Karl Marx

Un punto de vista radical sobre la paz

["New-York Daily Tribune" núm. 5786 del 8 de noviembre de 1859]

París, 20 de octubre de 1859

El tratado de paz concertado en Zúrich por los plenipotenciarios de Francia y Austria representa en sus puntos principales una simple repetición de los principios acordados en Villafranca. Las negociaciones sobre la paz definitiva insumieron el doble de tiempo que las operaciones militares que terminaron ante las murallas de Mantua. Hubo mucha gente confiada que quiso ver en el engorroso proceder de los pacificadores un profundo plan de Luis Bonaparte. Afirmaban que quería dar a los italianos libertad de acción para que pudiesen tomar sus asuntos en sus propias manos, dando así al libertador francés la oportunidad de retirarse con decoro, una vez consolidada la unidad de Italia, de las desagradables concesiones hechas a Francisco José y de los compromisos contraídos, invocando la fuerza mayor de un hecho consumado. Los tratados políticos no están excluidos de los accidentes que pueden afectar a los contratos privados; éstos quedan invalidados según el Código Napoleón por la aparición de una fuerza mayor. Los que así argumentan han vuelto a poner de manifiesto su triste ignorancia no sólo acerca del carácter de su héroe predilecto, sino también acerca de la diplomacia tradicional de Francia, desde el cardenal rojo (Richelieu) hasta el hombre de diciembre, y desde los malvados del Directorio hasta los azules de 1848. El primer principio de esta diplomacia tradicional reza así: es el deber más alto de Francia impedir la formación de Estados poderosos en sus fronteras y, en consecuencia, mantener en todas las circunstancias las constituciones de Italia y Alemania contrarias a la unidad. Ésta es la misma política que dictó la paz de Münster y la paz de Campoformio. El objetivo que realmente se persigue con las dilatadas transacciones de Zúrich es claro como el sol. Si Luis Bonaparte hubiera intentado a principios de julio llevar a la práctica las condiciones de Villafranca, en un momento en que su propio ejército estaba ebrio de victorias, en que la pasión levantaba oleadas en el pueblo italiano y en que Francia calmaba su orgullo herido con la insensata idea de que soportaba su propia esclavitud para traer la libertad al extranjero, al usurpador holandés le habrían surgido adversarios furiosos con los que habría sido más difícil habérselas que con el mismo cuadrilátero de fortalezas insumiso entre el Mincio y el Adigio. No habría podido confiar en su propio ejército, habría desafiado a Italia a la lucha y quizá dado la señal para una insurrección en París. Para pasar de la sublime teatralidad exhibida en aquella ocasión a la auténtica bajeza de un fraude previamente acordado, no necesitaba más que tiempo. Sigue habiendo un ejército francés en suelo italiano, pero se ha transformado de ejército libertador en ejército de ocupación, cuyos tratos diarios con los naturales del país son cualquier cosa menos amables, porque la familiaridad, como de costumbre, engendró desprecio. Francia, por su parte, ha despertado de su breve sueño, se estremece ante el peligro de una coalición europea, cavila sobre el viejo ejército perdido y sobre la nueva deuda pública contraída, y desconfía más que nunca de las «idées napoléoniennes». En lo que respecta a Italia, debemos juzgar por los hechos, no por las proclamas. Ahí está Garibaldi, que no recibe el dinero necesario para armar a su ejército de voluntarios, a pesar de que la fuerza de ese ejército resulta sencillamente ridícula, comparada con las masas que durante la guerra de liberación en Prusia acudieron a las banderas; y Prusia era entonces aún más pequeña que Lombardía.

Mazzini confiesa en su llamamiento a Víctor Manuel que el torrente del entusiasmo nacional se filtra rápidamente en los estanques provinciales y que maduran velozmente las condiciones para una vuelta al antiguo estado de cosas. Es cierto que el tedioso intermedio entre el tratado de Villafranca y la paz de Zúrich fue ocupado en los ducados y la Romaña por algunas grandes acciones de Estado dirigidas por directores de escena piamonteses; pero estos charlatanes políticos, a pesar de los fuertes aplausos de todas las galerías de Europa, no hicieron sino jugar en manos de sus enemigos secretos. A los toscanos, modeneses, parmesanos y romañoles se les permitió gustosamente formar gobiernos provisionales, despojar a sus príncipes ausentes de sus diminutos tronos y proclamar a Víctor Manuel como re eletto (rey elegido); al mismo tiempo, sin embargo, estaban obligados expresamente a contentarse con esas formalidades, guardar calma y dejar todo lo demás a la providencia francesa, que estaba justo en vías de fijar su destino en Zúrich y que era particularmente reacia a todo estallido de entusiasmo, a los desbordamientos de pasiones populares y a los allures révolutionaires (aires revolucionarios). Debían poner todas sus esperanzas no en acciones eficaces, sino en un comportamiento comedido, y no esperar nada de su propia fuerza, sino todo de la gracia de un déspota extranjero. Ninguna finca rural podría pasar más tranquilamente de un propietario a otro que Italia central del yugo extranjero a un gobierno nacional propio. En la administración interior no se cambió nada, se silenció toda agitación popular, se ahogó la libertad de prensa, y quizá por primera vez en la historia de Europa parecían cosecharse los frutos de la revolución sin las pruebas que una revolución trae consigo. Todo ello había enfriado la atmósfera política de Italia lo suficiente como para permitir a Luis Bonaparte salir con sus resoluciones preconcebidas y abandonar a los italianos a su impotencia furiosa. Ante un ejército francés en Roma, otro ejército francés en Lombardía, un ejército austríaco que amenaza desde el Tirol, otro ejército austríaco que mantiene ocupado el cuadrilátero de fortalezas y, sobre todo, gracias a los exitosos esfuerzos de los jefes piamonteses para poner sordina al entusiasmo popular, queda actualmente poca esperanza para Italia. En cuanto a la paz de Zúrich, señalamos sobre todo dos artículos que no se encuentran en la primera versión del tratado. Por uno de esos artículos se impone a Cerdeña una deuda de 250 millones de francos, que en parte ha de pagarse a Francisco José y en parte proviene de la responsabilidad que se impuso a Cerdeña por tres quintas partes de las obligaciones del Banco Lombardo-Véneto. Con estas nuevas deudas de 250 millones de francos, que vienen a sumarse a las contraídas durante la guerra de Crimea y la última campaña de Italia, junto con una pequeña factura que Luis Bonaparte había presentado unos días antes por su protección armada, pronto Cerdeña se hallará en el mismo nivel de prosperidad financiera que su odiado adversario. El otro artículo estipula

«que las fronteras territoriales de los Estados independientes de Italia que no han tomado parte en la última guerra sólo podrán ser modificadas con el consentimiento de las demás potencias de Europa que han contribuido a la formación de dichos Estados y han asumido conjuntamente la garantía de su existencia». Al mismo tiempo, «los derechos de los príncipes de Toscana, Módena y Parma son
expresamente reservados
por las altas potencias contratantes».

Así, los gobiernos provisionales italianos, después de haber representado el papel que les fue asignado, son ignorados de la manera más despectiva; y la población, a la que supieron mantener en el acostumbrado estado de pasividad, puede, si quiere, ir a mendigar a las puertas de los padres del Tratado de Viena.