Karl Marx

Una opinión prusiana sobre la guerra

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" Nº 5659, 10 de junio de 1859]

Berlín, 24 de mayo de 1859

La guerra que el autócrata francés ha instigado no solo, sin duda alguna, no quedará «localizada» –entendiendo por ello, en el sentido de la jerga política, que las operaciones bélicas no rebasarán las fronteras de la península itálica–, sino que, por el contrario, ni siquiera se limitará al marco de una guerra habitual, dirimida entre gobiernos absolutos y decidida por la lucha de ejércitos entrenados. En su curso ulterior se transformará en una conflagración revolucionaria general de la Europa continental, de la cual no muchos de los actuales soberanos podrán salvar sus coronas y sus dinastías. Alemania puede convertirse en el centro del vuelco, porque en el mismo instante en que Rusia esté a punto de arrojar su espada a la balanza, tendrá que convertirse en el centro de las operaciones militares. No hacen falta muchas reflexiones para llegar a la conclusión de que una derrota seria en el campo de batalla conducirá a estallidos revolucionarios en Francia o en Austria, pero Berlín es quizá el único lugar que suministra los datos necesarios para determinar las dimensiones de las duras pruebas que Alemania habrá de afrontar en un futuro próximo. Casi a simple vista se puede observar, día a día, el incremento de las condiciones que, al alcanzar cierto grado de madurez, provocarán una crisis tan colosal como apenas son capaces de imaginarse los filisteos de todas las clases sociales. Puedo resumir los síntomas de la tormenta que se avecina en pocas palabras: la rivalidad celosa de los príncipes alemanes, que en la primera fase de la guerra los condena a la inactividad;

la miseria y el descontento social, que se propagan como un reguero de pólvora desde el Vístula hasta el Rin y que, en la segunda fase de la guerra, añadirán disturbios internos a la agresión extranjera; y, finalmente, el levantamiento de los pueblos eslavos incorporados a Alemania, con lo que la guerra hacia el exterior y la sacudida revolucionaria coincidirán con una lucha de nacionalidades en el interior del país.

Consideremos en primer lugar la base social sobre la que se sostienen los príncipes alemanes cuando la fuerza de las circunstancias los obligue por fin a decidirse por un modo común de actuar. Es de su conocimiento que el período de 1849 a 1859 representa una época sin precedentes en el desarrollo económico de Alemania. Durante este lapso, el país se ha transformado, en cierta medida, de agrícola en industrial. Tómese como ejemplo una sola ciudad, Berlín: en 1848 apenas contaba con 50.000 obreros y obreras fabriles, mientras que hasta el momento actual su número ha aumentado a un total de 180.000. Tómese una sola rama industrial: antes de 1848, la exportación de lana a Inglaterra, Francia y otros países constituía uno de los recursos alemanes más importantes, mientras que en la actualidad la lana producida en Alemania apenas cubre las necesidades de las fábricas nacionales. Paralelamente al desarrollo de fábricas, ferrocarriles, navegación a vapor y explotación de los recursos del subsuelo, ha brotado de repente un sistema de crédito que no solo corresponde al progreso general de la industria y del comercio, sino que, mediante las manipulaciones de invernadero importadas de Francia por el Crédit Mobilier, ha sido impulsado más allá de sus límites permisibles. El campesinado y la pequeña burguesía, hasta hace poco la inmensa mayoría de la nación, se habían atenido antes de la revolución de 1848 al viejo método asiático de atesorar moneda metálica; ahora, sin embargo, la han sustituido por papeles que devengan interés de toda clase, color y valor. La crisis de Hamburgo de 1857 había sacudido ligeramente este edificio de una nueva prosperidad, pero no lo había dañado de gravedad; mas ahora, al primer estruendo de cañón en el Po y el Tesino, comenzó a tambalearse. Sin duda está usted ya informado sobre el efecto de la crisis comercial austríaca en el resto de Alemania y sobre las quiebras que en rápida sucesión han tenido lugar en Leipzig, Berlín, Múnich, Augsburgo, Magdeburgo, Kassel, Fráncfort y otros centros comerciales alemanes. Sin embargo, estos derrumbes no son más que la expresión de catástrofes pasajeras en las altas esferas comerciales. Para dar una idea de la situación real,

considero oportuno dirigir su atención a una circular que acaba de publicar el gobierno prusiano, en la cual, señalando las consecuencias amenazantes del despido de ejércitos industriales enteros en Silesia, Berlín, Sajonia y la Prusia renana, declara que no puede prestar oídos a las peticiones de las cámaras de comercio de Berlín, Breslau, Stettin, Danzig y Magdeburgo, las cuales le recomiendan el dudoso experimento de emitir más papel moneda inconvertible,
y que rechaza de manera aún más decidida emplear a los obreros en trabajos públicos con el único fin de darles trabajo y salario. Esta última exigencia suena ciertamente extraña en un momento en que el gobierno, por falta de fondos, se ha visto obligado a suspender repentinamente las obras públicas ya en curso. Pero el solo hecho de que el gobierno prusiano, ya al comienzo de la guerra, se haya visto forzado a promulgar semejante proclama, habla por sí solo. Si a esta súbita perturbación de la vida industrial se añaden una imposición general de nuevos impuestos en toda Alemania, un aumento general de los precios de los artículos de primera necesidad y una desorganización general de todas las empresas comerciales a causa de la incorporación de los reservistas y de la Landwehr, podrá usted formarse una idea aproximada de las proporciones que alcanzará la miseria social dentro de algunos meses. Sin embargo, ya pasaron los tiempos en que la masa del pueblo alemán solía considerar las desgracias terrenales como castigos inevitables del cielo. Ya se oye una voz baja pero perceptible murmurar entre el pueblo las palabras: «¡Responsabilidad! Si la revolución de 1848 no hubiera sido aplastada mediante el fraude y la violencia, Francia y Alemania no volverían a enfrentarse en armas. Si los brutales opresores de la revolución alemana no hubieran inclinado sus testas coronadas ante un Bonaparte y un Alejandro, hoy no habría guerra.» Ese es el sordo rumor de la voz del pueblo, que finalmente hablará con el estruendo del trueno.

Paso ahora al espectáculo que los príncipes alemanes ofrecen ante los ojos de un público bastante impaciente. Desde principios de enero, el gabinete austríaco puso en movimiento todos los recursos del juego de intrigas diplomáticas para inducir a los Estados alemanes a concentrar un gran ejército federal, con amplia inclusión de tropas austríacas, en un punto del sur de Alemania; esta concentración debía exponer a Francia al peligro de un ataque a sus fronteras orientales.

De este modo, la Confederación Alemana debía ser arrastrada a una guerra de agresión, reservándose al mismo tiempo Austria la dirección de dicha guerra. A una resolución de este tenor, presentada por Hannover el 13 de mayo a la Dieta de la Confederación Alemana, se opuso el señor von Usedom, plenipotenciario prusiano, con una protesta formal de su gobierno. A esto siguió un estallido general de indignación patriótica por parte de los príncipes del sur de Alemania. A continuación, Prusia escenificó la contrafigura. Al aplazar su Dieta, el gobierno prusiano se había asegurado una popularidad efímera declarando que estaba resuelto a una política de «mediación armada». Apenas se disolvieron las cámaras, la «mediación armada» se redujo a las muy modestas proporciones de una negativa de Prusia a declararse neutral, como le habían exigido Francia y Rusia. Este heroísmo negativo fue suficiente para excitar la cólera de la corte de San Petersburgo, pero estuvo lejos de satisfacer las expectativas del pueblo prusiano. El armamento de las fortalezas en el oeste y en el este, unido a la llamada de los reservistas y de la Landwehr, debían servir para calmar la excitación del pueblo provocada por ello. Entre tanto, el 19 de mayo, el señor von Usedom pidió en nombre de su gobierno a la Dieta de la Confederación Alemana que pusiera el ejército de observación de la Confederación bajo el mando directo de Prusia y le confiara toda la iniciativa de las medidas militares a adoptar. Ahora les tocaba el turno a los príncipes alemanes menores, secretamente apoyados por Austria, de revelar sus aspiraciones patrióticas. Baviera declaró que aún no había llegado el momento de poner el ejército de los Wittelsbach bajo el mando de los Hohenzollern. Hannover recordó a Prusia, con un malicioso «Tu quoque», su protesta contra la concentración de un ejército de observación de la Confederación en un punto del sur de Alemania. Sajonia, por su parte, no veía razón alguna para que su ilustre soberano no fuese investido él mismo con el mando supremo, aunque solo fuera para neutralizar las ambiciones rivales de los Habsburgo y los Hohenzollern. Wurtemberg casi prefería una invasión francesa a una hegemonía prusiana. De este modo, los peores recuerdos del Sacro Imperio Romano Germánico celebraron una ignominiosa resurrección. El resultado de estas rencillas entre sus mezquinos gobernantes es la parálisis provisional de Alemania. El clamor por la reinstauración de la Asamblea Nacional Alemana

no es más que la primera débil protesta que, no de las masas revolucionarias, sino de la burguesía temerosa y apaciguadora, se alza contra esos obstáculos dinásticos.

Aprovecharé otra ocasión para hablar de los disturbios eslavos que se están gestando en Alemania.