Karl Marx

La posición de Luis Napoleón

Escrito el 28 de enero de 1859.

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" N.º 5563 del 18 de febrero de 1859]

París, 26 de enero de 1859

Usted seguramente ya estará informado sobre la conexión secreta entre la reciente política italiana de Luis Bonaparte y su arraigado temor a los autores de atentados italianos. Hace unos días podría usted haber leído en el “France Centrale”, un periódico de provincias que lamentablemente nunca cruza el Atlántico, la siguiente historia:

“Hablábamos del baile del pasado lunes en las Tullerías. Ahora se informa, por cartas desde París, de un incidente que provocó no poca confusión en dicha fiesta. La aglomeración era grande; suponemos que una dama se desmayó o que otro suceso semejante causó un revuelo, de modo que los tres o cuatro mil invitados presentes creyeron que había ocurrido un accidente. Se produjo un tumulto, varias personas se precipitaron hacia el trono; para calmar las olas de la excitación, el emperador recorrió los salones.”

Ahora bien, en la ocasión mencionada se hallaban presentes doscientas o trescientas personas en la Salle du Trône (Sala del Trono), las cuales presenciaron ciertamente una escena muy distinta de la que el “France Centrale” pudo describir. En realidad, los invitados, a consecuencia de algún incidente, se habían agolpado súbitamente y excitados en los diferentes salones, y la multitud se apiñó hacia la Salle du Trône, ante lo cual Luis Bonaparte y Eugénie abandonaron apresuradamente el trono y se abrieron paso en precipitada fuga a través del salón; la emperatriz se recogía las faldas con las manos lo mejor que podía y estaba tan pálida que sus mejores amigos decían: “Estaba para mirarla como a una muerta”.

Estos crueles tormentos a que están expuestos el usurpador y sus amigos desde el atentado de Orsini recuerdan justamente el célebre pasaje de la “República” de Platón:

“El tirano ni siquiera alcanza su objetivo, ser un soberano. Cualquiera que sea la apariencia que tenga, el tirano es un esclavo. Su corazón estará siempre lleno de temor, siempre atormentado por la angustia y los suplicios. Cada día se mostrará más como lo que fue desde el principio: envidiado y despreciado, desconfiado, sin amigos, injusto, enemigo de todo lo divino y protector y fomentador de todo lo vergonzoso. Así es él mismo el más desdichado de los hombres.”

La actitud hostil de Bonaparte frente a Austria persigue ciertamente también la intención de ofrecer al ejército descontento, en lugar del servicio policial, una perspectiva de empleo activo y distraerlo de los asuntos internos; pero está dirigida principalmente a inutilizar el puñal italiano y a dar a los patriotas italianos una prenda del apego del emperador a su antiguo juramento carbonario. El matrimonio del príncipe Napoleón –o del general Plon-Plon, como lo llaman los parisinos– con la princesa Clotilde de Cerdeña debía, a los ojos del mundo, fundir irrevocablemente a Francia e Italia y pagar así, según quieren presentarlo las gentes de las Tullerías, la primera cuota de las deudas que los Bonaparte tendrían con los italianos. Pero usted conoce al héroe de Satory. Obstinado en la persecución de un objetivo una vez fijado, sus caminos son sinuosos, avanza sólo mediante constantes retrocesos y enredos insolubles parecen paralizarlo siempre justo cuando se ha encaramado trabajosamente hasta el punto crítico. Como en Boulogne, en Estrasburgo y en la noche del 2 de diciembre de 1851, en tales momentos se encuentran siempre detrás de él algunos desesperados audaces, exaltados e impetuosos, de modo que ya no puede posponer la ejecución de sus planes largamente acariciados y es empujado violentamente al Rubicón. Una vez que lo ha cruzado a salvo, recomienza de nuevo su sinuoso camino a su manera propia, llena de intrigas, maquinando planes malignos, conspirativa, irresoluta y sin fuerza. Su completa falsedad lo induce a jugar un doble juego con sus propios planes. La boda sarda, por ejemplo, la exigió ya hace ocho meses bajo el pretexto de que Francia se proponía emprender una cruzada a favor de Italia. Después de tantos intentos fracasados de penetrar en las familias reales, ¿no sería un golpe logrado, mediante falsos espejismos, atraer a la hija de la más antigua dinastía europea a la red bonapartista?

Pero Luis Bonaparte tenía razones imperiosas para recurrir a una reculade (retirada) y adoptar un tono apaciguador después de haber hecho sonar el cuerno de guerra. Durante todo su reinado, la burguesía jamás había manifestado tan inequívocamente su descontento, y su inquietud se había hecho notar ya ante el mero rumor de una guerra en violentos movimientos en la Bolsa, en los mercados de mercancías y en los centros industriales. Los magnates financieros alzaron objeciones. El conde de Germiny, director del Banco de Francia, informó personalmente al emperador de los extensos reveses comerciales que con seguridad se producirían si se persistía en la peligrosa línea política ahora seguida. Los prefectos de Marsella, Burdeos y otras grandes ciudades comerciales hicieron, en sus informes sobre el pánico sin precedentes del que habían sido presa las clases comerciantes, insólitas alusiones al fermentante malestar en esta parte de los “amigos de la propiedad y del orden”. El señor Thiers consideró llegado el momento de romper su largo silencio y atacar abiertamente, en los salones sembrados de espías del gobierno, la “política disparatada” de las Tullerías. En un minucioso examen político y estratégico de las perspectivas de éxito de una guerra, demostró que sería imposible para Francia escapar a la derrota si no podía comenzar la lucha con 400.000 soldados –aparte de las tropas que debe dejar en Argelia y de las que tiene que retener en la metrópoli. Incluso el leal al gobierno “Constitutionnel” no pudo menos de confesar, aunque en fingidos tonos de indignación, que el espíritu de Francia había desaparecido y que ésta se mostraba aterrada como un cobarde ante la mera idea de una guerra seria.

Por otra parte, los espías de bajo rango informaban unánimemente cuán generalizadamente se burlaba ya la población de la mera idea de que el déspota de Francia pudiera hacerse pasar por el libertador de Italia, y cómo con motivo de la boda sarda se cantaban coplas irrespetuosas. Una de estas coplas comienza con las palabras: “Esta vez es pues Plon-Plon quien ha de convertirse en el marido de Marie Luise”.

A pesar de las instrucciones apaciguadoras enviadas a todos los prefectos, y de las declaraciones estrictamente oficiales según las cuales ningún peligro amenazaba el statu quo, el pánico general está lejos de haber amainado. Sobre todo, se sabe aquí que el semidiós de las Tullerías fue empujado más allá de lo que pretendía avanzar. Corre el rumor de que la princesa Clotilde, la cual, a pesar de su juventud, posee un entendimiento muy agudo, habría acogido la propuesta de Plon-Plon con estas palabras: “Me caso con usted para asegurar a papá el apoyo de Francia. Si no estuviera completamente segura de que esto queda garantizado, no me casaría con usted.” Se negó a dar su consentimiento al compromiso hasta que se dieran a su padre “garantías inequívocas” del apoyo activo de Francia. Así, Luis Bonaparte tuvo que concluir una alianza defensiva y ofensiva con Viktor Emanuel, y los agentes de Plon-Plon se cuidaron meticulosamente de comunicar este hecho de inmediato a toda Europa a través de las columnas del “Indépendance Belge”. En efecto, este Plon-Plon y su séquito se arrogan en este momento el mismo papel que Persigny durante la expedición de Boulogne, Morny, Fleury y Saint-Arnaud en la noche del 2 de diciembre tuvieron que desempeñar –a saber, empujar a Luis Bonaparte al Rubicón. Como es sabido, Plon-Plon no se distingue precisamente por su audacia militar. En la guerra de Crimea hizo un papel muy triste, y como carece incluso del valor que necesita un jinete ordinario, no sabe siquiera mantener el equilibrio sobre el caballo. Sin embargo, en este momento es el Marte en carne y hueso de la dinastía Bonaparte. Convertirse en virrey de Lombardía lo considera como el siguiente paso en el camino hacia el trono de Francia. Sus amigos se han vuelto tan incautos que su líder, el señor Émile de Girardin, se atrevió a exclamar delante de unas veinte personas que hablaban de las intenciones del emperador: “¿A cuál emperador se refiere usted? El único emperador verdadero es el que está en el Palais Royal”. Mientras los periódicos gubernamentales predican en apariencia la paz, el moniteur de Plon-Plon, la “Presse”, informa día tras día, de la manera más descarada, sobre los preparativos de guerra. Mientras Luis Bonaparte exhorta aparentemente a Viktor Emanuel a reprimir a los partidarios de Mazzini, Plon-Plon incita al rey a “aguijonearlos”. Mientras Bonaparte había compuesto el séquito que debía acompañar a su primo a Turín con las personas más conservadoras, como el general Niel, Plon-Plon declaró que sólo partiría con la condición de que el señor Bixio, el exministro de la República Francesa de 1848, fuera con él, para dar a su entourage (entorno) un tufillo revolucionario. A esto dice la gente: “Si Luis Napoleón no está dispuesto a jugarse el todo por el todo, entonces nada puede ser más peligroso que la actitud arrogante que adopta Plon-Plon y los artículos que publican sus amigos.” Por eso continúan los temores. Por otra parte, se tiene clara conciencia general de que Luis Napoleón cometería un suicidio si, amedrentado por el griterío de la burguesía francesa y el ceño fruncido de las dinastías europeas, emprendiese ahora la retirada, después de que Viktor Emanuel ha quedado comprometido y las expectativas del ejército francés han sido llevadas al máximo. Para dar a este último un quid pro quo, se rumorea que proyecta enviarlo a una expedición de ultramar contra Marruecos, Madagascar o cualquier otro lugar apartado que no figure en el Tratado de Viena. Con todo, algún incidente imprevisto puede provocar una guerra contra Austria en contra de la voluntad del prestidigitador imperial.