Karl Marx

¡Invasión!

["Das Volk" Nr. 13 del 30 de julio de 1859]

De todos los dogmas de la beata política de nuestros días, ninguno ha causado más desgracias que aquel que reza: «para tener paz, hay que armarse para la guerra». Esta gran verdad, que se distingue principalmente por contener una gran mentira, es el grito de combate que ha llamado a las armas a toda Europa y ha generado tal fanatismo de lansquenetes que cada nueva conclusión de paz es considerada como una nueva declaración de guerra y ávidamente explotada. Mientras los Estados de Europa se han convertido así en otros tantos campamentos militares, cuyos mercenarios arden en deseos de lanzarse unos contra otros y degollarse mutuamente en honor de la paz, ante cada nuevo estallido no se trata más que de la insignificante minucia de saber de qué lado hay que ponerse. En cuanto esta cuestión accesoria es resuelta satisfactoriamente por los parlementairs <negociadores> diplomáticos con ayuda del probado «si vis pacem, para bellum» <si quieres la paz, prepara la guerra>, comienza una de esas guerras de civilización cuya bárbara frivolidad pertenece a la mejor época de los caballeros bandoleros, pero cuya refinada perfidia pertenece exclusivamente al más moderno período de la burguesía imperialista.

En semejantes circunstancias no hay que asombrarse si la disposición general a la barbarie adopta cierto método, la inmoralidad se vuelve sistema, la ilegalidad tiene sus legisladores y el derecho del puño sus códigos. Si se vuelve tan a menudo sobre las «idées napoléoniennes», es porque esas insensatas fantasías del prisionero de Ham se han convertido en el Pentateuco de la moderna religión de bribones y en la revelación de la estafa imperial de la guerra y de la bolsa.

L[uis]-Napoleón declaró en Ham:

«Rara vez triunfa una gran empresa al primer golpe.»
Convencido de esta verdad, domina el arte de retirarse en el momento oportuno para tomar nuevo impulso poco después, y de repetir esta maniobra hasta que, desprevenido su adversario, los mots d’ordre <consignas> difundidos se tornan triviales, ridículos y, por ello mismo, peligrosos. Este arte de temporizar para engañar a la opinión pública, de retirarse para avanzar con tanta mayor libertad, en una palabra, el secreto del ordre, contre-ordre, désordre <orden, contraorden, desorden>, fue su más poderoso aliado en el golpe de Estado.

En lo tocante a la idea napoleónica de la
invasión de Inglaterra
, parece querer seguir la misma táctica. Esta palabra, tantas veces desautorizada, tantas veces puesta en ridículo, tantas veces ahogada en el champán de Compiègne, es puesta una y otra vez en el orden del día del cotilleo europeo, pese a todas las derrotas aparentes que ha sufrido. Nadie sabe de repente de dónde viene, pero todos sienten que la mera existencia de la misma es un poder aún no vencido. Hombres serios, como lord Lyndhurst, de 84 años, y un Ellenborough ciertamente no pusilánime, retroceden ante la misteriosa fuerza de esta palabra. Si una mera frase es capaz de causar una impresión tan poderosa en el gobierno, el parlamento y el pueblo, eso no demuestra sino que se siente y se sabe instintivamente que, tras ella, marcha un ejército de 400.000 hombres con el que hay que luchar a muerte, o no se librará uno de la ominosa palabra.

El artículo del «Moniteur» que, mediante una comparación del presupuesto de la flota inglesa con el francés, presenta a Inglaterra como el autor responsable de los costosos armamentos; el tono irritado del comienzo y el final de este documento, proveniente de altísima mano; el comentario oficioso de «Patrie», que contiene directamente una amenaza impaciente; la orden, que sigue de inmediato, de poner a las fuerzas francesas en pie de paz... todos estos son momentos tan característicos de la táctica bonapartista que bien se comprende la muy seria atención que la prensa y la opinión pública inglesas dedican a la cuestión de la invasión. Cuando Francia
«no se arma»
, como nos declaró enfáticamente el señor Walewski, en la conciencia de su desconocida inocencia, antes del estallido de la guerra de Italia, de ello surge una campaña de libertad de tres meses; pero cuando, además, desarma al ejército no armado, podemos esperar un golpe extraordinario.

Sin duda, el señor Bonaparte no podría conducir a sus hordas pretorianas a empresa alguna que fuese más popular en Francia y en gran parte del continente europeo que una invasión de Inglaterra. Cuando Blücher, en su visita a Inglaterra, cabalgaba por las calles de Londres, exclamó en la alegría involuntaria de su conciencia de soldado: «¡Dios mío, qué ciudad para saquear!», una exclamación cuyo poder seductor sabrán apreciar los pretorianos imperiales. Pero la invasión también sería popular entre la burguesía dominante, y justamente por las razones que aduce el «Times» en pro del mantenimiento de la entente cordiale, al decir:
«Nos alegramos de ver poderosa a Francia. Mientras cooperemos como protectores del orden y amigos de la civilización, su fuerza es nuestra fuerza y
su prosperidad nuestra fortaleza.»
Con una flota de 449 barcos, de los cuales 265 son vapores de guerra, con un ejército de 400.000 hombres que ha probado la sangre y la gloire en Italia, con el testamento de Santa Elena en el bolsillo y la ruina inevitable ante los ojos, el señor Bonaparte es precisamente el hombre capaz de jugarse el todo por la invasión. Tiene que jugar a va banque; más tarde o más temprano, pero jugar tiene que hacerlo.