Karl Marx

Louis-Napoleon e Italia

Escrito a mediados de agosto de 1859.

["New-York Daily Tribune", núm. 5725 del 29 de agosto de 1859, editorial]

Cada día arroja nueva luz sobre las palabras y los actos de Napoleón III en Italia y nos ayuda a comprender lo que para él significa la libertad «desde los Alpes hasta el Adriático». Para él, la guerra no fue sino otra expedición francesa a Roma — naturalmente en todos los aspectos a mayor escala, pero en causas y resultados semejante a aquella empresa «republicana». Después de que el libertador, mediante la conclusión del Tratado de Villafranca, hubiera «salvado» a Francia de una guerra europea, se dispone ahora a «salvar» a la sociedad italiana mediante la restauración forzosa de los príncipes, a quienes una palabra desde las Tullerías había despojado del poder, y mediante la represión militar del movimiento popular en Italia central y en las Legaciones. Mientras la prensa británica bullía de vagas conjeturas y _on dits_ <rumores> sobre las posibles alteraciones que la conferencia de Zúrich introduciría en lo estipulado en Villafranca, y Lord John Russell, a consecuencia de su incorregible indiscreción — que había inducido a Lord Palmerston a confiarle los sellos del Foreign Office — se sentía autorizado a hacer en la Cámara de los Comunes la solemne declaración de que Bonaparte se abstendría de prestar sus bayonetas a los príncipes destronados, el «Wiener Zeitung» del 8 de agosto aparecía con la siguiente declaración oficial en primera plana:

«La conferencia de Zúrich se encamina hacia su apertura para concluir definitivamente la obra de paz acordada en sus líneas fundamentales en Villafranca. Ante esta significación manifiesta de la reunión de Zúrich, resulta
difícil comprender cómo órganos de la prensa –y no solo del extranjero, sino también de Austria misma– pudieran sentirse movidos a expresar dudas sobre la ejecución, e incluso sobre la factibilidad, de las puntuaciones de Villafranca. Selladas con la firma de dos emperadores, estas preliminares de paz llevan la garantía de su cumplimiento en la palabra empeñada y en el poder de ambos monarcas.»

Ese es un lenguaje franco. De un lado, las estériles declamaciones de los italianos burlados; del otro, el «sic volo, sic jubeo» <«Lo quiero, lo mando», (Juvenal, «Sátiras», VI, 223)> de Franz Joseph y de Louis Bonaparte, que se apoya en bayonetas, cañones rayados y otras «armes de précision» <«armas de precisión»>. Si los patriotas italianos se niegan a ceder a las melifluas artes de persuasión, tendrán que doblegarse ante la violencia brutal. No hay otra alternativa, pese a la declaración de Lord Russell, que pronunció probablemente de entera buena fe, aunque se la pusieran en los labios solo para desembarazarse del Parlamento británico durante el tiempo en que Italia ha de ser aplastada bajo el férreo tacón de los déspotas aliados. En cuanto al poder temporal del Papa en las Legaciones, Louis-Napoleon ni siquiera aguardó al fin de la guerra para dictar su mantenimiento. Las preliminares de Villafranca estipulan la restauración de los príncipes austríacos en Toscana y Módena. La vuelta de la duquesa de Parma no estaba prevista en las condiciones, porque Franz Joseph deseaba vengarse de esa princesa, que se había negado abiertamente a ligar su suerte a la de Austria. Pero Louis-Napoleon, en su generosidad innata, se dignó prestar oído a las humildes súplicas de la _donna errante_ <la dama errante>. Por mediación de Walewski ha dado su palabra de honor al señor Mon, ministro de España en París y al mismo tiempo plenipotenciario de la duquesa, de que ésta volverá a tener un trono y reinará sobre un territorio de igual extensión que antes, eventualmente con excepción de la fortaleza de Piacenza, que será entregada a Viktor Emanuel si se porta bien en la conferencia de Zúrich. El advenedizo no solo se siente sobremanera halagado con la idea de hacerse pasar por protector de la hermana de los Borbones, sino que cree haber hallado por fin el medio seguro de ganarse el favor del Faubourg St. Germain, que hasta ahora había rechazado con sarcasmo sus intentos de acercamiento y le había mostrado una reserva altanera.

Pero ¿cómo iba a convertirse el «libertador de las nacionalidades» en misionero de la «ley y el orden», en salvador de la «sociedad existente»? ¿Cómo asumir ahora con éxito ese papel menos poético? Era un gran paso hacia abajo. Provocar y prolongar la incertidumbre del público sobre el verdadero significado de las preliminares de Villafranca, satisfaciéndola con rumores salvajes y sesudas conjeturas, era evidentemente un método para ir preparando a Europa para lo peor. Lord Palmerston, que odia a Austria y finge amar a Italia, es a todas luces el confidente de Napoleón III y ha ayudado al hombre de diciembre a sortear este terreno resbaladizo. Tras derribar al ministerio Derby por sus simpatías austríacas, Palmerston parecía haberse hecho garante ante toda Europa, y en particular ante Italia, de las sinceras intenciones de Napoleón III, su sublime aliado. De este modo ha quitado de en medio al Parlamento sin ruido, cuando no lo ha enviado a casa con una falsedad consciente. A su inequívoca declaración de que Inglaterra no se ha decidido aún a participar o no en el congreso europeo –congreso que probablemente sancionará las decisiones de la conferencia de Zúrich, repartiendo así entre todas las potencias europeas la carga del oprobio que de otro modo pesaría únicamente sobre los hombros de Napoleón–, los periódicos prusianos le contradicen en una nota oficiosa en la que se afirma que Inglaterra y Rusia se han dirigido conjuntamente a la corte de Berlín y han reclamado su cooperación en ese congreso europeo.

Sólo después de haberse calmado un tanto la febril excitación de la opinión pública, emprendió Napoleón su segundo paso, concretamente en Cerdeña. Se esforzó por inducir a Viktor Emanuel a que le hiciera el trabajo, cosa nada fácil de conseguir. Todo lo que Austria y sus vasallos habían perdido, parecía haberlo ganado Viktor Emanuel. Se había convertido de hecho, aunque no de nombre, en regente de Italia central y de las Legaciones. En general, los habitantes de esos países reconocían su dinastía, si no por amor al Piamonte, al menos por odio a Austria. La primera exigencia del cruzado francés de la libertad a su nuevo vasallo fue que se retirara de la dirección oficial del movimiento popular. Viktor Emanuel no pudo negarse. Retiró a los comisarios sardos de los ducados y de las Legaciones; Boncompagni fue llamado de Florencia, Massimo d'Azeglio de la Romaña
y Farini (al menos en su carácter oficial) de Módena.

Pero el libertador imperial no estaba satisfecho aún. De sus experiencias anteriores en Francia había sacado la conclusión de que, hábilmente dirigidos, los plebiscitos constituyen el mejor mecanismo del mundo para erigir un despotismo sobre una base sólida y respetable. Se exigió, pues, al rey de Cerdeña que en las provincias sublevadas hiciera aparecer, mediante plebiscitos, la restauración de los príncipes como voluntad del pueblo. Viktor Emanuel, claro está, no quería ni oír hablar de semejante exigencia, cuyo cumplimiento defraudaría infaliblemente y para siempre las esperanzas de libertad de Italia y transformaría los _evvivas_ <vítores> en un grito general de execración a lo largo de toda la península. Se dice que contestó al conde de Reiset, el tentador francés, con las siguientes palabras:

«Caballero, soy ante todo un príncipe italiano; no olvide usted ese hecho. Los intereses de Italia me parecen de mayor importancia que los de Europa, a los que usted alude. No puedo prestar el prestigio de mi nombre a la restauración de los príncipes destronados, y no quiero hacerlo. Ya he sido demasiado complaciente al permitir que las cosas sigan su curso.»

Y se dice que el caballeresco rey añadió incluso:

«Si se decide una intervención armada, sabrá usted de mí. En cuanto a la confederación, es igualmente contraria a mis intereses y a mi honor, y por tanto la combatiré a muerte.»

Poco después de que esta respuesta fuera transmitida a París, apareció el famoso artículo de Granier de Cassagnac sobre la ingratitud italiana, con la ominosa insinuación de que, si se retirara la protección de una mano poderosa, no tardaría el águila austríaca en posarse sobre el palacio real de Turín. Inmediatamente se le comunicó a Viktor Emanuel que de su buen comportamiento dependía que recibiera Piacenza, y que el grado de influencia de los príncipes italianos en la proyectada confederación era aún materia de negociación. Y el último golpe le fue asestado al plantearse la cuestión de la pertenencia nacional de Saboya, acompañada de la insinuación de que, después de que Bonaparte hubiera ayudado a Viktor Emanuel a liberar a Italia del yugo de Austria, mal podría Viktor Emanuel
negarse a liberar a Saboya del yugo de Cerdeña. Estas amenazas adquirieron pronto forma tangible en la agitación que, a una señal de París, desencadenó el partido feudal y católico en Saboya.

«Los saboyanos están cansados —exclamó un periódico parisiense— de dar su dinero y de verter la sangre de sus hijos por la causa de Italia.»

Este era un fuerte _argumentum ad hominem_ <argumento de contundente fuerza probatoria> para Viktor Emanuel, y aunque no aceptó directamente la tarea que se le imponía, es de temer que tuviera que prometer al menos allanar el camino a una intervención armada francesa. Si se puede dar crédito a la noticia contenida en el telegrama del 9 de agosto desde Parma, según la cual

«los piamonteses han sido expulsados de la ciudad y se ha proclamado la república roja, mientras los propietarios y los amigos del orden huyen»,

esto es un mal presagio para el porvenir. Sea verdad o no, para el «salvador del orden y de la propiedad» puede muy bien ser la señal para iniciar la intervención, poner en marcha a sus zuavos contra los «incorregibles anarquistas» y despejar el camino a los príncipes que regresan. A uno de ellos, al hijo del gran duque de Toscana <Fernando IV, hijo de Leopoldo II>, en cuyo favor abdicó este último, se le ha preparado una «cordial acogida» en las Tullerías. A las tropas francesas que se hallaban de regreso a su patria se les ha ordenado permanecer en Italia, de modo que los obstáculos que se interponen en el camino de unas negociaciones exitosas en Zúrich desaparecerán pronto.