Friedrich Engels

Por fin una batalla

Escrito hacia el 24 de mayo de 1859.

["New-York Daily Tribune" núm. 5655 del 6 de junio de 1859, artículo de fondo]

El «City of Washington», que zarpó de Liverpool el 25 del mes pasado y pasó el pasado jueves por la noche a la altura del cabo Race, trae noticias extraordinariamente interesantes del teatro de la guerra. El movimiento de retirada de los austriacos y el avance aliado para volver a ocupar la Lomellina han comenzado sin duda, aunque, al parecer, no se desarrollan con gran rapidez, puesto que el cuartel general austriaco, trasladado el 19 a Garlasco, una alquería próxima al Tesino en el tramo de Vigevano a Groppello, se encontraba todavía allí el 24. Sin embargo, al sur del Po, cerca de Montebello, una pequeña ciudad en la carretera de Stradella a Voghera, tuvo lugar un combate entre una unidad del cuerpo de ejército de Stadion y la vanguardia de Baraguay d’Hilliers, en el que los aliados, según sus propias declaraciones, llevaron decididamente ventaja. Nuestras informaciones sobre este encuentro son, forzosamente, aún muy breves. Los franceses refieren que la división de Forey, con 6.000 a 7.000 hombres (su fuerza total asciende a 10.000) y un regimiento de caballería piamontesa, trabó combate con una fuerza austriaca de 15.000, es decir, la mitad del cuerpo entero mandado por Stadion, y que los austriacos fueron rechazados tras varias horas de duro combate; perdieron en ello entre 1.500 y 2.000 muertos y heridos y 200 prisioneros, algunos de los cuales ya han llegado a Marsella, mientras que las pérdidas aliadas ascendieron solo a 600 o 700. Sin embargo, la derrota de los austriacos no fue lo bastante decisiva como para permitir a los aliados perseguir al enemigo en retirada. Según la versión austriaca, Stadion había enviado una unidad de tropas a reconocer el terreno al otro lado del Po. Esta avanzó en dirección a Voghera hasta Montebello, donde chocó con una unidad francesa superior

y se retiró en buen orden tras el Po después de un violento combate. Esta discrepancia en los relatos no es nada extraordinario, si se tienen en cuenta las exageraciones que siempre se producen en tales ocasiones a falta de cifras oficiales concluyentes.

Hemos de esperar noticias más precisas antes de poder juzgar el significado y los rasgos esenciales del combate. En cualquier caso, no fue más que una refriega entre puestos avanzados, y no una gran batalla en la que se pongan realmente a prueba la fuerza de los ejércitos enfrentados y la capacidad de los generales.

Mientras el segundo acto del drama ha comenzado de manera bastante aceptable, los materiales para un examen crítico de las operaciones del primer acto han recibido un valioso complemento gracias a las cartas de los corresponsales de la «Times» de Londres y la «Allgemeine Zeitung» de Augsburgo en el cuartel general austriaco. Sin ellas nos veríamos obligados a juzgar las maniobras austriacas por los boletines piamonteses, que, naturalmente, no contienen la verdad completa sobre ellas, y por los boletines austriacos, que casi no informan de nada. Para llenar las numerosas lagunas no disponíamos, de momento, más que de los rumores contradictorios y las conjeturas que circulaban entre los oficiales y corresponsales de prensa que se encontraban a la sazón en el Piamonte, rumores cuya credibilidad era, en verdad, muy escasa. Dado que los austriacos habían tomado la iniciativa de la campaña y la conservaron hasta su retirada de Vercelli, mientras que los aliados mantenían una actitud relativamente pasiva, era el ejército del que no recibíamos información alguna, o a lo sumo informaciones insignificantes, el que ocupaba el centro del interés. No es de extrañar, por consiguiente, que en cuestiones de detalle llegáramos a conclusiones que ahora los hechos no confirman. Por el contrario, es asombroso que, en líneas generales, consiguiéramos evaluar correctamente los rasgos fundamentales de la campaña. Hay solo un punto importante en que nos apartamos de lo que ahora se presenta como el plan original de los austriacos. Pero sigue siendo muy dudoso que este plan se persiguiera con exactitud desde el principio, como ahora se afirma, o si el actual «plan original» no es otra cosa que una idea a posteriori.

Cuando nos llegó la primera noticia de la invasión del Piamonte por los austriacos, creímos que su intención, como hasta entonces, consistía manifiestamente en caer por sorpresa, con una marcha forzada, sobre el ejército piamontés y la vanguardia francesa, antes de que pudiera llegar el grueso de los franceses. Ahora recibimos la información de que esa idea ya había sido abandonada con anterioridad. Al parecer, los austriacos estaban bajo

la impresión de que los franceses habían comenzado a pisar territorio piamontés el día 24, aunque ningún regimiento francés puso el pie en suelo piamontés antes del 26, y esta noticia falsa pudo inducirlos a renunciar a todo intento de golpe de mano contra cualquier tropa que se les opusiera. A consecuencia de ello, la invasión perdió aquel carácter impetuoso que le habría conferido la persecución del objetivo mayor. Fue meramente un comienzo de las hostilidades ordenadas por el emperador y no tuvo otro fin que ocupar una parte del territorio enemigo, hacer sus recursos accesibles a los invasores y privar de su aprovechamiento al ejército defensor. Con semejante objetivo, estaba bastante claro que la invasión tenía que detenerse en el Sesia y en el Po, ante Vercelli y Valenza. En este caso no se requería prisa alguna. Metódica, lenta y segura, el ejército austriaco marchó hacia territorio piamontés. Había aún otro punto de vista que influyó grandemente en este curso de la acción. Los austriacos se movieron por las dos carreteras principales que cruzan la Lomellina de este a oeste, una de Pavía a Valenza y la otra de Abbiategrasso a Vigevano y Casale. La carretera septentrional de Boffalora a Vercelli no fue utilizada por ellos en absoluto. Esas dos carreteras cruzan numerosos ríos que fluyen de noroeste a sureste, dos de los cuales, el Terdoppio y el Agogna, poseen cierta importancia. Como los puentes estaban destruidos, las carreteras levantadas en muchos puntos y las tierras bajas a la derecha y a la izquierda de ellas, o bien inundadas, o bien reblandecidas por el agua, el avance se demoró mucho, y todo el ejército, de 150.000 a 180.000 hombres, tuvo que marchar por esas dos carreteras. No nos sorprende, por tanto, saber ahora que el último cuerpo del ejército austriaco no cruzó el Tesino antes del 1 de mayo, pues un cuerpo de 30.000 a 35.000 hombres que marcha por una sola carretera con bagaje y tren ocupa, por lo menos, una longitud de 12 a 15 millas, lo que equivale a una jornada de marcha; como tres cuerpos marchaban por la carretera de Pavía a Casale, de ello se sigue que el tercero de estos cuerpos cruzó el Tesino a la altura de Pavía dos días después que el primero.

La vanguardia pasó por Pavía el 29; era una brigada del quinto cuerpo al mando del general Festetics. Le siguió todo el tercer cuerpo (Schwarzenberg), que avanzó hacia Groppello. El mismo día, otro cuerpo, el séptimo (general Zobel), pasó más al norte, a la altura de Bereguardo, y se dirigió a Gambolò. El 30, el octavo cuerpo (Benedek) siguió al tercero a la altura de Pavía, y el quinto (Stadion) siguió al séptimo a la altura de

Bereguardo. El 1 de mayo, el segundo cuerpo (Liechtenstein) pasó por Pavía. En esta formación, el ejército, cuya extrema derecha formaba el séptimo cuerpo, cuyo centro lo formaban el quinto, el tercero y el segundo y cuya extrema izquierda formaba el octavo, cruzó primero el Terdoppio, luego el Agogna y alcanzó por fin, al atardecer del día 2, el Po y el Sesia. De ello deducimos que los informes piamonteses sobre grandes pasos de tropas por Boffalora y Arona eran completamente falsos (hecho que confirma plenamente el avance sin resistencia de Garibaldi hacia Gravellona, junto al Lago Mayor); igualmente erraron al suponer que el general Benedek había partido de Piacenza con el octavo cuerpo y marchaba como columna aislada por la orilla meridional del Po. Por el contrario, los austriacos marcharon sobre un frente tan estrecho (12 millas) como solo puede marchar un ejército de 150.000 hombres. Se mantuvieron tan juntos y conforme al reglamento como les fue posible, y solo destacaron unas cuantas columnas volantes en sus flancos, cerca de Novara, Arona y al sur del Po. Ahora bien, precisamente esta marcha estrictamente metódica nos parece probar que los austriacos no habían abandonado por completo la intención de atacar a los piamonteses. Dado que el enemigo, manifiestamente, no estaba en condiciones de oponer una resistencia seria antes de alcanzar su línea defensiva, lo contrario habría significado, por otra parte, someter a las tropas a fatigas y penalidades innecesarias al confinarlas en un espacio tan angosto. La carretera de Novara se habría podido utilizar sin perjuicio y con inmensa ventaja, pues Vercelli era, en todo caso, uno de los objetivos insoslayables de una mera ocupación de la Lomellina y del Novarese. El hecho de que esa ventaja no se aprovechara nos parece una prueba segura de que en el cuartel general austriaco aún se abrigaba la esperanza de encontrar la oportunidad de atacar a las fuerzas enemigas en Casale o Alessandria con fuerzas superiores y en circunstancias favorables. En todo caso, parece haberse tomado en consideración un golpe de mano contra Novi (nudo de la comunicación ferroviaria entre Génova, Alessandria y Stradella). Para hacerlo posible, en la noche del 3 se tendió un puente sobre el Po a la altura de Cornale, y el general Benedek lo cruzó con su octavo cuerpo. Desplegó una gran actividad; en menos de doce horas ocupó Voghera, Castelnuovo a orillas del Scrivia y Tortona, destruyó los puentes ferroviarios y muy probablemente habría avanzado contra Novi si la lluvia y la repentina crecida del Po, que destruyó parcialmente su puente, no le hubieran obligado a retirarse, pues no debía perder su comunicación con el ejército principal. El puente fue reparado, y la totalidad de la fuerza austriaca se concentró de nuevo en la orilla septentrional

del Po. El tiempo hacía imposible permanecer en las tierras bajas inundadas del Po. Por eso el ejército tomó posiciones más al norte, entre Garlasco, Mortara y Vercelli, y aprovechó la circunstancia de que las fuerzas principales se encontraban cerca del Sesia para reconocer y forrajear en el distrito situado al oeste de este río. Lo consiguieron sin encontrar resistencia digna de mención. El día 9 abandonaron la ribera occidental del Sesia, a excepción de Vercelli, y trasladaron su cuartel general a Mortara, donde, como ya se ha informado, permanecieron hasta el 19. Durante su estancia en Mortara, tendieron un puente sobre el Po cerca de la desembocadura del Tesino, y un cuerpo de ejército —nada se sabe de su fuerza y composición— ocupó la posición de Stradella y forrajeó en las comarcas meridionales del Piamonte limítrofes con el ducado de Parma. Suponemos que fue este cuerpo con el que chocó Forey en el combate de Montebello. Pero sobre ello hemos de esperar información más precisa.

Los sardos se hallan al parecer en vías de conocer todas las alegrías de la alianza francesa. Su ejército será fragmentado; en vez de formar un cuerpo separado y cosechar gloria propia, cada una de sus cinco divisiones se convertirá en un apéndice de uno de los cinco cuerpos de ejército franceses, en los que, naturalmente, se diluirán por completo, de modo que todo el mando militar y toda la gloria corresponderán exclusivamente a los franceses. Génova, con sus fortalezas y todo lo demás, ha pasado ya completamente a posesión de los franceses, y ahora el ejército sardo no existirá más que como una especie de apéndice de los franceses. La liberación napoleónica de Italia comienza a dar sus primeros frutos. Aunque no hay nada de sorprendente ni de inverosímil en las acusaciones que los sardos presentan contra los austríacos por brutales atrocidades y saqueos en la Lomellina, es justo decir que las correspondencias del cuartel general austríaco publicadas en el "Times" de Londres y en la "Allgemeine Zeitung" de Augsburgo arrojan otra luz sobre el asunto. Según esas fuentes, en la Lomellina y en la Lombardía, el odio del campesinado contra los terratenientes supera con mucho su aversión hacia los opresores extranjeros. Ahora bien, los terratenientes de la Lomellina (antigua provincia austríaca) son en su mayoría sudditi misti, súbditos mixtos, que pertenecen tanto a Austria como al Piamonte. Todos los altos nobles de Milán tienen grandes posesiones en la Lomellina. Ellos son piamonteses y de corazón anti-austríacos; por el contrario, el campesinado de la provincia es bastante afecto a Austria. Así lo demostró la cordial acogida que los austríacos encontraron en la Lomellina, y parece que sus requisiciones y exacciones estuvieron limitadas, en la medida de lo posible, a las propiedades de los nobles y a las ciudades, sede del patriotismo italiano, mientras que se preservaba al campesinado cuanto se podía. Esta política es típicamente austríaca y la misma que en 1846; esto explica al mismo tiempo el clamor de la prensa piamontesa sobre requisiciones que, en el fondo, no exceden de lo que es usual en la guerra moderna, y no alcanzan a lo que las tropas francesas han solido exaccionar.