Karl Marx

Un suspiro desde las Tullerías

Escrito hacia el 8 de marzo de 1859.

["New-York Daily Tribune", núm. 5594, del 26 de marzo de 1859, artículo de fondo]

El emperador Napoleón debe de hallarse, en verdad, en un estado de ánimo muy triste, pues no sólo ha escrito una carta de lo más lacrimosa, sino que la ha dirigido a Sir F. Head, quien no figura entre los más joviales de los insignificantes estadistas, y que la ha hecho publicar en el Times de Londres, el cual no es, precisamente, el más alegre de los periódicos británicos. Con ello, todo el asunto se convierte aproximadamente en lo más solemne que jamás haya salido del risueño país de Galia y que en la nebulosa Inglaterra semeja un funeral. «Mi querido Sir Francis» es el entrañable saludo del emperador al baronet de los Bubbles, y «Mi querido Sir Francis» figura en la firma. Sir Francis, según parece, había escrito anteriormente ciertas cartas al Times de Londres en defensa del emperador —sin duda cartas excelentes, como suelen serlo las comunicaciones que se entregan a la prensa por iniciativa propia—, pero que nosotros no recordamos haber leído ni siquiera notado de pasada, y de las cuales, de eso estamos seguros, se habló poco o nada en el Parlamento británico. Su Majestad Napoleón ha recibido esos productos de manos de su autor, y como los grandes hombres suelen mostrarse agradecidos por pequeños obsequios como correas de afilar u otro queso, Su Majestad Napoleón se siente terriblemente agradecido por los artículos de Sir Francis Head. El emperador se alegra sobremanera de no haber sido olvidado en Inglaterra y recuerda con emoción los días en que los comerciantes de aquel país depositaban en él una confianza como jamás se había dispensado a ningún príncipe vagabundo.

«Hoy —dice— alcanzo a ver con claridad las preocupaciones que el poder trae consigo, y una de las mayores que me rodean consiste en verse incomprendido y juzgado erróneamente por aquellos a quienes más se estima y con quienes se desea vivir en buena armonía.»

Acto seguido, declara abiertamente que la libertad es un embuste.

«Lamento profundamente —dice— que la libertad, al igual que todas las cosas buenas, tenga su exceso. ¿Por qué se empeña, en lugar de dar a conocer la verdad, en oscurecerla con todas sus fuerzas? ¿Por qué, en vez de inflamar y avivar sentimientos magnánimos, siembra la desconfianza y el odio?»

Y el emperador, que ve atacada su sagrada persona de este modo por la libertad, da las gracias al querido Sir Francis por no haber vacilado en contraponerse con energía a tan falsas acusaciones, de manera leal e imparcial.

Ahora bien, sin entrar siquiera en los detalles políticos de su actual pesadumbre, no alcanzamos a comprender por qué Su Majestad Napoleón III podía esperar estar siempre de buen humor y de ánimo alegre. ¿Acaso las experiencias de la familia de la que dice ser miembro han sido de naturaleza tan radiante y soleada como para que él, al pretender el trono de Francia y arriesgar su vida, su libertad y todo el dinero que lograba pedir prestado en pequeñas invasiones, pudiera suponer que le aguardaba una guirnalda de rosas de placeres sibaríticos, benevolencia humana, bienestar personal, la bendición de John Bull y el respeto forzado de Europa? ¿Nunca había oído la observación del divino William:

¡Qué pesada es la cabeza que ciñe una corona!?

¿Supuso acaso que, de entre todos los hombres, justamente él estaba llamado por el destino y el deber a soportar dolores de cabeza en las Tullerías por el bien del pueblo? ¿A qué entonces arrojarse al ancho pecho del honorable Sir F. Head y llorar porque la corona tan ardientemente deseada le oprime la frente? Y si considera necesario escribir al Times, ¿por qué no lo hace él mismo, en vez de valerse de la mediación de un baronet venido a menos? Más de una vez ha echado a puntapiés a la pobre etiqueta. ¿No habría podido hacerlo una vez más?

La pose dolorida, si es que podemos emplear una expresión tan indigna para con dignatarios, era del gusto de su tío y parece ser medianamente copiada por el sobrino. El fundador de la familia <Napoleón I> acostumbraba a explayarse con gran prolijidad, entre muchas lágrimas y una sentimentalidad casi enfermiza, acerca de sus padecimientos, tormentos, pruebas, peligros y, en especial, sobre el mal trato que la pérfida Albión le hacía sufrir. Pero, al parecer, nunca consiguió que una carta dirigida a un inglés llegara al Times de Londres. Logró ser sinceramente ridiculizado en Inglaterra y sinceramente llorado en Francia, y a veces conseguía que a sus risueños vecinos se les helase la risa en la garganta. Mas, si nunca hubiera hecho nada mejor que escribir cartas a los Sir Francis Head de su época, probablemente se habría visto librado de sus penosos deberes en las Tullerías en una fecha mucho más temprana que aquella que le condujo a las apacibles costas de Santa Elena.