Karl Marx

Mielosas seguridades

Escrito hacia el 6 de mayo de 1859.

[“New-York Daily Tribune” núm. 5639, del 18 de mayo de 1859, artículo de fondo]

El circular del 27 de abril, transmitido por Luis Napoleón a todos los gobiernos de Europa por medio de sus representantes diplomáticos, y su mensaje al Corps législatif del 3 de mayo demuestran que el emperador es plenamente consciente de la desconfianza que inspiran universalmente sus motivos y los verdaderos fines de su injerencia en los asuntos italianos, y que se esfuerza tenazmente por disiparla. En el circular intenta demostrar que nunca llevó a cabo esa intervención sino de acuerdo con Inglaterra, Prusia y Rusia, y afirma que esas potencias estaban tan descontentas con la situación de Italia, tan convencidas de los peligros derivados del descontento y de la agitación secreta que allí reinan, y tan decididas como él mismo a prevenir mediante una sabia previsión una crisis inevitable. Pero al invocar como prueba la misión de lord Cowley en Viena, la propuesta rusa de un congreso y el apoyo que Prusia otorgó a esos pasos, parece olvidar que esas gestiones no tenían por objeto principal Italia, sino que fueron motivadas y determinadas por la discordia inminente entre Austria y Francia, frente a la cual el descontento y la agitación italianos descendieron a la insignificancia.

Sólo cuando Napoleón mostró de repente un inusitado interés por los asuntos italianos, adquirió la cuestión italiana una importancia apremiante a los ojos de las demás potencias europeas. Aunque Austria fue la primera en iniciar las hostilidades, sigue siendo un hecho que no habría habido motivo para la apertura de las hostilidades si Cerdeña no hubiera sido alentada por Napoleón —sin que participaran en ello ni Prusia ni Inglaterra— y, en consecuencia, hubiera dado los pasos correspondientes. Por tanto, no es en modo alguno cierto que Francia se limitara a ofrecer a las demás potencias su colaboración para resolver pacíficamente las cuestiones litigiosas entre Austria y Cerdeña; al contrario, es un hecho incontrovertible que las demás potencias sólo se sintieron movidas a mostrar un interés mayor cuando Francia se implicó ampliamente en esa disputa, con lo que para ellas ya no era una cuestión italiana, sino europea. Precisamente el hecho de que sólo Francia se sintiera impulsada a proteger a Cerdeña contra el ataque austriaco contradice la afirmación de que obrara de acuerdo con las demás potencias en los asuntos italianos. Tanto en este circular como en su mensaje al Corps législatif, el emperador francés niega con gran celo toda ambición personal, toda ansia de conquista, todo deseo de consolidar la influencia francesa en Italia. Quiere hacer creer que se afana exclusivamente por lograr la independencia italiana y restablecer aquel equilibrio de poderes que fue perturbado por la preponderancia de Austria. Quienes recuerdan las seguridades que el emperador dio y los juramentos que prestó cuando era presidente de la República francesa difícilmente se sentirán inclinados a conceder una confianza incondicional a sus meras declaraciones; y esos mismos esfuerzos suyos por calmar los temores y disipar la suspicacia de Europa contienen indicios muy capaces de producir un efecto contrario.

Nadie puede dudar de que Luis Napoleón desea sinceramente en este momento impedir toda injerencia de Inglaterra o de Alemania en su guerra con Austria; pero eso no demuestra en absoluto que no pretenda otra cosa que un arreglo de los asuntos italianos. Suponiendo que ambicione la hegemonía en Europa, naturalmente preferiría combatir por separado a las distintas potencias. Se extraña de la agitación que reina en algunos estados alemanes, aunque esa agitación obedece a las mismas causas con las que él intenta explicar su propia prisa por acudir en ayuda de Cerdeña.

Si Francia posee una frontera común con Cerdeña, está unida a ella por viejos recuerdos, por un origen común y por la alianza recientemente concertada, el parentesco entre Alemania y Austria es el mismo, incluso más estrecho; y si Napoleón no quiere esperar hasta hallarse ante un hecho consumado, a saber, el triunfo de Austria sobre Cerdeña, los alemanes tampoco

están dispuestos a esperar el hecho consumado de un triunfo de Francia sobre Austria. Que Luis Napoleón persigue una humillación de Austria, en particular mediante su expulsión de Italia, no lo niega. Pero niega querer conquistar territorio italiano o ejercer influencia sobre él, declarando que el objetivo de la guerra es devolver Italia a sí misma y no imponerle un simple cambio de amo. Pero supongamos, lo que es muy probable, que los gobiernos italianos, cuya independencia frente a Austria se pretende defender, se vieran hostigados por aquellos a quienes Luis Napoleón llama «los amigos del desorden» y «los incorregibles partidarios de los viejos partidos». ¿Qué sucedería entonces?

«Francia —dice Luis Napoleón— ha mostrado su odio a la anarquía.»

Asegura que debe su poder actual precisamente a ese odio a la anarquía. En ese odio a la anarquía veía él su facultad para disolver la Cámara republicana, para romper sus propios juramentos, para derribar el gobierno republicano mediante la fuerza militar, para aniquilar por completo la libertad de prensa y para enviar al exilio o deportar a Cayena a todos los adversarios de su exclusivo despotismo. ¿No podría la represión de la anarquía servir igualmente bien a sus intereses en Italia? Si «la represión de los amigos del desorden y de los incorregibles partidarios de los viejos partidos» justificó la destrucción de la libertad francesa, ¿no podría servir asimismo de pretexto para derribar la independencia italiana?