar el corpus delicti. Rechberg exige entonces que Werther lo acompañe a Verona, ante Francisco José, para que este «al menos verbalmente obtuviera un conocimiento exacto y completo de las opiniones de Prusia». La confianza prusiana se resiste también a esta exigencia, y con irónica resignación observa Rechberg que, si en «su respuesta acaso no pudiera seguir con toda exactitud todos los desarrollos del despacho berlinés», habría que atribuirlo a la circunstancia de que solo conoce de oídas las construcciones sintácticas de Schleinitz.

La respuesta de Rechberg, dirigida a Koller, el representante plenipotenciario austriaco en Berlín, lleva fecha de Verona, 22 de junio. Hace dudar de la concordancia textual entre la misión de Willisen, a fines de mayo, y la interpretación berlinesa de esa misión, de mediados de junio.

«Según mis conversaciones anteriores con él» (Werther) «y con el general von Willisen —dice Rechberg—, no había creído que el gabinete de Berlín continuara todavía hoy guardándonos una reserva tan grande como para evitar incluso toda constancia escrita de sus intenciones.»

Menos aún había preparado la misión de Willisen a Rechberg para la sublime vocación de Prusia como potencia mediadora armada de Europa. El punto del que en verdad se trata, dice Rechberg, es «la independencia de Europa frente a la supremacía francesa». Los acontecimientos mismos han puesto al desnudo la vacuidad y la nulidad de los «pretextos

con que nuestros adversarios han buscado embellecer sus verdaderas intenciones hasta el momento de su maduración». «Además, Prusia, como miembro de la Confederación Alemana, tendría obligaciones con las que el mantenimiento de una posición mediadora podría resultar incompatible en todo momento.»

Finalmente, Austria había abrigado la esperanza de ver a Prusia «como parte» de su lado y, por tanto, de entrada había negado su vocación como «mediadora». Si Austria, por consiguiente, desde el comienzo de los desórdenes italianos se había manifestado contra las «tentativas de una posición mediadora» de Prusia, menos aún podría aprobar jamás una «mediación armada de Prusia».

«Una mediación armada —dice Rechberg—, tal como está en el concepto, encierra para ambos lados un casus belli. Pero felizmente no existe tal cosa entre Prusia y Austria, y por eso no podemos imaginarnos la posibilidad de una mediación armada de Prusia para la relación entre estas dos potencias. Tanto el nombre como la cosa parecen tener que permanecer para siempre ajenos a esta relación.»

Se ve: Rechberg contradice el despacho de Schleinitz y su interpretación de la misión de Willisen. Encuentra que el tono de Prusia ha cambiado desde fines de mayo; niega rotundamente que Austria haya reconocido jamás la sublime vocación de Prusia como potencia mediadora armada. Schleinitz debe la aclaración de este malentendido núm. 2 (el primero tuvo lugar entre el archiduque Albrecht y el príncipe regente) mediante la publicación de sus despachos a Willisen y de los despachos de Werther a él mismo.

Por lo demás, Rechberg contesta como austriaco, y ¿por qué iba a cambiar el austriaco de piel frente al prusiano? ¿Por qué no iba Prusia a «garantizar» el estado posesorio de Austria en Italia? ¿No corresponde semejante garantía, pregunta Rechberg, al espíritu de los tratados de Viena?

«¿Habría podido Francia, en la época posterior al Congreso de Viena, e incluso hasta nuestros días, abrigar la esperanza de encontrar un solo adversario aislado si hubiera querido subvertir una parte importante del orden contractual de Europa? Francia no podía pensar en atentar contra las relaciones posesorias mediante una guerra localizada.»

Por lo demás, un «intercambio de notas» no es todavía una «garantía contractual». Austria solo quería «tomar acta» de las buenas intenciones de Prusia. No obstante, por complacer a Schleinitz, mantendrá sus pensamientos políticos del todo secretos en absoluto secreto. En lo tocante a la paz, observa Rechberg, Prusia puede hacer todas las propuestas de paz que quiera a Francia,

«siempre que esas propuestas conserven inviolado el estado territorial de 1815 y los derechos de soberanía de Austria y de los restantes príncipes de Italia».

En otras palabras, Austria, en sus «comunicaciones confidenciales a Prusia» como potencia mediadora, no está dispuesta a ir más allá de lugares comunes vacíos. En cambio, en cuanto Prusia

«entrase como aliado activo, solo podría hablarse de la fijación de condiciones de paz por común acuerdo».

Finalmente, Rechberg pone el dedo en las llagas prusianas. Austria había asentido a la «intención» de la iniciativa prusiana en la Dieta Federal bajo el «presupuesto» de la conversión del intercambio de ideas prusiano en un intercambio de notas. Con la premisa cae la conclusión. Incluso Schleinitz, con la capacidad de comprensión que le es propia, «comprenderá» que, puesto que Berlín «no ha asumido en ningún sentido obligaciones vinculantes», puesto que ha «remitido el momento de sus decisiones que han de adoptarse bajo la forma de mediación armada al azul del futuro y lo ha reservado a su libre elección», Viena, por su parte, «debe preservar íntegra su libertad en el ámbito de las relaciones federales alemanas».

El intento prusiano de sonsacarle a Austria la supremacía en Alemania y el poder para el sublime papel de potencia mediadora europea había fracasado, pues, de manera decisiva, mientras tenía lugar la movilización de los seis cuerpos de ejército prusianos. Prusia debía a Europa una explicación. En una «circular del 19 de junio a las legaciones prusianas ante las potencias europeas», Schleinitz declara por tanto:

«Mediante la movilización, Prusia ha adoptado una posición que guarda mayor proporción con la situación actual, sin abandonar los principios de la moderación... La política de Prusia ha seguido siendo la misma que ha perseguido desde el comienzo de la complicación en la cuestión italiana. Pero Prusia ahora también ha puesto sus medios para contribuir a su solución a la altura de la situación.»

Y para que no quede duda ni sobre la política ni sobre los medios, el despacho termina con estas palabras: «es intención de Prusia anticiparse a las escisiones de Alemania». Incluso esta declaración de pobre pecador la consideró la regencia como algo que debía atenuar mediante comunicaciones «muy confidenciales» a Francia. Ya inmediatamente antes del estallido de la guerra, el pintor de batallas G. <probablemente Ginain>, amigo común de Boustrapa y del regente, había sido encargado de una misión del primero en Berlín. Había traído de vuelta las más amistosas seguridades. Pero en la época de la movilización viajaron a París protestas oficiales y oficiosas de este tenor:

«Que Francia, por favor, no interprete mal las medidas militares de Prusia. No nos hacemos ilusiones; sabemos cuán impolítica sería una guerra contra Francia y qué peligrosas consecuencias tendría. Pero ojalá el emperador se dé cuenta de la difícil situación en que nos hallamos. El gobierno del príncipe regente se ve presionado y empujado por todos lados. Estamos en presencia de susceptibilidades desconfiadas y nos vemos obligados a guardarles miramientos.»

O bien:

«Vamos a movilizar, pero que no se crea en modo alguno que se trata de una medida ofensiva contra Francia. En su calidad de cuasi jefe de la Confederación Alemana, el regente no solo tiene el deber de proteger sus intereses, sino también el de adoptar interiormente una postura que le permita impedir precipitaciones e imponer a los demás Estados alemanes su política de moderación. Ojalá el emperador comprenda esto bien y no omita nada para facilitarnos la tarea.»

La triquitraque prusiana prosiguió hasta lo cómico al abordar al gobierno francés:

«Que los periódicos gubernamentales no ensalcen demasiado a Prusia a costa de Baviera, Sajonia, etc., pues eso no podría sino comprometer a Prusia.»

Walewski declaró, pues, con toda razón en su despacho circular del 29 de junio:

«Las nuevas medidas militares que se toman en Prusia no nos infunden ninguna preocupación... El gobierno prusiano declara, al movilizar una parte de su ejército, que no tiene otra intención que proteger la seguridad de Alemania y ponerse en condiciones de ejercer una influencia justa en los ulteriores arreglos acordados con las otras dos grandes potencias.»

La sublime vocación de Prusia como potencia mediadora armada se había convertido ya en muletilla entre las grandes potencias, a tal punto que Walewski se permitió la mala broma de que Prusia no movilizaba contra Francia, sino contra «las otras dos grandes potencias», que de lo contrario podrían despojarla de su «justa» influencia sobre los «arreglos del acuerdo».

Así terminó el segundo acto de la mediación prusiana.

IV

[“Das Volk” N.° 16, del 20 de agosto de 1859]

El primer acto de la mediación prusiana —de finales de abril a finales de mayo— suspendió sobre Alemania la mort sans phrase. En el segundo acto —de finales de mayo al 24 de junio— la paralización de la «gran patria» se reviste con la frase de la misión Willisen y el arabesco de la movilización prusiana. Una escena de sobremesa de este segundo acto se representa en las pequeñas cortes alemanas, que reciben una nota de Schleinitz para que la oigan. Schleinitz, como Stieber, ama el procedimiento oral «mixto». De su nota ya mencionada, de fecha Berlín, 24 de junio, «a las legaciones prusianas en las cortes alemanas», citamos aquí solo dos pasajes. ¿Por qué rehusó Prusia el deseo austriaco de transformar el «intercambio de ideas» en un «intercambio de notas»?

«El cumplimiento de ese deseo —susurra Schleinitz a las cortes alemanas— habría equivalido a una garantía de Lombardía. Asumir semejante obligación frente a eventualidades indeterminadas era inaceptable para Prusia.»

Por tanto, desde el punto de vista de Berlín, la pérdida de Lombardía no constituía ni «un grave peligro para la posición territorial de Austria en Italia» ni «la eventualidad determinada» a la que la espada prusiana acechaba para saltar de la vaina.

«Es preciso además —prosigue Schleinitz— mantener alejado incluso todo compromiso de carácter formal que pudiera alterar nuestra posición como potencia mediadora.»

Así, pues, el fin de la mediación prusiana no era alterar las «eventualidades indeterminadas» en interés de Austria; era, más bien, la vocación de todas las eventualidades posibles dejar inalterada «la posición de Prusia como potencia mediadora». Mientras exige categóricamente de Austria que le ceda la iniciativa en la Confederación Germánica, le tiende el equivalente hipotético de la buena voluntad prusiana, garantizada por la buena intención prusiana. Sopa de cebolla con salsa de pasas, como dice el esquinero berlinés.

En el tercer acto de la mediación aparece Prusia, por fin, como gran potencia europea, y Schleinitz confecciona un despacho en dos copias, una dirigida al conde Bernstorff en Londres, la otra al barón Bismarck en San Petersburgo; la una para ser leída a lord John Russell, la otra al príncipe Gorchakov. La mitad del despacho consiste en reverencias y disculpas. Prusia ha movilizado una parte de sus fuerzas armadas, y Schleinitz es inagotable en la motivación de este audaz hecho. En la circular general a las grandes potencias europeas del 19 de junio, era la seguridad del territorio de la Confederación Germánica, el papel de potencia mediadora armada, y sobre todo «anticiparse a escisiones en Alemania». En la comunicación a los confederados alemanes, esta medida debía «vincular las fuerzas militares de Francia y aliviar considerablemente la posición de Austria». En el despacho a Inglaterra y Rusia son «los armamentos de los vecinos», la «vigilancia de los acontecimientos», el «acercamiento de la guerra a la frontera alemana», dignidad, intereses, vocación, etcétera. Pero «por otra parte» y «no obstante» y «lo repito, señor conde, señor barón», Prusia no tiene mala intención con sus armamentos. «Seguramente no es su intención añadir nuevas complicaciones». Persigue «ningún otro objetivo que el que, de acuerdo con Inglaterra y Rusia, perseguía hace poco». Nous n’entendons pas malice <Wir beabsichtigen nicht Schlechtes>, exclama Schleinitz.

«Lo que deseamos —es «la paz»—, y nos dirigimos confiadamente a los gabinetes de Londres y San Petersburgo, para buscar de común acuerdo con ellos los medios de poner fin al derramamiento de sangre.»

Para mostrarse digno de la confianza de Inglaterra y Rusia, Prusia jura sobre dos funciones ruso-inglesas: la primera, que Austria ha provocado la guerra mediante el ultimátum; la segunda, que la lucha gira en torno a reformas liberal-administrativas y a la disolución del protectorado austriaco sobre los estados italianos vecinos. La equiparación de los derechos de la casa imperial austriaca con una «obra de reorganización» nacional-liberal: eso es lo que persigue Prusia. Por último, cree, como dice Schleinitz, en las selfdenying declarations <selbstverleugnenden Erklärungen> de Luis Bonaparte.

Y estas insípidas trivialidades son todo lo que Prusia, «con plena confianza y franca sinceridad», balbucea avergonzada ante las potencias neutrales sobre sus «planes de mediación». Schleinitz, «el joven sobrio y modesto», teme «prejuzgar en cierta medida la cuestión si precisara más sus ideas». Sólo la idea fija acaba por estallar. Prusia se cree «llamada a ser potencia mediadora armada». ¡Que Inglaterra y Rusia reconozcan esta vocación! Que «expresen sus opiniones sobre una solución de las actuales complicaciones y sobre el camino por el cual podría hacerse aceptable a las partes contendientes».

¡Que provean sobre todo a Prusia de instrucciones que le permitan, bajo alto permiso oficial, por así decirlo avec garantie du gouvernement <mit Bürgschaft der Regierung>, asumir el papel del león mediador! Prusia quiere, pues, hacer de león europeo <lion>, pero como Hans Schnock, el carpintero.

León:
Sabed, pues, que soy Hans Schnock, el carpintero,
no un león malvado, en verdad, [ni hembra de león;]
pues si viniera como león con malas intenciones,
en verdad, me daría lástima de mi sano cuerpo.

Teseo:
Una bestia muy cortés, y muy escrupulosa.

Lisandro:
Este león es un verdadero zorro en valentía.

Teseo:
Ciertamente, y un ganso en inteligencia.

El despacho de Schleinitz está fechado el 24 de junio, el día de la batalla de Solferino. Ambas copias del despacho aún estaban sobre el pupitre de Schleinitz cuando la noticia de la derrota austriaca llegó a Berlín. Al mismo tiempo, el correo trajo un despacho de lord John Russell, en el que el “little man” de antaño de Mr. Brougham <kleiner Mann>, el “tom-tit of English liberalism” <“Zaunkönig des englischen Liberalismus”>, el heraldo de las “coercion-bills” irlandesas, inicia a Prusia en las ideas italianas de Palmerston. Magdeburgo no está junto al Mincio, ni Bückeburg junto al Adigio, como tampoco Harwich junto al Ganges o Salford junto al Sutlej. Pero Bonaparte ha declarado que no le apetecen Magdeburgo ni Bückeburg. ¿Por qué, pues, irritar al gallo galo con rudeza teutónica? Jack Russell descubre incluso que, cuando la «victoria» esté «decidida» en el campo de batalla, «los combatientes probablemente estarán muy dispuestos a poner fin a la lucha agotadora». Apoyándose en este ingenioso descubrimiento, censurando el afán bélico de Alemania, elogiando el «comportamiento moderado e ilustrado» de Prusia, Russell advierte a Schleinitz que no imite a Inglaterra «tan exactamente como lo permitan las circunstancias en Alemania»!! Finalmente, el Jack of all trades <Hans Dampf in allen Gassen> se acuerda de la «sublime vocación mediadora» de Prusia, y con la habitual sonrisita agridulce, el hombrecillo lanza a su discípulo en constitucionalismo, a modo de despedida, estas consoladoras palabras:

«¡Quizá llegue muy pronto un momento en que la voz de las potencias amigas y conciliadoras pueda hacerse oír con éxito y las propuestas de paz no sigan siendo ineficaces!» (Despacho de Russell a lord Bloomfield en Berlín, fechado en Londres, 22 de junio)