Karl Marx

Austria, Prusia y Alemania en la guerra

Del inglés.

[*New-York Daily Tribune*, núm. 5647 del 27 de mayo de 1859]

Viena, 10 de mayo de 1859

La impaciencia y el desencanto de los vieneses por el paso de tortuga con que avanza la guerra, iniciada en apariencia de manera tan enérgica, movió al gobierno a fijar en todos los muros de la capital el siguiente cartel:

«La posibilidad de que el adversario llegue a conocer en el espacio de pocas horas todas las noticias que los periódicos del país comuniquen sobre los movimientos del ejército imperial-real, y de que las explote en beneficio propio, impone aquí la obligación de proceder con la mayor cautela en las presentes comunicaciones. Las últimas noticias afirman que el ejército imperial-real en operaciones ocupa una posición entre el Po y el Sesia, desde la cual se posibilita todo movimiento ofensivo. Está en posesión de todos los pasos del Sesia, y aunque la persistente crecida del Po sigue impidiendo movimientos decisivos sobre la margen derecha de este río, los sectores del terreno entre Pontecurone y Voghera se mantienen constantemente ocupados por fuerzas considerables del ejército; al mismo tiempo, ha sido volado por nuestra parte el puente ferroviario de Valenza.»

El gobierno considera naturalmente con cierta inquietud los movimientos en los pequeños Estados italianos. El ministerio de la Guerra ha publicado el siguiente cuadro de las fuerzas armadas de esos Estados:

Toscana. Cuatro regimientos de infantería de línea, cada regimiento compuesto de dos batallones, cada batallón de seis compañías: 6 833 hombres; un batallón de tiradores, seis compañías: 780 hombres; un batallón de tiradores insulares: 780 hombres; batallones de cazadores voluntarios: 2 115 hombres; un batallón de veteranos: 320 hombres; una sección disciplinaria: 150 hombres; dos escuadrones de dragones: 360 caballos; un regimiento de artillería, ocho baterías con seis piezas cada una; un batallón de artillería costera: 2 218 hombres; un

regimiento de gendarmes: 1 800 hombres. Esto da, junto con los correspondientes estados mayores, tropas de ingenieros, unidades de marina, etc., un total de 15 769 hombres.

Parma. Guardias de corps, alabarderos, guías: 179 hombres; dos batallones de línea, un batallón de cazadores: 3 254 hombres; una compañía de artillería: 84 hombres; tropas de ingenieros: 14 hombres; gendarmes, cuatro compañías: 417 hombres; con los estados mayores, mandos, escuelas, compañías de obreros: 4 294 hombres.

Módena. Cuatro regimientos de línea de un solo batallón cada uno: 4 880 hombres; una compañía de cazadores: 120 hombres; tres compañías de dragones: 300 hombres; una batería de campaña con seis piezas: 150 hombres; una batería costera con doce piezas: 250 hombres; una compañía de obreros: 130 hombres; una compañía de zapadores: 200 hombres; además algunos veteranos, alabarderos, etc., total 7 594 hombres.

San Marino. La pequeña república pone sobre las armas 800 hombres.

Roma. Dos regimientos suizos de infantería (ahora se está formando un tercer regimiento): 1 862 hombres; dos regimientos italianos de igual fuerza; dos batallones sedentarios (una curiosa especie de soldados): 1 260 hombres; un regimiento de dragones, 670 hombres y caballos; un regimiento de artillería con siete baterías y cuatro piezas: 802 hombres; gendarmes: 4 323 hombres; con los estados mayores, tropas de ingenieros, etc., 15 255 hombres.

Nápoles y Sicilia. Cuatro regimientos suizos, dos regimientos napolitanos de granaderos de la guardia, seis regimientos de granaderos, trece regimientos de infantería, un regimiento de carabineros: con las compañías de depósito, en total 57 096 hombres; doce batallones de cazadores, con 14 976 hombres y, con las compañías de depósito, 16 740; nueve regimientos de caballería, dos regimientos de dragones pesados, tres regimientos de dragones, un regimiento de carabineros, dos regimientos de lanceros, un regimiento de cazadores a caballo: 8 415 hombres y caballos; dos regimientos de artillería, cada uno compuesto de dos batallones de campaña y uno de fortaleza, es decir, dieciséis baterías de campaña con 128 piezas y 12 compañías de fortaleza: en total, incluido el tren, 52 000 hombres. Añadiendo los alabarderos, tropas de ingenieros, guías, guardias de corps, etc., se obtienen unos efectivos totales de 130 307 hombres.

La flota napolitana se compone de dos navíos de línea con 80 y 84 cañones, cincuenta fragatas de vela, doce fragatas de vapor con 10 cañones cada una, dos corbetas de vela, cuatro corbetas de vapor, dos corbetas de vela, once buques de vapor menores, diez lanchas mortero y dieciocho cañoneros.

El gobierno austríaco ha previsto de hecho, más o menos, los acontecimientos de Toscana y bien pudiera haberlos incluido en sus cálculos hasta cierto

punto; lo que, sin embargo, lo llena de verdadera inquietud es la actitud reservada, vacilante y nada amistosa que adopta el gobierno prusiano. El gobierno prusiano arma porque el clamor público lo obliga a ello, pero al mismo tiempo, mediante sus gestiones diplomáticas, hace, por así decirlo, estéril ese armamento. Es sabido que el actual ministerio prusiano, y en particular el ministro de Asuntos Exteriores, von Schleinitz, pertenece al partido de Gotha, como se le denomina en Alemania; es un partido que se complace en el delirio de que el desplome de Austria pudiera ofrecer a Prusia la posibilidad de crear una nueva Alemania bajo el dominio de los Hohenzollern. Este partido presta oídos, con fingida credulidad, a la diplomacia bonapartista, que le asegura que la guerra será «localizada» en Italia y que el destacamento de un cuerpo de observación francés al mando de Pélissier en Nancy no significa más que un pequeño halago a ese «célebre guerrero». Dicho sea de paso, debo observar que el mismo número del *Moniteur* que contiene tan consoladora teoría publica una orden imperial para la erección de una estatua a Humboldt en París, una maniobra que demuestra, en todo caso, que Bonaparte cree que comprar al partido de Gotha con estatuas no es más difícil que comprar a los zuavos franceses con salchichas. El plenipotenciario austríaco ante la Dieta de la Confederación Germánica en Fráncfort <Rechberg> ha presentado, según consta, una moción en la que se insta a la Confederación a declarar si su propia seguridad no se halla amenazada por la participación de Bonaparte en la guerra italiana; pero, a causa de las intrigas prusianas, la Dieta se ha abstenido hasta hoy de responder a la cuestión. Prusia puede tener razón al protestar contra la idea de verse dirigida por una mayoría de pequeños *Landesväter* <Landesväter: en la “N.-Y. D. T.” en alemán> alemanes; pero entonces sería su deber tomar la iniciativa y proponer por sí misma las medidas imprescindibles para la defensa de Alemania. Hasta ahora ha seguido justamente el camino contrario. El 29 de abril dirigió una circular a los distintos miembros de la Confederación, predicándoles, en un tono bastante arrogante, contención y cautela. Como respuesta a ese escrito, los gobiernos de la Alemania meridional han recordado al gabinete de Berlín, en un lenguaje muy enérgico, la fórmula romana: *Caveant consules ne quid respublica detrimenti capiat* <“Los cónsules velen por que el Estado no sufra daño”>.

Han declarado que, en su convicción, ha llegado ya el momento de grave peligro para la seguridad de Alemania y que la hora de la inacción ha pasado decididamente. En su propio país, el ministerio

prusiano encuentra aliados de la más diversa índole. Junto al propio partido de Gotha, está, en primer lugar, el partido «ruso», que predica la neutralidad; luego, el muy influyente partido de los banqueros, los especuladores de bolsa y los hombres del *Crédit Mobilier*, representado por la *Kölnische Zeitung*, el cual, por sus intereses materiales, está entregado al *Crédit Mobilier* de París y, en consecuencia, al bonapartismo; por último, el partido pseudodemocrático que finge sentirse tan exasperado por la brutalidad austríaca que descubre liberalismo en la política del héroe de Diciembre. Puedo afirmar con certeza que algunos miembros de este último partido han sido comprados con napoleones de oro, y que el agente principal de ese tráfico de convicciones reside en Suiza y no es solo alemán, sino incluso antiguo miembro de la Asamblea Nacional Alemana de 1848 y un radical desenfrenado. Se comprende usted que, en estas circunstancias, cualquier declaración contraria a la neutralidad que proceda de fuente prusiana se siga con avidez, y que un breve manifiesto del señor Friedrich von Raumer, el historiador prusiano de las Cruzadas, cause gran revuelo; lleva por título «El punto de vista de Prusia» y combate abiertamente la teoría del partido de Gotha. Por los siguientes extractos puede usted juzgar el contenido de las efusiones de Raumer:

«Cierto partido ha sostenido que Prusia ha de conservar la más plena autonomía, sin dejarse arrastrar ni por los acontecimientos ni por el impaciente ajetreo de quienes pretenden empujar la política alemana hacia vías falsas y determinarla a medidas precipitadas. Frente a ello, el gobierno —afirman— debe mantener su posición con firmeza inquebrantable, y se espera que los Estados alemanes, puesto que las fuerzas de la otra gran potencia alemana están absorbidas por la guerra italiana, se agrupen en torno a Prusia como centro natural de la política alemana.

No podemos decidirnos a sumarnos sin examen a esas declaraciones, a someternos a esas instrucciones. Ante todo, la afirmación de la más plena autonomía de Prusia es una exageración. Antes bien, ha mirado a su alrededor, preguntado, deseado, advertido, recomendado con razón, porque, emparedada entre cuatro Estados poderosos, justamente no puede afirmar una autonomía e independencia plenas, sino que ha de tener en cuenta lo que ellos hacen y dejan de hacer, sin por ello renunciar a sí misma y a su verdadera vocación. Prusia ha ingresado en la serie de las grandes potencias no en virtud de su masa, sino en virtud del movimiento de su espíritu, de su resolución y actividad. En cuanto esto falta (la historia lo ha demostrado), se hunde a regiones inferiores y es desatendida por los demás, o incluso dominada.

Durante cuatro meses se ha afanado la diplomacia, frente a un adversario como Napoleón III, sin conseguir absolutamente nada, haciendo más bien bancarrota total. ¿No es acaso natural, no es loable, que los alemanes (instruidos por amargas experiencias y animados por el justo sentimiento de lo que exigen el honor, el deber y la autoconservación) se impacienten y no quieran seguir tomando nubes de fantasmas por rocas protectoras?

¿Cómo se puede perseverar de manera inconmovible en una posición, cuando todas las relaciones esenciales se han modificado en derredor y han sobrevenido acontecimientos decisivos? Puesto que desde la posición de la mediación no se ha logrado nada en absoluto, bien cabe dudar de si fue acertada desde un principio, de si no fue un gran error situarse entre Francia y Austria como si se tratara de Francia y Turquía. Esa supuesta imparcialidad, sin el decidido predominio del lado alemán, no ha ganado a los franceses, pero sí ha apartado de Prusia en el resto de Alemania los ánimos y ha mermado la confianza.»

Lo repetimos: sin Alemania, Prusia no será a la larga una gran potencia. La propuesta y el consejo de abandonar a Austria en verdad a su suerte y agruparse en torno a Prusia equivale a arruinar a Alemania. ¡A la manera de Medea, la Alemania que —gracias a Dios— al fin se siente como un todo indivisible, debería ser despedazada, arrojada al caldero de las brujas y dejarse persuadir de que cocineros diplomáticos la harían resurgir de allí renovada y rejuvenecida! No conocemos nada más insensato, más antipatriótico, más funesto que la doctrina, abiertamente proclamada o introducida subrepticiamente, de una Alemania austríaca y una Alemania prusiana. Es la condenable doctrina de una línea de demarcación que atraviesa de parte a parte nuestra patria alemana, desgarrándola lastimosamente, es la presuntuosa y miope doctrina de 1805, a la que inevitablemente siguió 1806.

Los intereses de toda Alemania son los intereses de Prusia, y Austria ha sido durante siglos (a pesar de todos sus defectos, errores y desventuras) el escudo de Alemania contra eslavos, turcos y franceses. En pocas semanas la guerra de Italia debe tomar un giro decisivo; ¿estará Alemania armada en pocas semanas contra Napoleón, cuando él engatusa a los franceses con la frontera natural de la margen izquierda del Rin y exige el consentimiento de Prusia con referencia a la Paz de Basilea?

¡Precaución! no ha faltado hasta ahora, pero sí
previsión
; los acontecimientos han desbordado a todos los que esperaban y han hecho olvidar el viejo y probado refrán: ¡tiempo perdido, todo perdido!

Para no retrasar hoy el envío, informaré en otra ocasión sobre el pánico comercial y las corrientes entre la población de esta alegre e ingenua ciudad.