Friedrich Engels

Po y Rin

Escrito a finales de febrero/principios de marzo de 1859.
Apareció en 1859 como folleto anónimo en Franz Duncker, Berlín.
El presente texto se basa en esta edición. Las correcciones de las erratas que alteran el sentido se consignan en notas.

I

Desde comienzos de este año se ha convertido en la consigna de gran parte de la prensa alemana que
*el Rin debe ser defendido en el Po*.

Esta consigna estaba plenamente justificada frente a los armamentos y amenazas bonapartistas. Con certero instinto se adivinó en Alemania que, si el Po era el pretexto para Luis Napoleón, el Rin tenía que ser, en todo caso, su objetivo final. Sólo una guerra por la frontera del Rin podía ofrecer, acaso, un pararrayos contra los dos elementos que amenazaban al bonapartismo en el interior de Francia: la “pujanza patriótica” de las masas revolucionarias y el fermentante malestar de la “burguesía”. A las unas les daría una ocupación nacional; a la otra, la perspectiva de un nuevo mercado. Las habladurías sobre la liberación de Italia no pudieron, por eso, ser malinterpretadas en Alemania. Se daba el caso del viejo refrán: Se golpea el costal y se apunta al burro. Si Italia se había prestado a hacer de costal, Alemania esta vez no tenía ganas de hacer de burro.

Así pues, la afirmación del Po tenía, en el presente caso, simplemente el sentido de que Alemania, amenazada con un ataque en el que a fin de cuentas se trataba de la posesión de algunas de sus mejores provincias, no podía en modo alguno pensar en abandonar sin un golpe de espada una de sus posiciones militares más fuertes, y aun directamente la más fuerte. En este sentido, toda Alemania estaba ciertamente interesada en la defensa del Po. En vísperas de una guerra, como en la guerra misma, se ocupa toda posición utilizable desde la que se pueda amenazar al enemigo y causarle daño, sin entretenerse en reflexiones morales sobre si ello es conciliable con la justicia eterna y el principio de las nacionalidades. Se defiende uno sencillamente el pellejo.

Pero esta manera de defender el Rin en el Po ha de distinguirse muy bien de la tendencia de muchísimos militares y políticos alemanes a declarar el Po, es decir, la Lombardía y el Véneto, un complemento estratégico indispensable y, por así decirlo, una parte integrante de Alemania. Esta opinión ha sido formulada y defendida teóricamente sobre todo a partir de las campañas de Italia de 1848 y 1849; así, por el general von Radowitz en la Paulskirche, por el general von Willisen en su *Italienischen Feldzug des Jahres 1848*. En la Alemania meridional extraaustriaca, ha sido sobre todo el general bávaro von Hailbronner quien ha tratado este tema con una predilección que raya en el entusiasmo. El argumento principal es siempre de naturaleza política: Italia sería totalmente incapaz de permanecer independiente; o Alemania o Francia tendrían que dominar en Italia; si los austriacos se retiraran hoy de Italia, mañana estarían los franceses en el valle del Adigio y a las puertas de Trieste, y toda la frontera meridional de Alemania quedaría desguarnecida y entregada al “enemigo hereditario”. Por eso, Austria mantendría la Lombardía en nombre e interés de Alemania.

Como se ve, las autoridades militares que sostienen esta opinión figuran entre las primeras de Alemania. No obstante, tenemos que oponernos a ella resueltamente.

Pero esta opinión se convierte en artículo de fe defendido con verdadero fanatismo en la Augsburger *Allgemeinen Zeitung*, que se ha erigido en Moniteur de los intereses alemanes en Italia. Este periódico cristiano-germánico, a pesar de su odio contra judíos y turcos, preferiría circuncidarse a sí mismo antes que ceder el territorio “alemán” en Italia. Lo que los generales metidos a políticos defienden en último término sólo como una magnífica posición militar en manos de Alemania, es en la Augsburger *Allgemeinen Zeitung* parte esencial de una teoría política. Nos referimos a aquella “teoría de la gran potencia centroeuropea” que quiere erigir a Austria, Prusia y el resto de Alemania en un Estado federado bajo la influencia predominante de Austria, germanizar Hungría y los países eslavo-rumanos del Danubio mediante la colonización, las escuelas y la suave violencia, desplazar así cada vez más el centro de gravedad de este complejo de países hacia el sudeste, hacia Viena, y reconquistar de paso también Alsacia y Lorena. La “gran potencia centroeuropea” vendría a ser una especie de renacimiento del Sacro Imperio Romano de la Nación Alemana y parece tener también, entre otros fines, el de incorporarse los antiguos Países Bajos austriacos así como Holanda como Estados vasallos. La patria alemana se extendería aproximadamente el doble de lo que hoy suena la lengua alemana; y cuando todo esto se hubiese cumplido, Alemania sería el árbitro y señor de Europa. Y de que todo esto se cumpla ya se ha cuidado. Los romanos se hallan en aguda decadencia; españoles e italianos están ya totalmente arruinados, y los franceses viven en este momento también su disolución. Por otro lado, los eslavos son incapaces de una verdadera formación estatal moderna y tienen la misión histórico-universal de ser germanizados, siendo el instrumento principal de la Providencia, una vez más, la rejuvenecida Austria. La única estirpe que ha conservado aún fuerza moral y capacidad histórica son, pues, los germanos; y de éstos, los ingleses han caído tan hondamente en el egoísmo insular y el materialismo, que su influjo, su comercio y su industria deben mantenerse alejados del continente europeo mediante enérgicos aranceles protectores, mediante una especie de sistema continental racional. De este modo, con la seriedad moral alemana y la juvenil gran potencia centroeuropea, no puede faltar que esta última acapare en breve el dominio mundial en el mar y en la tierra e inaugure una nueva era histórica, en la que Alemania, por fin y al cabo de mucho tiempo, vuelva a tocar el primer violín y las demás naciones bailen a su son.

A franceses y rusos pertenece la tierra,
El mar pertenece a los britanos;
Mas nosotros poseemos en el reino aéreo del sueño
La hegemonía indiscutida.

No se nos puede ocurrir aquí entrar en el aspecto político de estas fantasías patrióticas. Las hemos esbozado sólo dentro del contexto, para que no se nos vuelvan a presentar luego todas estas maravillas como nuevos argumentos probatorios de la necesidad de la dominación “alemana” en Italia. Lo único que aquí nos interesa es la cuestión militar: ¿Necesita Alemania, para su defensa, el dominio permanente sobre Italia y, en especial, la plena posesión militar de Lombardía y del Véneto?

Reducida la cuestión a su más pura expresión militar, reza así: ¿Necesita Alemania, para la defensa de su frontera meridional, la posesión del Adigio, del Mincio y del bajo Po, con las cabezas de puente de Peschiera y Mantua?

Antes de intentar responderla, precisemos todavía expresamente: cuando hablamos aquí de Alemania, entendemos por tal una potencia única, cuyas fuerzas y acciones militares son dirigidas desde un centro — Alemania no como un cuerpo político ideal, sino real. Bajo otros supuestos, no puede hablarse en absoluto de las necesidades políticas y militares de Alemania.

II

Más aún que Bélgica, la Alta Italia ha sido durante siglos el campo de batalla donde alemanes y franceses han dirimido sus guerras entre sí. La posesión de Bélgica y del valle del Po es, para el atacante, condición necesaria ya sea de una invasión alemana de Francia, ya de una invasión francesa de Alemania; sólo esta posesión asegura por completo los flancos y la retaguardia de la invasión. Únicamente el caso de una segura neutralidad de estos países podría constituir una excepción, y este caso no ha existido nunca hasta ahora.

Si en los campos de batalla del valle del Po se decidió indirecta y mediatamente la suerte de Francia y Alemania desde el día de Pavía, la suerte de Italia se decidió allí al mismo tiempo directa e inmediatamente. Con los grandes ejércitos permanentes de la época moderna, con el creciente poder de Francia y Alemania, con la descomposición política de Italia, la Italia propiamente antigua, al sur del Rubicón, perdió toda importancia militar, y la posesión de la antigua Galia Cisalpina trajo consigo ineludiblemente el dominio sobre la estrecha y alargada península. En las cuencas del Po y del Adigio, en la costa genovesa, romañola y veneciana se asentaba la población más densa, se concentraba la agricultura más floreciente, la industria más activa y el comercio más vivo de Italia. La península, Nápoles y los Estados Pontificios permanecieron relativamente estacionarios en su desarrollo social; su poderío militar no había contado desde hacía siglos. Quien poseía el valle del Po cortaba la comunicación terrestre de la península con el resto del continente y podía, llegado el caso, someterla con poco esfuerzo. Así lo hicieron los franceses dos veces en la guerra de la Revolución, así los austriacos dos veces en este siglo. De ahí que sólo la cuenca del Po y del Adigio tenga importancia para la guerra.

Encuadrada por tres lados por la cadena montañosa ininterrumpida de los Alpes y los Apeninos, y por el cuarto, desde Aquilea hasta Rímini, por el mar Adriático, esta cuenca forma un compartimiento del terreno muy nítidamente marcado por la naturaleza, que el Po recorre de oeste a este. El confín meridional o apenínico no tiene interés para nosotros aquí; el septentrional o alpino, tanto más. Su cresta nevada sólo es franqueable en pocos puntos por caminos de carretera; incluso el número de caminos carreteros, de herradura y de sendas es limitado; largos desfiladeros de valle conducen a los pasos que cruzan la alta montaña.

La frontera alemana abarca la Italia septentrional desde la desembocadura del Isonzo hasta el paso del Stilfser Joch; desde allí hasta Ginebra se extiende la frontera de Suiza; desde Ginebra hasta la desembocadura del Var linda Francia. Del mar Adriático al Stilfser Joch, contando hacia el oeste, cada paso siguiente conduce cada vez más profundamente al corazón de la cuenca del Po, es decir, flanquea todas las posiciones de un ejército italiano o francés situadas más al este. La línea fronteriza del Isonzo queda flanqueada enseguida por el primer paso de Karfreit (Caporetto) hacia Cividale. El paso de Pontafel flanquea la posición del Tagliamento, que además es cogida de flanco por otros dos pasos no transitables en carretera desde Carintia y Cadore. El paso del Brennero flanquea la línea del Piave a través del paso de Peutelstein de Bruneck hacia Cortina d’Ampezzo y Belluno; la línea del Brenta por la Val Sugana hacia Bassano; la línea del Adigio por el valle del Adigio; el Chiese por las Judicarias; el Oglio por caminos no carreteros sobre el Tonale; y, finalmente, todo el territorio al este del Adda por el Stilfser Joch y a través de la Valtelina.

Habría que decir que, en una situación estratégica tan favorable, la posesión efectiva de las llanuras hasta el Po podría sernos bastante indiferente a los alemanes. ¿Dónde quiere, con fuerzas iguales, el ejército enemigo posicionarse al este del Adda o al norte del Po? Todas sus posiciones están rodeadas; donde cruce el Po o el Adda, su flanco está amenazado; si se retira al sur del Po, pone en peligro su comunicación con Mailand y Piemont; si va detrás del Tessin, arriesga su conexión con toda la península. Si fuera lo bastante audaz para avanzar ofensivamente en dirección a Wien, podría ser cortada cualquier día y obligada a librar una batalla con la espalda hacia el país enemigo y el frente hacia Italia. Si entonces es derrotada, sería un segundo Marengo con papeles cambiados; si derrota a los alemanes, éstos tendrían que actuar muy torpemente si pierden su retirada hacia el Tirol.

La construcción de la carretera sobre el Stilfser Joch es la prueba de que los austriacos aprendieron lo correcto de su derrota de Marengo. Napoleón construyó la carretera del Simplón para tener un acceso cubierto al corazón de Italia; los austriacos completaron su sistema de defensa ofensiva en la Lombardía con la carretera de Stilfs a Bormio. Se dirá que este paso es demasiado alto para seguir siendo practicable en invierno; que toda la ruta es demasiado difícil, ya que en una distancia de por lo menos cincuenta millas alemanas (desde Füssen en Baviera hasta Lecco en el Comer See) pasa constantemente por altas montañas inhóspitas y en este trayecto hay tres pasos de montaña; que finalmente, en el largo desfiladero del Comer See y en la alta montaña misma, sería fácil de bloquear. Veámoslo.

El paso es ciertamente el más alto transitable de toda la cadena alpina, 8.600 pies, y puede que en invierno se cubra de fuertes nieves. Sin embargo, si recordamos la campaña invernal de Macdonald de 1800 a 1801, en el Splügen y el Tonale, no daremos mucha importancia a tales obstáculos. Todos los pasos alpinos se cubren de nieve en invierno y, no obstante, se atraviesan. La transformación de todas las artillerías, que ahora difícilmente podrá aplazarse tras la fabricación por Armstrong de un cañón rayado y de retrocarga práctico, introducirá también piezas más ligeras en la artillería de campaña, facilitando así la movilidad. Un obstáculo más serio es la larga marcha en la alta montaña y el repetido cruce de montañas. El paso del Stilfser no atraviesa la divisoria de aguas de los ríos de los Alpes septentrionales y meridionales, sino las dos aguas adriáticas del Etsch y el Adda, y presupone por tanto que la cadena principal de los Alpes ha sido previamente cruzada por el paso del Brenner o el Finstermünz, para del valle del Inn llegar al valle del Etsch. Ahora bien, como el Inn en el Tirol corre bastante de oeste a este entre dos cadenas montañosas, las tropas procedentes del Bodensee y de Baviera tienen que cruzar además la más septentrional de estas cadenas, de modo que en total tenemos dos o tres pasos de montaña en esta única ruta. Por penoso que esto sea, no es un impedimento decisivo para conducir un ejército por este camino a Italia. Un ferrocarril en el valle del Inn, ya parcialmente terminado, y el proyectado ferrocarril en el valle del Etsch reducirán pronto este inconveniente al mínimo. El camino de Napoleón a través del Gran San Bernardo de Lausana a Ivrea pasaba ciertamente por la alta montaña sólo unas 30 millas; pero el camino de Udine a Wien, por el que Napoleón avanzó en 1797 y en el que en 1809 Eugène y Macdonald se unieron con Napoleón cerca de Wien, recorre más de 60 millas a través de la alta montaña y pasa igualmente por tres pasos alpinos. El camino de Pont-de-Beauvoisin sobre el Pequeño San Bernardo a Ivrea, la ruta que, sin tocar Suiza, conduce directamente desde Francia lo más adentro de Italia, es decir, la más adecuada para flanquear, se extiende también por más de 40 millas a través de la alta montaña, y lo mismo la carretera del Simplón de Lausana a Sesto Calende. – Por último, en cuanto al bloqueo de la carretera en el propio paso o en el Comer See, desde las campañas de los franceses en los Alpes ya no se está tan inclinado a creer en la eficacia de los puntos de bloqueo. Las alturas dominantes y la posibilidad de rodeo los hacen bastante inútiles; los franceses tomaron muchos al asalto y nunca fueron detenidos seriamente por las fortificaciones de los pasos. Las eventuales fortificaciones del paso en el lado italiano pueden ser rodeadas por el Cevedale, el Monte Corno, el Gavia, el Tonale y el Aprica. Desde la Veltlin parten muchos caminos de herradura hacia la Bergamasca, y el cierre del largo desfiladero del Comer See puede ser rodeado en parte por aquí, en parte desde Dervio o desde Bellano a través de la Val Sassina. En la guerra de montaña, un avance con varias columnas es de todos modos obligado, y si una consigue atravesar, el objetivo suele estar alcanzado.

Cuán practicables son los pasos más difíciles en casi todas las estaciones, con tal que se envíen buenas tropas y generales decididos; cuán utilizables son, por tanto, también los pasos secundarios insignificantes, incluso los no transitables con carros, como buenas líneas de operación, especialmente para rodeos; y cuán poco sirven los puntos de bloqueo, lo demuestran mejor las campañas en los Alpes de 1796 a 1801. En aquel entonces no había ni un solo paso alpino calzado, y sin embargo los ejércitos cruzaban las montañas en todas direcciones. En 1799, ya a principios de marzo, Loison atravesó con una brigada francesa por senderos la divisoria de aguas entre el Reuß y el Rhein, mientras Lecourbe marchó sobre el San Bernardino y la Viamala, desde allí cruzó el paso Albula-Julier (7.100 pies de altura) y ya el 24 de marzo tomó el desfiladero de Martinsbruck mediante un rodeo, enviando a Dessolle por el Münstertal sobre el Pisoc y el Wormser Joch (sendero de 7.850 pies de altura) al alto valle del Etsch y de allí a la Reschen-Scheideck. A principios de mayo, Lacourbe se retiró de nuevo por el Albula.

En septiembre del mismo año tuvo lugar la expedición de Suworow, en la que, como el viejo soldado expresó en su violento lenguaje figurado, la bayoneta rusa atravesó los Alpes (Ruskij štyk prognal cres Alpow). Envió su artillería en gran parte sobre el Splügen, hizo que una columna de rodeo penetrara por la Val Blegno sobre el Lukmanier (sendero, 5.948 pies) y de allí sobre el Sixmadun (unos 6.500 pies) en el alto valle del Reuß, mientras él mismo pasaba por el entonces apenas transitable camino del San Gotardo (6.594 pies). El punto de bloqueo de la Teufelsbrücke fue asaltado por él del 24 al 26 de septiembre; pero llegado a Altdorf, ante sí el lago y en todos los demás lados los franceses, no le quedó más que subir por el Schächental, sobre el Kinzig-Kulm, hacia el Muotatal. Llegado allí, después de haber dejado toda la artillería y bagaje en el valle del Reuß, encontró de nuevo a los franceses en superioridad numérica frente a él, mientras Lecourbe le pisaba los talones. Suworow pasó sobre el Pragel al Klöntal, para ganar por ese camino la Rheinebene. En el desfiladero de Näfels chocó con una resistencia insuperable, y no le quedó más remedio que ganar por el sendero sobre el Panixer Paß, de 8.000 pies de altura, el alto valle del Rhein y la comunicación con el Splügen. El 6 de octubre comenzó el paso, el 10 el cuartel general estaba en Ilanz. Este paso fue hasta entonces el más grandioso de todos los modernos pasos de los Alpes.

No queremos decir mucho del paso de Napoleón por el Gran San Bernardo. En comparación con las demás operaciones similares de aquella época, queda atrás. La estación era favorable, y lo único notable es la hábil manera cómo fue rodeado el punto de bloqueo del Fort Bard.

En cambio, merecen especialmente honrosa mención las operaciones de Macdonald en el invierno de 1800/1801. Destinado, con 15.000 hombres como ala izquierda del ejército francés de Italia, a rodear el ala derecha de los austriacos entre el Mincio y el Etsch, pasó en lo más crudo del invierno con todas las armas el Splügen (6.510 pies). Con las mayores penalidades, a menudo interrumpido por aludes y tormentas de nieve, condujo del 1 al 7 de diciembre a su ejército sobre el paso y marchó remontando el Adda por la Veltlin hasta el Aprica. Los austriacos no se arredraron menos ante el invierno en la alta montaña. Mantuvieron ocupados el Albula, el Julier y el Braulio (Wormser Joch), y en este último incluso realizaron una incursión en la que capturaron un destacamento de húsares franceses desmontados. Después de que Macdonald cruzara el paso del Aprica del valle del Adda al valle del Oglio, subió el muy alto paso del Tonale por senderos y atacó el 22 de diciembre a los austriacos, que habían fortificado el desfiladero del paso con bloques de hielo. Rechazado tanto ese día como en el segundo ataque (31 de diciembre – ¡había permanecido pues nueve días en la alta montaña!), bajó la Val Camonica hasta el Lago d'Iseo, envió la caballería y la artillería a través de la llanura y, con la infantería, superó las tres crestas montañosas que conducían a Val Trompia, Val Sabbia y a Judikarien, donde, en Storo, llegó ya el 6 de enero. Baraguay d'Hilliers había pasado entretanto del valle del Inn por la Reschen-Scheideck (paso de Finstermünz) al alto valle del Etsch. – ¡Si tales maniobras eran posibles hace sesenta años, qué no podemos hacer ahora, cuando en la mayoría de los pasos tenemos las más hermosas carreteras!

Ya de estos esbozos vemos que, de todos los puntos de bloqueo, sólo aquellos poseyeron alguna solidez que, por torpeza o falta de tiempo, no fueron rodeados. El Tonale, por ejemplo, era insostenible en cuanto Baraguay d'Hilliers apareció en el alto valle del Etsch. Las demás campañas demuestran que fueron tomados bien por rodeo, pero a menudo también por asalto. El Luziensteig fue asaltado dos o tres veces, lo mismo Malborgeth en el paso de Pontafel en 1797 y 1809. Los puntos de bloqueo del Tirol no detuvieron ni a Joubert en 1797 ni a Ney en 1805. Se sabe lo que afirmaba Napoleón, que se podía flanquear por caminos practicables para una cabra. Y desde que se hace la guerra de esta manera, todos los puntos de bloqueo pueden rodearse.

No se ve, por tanto, cómo, con fuerzas iguales, un ejército enemigo puede defender la Lombardía al este del Adda en campo abierto contra un ejército alemán que avanza a través de los Alpes. Sólo le quedaría la posibilidad de situarse entre las fortalezas existentes o las que se erijan de nuevo, y maniobrar entre ellas. Esta posibilidad la examinaremos más adelante.

¿Qué pasos tiene ahora abiertos Francia para penetrar en Italia? Mientras Alemania abraza por completo la mitad de la frontera septentrional de Italia, la frontera francesa corre en línea bastante recta de norte a sur, no abraza ni rodea nada. Sólo cuando Saboya y una parte de la costa genovesa estén conquistadas se podrán preparar rodeos por el Pequeño San Bernardo y algunos pasos de los Alpes Marítimos, cuyo efecto, sin embargo, sólo llega hasta el Sesia y la Bormida, es decir, no alcanza ni la Lombardía ni los ducados, y mucho menos la península. Sólo un desembarco en Génova, que para un gran ejército tendrá sin duda sus dificultades, podría conducir a un rodeo de todo el Piemont; un desembarco más al este, por ejemplo en La Spezia, ya no podría basarse en Piemont y Francia, sino sólo en la península, y estaría por tanto rodeado en la misma medida en que pretendiera rodear.

Hasta ahora hemos presupuesto que Suiza permanece neutral. En el caso de que fuera arrastrada a la guerra, Francia dispondría de un paso más: el Simplón (el Gran San Bernardo, que conduce a Aosta como el Pequeño, no ofrecería nuevas ventajas fuera de la línea más corta). El Simplón lleva al Tessin y cubre así a los franceses el Piemont. Los alemanes obtendrían de la misma manera el secundario Splügen, que confluye en el Comer See con la carretera del Stilfser, y el San Bernardino, cuyo efecto alcanza hasta el Tessin. El Gotardo podría, según

En circunstancias tales, serviría a ambas partes, pero les depararía escasas nuevas ventajas de flanco. Vemos así que la influencia de un envolvimiento francés a través de los Alpes, por un lado, y de uno alemán, por el otro, alcanza hasta la actual frontera lombardo-piamontesa, hasta el Tesino. Pero si los alemanes se sitúan en el Tesino, si se sitúan tan sólo junto a Piacenza y Cremona, cortan a los franceses el camino terrestre hacia la península itálica. Dicho de otro modo: si Francia domina el Piamonte, Alemania domina todo el resto de Italia.

A los alemanes les favorece además otra ventaja táctica: en toda la línea fronteriza alemana, en todos los pasos importantes —con excepción del paso de Stelvio— la línea divisoria de aguas se halla en territorio alemán. El Fella, en el paso de Pontafel, nace en Carintia; el Boite, en el paso de Peutelstein, en el Tirol. En esta última provincia la ventaja es decisiva. El alto valle del Brenta (Val Sugana), el alto valle del Chiese (Judicaria) y más de la mitad del curso del Adigio pertenecen al Tirol. Aunque en cada caso particular no sea posible decidir, sin un estudio minucioso de la localidad, si de la posesión de la línea divisoria de aguas en los pasos de alta montaña se deriva realmente una ventaja táctica, es seguro, en cambio, que, por término medio, las probabilidades de dominar desde las alturas y de envolver están del lado de aquel que mantiene ocupados la cresta de la montaña y una parte de la vertiente del lado enemigo; y que, además, esto pone en condiciones de hacer transitables para todas las armas, ya antes de estallar la guerra, los parajes más impracticables de los pasos secundarios, cosa que en el Tirol puede adquirir importancia decisiva para las comunicaciones. Si este avance de nuestro territorio hacia el lado enemigo adquiere primero la extensión que tiene el territorio de la Confederación Germánica en el Tirol meridional; si, como aquí ocurre, los dos pasos principales, el del Brennero y el de Finstermünz, quedan muy a retaguardia de la frontera enemiga; si, además, pasos secundarios decisivos como los de Judicaria y el Val Sugana pertenecen por entero al territorio alemán, las condiciones tácticas de una invasión de la Alta Italia se ven tan enormemente facilitadas que, en caso de guerra, sólo haría falta utilizarlas con sensatez para asegurar el éxito.

Mientras Suiza permanezca neutral, el Tirol es, pues, el camino más directo para un ejército alemán que opere contra Italia; y, en cuanto cese la neutralidad de Suiza, lo serán los Grisones y el Tirol (el valle del Inn y el valle del Rin). Por esta línea avanzaron los Hohenstaufen hacia Italia; por ninguna otra puede una Alemania que actúe militarmente como un Estado asestar golpes rápidos y decisivos en Italia. Pero la base de operaciones para esta línea no es la Austria Interior, sino la Alta Suabia y Baviera, desde el lago de Constanza hasta Salzburgo. Esto fue válido durante toda la Edad Media. Sólo cuando Austria se consolidó en el Danubio medio, cuando Viena se convirtió en el centro de la monarquía, cuando el Imperio alemán se desmoronó y en Italia ya no se libraron guerras alemanas, sino únicamente austriacas, sólo entonces se abandonó la vieja, corta y recta línea de Innsbruck a Verona y de Lindau a Milán; sólo entonces apareció en su lugar la larga, tortuosa y mala línea de Viena, pasando por Klagenfurt y Treviso, hacia Vicenza, una línea en la que jamás se habría apoyado antes un ejército alemán, salvo en el caso extremo de una retirada amenazada, pero nunca para el ataque.

Mientras el Imperio alemán existió como una auténtica potencia militar, mientras, en consecuencia, basó sus ataques contra Italia en la Alta Suabia y en Baviera, pudo aspirar al sometimiento de la Alta Italia por razones políticas, pero jamás por razones puramente militares. En las largas luchas por Italia, la Lombardía fue ora alemana, ora independiente, ora española, ora austriaca; pero la Lombardía, cosa que no hay que olvidar, estaba separada de Venecia, y Venecia era independiente. Y aunque la Lombardía poseía Mantua, excluía precisamente la línea del Mincio y el territorio comprendido entre el Mincio y el Isonzo, sin cuya posesión, según se nos asegura ahora, Alemania no puede dormir tranquila. Alemania (por mediación de Austria) no alcanzó la plena posesión de la línea del Mincio hasta 1814. Y si Alemania, como cuerpo político, no desempeñó precisamente el papel más brillante en los siglos XVII y XVIII, la falta de posesión de la línea del Mincio no tuvo, ciertamente, la culpa de ello.

Ciertamente, el redondeo estratégico de los Estados y su delimitación mediante líneas defendibles han pasado a primer plano desde que la Revolución Francesa y Napoleón crearon ejércitos más móviles y con esos ejércitos recorrieron Europa en todas direcciones. Si en la Guerra de los Siete Años el campo de operaciones de un ejército se limitaba aún a una mera provincia y meses enteros de maniobras giraban en torno a fortalezas, posiciones o bases de operaciones aisladas, hoy en día, en cualquier guerra, entra en consideración la configuración del terreno de países enteros, y la importancia que antaño correspondía a posiciones tácticas particulares ahora sólo se adhiere a grandes agrupaciones de fortalezas, largas líneas fluviales o altas y muy pronunciadas cadenas montañosas. Y, a este respecto, líneas como las del Mincio y del Adigio tienen, en verdad, una importancia mucho mayor que antes.

Examinemos, pues, una vez estas líneas.

Todos los ríos que al este del Simplón fluyen desde los Alpes hacia la llanura de la Alta Italia, hacia el Po o directamente hacia el mar Adriático, forman con el Po o por sí solos un arco cóncavo hacia el este. Por ello, favorecen más la defensa de un ejército situado al este que a uno situado al oeste. Obsérvese el Tesino, el Adda, el Oglio, el Chiese, el Mincio, el Adigio, el Brenta, el Piave, el Tagliamento: cada río, solo o junto con la parte contigua del Po, forma un arco de círculo cuyo centro se halla hacia el este. Gracias a ello, el ejército situado en la orilla izquierda (oriental) está en condiciones de tomar una posición central a retaguardia, desde la cual puede alcanzar en un tiempo relativamente corto cualquier punto del curso fluvial seriamente atacado; mantiene la “línea interior” de Jomini, marcha por el radio o la cuerda, mientras el enemigo tiene que maniobrar por la periferia más larga. Si el ejército de la orilla derecha se halla a la defensiva, esta circunstancia le será, a la inversa, desfavorable; el enemigo es apoyado por la localidad en sus ataques fingidos, y las mismas distancias más cortas desde los distintos puntos de la periferia que a aquél le favorecen en la defensa confieren ahora a su ataque un peso decisivo. Así pues, las líneas fluviales lombardo-vénetas son por completo favorables para un ejército alemán tanto en defensiva como en ofensiva, y desfavorables para un ejército italiano o italo-francés; y si a esto se añade la circunstancia, ya expuesta, de que los pasos del Tirol envuelven todas estas líneas, en verdad no hay motivo alguno para desesperar de la seguridad de Alemania, aun cuando no quedase ni un solo soldado austriaco en suelo italiano; porque este suelo lombardo nos pertenece cuantas veces queramos.

Por lo demás, la mayoría de estas líneas fluviales lombardas son muy poco importantes y poco aptas para una defensa seria. Prescindiendo del Po mismo, del que hablaremos más abajo, en toda la cuenca sólo se encuentran dos posiciones realmente significativas para Francia o para Alemania; los respectivos Estados Mayores las han reconocido acertadamente en su potencia y las han fortificado, y en la próxima guerra desempeñarán indefectiblemente el papel decisivo. En el Piamonte, una milla más abajo de Casale, el Po tuerce su curso, hasta allí oriental, hacia el sur, corre durante algo más de tres millas en dirección sur-sudeste y luego vuelve a girar hacia el este. En la curva septentrional confluye desde el norte el Sesia, y en la meridional, desde el suroeste, el Tanaro. Con éste se unen, inmediatamente antes de su desembocadura, muy cerca de Alessandria, el Bormida, el Orba y el Belbo, formando juntos un sistema de líneas fluviales que confluyen radialmente hacia un punto central, cuyo nudo más importante está cubierto por el campamento atrincherado de Alessandria. Desde Alessandria, un ejército puede cambiar a voluntad las orillas de los ríos menores, puede defender la línea del Po que se halla al frente, puede cruzar el Po por la también fortificada Casale u operar río abajo por la orilla derecha del Po. Esta posición, reforzada con suficientes fortificaciones, es la única que cubre el Piamonte o que puede servir de base para operaciones ofensivas contra la Lombardía y los Ducados. Adolece, sin embargo, de falta de profundidad, y, dado que puede ser tanto envuelta como rota por el frente, esta circunstancia es muy desfavorable; un ataque enérgico y hábil la reduciría pronto al campamento atrincherado, aún inconcluso, de Alessandria, y sobre hasta qué punto esto protegería a los defensores de la necesidad de batirse en circunstancias desfavorables faltan todos los puntos de apoyo, ya que no se conocen ni las más recientes instalaciones defensivas de allí ni el grado de terminación alcanzado. La importancia de esta posición para la defensa del Piamonte contra ataques desde el este ya la había reconocido Napoleón y, en consecuencia, había hecho fortificar de nuevo Alessandria. En 1814 la plaza no demostró su fuerza protectora; hasta qué punto sea capaz de hacerlo hoy en día, quizá tengamos pronto ocasión de verlo.

La segunda posición, que para el Véneto hace lo mismo, y mucho más aún, contra ataques desde el oeste, lo que Alessandria para el Piamonte, es la del Mincio y el Adigio. Al salir del lago de Garda, el Mincio fluye cuatro millas, hasta Mantua, en dirección sur; a la altura de Mantua sufre un ensanchamiento a modo de lago, rodeado de pantanos, y luego corre en dirección sudeste hacia el Po. El tramo fluvial por debajo de los pantanos mantuanos hasta la desembocadura es demasiado corto para servir de paso a un ejército, pues el enemigo que desembocara desde Mantua podría tomarlo por la retaguardia y obligarlo a una batalla en las circunstancias más desfavorables. Un envolvimiento desde el sur tendría que dar un rodeo mayor y cruzar el Po por Revere o Ferrara. Por el norte, la posición del Mincio está protegida a gran distancia contra un envolvimiento por el lago de Garda, de modo que la línea del Mincio realmente a defender, desde Peschiera hasta Mantua, sólo tiene cuatro millas de largo y se apoya en cada ala en una fortaleza que asegura una salida hacia la orilla derecha. El Mincio mismo no es un obstáculo considerable, y las orillas se dominan alternativamente según la localidad; por ello, la línea había caído un poco en descrédito antes de 1848, y si no se viese considerablemente reforzada por una circunstancia particular, difícilmente habría alcanzado gran celebridad. Pero esta circunstancia particular es que, cuatro millas más atrás, el segundo río de la Alta Italia, el Adigio, corre en un arco bastante paralelo al Mincio y al bajo Po, formando así una segunda posición, más fuerte, reforzada por las dos fortalezas del Adigio, Verona y Legnago. Las dos líneas fluviales

pero, con sus cuatro fortalezas, forman en conjunto, para un ejército alemán o austríaco atacado desde Italia o Francia, una posición defensiva tan fuerte que ninguna otra en Europa puede equiparársele y que un ejército que, tras destacar las guarniciones, pueda aún aparecer en campaña, puede esperar tranquilamente el ataque de una fuerza doblemente superior en esta posición. Lo que esta posición rinde lo demostró Radetzky en 1848. Después de la revolución de marzo en Milán, la defección de los regimientos italianos y el paso de los piamonteses por el Tesino, se replegó con el resto de sus tropas, unos 45.000 hombres, a Verona. Una vez deducidas las guarniciones, de 15.000 hombres, le quedaron algo más de 30.000 hombres disponibles. Frente a él se encontraban, entre el Mincio y el Adigio, unos 60.000 piamonteses, toscanos, modeneses y parmesanos. A su espalda apareció el ejército de Durando, con unos 45.000 hombres de tropas papales y napolitanas y voluntarios. Sólo le quedaba la comunicación por el Tirol, y aun ésta se veía amenazada, aunque levemente, por cuerpos francos lombardos en la montaña. A pesar de ello, Radetzky se mantuvo. La observación de Peschiera y Mantua sustrajo a los piamonteses tantas tropas que el 6 de mayo, en el ataque a la posición de Verona (batalla de Santa Lucía), sólo pudieron presentarse con cuatro divisiones, de 40.000 a 45.000 hombres; Radetzky podía emplear, con la guarnición de Verona, 36.000 hombres. El equilibrio en el campo de batalla, pues, teniendo en cuenta la fuerte posición defensiva táctica de los austríacos, quedó restablecido, y los piamonteses fueron batidos. La contrarrevolución del 15 de mayo en Nápoles libró a Radetzky de la presencia de los 15.000 napolitanos y redujo el ejército de la tierra firme veneciana a unos 30.000 hombres, de los cuales, sin embargo, sólo podían emplearse en campo abierto 5.000 suizos papales y aproximadamente otros tantos soldados italianos de línea papales; el resto lo formaban cuerpos francos. El ejército de reserva de Nugent, que se había formado en el Isonzo en abril, se abrió paso con facilidad a través de estas tropas y el 25 de mayo se unió a Radetzky en Verona con cerca de 20.000 hombres. Ahora podía por fin el viejo mariscal de campo salir de la defensa pasiva. Para socorrer a Peschiera, que los piamonteses sitiaban, y para procurarse más desahogo, emprendió con todo su ejército la célebre marcha de flanco a Mantua (27 de mayo), desembocó desde aquí el 29 en la orilla derecha del Mincio, asaltó la línea enemiga en Curtatone y avanzó el 30 hacia Goito, sobre la espalda y el flanco de los italianos. Pero aquel mismo día cayó Peschiera; el tiempo se volvió desfavorable, y Radetzky no se sentía aún lo bastante fuerte para una batalla decisiva.

Así pues, el 4 de junio marchó de nuevo por Mantua hacia el Adigio, envió el cuerpo de reserva a Verona y se dirigió con el resto de sus tropas, por Legnago, contra Vicenza, que Durando había atrincherado y ocupado con 17.000 hombres. El 10 atacó Vicenza con 30.000 hombres, y el 11 capituló Durando después de una enérgica resistencia. El segundo cuerpo de ejército (d'Aspre) sometió Padua, el alto valle del Brenta y la tierra firme veneciana en general y luego siguió al primero hacia Verona; un segundo ejército de reserva, al mando de Weiden, avanzó desde el Isonzo. Durante este tiempo y hasta la decisión de la campaña, los piamonteses concentraron con obstinación supersticiosa toda su atención en la meseta de Rivoli, que desde la victoria de Napoleón parecían considerar la llave de Italia, pero que en 1848 ya no tenía importancia alguna desde que los austríacos se habían reabierto una comunicación segura con el Tirol por la Vallarsa y, sobre todo, la comunicación directa con Viena a través del Isonzo. Al mismo tiempo, sin embargo, también debía hacerse algo contra Mantua; se procedió, pues, a bloquearla en la orilla derecha del Mincio, una operación que no podía tener otro fin que documentar la perplejidad reinante en el campamento piamontés, dispersar al ejército a lo largo de todo el trecho de ocho millas desde Rivoli hasta Borgoforte y, encima, partirlo en dos mitades por el Mincio, que no podían apoyarse mutuamente.

Cuando se hizo, ahora, el intento de bloquear también Mantua en la orilla izquierda, Radetzky, que entretanto había atraído hacia sí 12.000 hombres de las tropas de Welden, se resolvió a romper a los piamonteses en su debilitado centro y batir luego por separado a las tropas que se estuvieran concentrando. El 22 de julio hizo atacar Rivoli, que los piamonteses evacuaron el 23; el mismo día 23 avanzó él desde Verona con 40.000 hombres contra la posición de Sona y Sommacampagna, defendida sólo por 14.000 piamonteses, la tomó y con ello hizo saltar toda la línea enemiga. El ala izquierda piamontesa fue completamente rechazada al otro lado del Mincio el 24, y el ala derecha, mientras tanto concentrada y avanzando contra los austríacos, fue batida el 25 en Custozza; el 26 todo el ejército austríaco cruzó el Mincio y batió a los piamonteses una vez más en Volta. Con esto quedó terminada la campaña; casi sin resistencia, los piamonteses se retiraron tras el Tesino.

Este breve relato de la campaña de 1848 prueba de manera más contundente que todas las razones teóricas la fuerza de la posición en el Mincio y el Adigio. Llegados al cuadrilátero entre las cuatro fortalezas, los piamonteses se vieron obligados a destacar tantas tropas que su fuerza ofensiva, como demuestra la

batalla de Santa Lucía, quedó ya quebrantada, mientras Radetzky, tan pronto como llegaron los primeros refuerzos, podía moverse con perfecta libertad entre las fortalezas, basarse ora en Mantua, ora en Verona, amenazar hoy sobre la orilla derecha del Mincio la espalda del enemigo, conquistar pocos días después Vicenza y ejercer constantemente la iniciativa de la campaña. Ciertamente, los piamonteses cometieron error sobre error; pero justamente la fuerza de una posición reside en poner al enemigo en aprietos y casi forzarlo a cometer errores. La observación, y más aún el asedio de cada una de las fortalezas, lo obliga a dividirse, a debilitar su fuerza ofensiva disponible; los ríos lo obligan a repetir esta división y ponen a sus diversos cuerpos más o menos en la imposibilidad de prestarse auxilio mutuamente. ¡Qué fuerzas se necesitan para sitiar Mantua mientras un ejército disponible para operar en campaña puede irrumpir en cualquier momento desde los fuertes destacados de Verona!

Sólo Mantua fue capaz, en 1797, de detener al victorioso ejército del general Bonaparte. Solamente dos veces le impuso respeto una fortaleza: Mantua y, diez años después, Danzig. Toda la segunda parte de la campaña de [1796 y] 1797 —Castiglione, Medole, Calliano, Bassano, Arcole, Rivoli— gira en torno a Mantua, y sólo después de caída esta fortaleza se atreve el vencedor a avanzar hacia el este y más allá del Isonzo. En aquel entonces, Verona no estaba fortificada; en 1848, de la parte de Verona situada en la orilla derecha del Adigio sólo estaba terminada la muralla de circunvalación, y la batalla de Santa Lucía se libró en el terreno donde acto seguido se construyeron los reductos austríacos y, desde entonces, fuertes destacados permanentes; y sólo gracias a ello se convierte el campamento atrincherado de Verona en el núcleo, en el reducto de toda la posición, que con esto ganó enormemente en fuerza.

Ya se ve que no pensamos en poner reparos a la importancia de la línea del Mincio. Pero no lo olvidemos: esta línea sólo ha cobrado importancia desde que Austria hace la guerra por su cuenta en Italia y desde que la comunicación Bolzano-Innsbruck-Múnich ha ido arrinconando a la otra, Treviso-Klagenfurt-Viena. Y para Austria, en su configuración actual, la posesión de la línea del Mincio es, ciertamente, una cuestión vital. Austria como Estado independiente, que como gran potencia europea quiere actuar también con independencia de Alemania, tiene que dominar el Mincio y el bajo Po, o renunciar a la defensa del Tirol; de otro modo, el Tirol se vería flanqueado por ambos lados y sólo estaría unido al resto de la monarquía por el paso de Dobbiaco (la carretera de Salzburgo a Innsbruck pasa por Baviera). Ahora bien, existe, ciertamente, una opinión entre militares de más edad

según la cual el Tirol posee una gran capacidad defensiva y domina tanto la cuenca del Danubio como la del Po. Pero esta opinión se basa incondicionalmente en fantasías y nunca ha sido corroborada por la experiencia, pues una guerra de insurrección como la de 1809 nada prueba para las operaciones de un ejército regular.

El autor de esta opinión es
Bülow;
la expone, entre otras partes, en su Historia de las campañas de Hohenlinden y Marengo. Un ejemplar de la traducción francesa de este libro, perteneciente a un oficial de ingenieros inglés de apellido Emmett, que en tiempos de Napoleón estuvo de servicio en Santa Elena, cayó en manos del general prisionero en 1819. Éste hizo numerosas glosas marginales al mismo, y Emmett hizo reimprimir el libro en 1831 con las notas de Napoleón.

Napoleón abordó la lectura con evidentes impresiones favorables. Ante la propuesta de Bülow de disolver toda la infantería en tiradores, observa benévolamente: "De l'ordre, toujours de l'ordre - les tirailleurs doivent toujours être soutenus par des lignes." <"Orden, orden en todo momento; los tiradores deben ser apoyados siempre por tropas de línea."> Sigue luego un par de veces: "Bien - c'est bien" <"Está bien"> — y otra vez: "Bien". Pero a partir de la página veinte, la cosa se le hace a Napoleón demasiado disparatada, cuando ve que el pobre Bülow se afana trabajosamente por explicarse todas las vicisitudes de la guerra desde su teoría de las retiradas excéntricas y los ataques concéntricos, con singular infortunio y torpeza, y despojar a las más magistrales jugadas de su sentido mediante una interpretación escolar. Primero un par de veces: "Mauvais - cela est mauvais - mauvais principe" <"Malo - eso es malo - mal principio"> — después dice: "Cela n'est pas vrai - absurde - mauvais plan bien dangereux - restez unis si vous voulez vaincre - il ne faut jamais séparer son armée par un fleuve - tout cet échafaudage est absurde" <"Eso no es cierto - absurdo - mal plan, muy peligroso - permanezcan unidos si quieren vencer - jamás se debe dividir al ejército por un río - todo este andamiaje es absurdo">, etc. Y cuando Napoleón encuentra continuamente que Bülow elogia siempre malas operaciones y censura las buenas, que atribuye a los generales los motivos más descabellados y les da los consejos más cómicos, que finalmente quiere abolir la bayoneta y armar a la segunda fila de la infantería con lanzas, exclama: "Bavardage inintelligible, quel absurde bavardage, quelle absurdité, quel misérable bavardage, quelle ignorance de la guerre." <"Palabrería ininteligible, qué absurda palabrería, qué desabrimiento, qué miserable palabrería, qué ignorancia de la guerra.">

Bülow reprocha aquí al ejército austríaco del Danubio, al mando de Kray, haber marchado a Ulm en vez de al Tirol. El Tirol, esa inexpugnable bastión de montañas y rocas, domina a la vez Baviera y una parte de Lombardía, tan pronto esté ocupado por suficientes tropas (Napoleón: "On n'attaque pas les montagnes, pas plus le Tirol que la Suisse, on les observe et on les tourne par les plaines" <"No se atacan las montañas, ni el Tirol ni Suiza, se las observa y se las rodea por las llanuras">). Luego Bülow reprocha a Moreau haberse dejado fijar por Kray en Ulm, en vez de dejarlo estar y conquistar el Tirol, que estaba débilmente ocupado: la conquista del Tirol habría derribado a la monarquía austríaca (Napoleón: "Absurde, quand même le Tirol eût été ouvert, il ne fallait pas y entrer" <"Absurdo, incluso si el Tirol hubiera estado abierto, no habría que haber entrado allí">).

Cuando Napoleón hubo acabado la lectura del libro entero, caracterizó el sistema de las retiradas excéntricas y los ataques concéntricos y del dominio de las llanuras por las montañas con estas palabras: «Si vous voulez apprendre la manière de faire battre une armée supérieure par une armée inférieure, étudiez les maximes de cet écrivain; vous aurez des idées sur la science de la guerre, il vous prescrit le contre-pied de ce qu’il faut enseigner.» <«Si queréis aprender cómo se logra que un ejército superior sea batido por un ejército inferior, estudiad las máximas de este escritor; os formaréis una buena idea de la ciencia de la guerra; os prescribe lo contrario de lo que se debe enseñar.»>

Napoleón repitió tres o cuatro veces la advertencia: «Il ne faut jamais attaquer les pays des montagnes.» <«Jamás se debe atacar las comarcas montañosas.»> Este temor a la montaña data evidentemente de sus últimos años, cuando sus ejércitos alcanzaron una fuerza tan colosal y estaban ligados a las llanuras tanto por los abastecimientos como por el desarrollo táctico. España y el Tirol pueden haber contribuido también a ello. Por lo demás, antes no temía tanto a las montañas. La primera mitad de su campaña de [1796 y] 1797 se libró por entero en la montaña, y en los años siguientes Masséna y Macdonald demostraron sobradamente que también en la guerra de montaña —y precisamente allí de modo muy principal— se pueden hacer grandes cosas con escasas fuerzas. Pero en conjunto es claro que nuestros ejércitos modernos pueden desplegar sus fuerzas del mejor modo en el terreno mixto de llanuras y colinas bajas, y que es falsa una teoría que prescribe lanzar un gran ejército a la alta montaña —no para atravesarla, sino para tomar allí posición permanente— mientras a derecha e izquierda quedan libres llanuras como la bávara y la lombarda, en las que se puede decidir la guerra. ¿Cuánto tiempo puede alimentarse en el Tirol un ejército de 150.000 hombres? ¿Con qué rapidez lo empujaría el hambre a la llanura, donde habría dejado mientras tanto tiempo al adversario para hacerse fuerte, donde podría ser forzado a librar una batalla en las condiciones más desfavorables? ¿Y dónde podría encontrar en los estrechos valles una posición en la que pudiera desplegar toda su fuerza?

Para Austria, tan pronto como ya no posea el Mincio y el Adigio, el Tirol sería un puesto perdido, que se vería obligada a abandonar apenas fuera atacado por el norte o por el sur. Para Alemania, el Tirol flanquea la Lombardía hasta el Adda por medio de sus pasos; para una Austria que actúa por separado, el Tirol flanquea la Lombardía y el Véneto hasta el Brenta. Solo mientras Baviera lo cubra por el norte y la posesión de la línea del Mincio lo cubra por el sur, es sostenible para Austria. La fundación de la Confederación del Rin hizo imposible para Austria defender seriamente incluso el Tirol y el Véneto juntos, y por eso fue de todo punto consecuente que Napoleón separara ambas provincias de Austria en la Paz de Presburgo.

Así pues, para Austria la posesión de la línea del Mincio con Peschiera y Mantua es una necesidad absoluta. Para Alemania como conjunto no es en modo alguno necesaria, aunque militarmente sigue siendo una gran ventaja. En qué consiste esa ventaja es evidente. Solo en que nos asegura desde el primer momento una fuerte posición en la llanura lombarda, que luego no necesitamos conquistar primero, y en que redondea cómodamente nuestra posición defensiva y apoya de manera considerable nuestra ofensiva.

Pero ¿y si Alemania no tiene la línea del Mincio?

Supongamos que toda Italia sea independiente, esté unida y aliada con Francia para una guerra ofensiva contra Alemania. De todo lo que hemos dicho hasta ahora se desprende que, en este caso, las líneas de operación y retirada de los alemanes no serían Viena – Klagenfurt – Treviso, sino Múnich – Innsbruck – Bozen y Múnich – Füssen – Finstermünz – Glurns, y que sus desembocaduras en la llanura lombarda se hallarían entre la Valsugana y la frontera suiza. ¿Cuál es ahora el punto de ataque decisivo? Evidentemente, la parte de la Alta Italia que media la unión de la península con el Piamonte y Francia, el Po medio desde Alessandria hasta Cremona. Pero los pasos entre el lago de Garda y el lago de Como bastan plenamente para permitir a los alemanes avanzar hacia esta región y mantenerles abierta la retirada por el mismo camino y, en el peor de los casos, por el paso del Stelvio. En este caso, las fortalezas del Mincio y del Adigio, que hemos supuesto en posesión de los italianos, quedarían muy lejos del campo de batalla decisivo. Una guarnición del campamento atrincherado de Verona, con fuerzas correspondientes y suficientes para la ofensiva, no sería más que una inútil dispersión de las tropas enemigas. ¿O acaso se espera que los italianos, en masa, cierren a los alemanes el valle del Adigio en la tan celebrada meseta de Rivoli? Desde que se ha construido la carretera del Stelvio (por el paso del Stelvio), la salida del valle del Adigio ha perdido mucho de su importancia. Pero, supuesto el caso de que Rivoli volviera a figurar como llave de Italia y de que los alemanes se sintieran atraídos con bastante fuerza por el poder de atracción del ejército italiano allí estacionado como para lanzar el ataque, ¿para qué habría de servir entonces Verona? No cierra el valle del Adigio; de lo contrario, la marcha de los italianos hacia Rivoli sería superflua. Para cubrir la retirada en caso de una derrota basta Peschiera, que ofrece un seguro paso sobre el Mincio y asegura con ello la marcha ulterior hacia Mantua o Cremona. Pero una concentración en masa de toda la fuerza armada italiana entre las cuatro fortalezas, por ejemplo para esperar aquí la llegada de los franceses sin poder ser provocada a batalla, dividiría desde el comienzo mismo de la campaña las fuerzas que nos son hostiles en dos mitades y nos haría posible avanzar con fuerzas reunidas sobre su línea de unión, primero contra los franceses y, una vez batidos estos, emprender el proceso, ciertamente algo prolongado, de desalojar a los italianos de sus fortalezas. Un país como Italia, cuyo ejército nacional, ante todo ataque afortunado desde el norte y el este, se ve puesto de inmediato en el dilema de elegir entre la base del Piamonte y la base de la península, un país así ha de tener evidentemente sus grandes instalaciones defensivas en la región donde el ejército puede caer en este dilema. Aquí ofrecen puntos de apoyo la desembocadura del Tesino y del Adda en el Po. El general von Willisen («Italienischer Feldzug des Jahres 1848») deseaba que ambos puntos fueran fortificados por los austríacos. Aparte de que esto ya es imposible porque no les pertenece el terreno necesario (junto a Cremona la orilla derecha del Po es parmesana, y en Piacenza solo tienen el derecho de guarnición), ambos puntos están también demasiado adelantados para una gran posición defensiva en un país donde los austríacos se verán rodeados de insurrecciones en cada guerra; además, Willisen, que no puede ver confluir dos ríos sin hacer de inmediato planos para un gran campamento atrincherado, olvida que ni el Tesino ni el Adda son líneas defendibles, por lo que, según su propia opinión, tampoco cubren el país situado detrás de ellas. Pero lo que para los austríacos sería un despilfarro inútil es para los italianos, sin duda, una buena posición. Para ellos, el Po es la línea principal de defensa; el triángulo Pizzighettone – Cremona – Piacenza, con Alessandria a la izquierda y Mantua a la derecha, establecería una defensa eficaz de esta línea y permitiría al ejército tanto esperar a cubierto la llegada de aliados lejanos como, llegado el caso, proceder ofensivamente en la llanura decisiva entre el Sesia y el Adigio.

El general von Radowitz se pronunció en la Asamblea Nacional de Frankfurt en el sentido de que, si Alemania ya no poseyera la línea del Mincio, quedaría colocada en la situación en la que ahora solo se encontraría tras toda una campaña desdichada. La guerra se trasladaría entonces de inmediato a territorio alemán; comenzaría en el Isonzo y en el Tirol italiano, y todo el territorio del sur de Alemania, hasta Baviera, estaría flanqueado, de modo que la guerra también en Alemania tendría que disputarse entonces en el Isar en lugar de en el Alto Rin.

El general von Radowitz parece haber juzgado con bastante exactitud los conocimientos militares de su público. Es cierto: si Alemania abandona la línea del Mincio, renuncia a tanto terreno y a tantas posiciones como reportarían a franceses e italianos toda una campaña afortunada. Pero con ello Alemania no queda, ni mucho menos, colocada en la situación en que la pondría una campaña desdichada. ¿Acaso un ejército alemán fuerte e intacto, que se reúne al pie bávaro de los Alpes y marcha por los pasos del Tirol para invadir la Lombardía, se halla en la misma situación que un ejército arruinado y desmoralizado por una campaña desgraciada, que se apresura hacia el Brennero acosado por el enemigo? ¿Es la probabilidad de una ofensiva afortunada desde una posición que domina en muchos aspectos el punto de unión de franceses e italianos igual a la probabilidad de un ejército derrotado de llevar su artillería a través de los Alpes? Antes de que poseyéramos la línea del Mincio hemos conquistado Italia con mucha más frecuencia que desde que la tenemos; ¿quién pondrá en duda que, en caso necesario, volveríamos a hacer esa proeza?

En lo que toca al punto de que sin la línea del Mincio la guerra se trasladaría de inmediato a Baviera y Carintia, tampoco eso es cierto. Toda nuestra exposición se resume en que, sin la línea del Mincio, la defensa de la frontera sur de Alemania
solo puede ser ofensiva.
A ello conduce la naturaleza montañosa de las provincias fronterizas alemanas, que no pueden servir de campo de batalla decisivo; a ello conduce la favorable situación de los pasos de los Alpes. El campo de batalla está en las llanuras que se extienden ante ellos. Allí tenemos que bajar, y ello no puede impedírnoslo ningún poder de la tierra. Apenas cabe imaginar una iniciación de la ofensiva más favorable que la que se nos ofrece aquí para el caso más desfavorable de una alianza franco-italiana. Esta ofensiva puede ser apoyada mediante la mejora de los caminos de los Alpes y mediante fortificaciones en los nudos de comunicaciones en el Tirol, fortificaciones que han de ser suficientemente considerables para, en caso de retirada, obligar al enemigo, si no a detenerse por completo, sí a fuertes destacamentos para la protección de sus enlaces. En lo que atañe a los caminos de los Alpes, todas las guerras en los Alpes nos prueban que incluso la mayoría de los caminos principales no empedrados, y muchos senderos de herradura, son practicables sin excesivo esfuerzo para todas las clases de armas. En estas circunstancias, una ofensiva alemana en la Lombardía debería sin duda organizarse de modo que tuviera todas las perspectivas de éxito. Desde luego, podemos ser derrotados a pesar de todo; y entonces se produciría el caso del que habla Radowitz. ¿Qué ocurriría entonces con el desguarnecimiento de Viena y el flanqueo de Baviera a través del Tirol?

En primer lugar, es claro que ningún batallón enemigo se atreverá a cruzar el Isonzo mientras el ejército alemán no haya sido rechazado completa e irremediablemente al otro lado del Brenner desde el Tirol. Desde el momento en que Baviera constituya la base de operaciones alemana contra Italia, una ofensiva ítalo-francesa en dirección a Viena carece de todo sentido; sería una dispersión inútil de las fuerzas. Y si aun así Viena fuera un centro tan importante que valiese la pena destacar el grueso del ejército enemigo para conquistarla, esto solo demostraría que Viena necesita ser fortificada. La campaña de Napoleón en 1797, las invasiones de Italia y Alemania en 1805 y 1809 habrían podido terminar muy mal para los franceses de haber estado Viena fortificada. Una ofensiva que avanza a tales distancias siempre corre el riesgo de estrellar sus últimas fuerzas contra una capital fortificada. Por lo demás, aun suponiendo que el enemigo hubiese arrojado al ejército alemán al otro lado del Brenner, ¡qué grado de superioridad no se presupone para hacer posible un destacamento efectivo hacia la Austria interior!

Pero ¿qué hay del envolvimiento de toda Alemania meridional por Italia? En realidad, si la Lombardía envuelve a Alemania hasta Múnich, ¿hasta dónde envuelve Alemania a Italia? Desde luego, por lo menos hasta Milán y Pavía. Las probabilidades son, pues, iguales hasta ahí. Pero a causa de la anchura mucho mayor de Alemania, un ejército situado en el Alto Rin, envuelto por Italia hacia Múnich, no necesita por ello retirarse de inmediato. Un campamento atrincherado en la Alta Baviera o una fortificación pasajera de Múnich acogería al ejército tirolés derrotado y pronto detendría la ofensiva del enemigo que avanza, mientras al ejército del Alto Rin le quedaría la opción de basarse en Ulm e Ingolstadt o en el Meno, es decir, en el peor de los casos, cambiar la base de operaciones. En Italia, en cambio, todo eso es diferente. Si un ejército italiano es envuelto por el oeste a través de los pasos del Tirol, solo necesita ser expulsado de sus fortalezas y toda Italia está conquistada. Alemania, en una guerra contra Francia e Italia juntas, tiene siempre varios ejércitos, por lo menos tres, y la victoria o la derrota dependen del resultado global de las tres campañas. Italia solo ofrece espacio para un ejército; toda división sería un error; y si este único ejército es aniquilado, Italia está conquistada con ello. Para un ejército francés en Italia, la comunicación con Francia es, bajo cualquier circunstancia, lo principal; y mientras esta línea de comunicación no quede limitada al Col di Tenda y Génova, ofrece el flanco a los alemanes en el Tirol, y tanto más cuanto más avancen los franceses en Italia. Ciertamente, el caso de una irrupción de franceses e italianos en Baviera a través del Tirol debe preverse desde el momento en que vuelvan a librarse guerras alemanas en Italia y la base de operaciones se traslade de Austria a Baviera. Pero con instalaciones fortificatorias adecuadas en el sentido moderno, donde las fortalezas existen en función de los ejércitos y no los ejércitos en función de las fortalezas, se puede despuntar esta invasión con mucha más facilidad que una invasión alemana en Italia. Y por eso no tenemos por qué hacer de este llamado «envolvimiento» de toda Alemania meridional un espantajo. El enemigo que envuelve un ejército alemán del Alto Rin por Italia y el Tirol tiene que avanzar hasta el Báltico antes de poder cosechar los frutos de ese envolvimiento. Pero la marcha de Napoleón de Jena a Stettin difícilmente podrá repetirse en la dirección de Múnich a Danzig.

No negamos de ningún modo que Alemania, si renuncia a la línea del Adigio y del Mincio, renuncia a una posición defensiva muy fuerte. Pero negamos rotundamente que esa posición sea necesaria para la seguridad de la frontera meridional alemana. Si, como parecen hacer los representantes de la opinión contraria, se parte del supuesto de que un ejército alemán es derrotado cada vez que se presenta, entonces uno podrá imaginarse que el Adigio, el Mincio y el Po nos son incondicionalmente necesarios. Pero, en ese caso, en realidad mucho menos pueden servir de algo; entonces no nos ayudan ni fortalezas ni ejércitos, entonces lo mejor que podemos hacer es pasar directamente bajo las horcas caudinas. Nosotros tenemos otra opinión sobre la capacidad defensiva de Alemania, y por eso estamos bastante contentos de ver nuestra frontera meridional asegurada por las ventajas que ofrece a la ofensiva en suelo lombardo.

Pero aquí entran también en juego consideraciones políticas que no podemos dejar de lado. El movimiento nacional en Italia ha salido rejuvenecido y más potente de cada derrota desde 1820. Hay pocos países cuyas llamadas fronteras naturales coincidan tan estrechamente con las fronteras de la nacionalidad y sean a la vez tan pronunciadas. Cuando en semejante país, que además cuenta con veinticinco millones de habitantes, el movimiento nacional cobra fuerza, no puede volver a descansar mientras una de las mejores partes del país, la más importante desde el punto de vista político y militar, y con ella casi una cuarta parte de la población total, está sometida a una dominación extranjera antinacional. Desde 1820, Austria domina en Italia solo por la fuerza, mediante el aplastamiento de repetidas insurrecciones, mediante el terrorismo del estado de sitio. Para afirmar su dominio en Italia, Austria está obligada a tratar a sus adversarios políticos, es decir, a todo italiano que se siente italiano, peor que a vulgares criminales. La manera como los prisioneros políticos italianos han sido tratados por Austria, y en parte aún lo son, es algo inaudito en países civilizados. Los austriacos han tratado de infamar a los criminales políticos en Italia con particular predilección por medio de los golpes de vara, ya para arrancar confesiones, ya bajo el pretexto de castigo. Se ha derramado mucha indignación moral sobre el puñal italiano, sobre el asesinato político; pero se parece haber olvidado por completo que la vara austriaca lo provocó. Los medios de que ha de servirse Austria para mantener su dominio en Italia son la mejor prueba de que ese dominio no puede ser duradero; y Alemania, que a pesar de Radowitz, Willisen y Hailbronner no tiene el mismo interés en él que Austria, Alemania sí se ve llevada a preguntarse si ese interés es lo bastante grande para compensar las muchas desventajas que lleva consigo.

La Alta Italia es un apéndice que Alemania, en todas las circunstancias, solo puede utilizar en la guerra, mientras que en la paz solo puede perjudicarla. Los ejércitos necesarios para mantenerla sometida se han hecho cada vez más fuertes desde 1820, y desde 1848, en plena paz, superan los 70.000 hombres, que se hallan constantemente como en territorio enemigo y en todo momento deben estar preparados para ataques. La guerra de 1848 y 1849, y la ocupación de Italia hasta hoy —a pesar de la contribución de guerra piamontesa, a pesar de las repetidas contribuciones lombardas, los empréstitos forzosos y los impuestos extraordinarios—, le ha costado a Austria evidentemente mucho más de lo que Italia le ha reportado desde 1848. Y sin embargo, de 1848 a 1854 el país ha sido tratado sistemáticamente como una mera posesión provisional, de la que se saca todo lo que se puede antes de desalojarla. Solo desde la guerra de Oriente ha entrado Lombardía por un par de años en un estado menos anormal; y ¿cuánto durará esto, con las actuales complicaciones, cuando el sentimiento nacional italiano vuelve a latir con tanta fuerza?

Pero mucho más importante es saber si la posesión de Lombardía compensa todo el odio, toda la enemistad fanática que nos ha atraído en toda Italia. ¿Compensa la corresponsabilidad por las medidas con que Austria —en nombre y en interés de Alemania, según se nos asegura— asegura allí su dominio? ¿Compensa las continuas injerencias en los asuntos internos del resto de Italia, sin las cuales, según la práctica seguida hasta hoy y las aseveraciones austriacas, no se puede retener Lombardía, y que hacen aún más ardiente el odio de los italianos contra nosotros los alemanes? En todas las consideraciones militares hechas hasta ahora hemos presupuesto siempre el peor caso, el de una alianza de Francia con Italia. Mientras conservemos Lombardía, Italia será incondicionalmente el aliado de Francia en cualquier guerra francesa contra Alemania. Tan pronto como la abandonemos, esto cesa. ¿Pero es nuestro interés conservar cuatro fortalezas y, a cambio, asegurarnos la enemistad fanática y a los franceses la alianza de 25 millones de italianos?

La charla interesada sobre la incapacidad política de los italianos y su vocación de estar bajo dominación alemana o francesa, así como las diversas especulaciones sobre la posibilidad o imposibilidad de una Italia unida, nos resultan algo extrañas en boca de alemanes. ¿Cuánto tiempo hace que nosotros, la gran nación alemana, que cuenta con el doble de almas que los italianos, escapamos de la «vocación» de estar bajo dominación francesa o rusa? ¿Y ha resuelto la práctica actual la cuestión de la unidad o la desunidad de Alemania? ¿No estamos en este momento, con toda probabilidad, en vísperas de acontecimientos que harán madurar primero la cuestión decisiva sobre nuestro futuro en uno u otro sentido? ¿Acaso hemos olvidado por completo a Napoleón en Erfurt, o la apelación austriaca a Rusia en las conferencias de Varsovia, o la batalla de Bronzell?

Queremos conceder por el momento que Italia debe hallarse bajo influencia alemana o francesa. En este caso, además de las simpatías, decide principalmente la situación geográfico-militar de los dos países que ejercen la influencia. Supongamos que las fuerzas militares de Francia y Alemania son igual de fuertes, aunque Alemania podría ser evidentemente mucho más fuerte. Ahora bien, creemos haber demostrado que, en el caso más favorable, es decir, cuando el Valais y el Simplón están abiertos a los franceses, su influencia bélica inmediata solo abarca el Piamonte, y necesitan ganar primero una batalla para extenderla a territorios más alejados, mientras que nuestra influencia se extiende a toda Lombardía y al punto de unión entre el Piamonte y la península, y han de batirnos primero para arrebatarnos esta influencia. Donde se da semejante disposición geográfica para la dominación, la influencia de Alemania no tiene nada que temer de la competencia francesa.

El general Hailbronner decía recientemente, poco más o menos, en la A[ugsburger] “A[llgemeinen] Z[eitung]”: Alemania tiene otra vocación que la de servir de pararrayos para los rayos que se acumulan sobre la cabeza de la dinastía bonapartista. Con el mismo derecho pueden decir los italianos: Italia tiene otra vocación que la de servir a los alemanes de amortiguador contra los embates que Francia dirige contra ellos, y ser, en pago, obsequiados con palizas por los austríacos. Pero si Alemania tiene interés en procurarse aquí tal amortiguador, ello se consigue en todo caso mucho mejor poniéndose en buenas relaciones con Italia, haciendo justicia al movimiento nacional y dejando los asuntos italianos a los italianos mientras éstos no intervengan en los asuntos alemanes. La afirmación de Radowitz de que Francia tendría que dominar mañana en la Alta Italia si Austria sale hoy, era en su momento tan infundada como lo era aún hace tres meses; tal como están hoy las cosas, parece querer convertirse en verdad, pero en un sentido contrario al de Radowitz. Si los veinticinco millones de italianos no pueden afirmar su independencia, mucho menos podrán hacerlo los dos millones de daneses, los cuatro de belgas, los tres de holandeses. Y sin embargo, no oímos a los defensores de la dominación alemana en Italia lamentarse de la dominación francesa o sueca en esos países, ni pedir que sea reemplazada por la dominación alemana.

En cuanto a la cuestión de la unidad, pensamos: o bien Italia puede llegar a ser una, y entonces tendrá una política propia que no será necesariamente ni alemana ni francesa, y que por lo tanto no podrá ser más perjudicial para nosotros que para los franceses; o bien permanece escindida, y en tal caso la escisión nos garantiza aliados en Italia en cada guerra con Francia.

En todo caso, lo seguro es: tengamos o no la Lombardía, una influencia considerable en Italia la tendremos siempre mientras seamos fuertes en casa. Dejemos a Italia arreglar sus propios asuntos por sí misma, y el odio de los italianos contra nosotros cesará por sí solo, y nuestra influencia natural sobre ellos será, en todo caso, mucho más importante y podrá, en determinadas circunstancias, convertirse en auténtica hegemonía. En vez de buscar, pues, nuestra fortaleza en la posesión de suelo ajeno y en la opresión de una nacionalidad extranjera, a la que sólo el prejuicio puede negar la capacidad de futuro, mejor haremos en procurar que seamos uno y fuertes en nuestra propia casa.

III

Lo que es justo para uno, es equitativo para el otro. Si nosotros reclamamos el Po y el Mincio para protegernos no tanto de los italianos como de los franceses, no debemos sorprendernos de que los franceses reclamen también líneas fluviales para protegerse de nosotros.

El centro de gravedad de Francia no está en el centro, en el Loira, cerca de Orléans, sino en el norte, en el Sena, en París; y una doble experiencia demuestra que con París cae toda Francia. La importancia militar de la configuración de la frontera francesa se rige, pues, ante todo, por la protección que ofrece a París.

De París a Lyon, a Basilea, a Estrasburgo y a Lauterburgo, en línea recta, hay aproximadamente la misma distancia: unas cincuenta y cinco leguas. Toda invasión de Francia desde Italia, cuyo objetivo sea París, tiene que avanzar forzosamente por la región de Lyon, entre el Ródano y el Loira, o más al norte, si no quiere poner en peligro sus comunicaciones. La frontera alpina francesa al sur de Grenoble no cuenta, pues, en una marcha sobre París: París está completamente cubierto por ese lado.

A partir de Lauterburgo, la frontera francesa abandona el Rin y gira hacia el noroeste, formando un ángulo recto con él; desde Lauterburgo hasta Dunkerque traza una línea casi recta. El arco de círculo que hemos descrito con el radio París-Lyon, pasando por Basilea y Estrasburgo hasta Lauterburgo, queda aquí, por tanto, interrumpido; la frontera septentrional francesa forma, más bien, la cuerda de ese arco, y el segmento circular más allá de esta cuerda no pertenece a Francia. La línea de conexión más corta entre París y la frontera del norte, la línea París-Mons, sólo tiene la mitad de longitud que el radio París-Lyon o París-Estrasburgo.

En estas sencillas relaciones geométricas reside la razón de que Bélgica haya de ser el campo de batalla de todas las guerras libradas en el norte entre Alemania y Francia. Bélgica flanquea todo el este de Francia, desde Verdún y el alto Marne hasta el Rin. Es decir: un ejército que penetre por Bélgica puede hallarse ante París antes de que un ejército francés que se encuentre más allá de Verdún o de Chaumont, en dirección al Rin, pueda regresar; el ejército que avanza desde Bélgica puede, por tanto, en caso de ofensiva victoriosa, interponerse siempre entre París y el ejército francés del Mosela o del Rin; tanto más cuanto que el camino desde la frontera belga hasta los puntos decisivos del envolvimiento en el Marne (Meaux, Château-Thierry, Epernay) es aún más corto que el que conduce al mismo París.

Y no basta con eso. En toda la línea, desde el Mosa hasta el mar, en dirección a París, el enemigo no encuentra el más mínimo obstáculo del terreno hasta llegar al Aisne y al Oise inferior, los cuales, sin embargo, presentan un curso más bien desfavorable para la defensa de París por el norte. Ni en 1814 ni en 1815 opusieron al ataque serias dificultades. Pero aun concediendo que puedan ser incorporados al sistema defensivo formado por el Sena y sus afluentes, y que en 1814 lo fueron en parte, con ello se enuncia al mismo tiempo como hecho que la verdadera defensa del norte de Francia no comienza hasta Compiègne y Soissons, y que la primera posición defensiva que cubre París por el norte se halla a sólo doce leguas de París.

Una frontera más débil que la francesa frente a Bélgica no es fácil de imaginar para un Estado. Se sabe el esfuerzo que hizo Vauban para suplir la falta de medios naturales de defensa con medios artificiales; se sabe también cómo en 1814 y 1815 el ataque atravesó el triple cinturón de fortalezas casi sin prestarle atención. Se sabe cómo en 1815 una fortaleza tras otra sucumbieron a los ataques de un solo cuerpo prusiano tras asedios y bombardeos increíblemente breves. Avesnes se rindió el 22 de junio de 1815, después de ser bombardeada durante medio día por diez obuses de campaña. Guise se rindió a diez piezas de campaña sin disparar un solo tiro. Maubeuge capituló el 13 de julio tras catorce días de trinchera abierta. Landrecies abrió sus puertas el 21 de julio, después de 36 horas de trinchera abierta y dos horas de bombardeo, tras haber lanzado los sitiadores únicamente 126 bombas y 52 balas macizas. Mariembourg pidió sólo, pro forma, los honores de una trinchera abierta y una sola bala de a veinticuatro, y capituló el 28 de julio. Philippeville resistió dos días de trinchera abierta y algunas horas de bombardeo; Rocroi, 26 horas de trincheras abiertas y dos horas de bombardeo. Sólo Mézières se mantuvo dieciocho días después de abiertas las trincheras. Había entre los comandantes una furia de capitulación que en nada cedía a la que hubo en Prusia después de la batalla de Jena; y si se aduce que aquellas plazas estaban en 1815 ruinosas, débilmente guarnecidas y mal pertrechadas, no debe olvidarse que, salvo contadas excepciones, esas fortalezas tienen que haber estado siempre desatendidas. El triple cinturón de Vauban ha perdido hoy todo valor, es un perjuicio efectivo para Francia. Ninguna de las fortalezas al oeste del Mosa cubre por sí sola sector alguno del terreno, y en ninguna parte se pueden encontrar cuatro o cinco que formen un grupo dentro del cual un ejército encuentre cobertura y conserve a la vez capacidad de maniobra. Esto se debe a que ninguna está situada en un gran río. El Lys, el Escalda, el Sambre sólo adquieren importancia para la guerra en territorio belga; y así, el efecto de estas fortalezas dispersas en campo abierto no se extiende más allá del alcance de sus cañones. Con excepción de un par de grandes plazas-depósito en la frontera, que pueden servir de base a una ofensiva hacia Bélgica, y de algunos puntos en el Mosa y el Mosela que poseen importancia estratégica, todas las demás plazas fuertes y fuertes de la frontera septentrional francesa no sirven más que para la más inútil dispersión de las fuerzas. Todo gobierno que las arrasase haría un servicio a Francia; pero ¿qué diría a esto la tradicional superstición francesa?

La frontera septentrional francesa es, por consiguiente, en sumo grado desfavorable para la defensa; de hecho, no puede defenderse en absoluto, y el cinturón de fortalezas de Vauban, en lugar de reforzarla, no es hoy más que el reconocimiento y el monumento de su debilidad.

Al igual que los teóricos centroeuropeos de la gran potencia en Italia, también los franceses buscan más allá de su frontera septentrional una línea fluvial que les ofrezca una buena posición defensiva. ¿Cuál podría ser ésta?

La primera línea que se ofrece sería la del Escalda inferior y el Dyle, prolongada hasta la desembocadura del Sambre en el Mosa. Esta línea incorporaría a Francia la mitad mejor de Bélgica. Incluiría casi todos los famosos campos de batalla belgas en los que franceses y alemanes se han combatido: Oudenarde, Jemappes, Fleurus, Ligny, Waterloo. Pero ni con eso forma una línea defensiva; dejaría entre el Escalda y el Mosa una gran brecha por la que el enemigo puede penetrar sin obstáculo.

La segunda línea sería el Mosa mismo. Si Francia tuviera la orilla izquierda del Mosa, no estaría ni siquiera en una posición tan favorable como Alemania si sólo poseyese la línea del Adigio en Italia. La línea del Adigio redondea bastante completamente el territorio, la del Mosa sólo de manera muy imperfecta. Si corriera desde Namur hacia Amberes, formaría una línea fronteriza mucho mejor. Pero, en vez de eso, desde Namur se dirige hacia el noreste y no corre hacia el Mar del Norte, en un gran arco, sino hasta más allá de Venlo.

Toda la región situada al norte de Namur, entre el Mosa y el mar, quedaría cubierta en caso de guerra únicamente por sus fortalezas; pues un paso enemigo del Mosa encontraría siempre al ejército francés en la llanura de Brabante meridional, y una ofensiva francesa sobre la orilla alemana izquierda del Rin chocaría inmediatamente con la fuerte línea del Rin, y precisamente de manera directa contra el campamento atrincherado de Colonia. El ángulo entrante del Mosa entre Sedán y Lieja contribuye además a debilitar la línea, a pesar de estar ocupado por las Ardenas. La línea del Mosa ofrece, pues, a los franceses demasiado en un sitio y demasiado poco en otro para una buena defensa fronteriza. Sigamos, pues.

Si volvemos a posar sobre el mapa un pie del compás en París y describimos, con el radio París-Lyon, un arco desde Basilea hasta el Mar del Norte, encontramos que el curso del Rin, desde Basilea hasta su desembocadura, sigue este arco con una precisión notable. Salvo unas pocas millas, todos los puntos importantes del Rin están a igual distancia de París.
Ésta es la razón auténtica y real del anhelo francés por la frontera del Rin.

Si Francia posee el Rin, París es entonces, frente a Alemania, realmente el centro de Francia. Todos los radios que desde París corren hacia la frontera atacable, ya sea hacia el Rin o hacia el Jura, tienen la misma longitud. Por doquier se ofrece al enemigo la periferia convexa del círculo, tras la cual ha de maniobrar dando rodeos, mientras que los ejércitos franceses pueden moverse sobre la cuerda más corta y anticiparse al enemigo. Las líneas de operaciones y de retirada, de igual longitud, de los distintos ejércitos facilitan enormemente una retirada concéntrica y, con ello, la posibilidad de reunir en un punto dado a dos de estos ejércitos para asestar un golpe principal contra el enemigo aún separado.

Con la posesión de la frontera del Rin, el sistema defensivo de Francia, en lo que a las
condiciones
naturales respecta, sería uno de esos que el general Willisen califica de “ideales”, que no dejan ya nada que desear. El fuerte sistema defensivo interior de la cuenca del Sena, formado por los ríos Yonne, Aube, Marne, Aisne y Oise, que confluyen hacia el Sena en abanico, este sistema fluvial en el que Napoleón impartió a los aliados en 1814 tan rudas lecciones estratégicas, queda así por primera vez cubierto de modo uniforme en todas las direcciones; el enemigo se acerca desde todos los lados más o menos simultáneamente y puede ser detenido en los ríos hasta que los ejércitos franceses, con fuerzas reunidas, estén en condiciones de atacar por separado cada una de sus columnas aisladas; mientras que, sin la línea del Rin, la defensa en el punto más decisivo, cerca de Compiègne y Soissons, no puede detenerse hasta 12 leguas de

París. En ninguna región de Europa se vería la defensa tan apoyada por los ferrocarriles para la súbita concentración de grandes fuerzas como en el país situado entre el Sena y el Rin. Desde el centro, París, parten los radios ferroviarios hacia Boulogne, Brujas, Gante, Amberes, Maastricht, Lieja y Colonia, hacia Mannheim y Maguncia vía Metz, hacia Estrasburgo, hacia Basilea, hacia Dijon y Lyon. Cualquiera que sea el punto donde el enemigo se presente con mayor fuerza, desde París se le puede lanzar al encuentro por ferrocarril toda la potencia del ejército de reserva. La defensa interior de la cuenca del Sena se ve reforzada en particular, además, por el hecho de que dentro de ella todos los radios ferroviarios discurren por los valles fluviales (Oise, Marne, Sena, Aube, en parte Yonne). Mas no basta con esto. Tres arcos ferroviarios concéntricos se extienden en una longitud de al menos un cuadrante alrededor de París, a distancias bastante iguales: el primero, a través de los ferrocarriles de la margen izquierda del Rin, que ya corren casi sin interrupción desde Neuss hasta Basilea; el segundo va de Ostende y Amberes por Namur, Arlon, Thionville, Metz y Nancy hasta Épinal y está asimismo prácticamente terminado; el tercero, por último, va de Calais por Lille, Douai, Saint-Quentin, Reims, Châlons-sur-Marne y Saint-Dizier hasta Chaumont. Aquí se dan, pues, en todos los rincones y extremos, los medios para concentrar masas de tropas en el más breve tiempo sobre un punto cualquiera, y aquí, por naturaleza y arte y sin fortaleza alguna, la defensa mediante la capacidad de maniobra sería tan fuerte que una invasión de Francia habría de contar con una resistencia muy distinta a la que encontró en 1814 y 1815.

Sólo una cosa le faltaría al Rin como río fronterizo. Mientras una orilla sea enteramente alemana y la otra enteramente francesa, ninguno de los dos pueblos lo domina. A un ejército superior, cualquiera que sea la nación a la que pertenezca, no se le podría disputar el paso en parte alguna; esto lo hemos visto cien veces, y la estrategia indica las razones de que así tenga que ser. Ante una ofensiva alemana superior, la defensa francesa sólo podría volver a detenerse más atrás: el ejército del Norte en el Mosa, entre Venlo y Namur; el ejército del Mosela en el Mosela, aproximadamente en la confluencia del Sarre; el ejército del Alto Rin en el Alto Mosela y el Alto Mosa. Para dominar completamente el Rin, para poder oponerse enérgicamente al paso de un río por el enemigo, los franceses necesitarían, pues, cabezas de puente en la margen derecha del Rin. Fue, por tanto, enteramente consecuente por parte de Napoleón que incorporase sin más Wesel, Kastel y Kehl al Imperio francés. Tal como están ahora las cosas, su sobrino, para completar las hermosas fortalezas que los alemanes le han construido en la margen izquierda del Rin, habría de pedir además

Ehrenbreitstein, Deutz y, en caso necesario, también la cabeza de puente de Germersheim. Entonces el sistema geográfico-militar de Francia, en ofensiva y en defensiva, sería perfecto, y todo nuevo apéndice sólo podría perjudicar. Y cuán fundado en la naturaleza y comprensible de suyo parece este sistema, de ello dieron los aliados en 1813 un testimonio contundente. Hacía apenas diecisiete años que Francia se había organizado este sistema, y, sin embargo, se entendía ya tan por sí mismo que los altos aliados, a pesar de su superioridad y de la indefensión de Francia, retrocedieron espantados ante la idea de tocarlo, como ante un sacrilegio; y si los elementos nacional-alemanes del movimiento no los hubieran arrastrado, el Rin sería aún hoy un río francés.

Pero si nosotros no sólo cediésemos a los franceses el Rin, sino también las cabezas de puente de la margen derecha, entonces los franceses, por su parte, habrían cumplido el deber que, según la opinión de Radowitz, Willisen y Hailbronner, cumplimos nosotros para con nosotros mismos al afirmar el Adigio y el Mincio con las cabezas de puente de Peschiera y Mantua. Pero entonces también habríamos hecho a Alemania tan totalmente impotente frente a Francia como lo es hoy Italia frente a Alemania. Y entonces, como en 1813, Rusia sería el natural “libertador” de Alemania (así como Francia, o más bien el gobierno francés, se presenta ahora como “libertador” de Italia) y, como recompensa a sus abnegados esfuerzos, sólo pediría algunas pequeñas comarcas para el redondeo de Polonia — acaso Galitzia y Prusia; ¡pues a través de ellas es también por donde se “flaquea” a Polonia!

Lo que para nosotros es el Adigio y el Mincio, eso, y algo aún mucho más importante, es para Francia el Rin. Si el Véneto en manos de Italia, y eventualmente de Francia, flanquea Baviera y el Alto Rin y deja al descubierto el camino hacia Viena, Bélgica y Alemania, a través de Bélgica, flanquean todo el este de Francia y dejan al descubierto el camino hacia París de modo aún más eficaz. Desde el Isonzo hasta Viena hay todavía sesenta leguas, en un terreno donde la defensa siempre puede llegar a detenerse en cierta medida; desde el Sambre hasta París son treinta leguas, y sólo doce leguas antes de París, en Soissons o Compiègne, encuentra la defensiva una línea fluvial que cubre en alguna medida. Si Alemania, según Radowitz, se sitúa de antemano, al abandonar el Mincio y el Adigio, en la posición a la que de otro modo llegaría por la

pérdida de toda una campaña, Francia está, con sus actuales fronteras, en la situación de quien hubiera tenido la frontera del Rin y perdido dos campañas: la primera por las fortalezas del Rin y del Mosa, la segunda en campaña en la llanura belga. Incluso la fuerte posición de las fortalezas de la Alta Italia se repite en cierta medida en el Bajo Rin y el Mosa;

¿no cabría hacer de Maastricht, Colonia, Jülich, Wesel y Venlo, con poca ayuda y unos dos puntos intermedios, un sistema igualmente fuerte que cubriese por completo Bélgica y el Brabante Septentrional, permitiendo a un ejército francés demasiado débil para el campo mantener fijas fuerzas enemigas mucho más fuertes maniobrando en los ríos y, finalmente, retirarse sin estorbos hacia la llanura belga o hacia Douai mediante los ferrocarriles?

A lo largo de toda esta investigación hemos supuesto que Bélgica esté completamente abierta a los alemanes para un ataque a Francia y que esté aliada con ellos. Puesto que tuvimos que argumentar desde el punto de vista francés, teníamos el mismo derecho a ello que nuestros adversarios en el Mincio cuando suponen a Italia — también a una Italia libre y unida — siempre hostil a los alemanes. En todas estas cosas es enteramente correcto examinar primero el caso peor, prepararse inicialmente para él; y así han de proceder los franceses cuando hoy examinan la capacidad defensiva y la configuración estratégica de su frontera septentrional. Que Bélgica es, por tratados europeos, un país neutral, al igual que Suiza, podemos dejarlo aquí de lado. En primer lugar, la práctica histórica aún ha de demostrar que esta neutralidad es, en una guerra europea, más que un pedazo de papel; y, en segundo lugar, Francia no podrá en ningún caso contar tan firmemente con ella como para poder tratar militarmente toda la frontera con Bélgica como si este país formase un golfo protector entre Francia y Alemania. La debilidad de la frontera sigue siendo, pues, al final la misma, tanto si se la defiende realmente de manera activa como si sólo se destacan tropas que la ocupen contra posibles ataques.

Hemos llevado a cabo, pues, en buena medida la comparación entre el Po y el Rin. Prescindiendo de las mayores dimensiones en el Rin, que no harían sino reforzar la reivindicación francesa, la analogía es tan completa como cabe desear. Cabe esperar que, en caso de guerra, los soldados alemanes defiendan prácticamente el Rin en el Po con mejor éxito que el que los políticos de la gran potencia centroeuropea tienen al hacerlo teóricamente. En el Po defienden ciertamente el Rin, pero — sólo
para los franceses
.

Por lo demás, para el caso de que también los alemanes fuesen alguna vez tan desafortunados como para perder su “frontera natural”, el Po y el Mincio, para este caso llevemos aún algo más lejos la analogía. Los franceses poseyeron su “frontera natural” sólo diecisiete años y han tenido que arreglárselas sin ella durante ya casi cuarenta y cinco años. Durante este

tiempo, sus mejores militares han llegado también, en teoría, a la conclusión de que la inutilidad del cinturón de fortalezas de Vauban contra una invasión está fundada en las leyes del arte moderno de la guerra, y que, por tanto, ni en 1814 ni en 1815 permitieron el azar ni la tan socorrida “trahison” <“Verräterei”> que los aliados marchasen despreocupadamente entre las fortalezas. Que para asegurar la expuesta frontera septentrional había que hacer algo, resultó después de esto aún más patente. Sin embargo, saltaba a la vista que no había perspectiva alguna de obtener tan pronto la frontera del Rin. ¿Qué hacer?

Los franceses se ayudaron de un modo que honra a un gran pueblo: fortificaron París, hicieron por primera vez en la historia moderna el intento de transformar su capital en un campo atrincherado de la escala más colosal. Los doctos de la guerra de la vieja escuela movieron la cabeza ante esta empresa insensata. ¡Dinero tirado, pura complacencia con la fanfarronería francesa! ¡Nada detrás, pura charlatanería, quién ha oído hablar jamás de una fortaleza que tenga nueve millas de perímetro y un millón de habitantes! ¿Cómo va a defenderse si no se mete dentro como guarnición a la mitad del ejército? ¿Cómo va a abastecerse a toda esa gente? ¡Locura, arrogancia francesa, atentado impío, repetición de la construcción de la torre de Babel! Así juzgaba la rutina militar la nueva empresa, la misma rutina que estudia la guerra de asedio en un hexágono de Vauban y cuyo pasivo método de defensa no conoce mayor réplica ofensiva que la salida de una sección de infantería desde el camino cubierto hasta el pie del glacis. Pero los franceses siguieron construyendo tranquilamente y han tenido la satisfacción de que, aunque París no ha pasado aún la prueba de fuego, los militares sin rutina de toda Europa les han dado la razón, de que Wellington hiciera planos para la fortificación de Londres, de que en torno a Viena, si no nos equivocamos, ya ha comenzado la construcción de fuertes destacados y de que, por lo menos, se discute la fortificación de Berlín. Ellos mismos han tenido que aprender del ejemplo de Sebastopol qué enorme fuerza posee un colosal campo atrincherado cuando, ocupado por todo un ejército, la defensa se lleva a cabo ofensivamente en la mayor escala. ¡Y Sebastopol sólo tenía una muralla anular, ningún fuerte destacado, sólo obras de campaña, ninguna escarpa de mampostería!

Desde que París está fortificada, Francia puede prescindir de la frontera del Rin. Como Alemania en Italia, tendrá que llevar al principio su defensa en la frontera del norte de manera ofensiva. Que esto se ha comprendido, lo demuestra la disposición de la red ferroviaria. Si esta ofensiva es rechazada, el ejército se detiene en el Oise y el Aisne, y de manera definitiva; pues un avance ulterior del enemigo ya no tendría objeto, ya que el ejército de invasión procedente de Bélgica sería, por sí solo, demasiado débil para operar contra París. Detrás del Aisne, en segura comunicación con París, en el peor de los casos detrás del Marne, apoyado el ala izquierda en París, en posición de flanco ofensiva, el ejército francés del norte podría esperar la llegada de los demás ejércitos. Al enemigo no le quedaría más remedio que avanzar sobre Château-Thierry y operar contra las comunicaciones de los ejércitos franceses del Mosela y del Rin. Pero la acción distaría ya mucho de tener la importancia decisiva que tenía antes de la fortificación de París. En el peor de los casos, a los restantes ejércitos franceses no se les puede cortar la retirada detrás del Loira; concentrados allí, serán aún lo bastante fuertes para resultar peligrosos al ejército de invasión debilitado y dividido por la cernidura de París, o para abrirse paso hacia la capital. En una palabra: a la maniobra de envolvimiento a través de Bélgica, la fortificación de París le ha roto la punta, ya no decide, y pueden calcularse sencillamente las desventajas que trae consigo y los medios que hay que emplear contra ella.

Bien haríamos en imitar el ejemplo de los franceses. En vez de dejarnos aturdir por el griterío acerca de lo indispensable que es una posesión extraalemana que día a día se vuelve más insostenible para Alemania, mejor haríamos en prepararnos para el momento inevitable en que renunciemos a Italia. Cuanto antes se tracen de antemano las fortificaciones que entonces necesitemos, tanto mejor. Dónde y cómo hay que trazarlas, decir más que las indicaciones antes esbozadas no es de nuestra incumbencia. Solamente que no se tiendan centros de gravedad ilusorios y, confiándose en ellos, se descuiden las únicas fortificaciones capaces de hacer detenerse a un ejército en retirada: los campos atrincherados y los grupos de fortalezas en los ríos.

IV

Hemos visto ahora adónde conduce la teoría de las fronteras naturales expuesta por los políticos de las grandes potencias centroeuropeas. El mismo derecho que asiste a Alemania sobre el Po, asiste a Francia sobre el Rin. Si Francia, por una buena posición militar, no ha de incorporarse nueve millones de valones, neerlandeses y alemanes, tampoco nosotros tenemos derecho a subyugar a seis millones de italianos por una posición militar. Y esta frontera natural, el Po, es a fin de cuentas sólo una posición militar, y sólo por eso, se nos dice, debe Alemania afirmarla.

La teoría de las fronteras naturales pone fin a la cuestión de Schleswig-Holstein con un solo grito: ¡Danmark til Eideren! ¡Dinamarca hasta el Eider! Pues ¿qué exigen los daneses sino su
Po
y
Mincio
, que se llama Eider, su Mantua, de nombre Friedrichstadt?

La teoría de las fronteras naturales exige, con el mismo derecho que Alemania invoca en el Po, para Rusia Galitzia y la Bucovina y un redondeo hacia el mar Báltico que encierre por lo menos toda la orilla derecha prusiana del Vístula. Pocos años más tarde, con el mismo derecho podrá plantear la exigencia de que el Oder sea la frontera natural de la Polonia rusa.

La teoría de las fronteras naturales, aplicada a Portugal, se ve forzada a extender este país hasta los Pirineos y a hacer que toda España se disuelva en Portugal.

La frontera natural de Reuß-Greiz-Schleiz-Lobenstein deberá también extenderse, como mínimo, hasta los límites del territorio de la Confederación Germánica y más allá, hasta el Po y quizás hasta el Vístula, si es que ha de rendirse cuentas a las leyes de la justicia eterna, y Reuß-Greiz-Schleiz-Lobenstein tiene tanto derecho a que se le haga justicia como Austria.

Si la teoría de las fronteras naturales, es decir, de las fronteras fijadas exclusivamente por consideraciones militares, es correcta, ¿qué nombre daremos entonces a los diplomáticos alemanes que en el Congreso de Viena nos llevaron al borde de una guerra de alemanes contra alemanes, nos hicieron perder la línea del Mosa, dejaron al desnudo la frontera oriental alemana y permitieron[en] que fueran las potencias extranjeras las que delimitaran y repartieran a Alemania? En verdad, ningún país tiene tantos motivos para quejarse del Congreso de Viena como Alemania; pero si aplicamos la vara de las fronteras naturales, ¿qué tal queda entonces la reputación de los estadistas alemanes de entonces? Y precisamente las mismas gentes que defienden la teoría de las fronteras naturales en el Po viven de la herencia de los diplomáticos de 1815 y continúan la tradición del Congreso de Viena.

¿Queréis un ejemplo de ello?

Cuando Bélgica se separó de Holanda en 1830, alzaron su voz las mismas gentes que hoy convierten el Mincio en cuestión vital. Clamaron al cielo contra el desmembramiento del fuerte poder fronterizo neerlandés, que debía formar un baluarte frente a Francia y que incluso –después de veinte años de experiencias, todavía tanta superstición– se había visto obligado a ceñir al cinturón de fortalezas de Vauban, grandioso al menos en su género, una delgada cinta de plazas fuertes. ¡Como si temieran las grandes potencias que Arrás, Lille, Douai y Valenciennes, una hermosa mañana, fuesen a marchar hacia Bélgica con todos sus bastiones, semilunas y lunetas y a instalarse allí cómodamente! Entonces los representantes de esa misma orientación estrecha que aquí combatimos se lamentaban de que Alemania estaba en peligro, pues Bélgica no era más que un apéndice sin voluntad de Francia, un enemigo necesario de Alemania, y las valiosas fortalezas construidas con dinero alemán (es decir, arrebatado a los franceses) como protección contra Francia estaban ahora a disposición de los franceses contra nosotros. La frontera francesa había avanzado hasta el Mosa y el Escalda y más allá; ¿cuánto tardaría en ser empujada hasta el Rin? La mayoría de nosotros recuerda aún con bastante nitidez estas lamentaciones. ¿Y qué ha ocurrido? Bélgica, desde 1848 y sobre todo desde la restauración bonapartista, se ha apartado de Francia de un modo cada vez más decidido y se ha acercado a Alemania. Ahora ya puede incluso valer como miembro externo de la Confederación Germánica. ¿Y qué hicieron los belgas en cuanto entraron en una especie de oposición con Francia? Desmantelaron todas las fortalezas que la sabiduría del Congreso de Viena había octroyado al país por considerarlas
completamente inútiles frente a Francia
, y erigieron en torno a Amberes un campo atrincherado lo bastante grande para acoger a todo el ejército y poder esperar allí, en caso de invasión francesa, el socorro inglés o alemán. Y con razón.

La misma sabia política que en 1830 quería mantener aherrojada por la fuerza a la Bélgica católica y de lengua predominantemente francesa con la Holanda protestante y de habla hogareña, esa misma sabia política quiere desde 1848 mantener a Italia por la fuerza bajo la presión austríaca y hacernos responsables a los alemanes de los actos de Austria en Italia. Y todo eso por puro miedo a Francia. Todo el patriotismo de estos señores parece consistir en caer en una agitación febril en cuanto se habla de Francia. Parece que aún no hayan superado los golpes que el viejo Napoleón repartió hace cincuenta y sesenta años. No pertenecemos, ciertamente, a los que subestiman el poder militar de Francia. Sabemos muy bien que, por ejemplo, en lo que se refiere a la infantería ligera, a la experiencia y destreza en la guerra pequeña y a ciertos aspectos de la ciencia artillera, ningún ejército alemán puede medirse con el francés. Pero cuando hay gentes que primero se echan a la boca los un millón doscientos mil soldados de Alemania, como si estuvieran ahí, listos y acabados, cual piezas de ajedrez con las que el señor Dr. Kollo juega una partida contra Francia por Alsacia y Lorena, y cuando esas mismas gentes, a la menor ocasión, muestran una timidez como si se entendiera de suyo que ese millón doscientos mil hombres han de ser pasados a cuchillo por la mitad de franceses, a menos que los susodichos un millón doscientos mil se escondan en puras posiciones inexpugnables, entonces es realmente hora de perder la paciencia. Es hora, frente a esta política de defensiva pasiva, de recordar que, aun cuando Alemania, en conjunto y a grandes rasgos, pueda verse obligada a una defensiva con réplicas ofensivas, ninguna defensiva es más eficaz que la activa, la llevada ofensivamente. Es hora de recordar que, frente a los franceses y a otras naciones, a menudo nos hemos mostrado superiores en el ataque.

«Por lo demás, el genio de nuestros soldados es atacar; y eso está ya muy bien»,

dice Federico el Grande de su infantería; de cómo sabía atacar su caballería pueden dar testimonio Rossbach, Zorndorf, Hohenfriedberg. De cómo la infantería alemana acostumbraba a atacar en 1813 y 1814, la mejor prueba es la célebre instrucción de Blücher al abrirse la campaña de 1815:

«Habiendo enseñado la experiencia que el ejército francés no es capaz de resistir el ataque a la bayoneta de nuestras masas de batallón, es de justicia ejecutarlo siempre que se trate de arrollar al enemigo o de ganar una posición.»

Nuestras batallas más hermosas han sido batallas ofensivas, y si el soldado alemán carece de una determinada cualidad del francés, según está demostrado, es de la de atrincherarse defensivamente en aldeas y casas; en el ataque bien puede codearse con él y lo ha hecho con harta frecuencia.

En lo que atañe, por lo demás, a esta política misma, dejando a un lado los motivos que la sustentan, consiste en lo siguiente: primero, bajo el pretexto de defender supuestos intereses alemanes, o de defenderlos hasta extremos absurdos, nos hacemos odiosos a todos los pequeños vecinos fronterizos, para indignarnos después de que éstos se aproximen más a Francia. Fueron necesarios cinco años de restauración bonapartista para separar a Bélgica de la alianza francesa, a la que la política de 1815, proseguida en 1830, la política de la Santa Alianza, la había arrojado; y en Italia hemos creado a los franceses una posición que compensa con creces, verdaderamente, la línea del Mincio. Y a pesar de todo, la política francesa frente a Italia ha sido siempre limitada, mezquina y explotadora, de modo que los italianos, con un trato mínimamente leal por nuestra parte, se habrían mantenido incondicionalmente más cerca de nosotros que de Francia. Es bien sabido cómo, desde 1796 hasta 1814, Napoleón, sus gobernadores y sus generales los esquilmaron en dinero, productos naturales, tesoros artísticos y seres humanos. En 1814 llegaron los austriacos como «libertadores» y como libertadores fueron recibidos. (Del modo en que liberaron Italia da testimonio el odio que hoy siente todo italiano contra los Tedeschi (alemanes).) Hasta aquí la práctica de la política francesa en Italia; en cuanto a la teoría, basta con decir que sólo conoce un principio:  
Francia no puede tolerar jamás una Italia unida e independiente.  
Este principio se mantiene firme hasta Luis Napoleón, y, para que no haya malentendidos, La Guéronnière tiene que proclamarlo ahora de nuevo como verdad eterna. Y frente a una política francesa tan limitada y pequeñoburguesa, frente a una política que reivindica sin más el derecho a inmiscuirse en los asuntos internos de Italia, ¡nosotros, los alemanes, habríamos de temer que una Italia que ya no se hallara bajo dominio directo alemán fuera siempre el siervo obediente de Francia contra nosotros?  
Es verdaderamente ridículo. Es el viejo clamor de 1830 a propósito de Bélgica. A pesar de todo, Bélgica ha venido a nosotros, ha venido sin ser invitada; Italia debería venir a nosotros de igual modo.

Es absolutamente necesario, por otra parte, mantener con firmeza que la cuestión de la posesión de Lombardía es una cuestión entre Italia y Alemania, y no entre Luis Napoleón y Austria. Frente a un tercero como Luis Napoleón, un tercero que se inmiscuye por sus propios intereses —intereses antialemanes en otro aspecto—, se trata sencillamente de la conservación de una provincia que sólo se cede por la fuerza, de una posición militar que sólo se abandona cuando ya no se puede sostener. La cuestión política pasa, en este caso, inmediatamente a segundo plano detrás de la cuestión militar; si somos atacados, nos defendemos.

Si Luis Napoleón quiere presentarse como paladín de la independencia italiana, puede ahorrarse la guerra contra Austria. *Charité bien ordonnée commence chez soi-même.* <Una caridad bien ordenada empieza por casa.> El «Departamento» de Córcega es una isla italiana, italiana a pesar de ser la patria del bonapartismo. Que Luis Napoleón ceda primero Córcega a su tío Víctor Manuel; quizá entonces nos prestemos también a negociar. Hasta que lo haya hecho, hará bien en guardarse para sí su entusiasmo por Italia.

No hay en toda Europa ninguna potencia importante que no haya incorporado a su territorio partes de otras naciones. Francia tiene provincias flamencas, alemanas, italianas. Inglaterra, el único país que posee fronteras verdaderamente naturales, las ha traspasado en todas direcciones, ha hecho conquistas en todos los países y ahora se encuentra también en disputa con una de sus dependencias, las islas Jónicas, después de haber aplastado hace poco una colosal rebelión en la India con medios auténticamente austriacos. Alemania tiene provincias semieslavas, apéndices eslavos, magiares, valacos e italianos. ¡Y sobre cuántas lenguas impera el blanco zar de Petersburgo!

Que el mapa de Europa está definitivamente fijado, nadie lo afirmará. Pero todos los cambios, en la medida en que tengan permanencia, deben tender, a grandes rasgos, a dar cada vez más a las grandes y viables naciones europeas sus verdaderas fronteras naturales, determinadas por la lengua y las afinidades, mientras que, al mismo tiempo, los restos de pueblos que aún se encuentran aquí y allá y que ya no son capaces de una existencia nacional sigan incorporados a las naciones mayores y o bien se disuelvan en ellas o bien se conserven únicamente como monumentos etnográficos, sin significación política. Las consideraciones militares sólo pueden valer en segundo término.

Pero si el mapa de Europa ha de revisarse, nosotros los alemanes tenemos el derecho de exigir que ello suceda de manera cabal e imparcial y que no se pida, como está de moda, que Alemania sea la única en hacer sacrificios, mientras todas las demás naciones obtienen ventajas sin ceder lo más mínimo. Podemos prescindir de no pocas cosas que cuelgan de las fronteras de nuestro territorio y nos enredan en asuntos en los que mejor haríamos en no inmiscuirnos tan directamente. Pero exactamente lo mismo les ocurre a otros; que nos den el ejemplo de la generosidad o que callen. El resultado final, empero, de todo este examen es que nosotros, los alemanes, haríamos un negocio excelente si pudiéramos cambiar el Po, el Mincio, el Adigio y toda la baratija italiana por la unidad, la que nos resguarda de una repetición de Varsovia y Bronzell y la única que puede hacernos fuertes hacia el interior y hacia el exterior. Si tenemos esa unidad, puede cesar la actitud defensiva. Entonces ya no necesitaremos el Mincio; «nuestro genio» volverá a ser «atacar»; y aún quedan algunos puntos podridos donde esto será harto necesario.