Friedrich Engels

Justicia histórica

Escrito hacia el 6 de julio de 1859.

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" Nº 5692 del 21 de julio de 1859, artículo de fondo]

Después de haber publicado todos los informes oficiales que nos han llegado sobre la batalla de Solferino, entre ellos muchas cartas de ambos cuarteles generales, incluida la excelente correspondencia especial del "Times" de Londres, y de haber familiarizado a nuestros lectores con estos documentos, ha llegado probablemente el momento de exponer las verdaderas causas por las que la batalla fue perdida por Francisco José y ganada por Napoleón III.

Cuando el emperador austríaco volvió a cruzar el Mincio para atacar, disponía de nueve cuerpos de ejército que, una vez deducidas las guarniciones de las fortalezas, aparecieron en el campo de batalla con una fuerza media de cuatro brigadas de infantería cada uno, o un total de treinta y seis brigadas —cada brigada con una media de 5.000 a 6.000 hombres—. Sus fuerzas para el ataque ascendían, pues, a unos 200.000 hombres de infantería. Esta fuerza, aunque completamente suficiente para justificar el movimiento de tropas, era sin embargo inferior a la del enemigo o sólo aproximadamente igual a ella, pues éste contaba con diez brigadas piamontesas y veintiséis francesas de infantería. Desde Magenta, los franceses habían recibido grandes refuerzos de licenciados y de reclutas instruidos, incorporados a sus regimientos. Sus brigadas eran ciertamente más fuertes que las de los austríacos, cuyos refuerzos consistían en dos cuerpos de ejército frescos (el décimo y el undécimo), con lo cual se había aumentado el número, pero no la fuerza de las brigadas. La infantería del ejército aliado puede calcularse, partiendo de sus efectivos completos (170.000 franceses, 75.000 sardos), deduciendo las pérdidas de unos 30.000 hombres desde el comienzo de la campaña, en unos 215.000 hombres en aquel momento.

En su ataque, los austríacos confiaban en la rapidez de la maniobra y el factor sorpresa, en el ardiente deseo de sus tropas de vengar la derrota de Magenta y demostrar que no son inferiores a sus adversarios, así como en la solidez de las posiciones que un rápido avance sobre las alturas detrás de Castiglione podría volver a poner en su poder. Esto estaba ciertamente justificado, pero sólo si mantenían sus tropas tan unidas como fuera posible y avanzaban con rapidez y energía. Ninguna de estas condiciones se cumplió.

En lugar de avanzar con toda su fuerza de combate entre Peschiera y Volta, para asegurar toda la cadena de colinas hasta Lonato y Castiglione, y dejar la protección de la llanura de Guidizzolo a la caballería y quizá a un cuerpo de infantería, dejaron un cuerpo, el segundo, en Mantua, para protegerlo contra un eventual golpe de mano del cuerpo del príncipe Napoleón, del que se sospechaba estaba cerca. Si la guarnición de Mantua no bastaba, sin embargo, para mantener la fortaleza más fuerte de Europa sin la ayuda de un cuerpo adicional contra un ataque irregular, debió de ser realmente una clase de guarnición muy extraña. Pero aparentemente no fue ésa la razón que ató al segundo cuerpo a Mantua. De hecho, otros dos cuerpos, el undécimo y el décimo, fueron destacados para flanquear el ala derecha de los aliados en Asola, una ciudad sobre el Chiese, a unas 6 millas al suroeste de Castelgoffredo y tan lejos del campo de batalla que en cualquier circunstancia habrían llegado demasiado tarde. El segundo cuerpo, según parece, estaba destinado a cubrir los flancos y la retaguardia de esta columna envolvente contra la posible llegada del príncipe Napoleón, impidiendo así que ella misma fuera envuelta. Todo el plan es tan de pura vieja escuela austríaca, tan complicado, tan ridículo para cualquiera que esté acostumbrado a diseñar planes de batalla, que el Estado Mayor austríaco debe ser ciertamente eximido de toda responsabilidad por este invento. Nadie más que Francisco José y su ayudante el conde Grünne pudieron idear semejante anacronismo. Así se mantuvo exitosamente a tres cuerpos de ejército apartados del combate. Los seis restantes fueron desplegados del siguiente modo: el octavo (Benedek) entre Pozzolengo y el lago de Garda, para mantener una posición de colinas cuyo centro y clave era San Martino; el quinto (Stadion) ocupó Solferino; el séptimo (Zobel) San Cassiano; el primero (Clam-Gallas) Cavriana. Al sur, en la llanura, el tercero (Schwarzenberg) avanzó por la carretera principal de Goito a Castiglione vía Guidizzolo y

el noveno (Schaffgotsch) más al sur hacia Medole. Esta ala fue lanzada adelante para hacer retroceder a la derecha aliada y ofrecer apoyo a los cuerpos décimo y undécimo, cuando y si llegaran alguna vez.

De esta manera, los seis cuerpos que estuvieron realmente empeñados y que formaban esencialmente el ejército de combate austríaco fueron desplegados en una línea de 12 millas de largo, lo que suponía para cada cuerpo una media de 2 millas o 3.540 yardas de extensión de frente. Con una línea tan larga no podía haber profundidad alguna. Pero éste no fue el único error grave. Los cuerpos tercero y noveno avanzaron desde Goito, donde se hallaba también su línea de retirada; los cuerpos contiguos, primero y séptimo, tenían la suya en Valeggio. Una mirada al mapa muestra que esto produce una retirada excéntrica; a esta circunstancia ha de atribuirse sin duda, en lo esencial, el escaso efecto conseguido por los dos cuerpos de la llanura.

Esta disposición defectuosa, tomada para las veinticuatro o, si suponemos que Benedek fue reforzado por algunas tropas de la guarnición de Peschiera, veinticinco o veintiséis brigadas austríacas, se hizo aún más defectuosa por la lentitud del avance. Una marcha forzada el día 23, cuando se volvió a cruzar el Mincio, habría llevado al ejército austríaco concentrado al mediodía a las posiciones avanzadas de los aliados en Desenzano, Lonato y Castiglione, y le habría capacitado para hacer retroceder a los aliados hasta el Chiese al caer la noche, comenzando así la batalla con un éxito de los austríacos; sin embargo, el punto más avanzado alcanzado en las colinas fue Solferino, a sólo 6 millas del Mincio. En la llanura, las tropas que avanzaban llegaron hasta Castelgoffredo, a 10 millas del Mincio; pero, con la orden correspondiente, habrían podido llegar hasta el Chiese. ¡Luego, el avance del 24 debía comenzar a las 9 de la mañana, en vez de al amanecer! Así sucedió que los aliados, que partieron a las 2 de la madrugada, cayeron sobre los austríacos entre las 5 y las 6. Las consecuencias eran inevitables. Treinta y tres brigadas fuertes contra veinticinco o veintiséis débiles (todas ellas habían estado antes en combate y sufrido fuertes pérdidas), no podía dar sino una derrota para los austríacos. Sólo Benedek, con sus cinco o seis brigadas, se mantuvo todo el día contra el ejército piamontés, cuyas diez brigadas, con excepción de la Guardia, estuvieron todas empeñadas; y habría mantenido su posición si no le hubiera obligado a retroceder también la retirada general del centro y del ala izquierda.

En el centro, el quinto y el primer cuerpo (8 brigadas) mantuvieron Solferino contra el cuerpo de Baraguay d'Hilliers (6 brigadas) y la Guardia (4 brigadas) hasta después de las 2, mientras el séptimo cuerpo (4 brigadas) contenía a las cuatro brigadas de Mac-Mahon. Una vez tomado finalmente Solferino, la Guardia avanzó contra San Cassiano, obligando con ello al séptimo cuerpo austríaco a abandonar su posición. La caída de Cavriana, aproximadamente a las 5 de la tarde, decidió entonces la suerte de la batalla en el centro y forzó a los austríacos a la retirada. En el ala izquierda austríaca, los cuerpos tercero y noveno libraron un combate sin plan contra el cuerpo de Niel y una división (Renault) de Canrobert, hasta que por la tarde otra división (Trochu) de este último cuerpo entró en la línea de combate e hizo retroceder a los austríacos hacia Goito. Aunque estas ocho brigadas austríacas se enfrentaron desde el principio a una fuerza casi igual, habrían podido hacer mucho más de lo que realmente hicieron. Mediante un avance resuelto desde Guidizzolo hacia Castiglione habrían podido aliviar al séptimo cuerpo en San Cassiano, apoyando así indirectamente a los defensores de Solferino; pero como su línea de retirada discurría hacia Goito, cada paso adelante las exponía, y así actuaron con una prudencia que estaba completamente fuera de lugar en una batalla semejante; la culpa, sin embargo, recae en quienes ordenaron la retirada hacia Goito.

Los aliados tuvieron a todos los hombres en combate, excepto tres brigadas, dos del cuerpo de Canrobert y una de la Guardia piamontesa. Pero si fue necesario el empleo de todas sus reservas, con excepción de estas tres brigadas, para obtener una victoria duramente disputada, tras la cual no hubo persecución, ¿cómo se habría desarrollado la batalla si Francisco José hubiera estado en condiciones de emplear además sus tres cuerpos de ejército, que andaban errantes muy lejos, al sur? Suponiendo que hubiera dado un cuerpo a Benedek, colocado otro detrás de Solferino y San Cassiano como reserva, y retenido uno detrás de Cavriana como reserva general, ¿cuál habría sido el resultado de la batalla? No puede ser dudoso ni por un instante. Tras repetidos y vanos esfuerzos por tomar San Martino y Solferino, el centro piamontés y francés habría sido roto por un avance definitivo y contundente de toda la línea austríaca, y los austríacos, en lugar de retirarse al Mincio, habrían terminado el día a orillas del Chiese. No fueron batidos por los franceses, sino por la arrogante imbecilidad de su propio

emperador. Abrumados por la superioridad numérica del adversario y la miseria de su propia dirección, se retiraron sin embargo sin romperse, no cedieron más que el campo de batalla y se mostraron menos capaces de pánico que lo que ha sido el caso en todos los demás ejércitos hasta ahora.