Karl Marx

Paz o guerra

Escrito hacia el 8 de marzo de 1859.

Del inglés.

[«New-York Daily Tribune», núm. 5593, del 25 de marzo de 1859, artículo de fondo]

En otra sección de este número reproducimos el artículo aparecido recientemente en el «Moniteur», que de manera oracular niega toda intención por parte de su amo e inspirador, Louis-Napoleon, de precipitar a Europa en una guerra; un artículo que, al parecer, ha hecho subir las cotizaciones bursátiles y ha disipado a medias los temores del Viejo Mundo. Pero quien lea este artículo con atención encontrará en él pocas garantías para las esperanzas que ha despertado. Fuera de la simple afirmación de que las obligaciones del Emperador para con el Rey de Cerdeña no van más allá de garantías de ayuda contra una agresión austríaca —garantías que Viktor Emanuel en modo alguno necesitaba, pues fueron sus tropas las enviadas para reforzar al ejército francés e inglés ante Sebastopol—, no vemos en este manifiesto más que una nueva burla a la opinión pública. Prácticamente, exhorta al mundo, en interés del usurpador francés, a olvidar que fue él, y no los periódicos, quien el primer día de este año intranquilizó y sacudió a Europa con una amenaza arbitraria y jactanciosa dirigida a Austria por medio de su embajador; que su prensa, sus panfletistas, su primo <Joseph-Charles-Paul Bonaparte>, sus armamentos y sus compras de material han azuzado y propagado el pánico bélico que él mismo suscitó deliberadamente. Este artículo no contiene una sola línea, una sola frase, de las que quepa deducir una disminución de sus pretensiones ni de sus intrigas en Italia o en Moldavia y Valaquia.

Puede haber decidido retroceder ante la opinión pública de Europa (con excepción de Italia, pero no de Francia), aunque también puede haber decidido simular el lenguaje de la paz y la moderación para encubrir gigantescas especulaciones bursátiles o para adormecer a quienes piensa atacar en una seguridad engañosa y fatal. Su nuevo manifiesto no indica en absoluto que una moderación cualquiera en la actitud de Austria, un despeje del cielo diplomático, haya provocado y justificado este cambio, que se manifiesta más en el tono que en la actitud. Y a quien considere inverosímil que alguien que en breve se dispone a lanzar sus rayos se presente con semejantes seguridades de paz, hemos de recordarle que se trata del mismo Louis-Napoleon que, inmediatamente antes de su traicionero asesinato alevoso contra la República Francesa, se quejaba ante un republicano del cinismo de creerle capaz de proponerse semejante villanía. Consideramos, por lo tanto, este manifiesto de Napoleón como «un decreto por el que nada se decreta». No es más que un montón blanco que puede resultar ser harina inofensiva o un gato enharinado; pero sólo el tiempo podrá decidirlo.

Lo que los comentarios del «Times» de Londres insinúan por medio de una reserva deliberada es aún más significativo que lo que expresan abiertamente. Louis-Napoleon no podrá volver a ser jamás el semidiós de la Bolsa y del burgués. En adelante gobernará únicamente por la espada.