Karl Marx

Manifiesto de Mazzini

Escrito a finales de mayo de 1859.
Del inglés.

[*New-York Daily Tribune* núm. 5665, del 17 de junio de 1859]

En las actuales circunstancias, cualquier declaración de Mazzini constituye un acontecimiento que merece mayor atención que las declaraciones diplomáticas de los gabinetes contendientes o incluso los abigarrados boletines del teatro de la guerra. Por muy diversas que puedan ser las opiniones sobre el carácter del triunviro romano, nadie podrá negar que, durante casi treinta años, la revolución italiana ha estado vinculada a su nombre y que, en ese mismo período, Europa lo ha reconocido como el exponente más capaz de las aspiraciones nacionales de sus compatriotas. Ahora ha realizado un admirable acto de coraje moral y de entrega patriótica, al alzar –a riesgo de perjudicar su popularidad– su voz solitaria contra una Babel de obcecación, fanatismo ciego y falsedad egoísta. Su desenmascaramiento de los verdaderos planes concertados entre Bonaparte, Alejandro y Cavour, agente de los dos autócratas, debería ser examinado con tanto mayor cuidado cuanto que, de entre todos los particulares de Europa, es precisamente Mazzini conocido por disponer de los medios más amplios para penetrar en los funestos secretos de las potencias gobernantes. Su consejo a los voluntarios nacionales de trazar una clara línea de separación entre su propia causa y la de los embaucadores coronados, y de no manchar jamás sus proclamas con el infame nombre de Luis Napoleón, ha sido seguido al pie de la letra por Garibaldi. La omisión del nombre de Francia en la proclama de este último es considerada, según informa el corresponsal en París del *Times* de Londres, por Luis Napoleón como un insulto mortal; y el temor que inspiraba el conocimiento de las secretas conexiones de Garibaldi con el triunviro romano fue tan grande que su cuerpo fue reducido de los 10.000 *chasseurs d’Alpes* <cazadores de los Alpes> prometidos inicialmente a 4.000, se le retiró un cuerpo de caballería que se le había asegurado y se detuvo una batería ya despachada a petición suya, y que varios experimentados agentes de policía fueron introducidos subrepticiamente en su séquito como supuestos voluntarios, con instrucciones de informar sobre cada palabra y cada movimiento suyos.

Publicamos a continuación una traducción literal del manifiesto de Mazzini, que en Londres, en el último número de *Pensiero ed Azione* (Pensamiento y Acción), apareció bajo el título “La Guerra” (La guerra):

“La guerra ha comenzado. No tenemos, pues, ante nosotros una probabilidad que discutir, sino un hecho consumado. La guerra entre Austria y el Piamonte ha estallado. Los soldados de Luis Bonaparte están en Italia. La alianza ruso-francesa, anunciada por nosotros hace un año, se revela a Europa. El parlamento sardo ha otorgado a Víctor Manuel poderes dictatoriales. El gobierno ducal de Toscana ha sido derribado por una insurrección militar y la dictadura del rey ha sido aceptada (y por éste cedida a un Bonaparte). La efervescencia general en Italia producirá probablemente acontecimientos similares en otros lugares. Los destinos de nuestra patria se decidirán ahora inevitablemente en el campo de batalla.

La mayoría de nuestros compatriotas, embriagados por el ansia de acción, fascinados por la idea de disponer de la poderosa ayuda de ejércitos regulares, arrastrados por la alegría de hacer la guerra contra el justamente aborrecido dominio austríaco, olvidan en estas circunstancias las lecciones del pasado y sus principios, y sacrifican no sólo sus más caras convicciones, sino también la intención de retornar a ellas, renuncian a toda prudencia, a toda libertad de juicio, sólo tienen palabras de aplauso para todo aquel que se encarga de conducir la guerra, aprueban sin examinarlo todo cuanto pueda venir de Francia o del Piamonte, y emprenden la lucha por la libertad convirtiéndose ellos mismos en esclavos. Otros, en cambio, al ver cómo se extingue toda chispa de moralidad política en los agitadores políticos y en la chusma que los sigue; cómo un pueblo, apóstol de la libertad durante medio siglo, se alía de repente con el despotismo; cómo hombres que hasta ayer creían en la anarquía de Proudhon se entregan al rey, y cómo los compatriotas de Goffredo Mameli prorrumpen en el grito de ‘¡Viva l’Imperatore!’ <¡Viva el Emperador!>, el que lo asesinó a él junto con otros miles, desesperan del futuro y declaran que nuestro pueblo no está maduro para la libertad.

Nosotros, por nuestra parte, no compartimos ni las necias y serviles esperanzas de un partido ni la desesperación sin esperanza del otro. La guerra comienza bajo los más tristes auspicios, pero los italianos pueden, si quieren, encauzarla por mejores vías; y nosotros confiamos en los nobles instintos de nuestro pueblo. Estos instintos se abren poderosamente camino a través de los errores a los que los agitadores han inducido al pueblo. Quizás habría sido mejor que los voluntarios, en vez de agruparse en torno a las banderas absolutistas de las potencias que defraudarán sus esperanzas, hubieran organizado en silencio la insurrección en sus propias provincias y la hubieran proclamado y conducido en nombre del pueblo italiano; pero el espíritu que los movía es sagrado y sublime, la prueba de entrega a la patria común que ofrecen no puede ser negada, y en este núcleo del futuro ejército nacional, que se ha formado espontáneamente, se concentran las mayores esperanzas de Italia. La aceptación de una dictadura real es un error que causará inevitablemente decepción y que hiere la dignidad de un pueblo que se levanta para liberarse a sí mismo. En un país con un parlamento adicto a la monarquía, ante los precedentes de Roma y Venecia, donde la conjunción de las representaciones populares con los jefes de la defensa fue la fuente del poder, ante el recuerdo de la larga y terrible guerra contra el Primer Imperio, que Inglaterra sostuvo sin menoscabo alguno de las libertades civiles, esta dictadura no es manifiestamente otra cosa que una concesión a las exigencias de los déspotas aliados y el primer síntoma de un plan que se propone sustituir la cuestión territorial por la cuestión de la libertad. Pero el pueblo, que acepta con entusiasmo la dictadura, cree realizar un acto de supremo sacrificio por el bien de la patria común; y, extraviado por la idea de que el éxito feliz de la guerra depende de semejante concentración del poder, quiere manifestar con su aplauso su firme resolución de luchar y vencer a cualquier precio. La sumisión incondicional de las provincias insurrectas al poder absoluto del dictador real conducirá con bastante seguridad a consecuencias funestas: la lógica de la insurrección habría exigido que cada provincia insurrecta se colocara bajo una administración revolucionaria local y contribuyera, mediante el nombramiento de un representante, a la formación de un gobierno revolucionario nacional. Pero incluso este enorme error brota del deseo de unidad nacional y refuta de manera incontestable las estúpidas habladurías de la prensa europea sobre nuestras discordias. Se presenta en Italia de manera legítima. El patriotismo es en estos momentos tan poderoso en Italia que superará todos los errores. Los buenos ciudadanos, en vez de desesperar, deben tratar de encauzarlo por las vías correctas. Y para ello deben, sin temor a interpretaciones maliciosas, partir de la situación real. El momento es demasiado grave para preocuparse por muestras momentáneas de favor o por calumnias.

La situación real es la siguiente:

Al igual que en 1848, y con más fuerza aún, el movimiento italiano aspira a la libertad y a la unidad nacional. La monarquía sarda y Luis Bonaparte, sin embargo, conducen la guerra con intenciones completamente distintas. Al igual que en 1848, y con más fuerza aún, el antagonismo entre las aspiraciones de la nación y las de los jefes aceptados, que entonces condenó la lucha al fracaso, amenaza a Italia con terribles desgracias.

Lo que Italia anhela es la unidad nacional. Luis Napoleón no puede desearla. Aparte de Niza y Saboya, que ya le han sido concedidas por el Piamonte como precio por su ayuda en la formación de un reino septentrional, en esta ocasión quisiera erigir en el sur un trono para un Murat y en la Italia central un trono para su primo <Joseph-Charles-Paul Bonaparte>. Roma y una parte de los Estados Pontificios deben permanecer bajo el gobierno temporal del papa <Pío IX>.

Sea sincero o no, el ministerio que hoy gobierna de manera absoluta en el Piamonte ha dado en todo caso su consentimiento a este plan.

Italia quedaría así dividida en cuatro Estados; dos caerían bajo dominación extranjera directa, e indirectamente Francia dominaría toda Italia. El papa ha sido desde 1849 siempre un vasallo francés; el rey de Cerdeña se convertiría, por su obligación de gratitud y su escaso poderío militar, en vasallo del Imperio.

El plan podría ejecutarse por completo si Austria opone resistencia hasta el final. Pero si Austria es derrotada ya al comienzo de la guerra y repite las propuestas que durante un tiempo hizo en 1848 al gobierno británico, a saber, el abandono de Lombardía a condición de conservar Venecia, se aceptaría la paz, naturalmente apoyada por la diplomacia de toda Europa. Las condiciones del engrandecimiento de la monarquía sarda y de la cesión de Niza y Saboya a Francia serían las únicas que se ejecutarían; Italia quedaría entregada a la venganza de sus señores, y la ejecución completa del plan favorito se aplazaría para una ocasión más favorable.

Este plan es conocido por los gobiernos de Europa. De ahí su rearme general; de ahí la efervescencia bélica en toda la Confederación Germánica; de ahí los elementos ya preparados de una coalición entre Inglaterra, Alemania y Prusia —una coalición inevitable a pesar de las declaraciones contrarias de los gobiernos—. Si Italia no es capaz de proteger su vida nacional sin una alianza con Bonaparte, la defensa de Austria y los tratados de 1815 constituirán inevitablemente el eje de la coalición.

Luis Napoleón teme esta coalición. De ahí su alianza con Rusia, un aliado inseguro y pérfido, pero siempre dispuesto a intervenir si, como contrapartida por su consentimiento para convertir el Mediterráneo en un lago francés, se le hacen concesiones aniquiladoras de la libertad como la entrega total de Polonia y el protectorado general del zar sobre la Turquía europea. Si la guerra, como es de suponer, se prolongara y adquiriera dimensiones europeas a consecuencia de una intervención de Alemania, la insurrección largamente preparada en las provincias turcas y en Hungría brindaría a esta alianza la ocasión de adoptar formas claras.”

Si las cosas llegan a este punto, lo que se pretende es eliminar, con la reordenación territorial, todo vestigio de derecho de gentes y de libertad. Príncipes rusos gobernarían los Estados erigidos sobre las ruinas del Imperio turco y de Austria; príncipes de la dinastía Bonaparte, los nuevos Estados de Italia y, en circunstancias favorables, tal vez otros más. Así, ya se propuso a Constantino de Rusia a los descontentos con el gobierno húngaro y a Napoleón Bonaparte a los agitadores monárquicos en las Legaciones y en Toscana. Del mismo modo que Carlos V y Clemente VII, a pesar de ser enemigos mortales, se coaligaron para repartirse las ciudades libres de Italia, se alían los dos zares, que se odian de corazón, para sofocar todos los afanes de libertad e imperializar a Europa. De ahí el decreto que amordaza por tiempo indefinido la libertad del Piamonte traicionado por Cavour. Cuando la prensa tiene que callar, cuando se impide todo comentario sobre las operaciones y se mantiene al pueblo en la más completa oscuridad, el campo queda libre para las maniobras de los gobernantes. Y el alma popular, fascinada por el fantasma de una independencia que en última instancia no resultaría ser sino un cambio de dependencia, se desacostumbra a la libertad, verdadera fuente de toda independencia.

Tales son las intenciones de los déspotas coaligados. Podrán ser negadas, por algunos precisamente porque trabajan en su ejecución, exactamente igual que Luis Napoleón negó la intención del golpe de Estado; por otros, por credulidad ante cada palabra que dejan caer los grandes, o porque el necio deseo les ofusca el entendimiento; no por ello dejan de existir: me constan a mí mismo y a los distintos gobiernos, y se revelan en parte por las palabras, pero más aún por los hechos, de Luis Napoleón y del conde de Cavour. Digo conde de Cavour porque me inclino a considerar a Víctor Manuel ajeno al trato de Plombières y Stuttgart.

Si el conde de Cavour hubiera sido un verdadero amigo de Italia, habría edificado sobre el inmenso prestigio que confieren la posesión de un considerable poder material y las tendencias generales predominantes en Italia, a fin de preparar movimientos italianos que el Piamonte hubiese apoyado *directamente*. Una lucha emprendida por Italia con sus propias fuerzas habría contado con la aprobación y el favor seguros de Europa. Y Europa, que hoy amenaza a Napoleón porque invade Italia a instancias suyas y bajo la apariencia de un libertador, jamás habría tolerado que, sin ser llamado y en nombre propio, acudiese en auxilio de Austria. Habría sido una empresa santa y sublime, y Cavour habría podido llevarla a cabo. Pero para ello habría sido necesario confraternizar, en nombre de la libertad y el derecho, con la revolución italiana. Semejante camino no convenía al ministro de la monarquía sarda. La aversión al pueblo y a la libertad lo empujó a buscar la alianza con la tiranía, una tiranía aborrecida por todas las naciones a causa de sus viejas tradiciones de conquista. Este afán ha alterado la naturaleza de la causa italiana. Si se alza con la victoria y el aliado es aceptado como soberano, la unidad nacional se perderá e Italia se convertirá en objeto de un nuevo reparto bajo el protectorado francés. Si sucumbe junto con el hombre de diciembre, Italia tendrá que pagar indemnizaciones y sufrir reveses sin fin; y Europa, en vez de compadecernos, dirá: “¡Bien merecido lo tenéis! (*Voi non avete, se non quello che meritate*)”. Todos los cálculos, todos los actos humanos, están regidos por leyes morales, y ningún pueblo puede osar violarlos impunemente. Toda culpa acarrea inevitablemente su expiación. Francia —y se lo dijimos en su momento— está expiando la expedición a Roma. ¡Quiera Dios preservar a Italia de la grave expiación que se ha merecido la monarquía sarda, por haber unido una causa santificada por los sacrificios, el martirio y el generoso afán de medio siglo, con el estandarte del egoísmo y de la tiranía!

No obstante, la guerra es un *hecho*: un hecho imponente, que impone nuevos deberes y modifica esencialmente nuestro propio modo de obrar. Entre el afán de Cavour y el peligro de una coalición entre Luis Napoleón y Austria —entre estas posibilidades igualmente funestas— se encuentra Italia. Cuanto más grave y peligrosa es la situación, tanto más han de concentrarse los esfuerzos de todos en salvar a la patria común de los peligros que la amenazan. Si la guerra se dirimiera entre los gobiernos, podríamos permanecer de espectadores y aguardar el momento en que los adversarios se hubiesen debilitado mutuamente y el elemento nacional pudiera pasar al primer plano. Pero ese elemento ya se ha desencadenado. Ofuscado o no, el país se estremece en un febril estado de actividad y cree ser capaz de alcanzar su meta aprovechando la guerra del emperador y del rey. El movimiento toscano, un movimiento espontáneo de soldados y ciudadanos italianos, la agitación general y la afluencia a los cuerpos de voluntarios rompen el cerco de las intrigas oficiales; son el latido del corazón de la nación. Es necesario hacer valer ese latido también en el teatro de guerra, es necesario ampliar la guerra, italianizarla. Los republicanos sabrán cumplir con este deber.

Italia puede, si quiere, salvarse de los peligros que hemos expuesto. Puede, de esta crisis, obtener su unidad nacional.

Es necesario que Austria sucumba. Podemos lamentar la intervención imperial, pero no podemos negar que Austria es el eterno enemigo de todo desarrollo nacional de Italia. Todo italiano debe contribuir al derrocamiento de Austria. Así lo exigen la honra y la seguridad de todos. Europa tiene que reconocer que entre nosotros y Austria existe una guerra eterna. Es necesario que el pueblo de Italia mantenga intangible su dignidad y convenza a Europa de que, aun cuando toleramos la ayuda de la tiranía por haberla solicitado un gobierno italiano, no la hemos pedido ni hemos renunciado por ella a nuestra fe en la libertad y en la alianza de los pueblos. El grito de “¡Viva la Francia!” <¡Viva Francia!> puede brotar de labios italianos con la conciencia limpia, pero no el grito de “¡Viva l’Imperatore!”… Es necesario que Italia se levante de un extremo a otro… en el Norte, para conquistar la libertad, no para recibirla; en el Sur, para organizar la reserva del ejército nacional. La insurrección puede aceptar en todas partes el mando militar del rey con la debida reserva, allí donde el austriaco haya plantado su campamento o se halle cerca; la insurrección en el Sur debe operar con mayor autonomía y mantenerse independiente… Nápoles y Sicilia pueden salvaguardar la causa de Italia y fundar su poder con representantes del campo nacional… El grito de la insurrección, dondequiera que resuene, debe ser: “¡Unidad, libertad, independencia nacional!”. El nombre de Roma ha de pronunciarse siempre unido al nombre de Italia. El deber de Roma no consiste en enviar un solo hombre al ejército sardo, sino en demostrar a la Francia imperial que para toda potencia es mal negocio combatir en nombre de la independencia italiana y apoyar al mismo tiempo el absolutismo papal… Hoy, de Roma, de Nápoles y del comportamiento de los voluntarios depende el destino de Italia. Roma representa la unidad de la patria; Nápoles y los voluntarios pueden formar su ejército. Las tareas son inmensas; si Roma, Nápoles y los voluntarios no son capaces de cumplirlas, no merecen la libertad y no la alcanzarán. Si se abandona la guerra a los gobiernos, terminará forzosamente con un nuevo tratado de Campo Formio.

La disciplina, tal como la predican hoy como secreto de la victoria los mismos hombres que traicionaron las insurrecciones de 1848, no es más que sumisión y pasividad del pueblo. La disciplina, tal como nosotros la entendemos, puede exigir una sólida unidad en todas las cuestiones de la dirección de la guerra regular y silencio en todas las cuestiones de forma; pero jamás puede consistir en que Italia se someta a discreción a la voluntad de un dictador sin programa y de un déspota extranjero, ni en que Italia abandone su resolución de ser libre y unida.