Friedrich Engels

[La inevitabilidad de la guerra]

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" nº 5624 del 30 de abril de 1859]

Londres, viernes, 15 de abril de 1859

A pesar de que la diplomacia sigue esforzándose denodadamente por reunir un congreso y conseguir con su ayuda un arreglo pacífico de la cuestión italiana, ya nadie cree en la posibilidad de evitar la guerra. El gabinete inglés y Prusia tienen, sin duda, el sincero deseo de paz; pero Rusia y Francia persiguen con las actuales negociaciones exclusivamente el propósito de ganar tiempo. Sobre el Mont Cenis, que el ejército francés ha de atravesar en su camino hacia Italia, todavía se acumula una espesa capa de nieve. Aún hay que reclutar algunos regimientos franceses y árabes adicionales en Francia y Argelia, y los preparativos para el transporte de tropas de Marsella y Tolón a Génova no están terminados, mientras que los rusos necesitan tiempo para organizar la milicia valaca y el irregular ejército serbio. Entre tanto, el partido de la guerra gana influencia en Viena, y Francisco José no desea nada con más ardor que oír el primer estruendo de los cañones. ¿Por qué apoya entonces las propuestas de congreso, si sabe que la dilación provocada por la diplomacia sólo agota sus recursos financieros y acrecienta la fuerza de sus enemigos? La respuesta hay que buscarla en la actitud del príncipe de Prusia, quien, indiferente al entusiasmo alemán, se afana por encontrar un pretexto honorable para mantener una neutralidad respetable y evitar los enormes costos de una neutralidad armada que, tarde o temprano, conduciría a la guerra. Si Austria, en su afán por batir al ejército piamontés, iniciara la guerra, semejante política del gabinete de Berlín estaría justificada incluso a los ojos de Alemania; en cambio, un ataque francés contra Austria en Lombardía llevaría necesariamente a

una apelación oficial de Francisco José a la Confederación Alemana para que pusiera a los ejércitos confederados en pie de guerra. Estas son las verdaderas intenciones de Austria, y resulta divertido observar cómo los diplomáticos de los distintos bandos tratan de burlarse mutuamente con astutas jugadas de ajedrez, a fin de obligar al adversario a asestar el primer golpe. Francia censura el despotismo de Austria; el hombre que pobló Lambessa y Cayena de republicanos franceses se escandaliza de que Francisco José llene sus cárceles de republicanos italianos. Por otro lado, Austria, que confiscó Cracovia y abolió la constitución húngara, apela gravemente a la santidad de los tratados. Rusia, que de improviso ha descubierto que el papel moneda es un gran mal y por eso negocia un empréstito muy elevado, naturalmente no abriga propósitos bélicos, sino que propone cuatro puntos como base para un congreso. Son la réplica exacta de los famosos cuatro puntos que Austria presentó a Rusia durante la guerra de Crimea. Contienen el abandono, por parte de Austria, del protectorado sobre los ducados italianos, la celebración de un congreso para fijar el orden estatal y las reformas necesarias en Italia, así como una revisión de los puntos secundarios de los grandes tratados, tales como el derecho de mantener guarniciones en Ferrara, Comacchio y Piacenza, que se tornaría superfluo mediante una declaración de neutralidad de Italia. Inglaterra acoge estas propuestas de buena fe, las suaviza en la forma y las pone en conocimiento de Austria. El conde Buol se apresura, naturalmente, a aceptarlas, pero en un lenguaje tan equívoco que no deja duda alguna sobre su deseo de rechazarlas de plano. Añade, sin embargo, un nuevo punto: un desarme general previo. Lord Malmesbury considera muy sensata esta propuesta e insta al conde Cavour a licenciar una parte del ejército sardo, liberando así al país de una pesada carga. El conde Cavour no tiene nada que objetar a tan excelente sugerencia, pero se dirige al conde Buol señalando la enorme fuerza militar austriaca en Lombardía y le dice:
«Después de usted».
El conde Buol responde que no puede comenzar a disolver sus costosos batallones antes de que Napoleón haga lo propio. Napoleón contesta con desfachatez: «No me he armado; por consiguiente, no puedo desarmarme. No he pedido empréstito alguno ni a Rothschild ni a Péreire; no tengo presupuesto de guerra. Mantengo mi ejército con los recursos ordinarios del país; ¿cómo voy, pues, a desarmarme?». Desconcertado por esta respuesta insolente, pero todavía empeñado en probar suerte diplomática, Lord Malmesbury propone a continuación que el congreso empiece por la cuestión del desarme

y la resuelva en primer lugar; pero la Bolsa y toda persona sensata de Europa se ríen de su credulidad y se preparan para lo peor. La nación alemana está bastante excitada; sin embargo, la agitación fomentada contra Francia por la corte de Hannover ha tomado de repente otro rumbo. Saliendo de su apatía, el pueblo considera que ha llegado el momento de ajustar cuentas no solo en el extranjero, sino también en casa, y si el actual estado de incertidumbre durara unos meses más, Alemania estaría ciertamente dispuesta a empuñar las armas contra Francia, pero solo bajo la condición de obtener en casa libertad y unidad. El príncipe de Prusia conoce en este aspecto a sus compatriotas mejor que Francisco José o el rey de Baviera, y por eso trata de impedir que se extienda una excitación que, inevitablemente, ha de tornarse peligrosa para sus aspiraciones semidespóticas.

Rusia tiene ahora una ocasión favorable bien para desestabilizar el Imperio Turco mediante revoluciones en Bosnia, Bulgaria y Albania, bien para vengarse del emperador de Austria. Naturalmente, no iría a la guerra contra Francisco José, pero podría instigar y apoyar una incursión moldo-valaca en Transilvania y otra serbia en Hungría. El zar intentará, por supuesto, con ayuda de los elementos valacos y eslavos, turbar especialmente a Hungría, pues un estado húngaro independiente y libre podría convertirse en una barrera más eficaz para su política agresiva que el caduco despotismo centralizador de Austria.

El rey de Nápoles <Fernando II> se halla en las últimas. Reina gran agitación en el reino; unos hablan de una constitución, otros de un levantamiento de los partidarios de Murat. Lo más probable es la formación de un ministerio presidido por Filangieri, duque de Satriano, que represente un absolutismo ilustrado según la forma prusiana primitiva. Semejante sistema, no obstante, no puede perdurar ante una crisis italiana y pronto tendría que ceder paso primero a una constitución y luego a una rebelión siciliana, mientras Murat pescaría a río revuelto.