Karl Marx

Kossuth y Luis Napoleón

["New-York Daily Tribune" nº 5748 del 24 de septiembre de 1859]

Londres, 5 de septiembre de 1859

Recordarán ustedes que hace alrededor de un año hice, en las columnas de la Tribune, algunas revelaciones interesantes acerca de un tal Bangya, de su misión a Circasia y de las disputas que de ello surgieron entre la emigración húngara y la polaca en Constantinopla. Aunque los hechos que comuniqué entonces encontraron más tarde su camino en la prensa europea, jamás se ha hecho intento alguno de poner en duda su veracidad. Ahora debo dirigir la atención de sus lectores hacia otro capítulo oculto de la historia contemporánea; me refiero con ello a la vinculación entre Kossuth y Bonaparte. No puede tolerarse por más tiempo que unos mismos hombres reciban con una mano la soldada del asesino de la República Francesa y con la otra icen la bandera de la libertad, que desempeñen dos papeles, el de mártires y el de cortesanos; que, después de haberse convertido en instrumentos de un usurpador cruel, sigan presentándose como los representantes de una nación oprimida. Considero el momento actual particularmente propicio para la revelación de hechos que conozco desde hace mucho tiempo, pues Bonaparte y sus aduladores, lo mismo que Kossuth y sus partidarios, se afanan por echar un velo sobre transacciones que comprometerían infaliblemente a aquél ante los monarcas y a éstos ante los pueblos del mundo.

Incluso los admiradores más prejuiciados del señor Kossuth tendrán que admitir que, cualesquiera que hayan sido sus otras cualidades, de una capacidad ha carecido siempre, por desgracia: la de la constancia. Durante

toda su vida se ha asemejado más al improvisador que recibe sus impresiones de su público que al autor que imprime sus ideas originales al mundo. Esta inconstancia del pensamiento tenía que reflejarse en actos equívocos. Algunos hechos podrán ilustrar la verdad de esta afirmación. En Kütahya, el señor Kossuth entró en confiada relación con el señor David Urquhart, adoptó de inmediato los prejuicios de este romántico highlander y no vaciló en emitir sobre Mazzini el juicio de que era un agente ruso. Prometió formalmente mantenerse alejado de Mazzini. Pero apenas llegado a Londres, formó un triunvirato con Mazzini y Ledru-Rollin. Las pruebas irrefutables de su doblez fueron expuestas al público británico en la correspondencia sostenida entre L. Kossuth y David Urquhart, que este último caballero publicó en el Free Press de Londres. En el primer discurso que el señor Kossuth pronunció tras desembarcar en la costa inglesa, llamó a Palmerston su amigo íntimo. Palmerston le dio a entender a Kossuth, por mediación de un conocido miembro del Parlamento <lord Dudley Stuart>, su deseo de recibirlo en su casa. Kossuth exigió ser recibido por el primer ministro británico como gobernador de Hungría, exigencia que, naturalmente, fue de inmediato rechazada con desprecio. El señor Kossuth, por su parte, dio entonces a entender al público británico a través del señor Urquhart y de otros de sus conocidos que había rechazado la invitación de Palmerston porque en Kütahya, mediante un detenido estudio del Libro Azul sobre los asuntos húngaros, se había convencido de que Palmerston, su «amigo íntimo», había hecho el papel de traidor a la «querida Hungría» en secreto entendimiento con la corte de San Petersburgo. En 1853, cuando estalló una asonada mazziniana en Milán, apareció en los muros de aquella ciudad una proclama dirigida a los soldados húngaros y los exhortaba a ponerse del lado de los insurrectos italianos; llevaba la firma de Ludwig Kossuth. Tras fracasar la asonada, el señor Kossuth se apresuró a declarar la proclama una falsificación a través de los periódicos londinenses y acusó así públicamente de mentira a su amigo Mazzini. No obstante, la proclama era auténtica. Mazzini
había
obrado de acuerdo con Kossuth.

En la firme convicción de que para derrocar la tiranía austríaca era indispensable la acción conjunta de Hungría e Italia, intentó

Mazzini, en un principio, sustituir a Kossuth por un dirigente húngaro más fiable; pero al fracasar sus esfuerzos por la desunión reinante en la emigración húngara, perdonó generosamente a su voluble aliado y le ahorró una exposición pública que habría arruinado la posición de Kossuth en Inglaterra.

Para acercarme más al presente, quisiera hacerles recordar que el señor Kossuth emprendió en el otoño de 1858 un viaje por Escocia, pronunciando conferencias en diversas ciudades y previniendo seriamente a los británicos contra las traicioneras intenciones de Luis Bonaparte. Tomemos, por ejemplo, el siguiente extracto de una conferencia dictada en Glasgow el 20 de noviembre de 1858:

«Ya he señalado —dijo el señor Kossuth— en mi otra conferencia la sopa de odio nacional que Luis Bonaparte está cocinando. No pretendo afirmar con ello que tenga la intención de invadir este país; sin duda querría, pero, como la zorra de la fábula, no le gustan las uvas agrias. No hace mucho tiempo, Luis Bonaparte llevó a la diplomacia de todo el mundo —con excepción quizá de los señores de San Petersburgo, que muy probablemente conocen todo el secreto— al límite de su sabiduría, al impulsar sus gigantescos preparativos en Cherburgo con el sacrificio del último chelín de su vaciado tesoro y con tal prisa como si su existencia dependiese de un minuto ganado... Cherburgo sigue siendo una obra dirigida exclusivamente contra Inglaterra... Él contempla un nuevo conflicto en Oriente en connivencia con Rusia. En ese conflicto, quiere paralizar la libertad de movimientos de la marina inglesa atando una buena parte de ella a vuestras costas, mientras se propone asestar un golpe mortal a vuestros intereses vitales en Oriente... ¿Se concluyó la guerra de Crimea de acuerdo con los intereses de Gran Bretaña y de Turquía? Valaquia y Moldavia recibieron una constitución incubada en las cavernas de la diplomacia secreta, esa maldición de nuestra época, una constitución ideada por Bonaparte en acuerdo con Rusia y Austria —¡todos ellos, en verdad, ardientes amigos de la libertad de los pueblos!—. En realidad, no es ni más ni menos que un salvoconducto para Rusia, que le deja la libre disposición sobre los principados... ¡Más aún! ¿No ha enviado Bonaparte, el querido aliado, a sus oficiales a Montenegro para enseñar a los salvajes montañeses el manejo del fusil?... Su ánimo está puesto en una nueva Paz de Tilsit, si es que no la tiene ya en el bolsillo.»

Tal era la crítica pública de Kossuth a Bonaparte, su querido aliado, en el otoño de 1858. Aún a comienzos de 1859, cuando los planes de Bonaparte para su cruzada italiana de libertad habían tomado forma, ese mismo Kossuth denunciaba con encendido lenguaje en el Pensiero ed Azione de Mazzini al farsante holandés y prevenía a todos

los verdaderos republicanos, italianos, húngaros e incluso alemanes, contra el dejarse utilizar como garras de gato por el Quasimodo imperialista. En una palabra, no hacía sino reproducir las opiniones de Mazzini, que éste proclamó de nuevo en su
manifiesto del 16 de mayo,
a las que se atuvo durante la cruzada de Bonaparte y que repitió triunfante al final de la guerra en otro manifiesto que la Tribune imprimió.

Kossuth desenmascaró entonces, en enero de 1859, no solo el engaño bonapartista, sino que hizo todo cuanto estuvo en su poder para denunciarlo ante el mundo. Urgió a la «prensa liberal» en esa dirección, sobre lo cual los instrumentos de Bonaparte se asombraron después como de un «estallido repentino» de «frenesí antinapoleónico» y lo estigmatizaron como un síntoma de enfermiza «simpatía por Austria». Pero en el tiempo transcurrido entre enero de 1859 y mayo de 1859 se produjo una extraña revolución en los sentimientos e ideas del gran improvisador. Él, que en el otoño de 1858 había emprendido una gira de conferencias por Escocia para advertir a los británicos de las abominables intenciones de Napoleón, se encaminó en mayo de 1859 desde el Mansion-House de Londres a una nueva gira de conferencias hasta la Free-Trade-Hall de Manchester, para predicar confianza en el hombre de diciembre y, bajo el pretexto de abogar por la neutralidad, atraer a los británicos al lado del bribón imperial. Su propia neutralidad la demostró poco después de manera inequívoca.

Ahora bien, estos recuerdos, que podría proseguir a voluntad, deberían suscitar algunas dudas en las mentes de los admiradores sinceros de Kossuth —en aquellos hombres que no están ligados ni por una veneración ciega a un nombre ni por sucio interés a los grandes de la democracia—. En cualquier caso, no negarán que los hechos que voy a relatar ahora no parecen en absoluto incompatibles con el pasado del pretendido héroe de la libertad. Había tres dirigentes húngaros en París que cortejaban al ilustre Plon-Plon, alias Prince Rouge <Príncipe Rojo>, ese vástago de la familia bonapartista a quien ha tocado en suerte coquetear con la revolución de la misma manera que su primo más grande juguetea con «la religión, el orden y la propiedad». Esos tres hombres eran el coronel Kiss, el conde Teleki y el general Klapka. Plon-Plon es, dicho sea de paso, lujurioso como Heliogábalo, cobarde como Iván III y falso como un auténtico Bonaparte, pero

con todo ello, un homme d’esprit <hombre de ingenio>, como dicen los franceses. Estos tres señores persuadieron a Plon-Plon, a quien la cosa probablemente no le cogió en absoluto por sorpresa, para que entablara negociaciones con Kossuth, lo invitara a París y le prometiera incluso presentar al exgobernador de Hungría al taimado soberano de las Tullerías.

Acto seguido, el señor Kossuth, provisto de un pasaporte inglés en el que figuraba como Mr. Brown, abandonó Londres a principios de mayo para dirigirse a París. En París tuvo primero una larga entrevista con Plon-Plon, a quien expuso sus planes sobre cómo podría encenderse una insurrección en Hungría si 40.000 franceses, apoyados por un cuerpo de refugiados magiares, desembarcaban en la costa de Fiume; además, le presentó una solicitud que en su alma patriótica parecía ocupar el primer lugar, a saber, la formación, aunque solo fuera a efectos de apariencia, de un gobierno provisional con el señor Kossuth a la cabeza. En la noche del 3 de mayo, Plon-Plon condujo en su propio carruaje al señor Kossuth a las Tullerías para presentarlo allí al hombre de diciembre. Durante esta reunión con Luis Bonaparte, el señor Kossuth renunció a emplear sus grandes dotes retóricas y permitió que Plon-Plon actuara como su portavoz. Más tarde le tributó un amable cumplido por la exactitud casi literal con que el príncipe había reproducido sus opiniones.

Después de que Luis Bonaparte hubiera escuchado atentamente la exposición de su primo, declaró que un gran obstáculo se interponía en el camino para que aceptase las propuestas de Kossuth, a saber, los principios republicanos y las vinculaciones republicanas de éste. Ocurrió entonces que el señor Kossuth abjuró de la manera más solemne de la fe republicana y juró y perjuró que no era republicano entonces ni lo había sido nunca, y que únicamente la necesidad política y una extraña concatenación de circunstancias le habían obligado a aliarse temporalmente con el partido republicano de la emigración europea. Al mismo tiempo, para probar su talante antirrepublicano, ofreció en nombre de su país la corona húngara al príncipe Plon-Plon. Por cierto, la corona de la que así disponía no había quedado vacante en absoluto, y él no poseía mandato alguno para traficar con ella; pero quien haya observado con atención la actuación del señor Kossuth en el extranjero habrá caído en la cuenta de que desde hace mucho tiempo está acostumbrado a hablar de la «querida Hungría» como un junquer prusiano habla de su finca.

Tengo por sincera la abjuración del republicanismo por parte del señor Kossuth. Una lista civil de 300.000 florines que reclamó en Pest para sostener el brillo del poder ejecutivo; el patronato de los hospitales, transferido de una archiduquesa austríaca a su propia hermana; el intento de dar su nombre a algunos regimientos; su empeño en rodearse de una camarilla; la tenacidad con que, durante su estancia en el extranjero, se aferró al título de gobernador, pese a haber dimitido de él en el momento de la catástrofe húngara; toda su conducta, mucho más la de un pretendiente que la de un fugitivo… todo ello apunta a tendencias ajenas al republicanismo. Sea como fuere, afirmo expresamente que Luis Kossuth abjuró del republicanismo ante el usurpador francés y que, en presencia del hombre de diciembre, ofreció la corona húngara a Plon-Plon, el Sardanápalo bonapartista.

Alguna cháchara bastante ligera sobre el hecho de su entrevista con Bonaparte en las Tullerías puede haber dado pie al rumor, notoriamente falso, de que Kossuth había traicionado los planes secretos de sus ex aliados republicanos. No se le había pedido que revelara sus supuestos secretos, ni habría aceptado semejante proposición infame. Una vez que logró disipar por completo los temores de Luis Napoleón acerca de sus inclinaciones republicanas, y después de haber asegurado que se empeñaría en favor de los intereses dinásticos de los Bonaparte, se cerró un trato por el cual se pusieron a disposición del señor Kossuth tres millones de francos. En este acuerdo no había nada en sí y por sí mismo de censurable, pues la organización militar de la emigración húngara exigía medios pecuniarios, y ¿por qué no habría de recibir el señor Kossuth subsidios de su nuevo aliado con el mismo derecho con que todas las potencias despóticas de Europa los recibieron de Inglaterra durante todo el curso de la guerra antijacobina? No puedo, sin embargo, silenciar el hecho de que de esos millones puestos a su disposición, el señor Kossuth se asignó de inmediato para sus gastos personales la bonita suma de 75.000 francos, y se fijó además una pensión anual para el caso de que la guerra italiana terminase sin haber conducido a la invasión de Hungría.

Antes de que el señor Kossuth abandonara las Tullerías, se convino en que debía contrarrestar las supuestas tendencias austríacas del ministerio Derby lanzando una campaña de neutralidad en Inglaterra. Es de todos sabido cómo, a su regreso a la pérfida Albión, el espontáneo apoyo de los whigs y de la escuela de Manchester le permitió cumplir con éxito esa primera parte de su compromiso.

Desde 1851, la mayor parte de los emigrados húngaros de relevancia y prestigio político se habían separado del señor Kossuth, pero, en parte por la perspectiva de una invasión de Hungría con ayuda de tropas francesas, en parte por la lógica fuerza de atracción de los tres millones de francos —pues el mundo, como dijo el verdadero Napoleón en uno de sus accesos de cinismo, está gobernado por «le petit ventre» ["el pequeño vientre" (el estómago)]—, toda la emigración húngara en Europa, salvo unas pocas y honrosas excepciones, se agrupó en torno a los estandartes bonapartistas izados por Luis Kossuth. No puede negarse que las transacciones en las que se empeñó con ellos tenían un regusto decembrista de corrupción, ya que, para poder asignar a sus nuevos partidarios una mayor cantidad del dinero francés, los ascendió a rangos militares superiores: tenientes, por ejemplo, fueron promovidos al grado de comandante. De entrada, cada uno recibió sus gastos de viaje al Piamonte, luego un magnífico uniforme (el coste del uniforme de comandante ascendía a 150 libras esterlinas) y seis meses de paga por adelantado, con la promesa de que, al concluir la paz, se pagaría una soldada anual. El llamado general en jefe recibió un salario de 10.000 francos; los generales, 6.000 francos cada uno; los jefes de brigada, 5.000 francos; los tenientes coroneles, 4.000 francos; los comandantes, 3.000 francos, etc.

Los nombres de las personalidades más prominentes que se aliaron con Kossuth y embolsaron dinero bonapartista son los siguientes: los generales Klapka, Perczel, Vetter, Czecz; los coroneles Szabó, Emérich y Etienne, Kiss, el conde A. Teleki, el conde Bethlen, Mednyánszky, Ihász y algunos tenientes coroneles y comandantes. Entre los civiles deseo mencionar al conde L. Teleki, Puky, Pulszky, Irányi, Ludvigh, Simonyi, Henszelman, Veres y otros; de hecho, todos los refugiados húngaros que viven en Inglaterra y en el continente, con la sola excepción de S. Vukovics (en Londres o Axminster), Rónay (en Londres, un erudito húngaro) y B. Szemere (en París, antiguo primer ministro húngaro).

Ahora bien, sería injusto suponer que todos estos hombres actuaron por móviles corruptos. La mayoría está compuesta probablemente por simples engañados —soldados patriotas de quienes no cabe esperar que posean claros principios políticos ni la perspicacia para penetrar las intrigas diplomáticas—. Algunos, como el general Perczel, se retiraron inmediatamente cuando los acontecimientos arrojaron luz sobre las trapacerías bonapartistas. Luis Kossuth, sin embargo, que todavía en enero de 1859, con sus artículos en el *Pensiero ed Azione* de Mazzini, se había acreditado como juez competente de los planes de Bonaparte, no puede ser disculpado en modo alguno de la misma manera.