Karl Marx

Un paralelo histórico

Escrito hacia el 18 de marzo de 1859.  
Del inglés.

[“New-York Daily Tribune”, núm. 5598, del 31 de marzo de 1859, artículo de fondo]

Cuando Luis Napoleón, emulando al menos afortunado Marino Faliero de Venecia, mediante perjurio y traición, mediante conspiración nocturna y el arresto de los incorruptibles miembros de la Asamblea Nacional en sus propios lechos, apoyado por un abrumador despliegue de tropas en las calles de París, se apoderó del trono, entonces los príncipes gobernantes y la nobleza de Europa, los grandes terratenientes, fabricantes, rentistas y especuladores de la Bolsa se regocijaron casi sin excepción de su éxito como si fuera el suyo propio. “Los actos de violencia corren por su cuenta”, se decían riéndose para sus adentros, “pero los frutos nos benefician. Luis Napoleón reina en las Tullerías, mientras nosotros reinamos aún con mayor seguridad y despotismo en nuestras tierras, en nuestras fábricas, en la Bolsa y en nuestros despachos. ¡Abajo todo socialismo! ¡Vive l’Empereur! [¡Viva el Emperador!]”

Además de la fuerza militar, el usurpador favorecido por la fortuna puso en juego todas sus artes para agrupar bajo su bandera a los ricos y poderosos, a los hombres de negocios y a los especuladores. “El Imperio es la paz”, proclamó, y los millonarios lo elevaron casi a la categoría de dios. “Nuestro muy amado hijo en Jesucristo”, lo llamó tiernamente el Papa <Pío IX>, y el clero católico romano le rindió pleitesía (pro tempore) con todas las muestras de confianza y devoción. Las acciones subían; los bancos del Crédit Mobilier brotaron como hongos y florecieron; con un simple trazo de pluma se obtuvieron ganancias millonarias mediante nuevos ferrocarriles, nuevo tráfico de esclavos y nuevas especulaciones de toda índole. La aristocracia británica volvió la espalda al pasado, se quitó el sombrero y ofreció su saludo al nuevo Bonaparte. Éste hizo una visita de familia a la Reina Victoria y fue agasajado por la City de Londres. La Bolsa inglesa brindó por la francesa, los apóstoles de la especulación bursátil se felicitaron y se estrecharon las manos, y todos estaban convencidos de que el Becerro de Oro había sido finalmente elevado a dios omnipotente y de que su Aarón era el nuevo autócrata francés.

Han pasado siete años y todo ha cambiado. Napoleón III ha pronunciado la palabra que ya no puede dejar de decirse ni ser olvidada. Es indiferente que se precipite ciegamente a su perdición como lo hizo su predecesor en España y Rusia, o que el airado murmullo general de los príncipes y burguesías de Europa lo obligue a plegarse temporalmente a su voluntad: el hechizo se ha roto definitivamente. Hacía tiempo que sabían que es un canalla, pero lo habían tenido por un canalla útil, dócil, obediente, agradecido; ahora reconocen su error y se arrepienten. Durante todo este tiempo él los ha explotado a ellos mientras ellos creían explotarlo a él. Los ama tanto como a su comida o a su vino. Hasta ahora ya le han servido en cierta manera, y ahora habrán de servirle también de otra o provocar su venganza. Si en adelante “el Imperio es la paz”, será una paz a orillas del Mincio o del Danubio, una paz en la que sus águilas se pavoneen triunfantes en el Po y en el Adigio, cuando no también en el Rin y en el Elba; una paz con la corona de hierro sobre la cabeza imperial, con Italia como satrapía francesa y con Gran Bretaña, Prusia y Austria como meros satélites que giran en torno al astro central de Francia, el imperio de Carlomagno, y reciben de él su luz.

Naturalmente, en los palacios reales se rechinan los dientes, pero no menos en las casas de los banqueros y de los príncipes del comercio. Pues el año 1859 comenzó bajo auspicios favorables que hacían esperar una restauración de los dorados días de 1836 y 1856. La prolongada estancación industrial había agotado las existencias de metales, mercancías y productos manufacturados. Las numerosas quiebras habían saneado sensiblemente la atmósfera del comercio. Los barcos volvían a tener un valor de mercado, los almacenes empezaban a construirse y llenarse de nuevo. Las acciones subían y los millonarios estaban de un humor excelente; en suma, nunca había habido perspectivas comerciales más brillantes ni un cielo tan sereno y prometedor.

Y todo esto cambia por una palabra, y esa palabra la pronuncia el héroe del golpe de Estado – el elegido de diciembre – el salvador de la sociedad. Es pronunciada de manera caprichosa, insolente, con clara premeditación ante el señor Hübner, el embajador austriaco, e indica inconfundiblemente la resuelta intención de buscar querella con Francisco José o, mediante la intimidación, humillarlo de forma más funesta que lo que podrían lograr tres batallas perdidas. Aunque evidentemente destinada a producir un efecto inmediato en la Bolsa en interés de operaciones especulativas, reveló el firme propósito de reconfigurar el mapa de Europa. Austria debía retirarse de todos aquellos estados italianos nominalmente independientes que ahora mantiene prácticamente ocupados en virtud de los tratados con sus dóciles gobernantes, o Francia y Cerdeña ocuparían Milán y amenazarían Mantua con un ejército como el que el general Bonaparte jamás había comandado en Italia. El Papa debía eliminar los abusos del gobierno clerical en sus Estados – abusos que hasta ahora habían sido defendidos por las armas francesas – o imitar a los pequeños déspotas de Toscana, Parma, Módena, etc., en su precipitada carrera por hallar protección en Viena. Los Rothschild gimen por la pérdida de sus once millones de dólares, sufrida a causa de la desvalorización de acciones provocada por la amenaza a Hübner, y están completamente desconsolados. Los fabricantes y comerciantes reconocen con pesar que la cosecha esperada de 1859 probablemente cederá el lugar a una “cosecha de muerte”. Por doquiera, el temor, el descontento y la indignación oprimen los corazones de aquellos sobre quienes, hace apenas unos meses, el trono del hombre de diciembre se asentaba tan seguro.

Y el ídolo derribado y quebrado no podrá nunca más ser repuesto sobre su pedestal. Luis Napoleón podrá ciertamente retroceder ante la tormenta que ha desencadenado y aceptar de nuevo la bendición del Papa y las lisonjas de la reina británica, pero una y otra no serán más que declaraciones de labios. Ahora también ellos reconocen lo que los pueblos saben desde hace tiempo: es un jugador sin conciencia, un aventurero temerario que, con tal de obtener ganancias, arrojaría los dados tanto con huesos reales como con cualesquiera otros. Saben que, tras haber vadeado la sangre humana para llegar al trono como Macbeth, le es más fácil proseguir por ese camino que retornar a la paz y a la honestidad. Desde el instante en que desafió a Austria, los potentados se han apartado de Luis Napoleón. El joven emperador de Rusia podrá tener sus razones para seguir apareciendo como su amigo, pero esa apariencia engaña. El Napoleón I de 1813 fue el prototipo de Napoleón III de 1859. Y éste se precipitará probablemente tan hondo en su perdición como aquél.