Friedrich Engels

La derrota austríaca

Escrito hacia el 9 de junio de 1859.

Del inglés.

[“New-York Daily Tribune” núm. 5669 del 22 de junio de 1859, editorial]

Por medio de la «Persis», que llegó anoche, recibimos una serie de documentos sumamente interesantes sobre la batalla de Magenta, que nuestros lectores encontrarán en otro lugar. Su contenido puede resumirse muy brevemente: La batalla de Magenta fue una derrota decisiva para los austríacos y una clara victoria para los franceses; los aliados han entrado en Milán entre manifestaciones generales de júbilo; los austríacos se hallan en plena retirada, y el cuerpo de Benedek fue completamente batido por Baraguay d'Hilliers (de cuyas intenciones de dimitir ya no se ha vuelto a oír nada) en Marignano, perdiendo 1.200 prisioneros; los aliados están ahora llenos de confianza y los austríacos, desalentados y desesperados.

Nuestros colegas de los periódicos londinenses consideran, por lo general, la batalla como una sorpresa para los austríacos; y ésa era también nuestra opinión hasta que tomamos conocimiento de los últimos documentos. Ahora nos parece que Gyulay no fue tanto sorprendido como sorprendido en un error fatal; fundamentaremos esta opinión a continuación. Cuando los austríacos ocuparon su posición a unas treinta millas delante de Milán, se sobreentendía que no podían cubrir todos los posibles accesos a esta capital. A los aliados se les ofrecían tres caminos: uno, directamente a través del centro austríaco, pasando por Valenza, Garlasco y Bereguardo; otro, por la izquierda austríaca, pasando por Voghera, Stradella y cruzando el Po entre Pavía y Piacenza; y, por último, hacia la derecha austríaca, pasando por Vercelli, Novara y Boffalora. Sin embargo, si los austríacos querían defender Milán, sólo podían defender una de estas tres rutas, cerrándola con su ejército; emplazar un cuerpo en cada una de ellas dispersaría sus fuerzas y los expondría a una derrota segura.

Pero es una regla reconocida de la guerra moderna que un camino puede ser defendido mediante una posición de flanco tan bien, si no mejor, que mediante una mera posición frontal. Un ejército de 150.000 a 200.000 hombres, concentrado en un pequeño sector de terreno y dispuesto a actuar en cualquier dirección, no puede ser desatendido impunemente por el enemigo, a menos que éste posea una fuerza extremadamente superior. Así, por ejemplo, cuando Napoleón en 1813 marchaba hacia el Elba y los aliados, aunque numéricamente mucho más débiles, tenían sus razones para buscar una batalla, tomaron posición en Lützen, unas millas al sur del camino que lleva de Erfurt a Leipzig. El ejército de Napoleón ya había pasado en parte cuando los aliados dieron a conocer a los franceses su proximidad. En consecuencia, se detuvo la marcha de todo el ejército, se hizo retroceder a la columna de vanguardia y se libró una batalla que, a pesar de que los franceses eran superiores en 60.000 hombres, apenas les dejó la posesión del campo de batalla. Al día siguiente, ambos ejércitos enemigos marcharon en líneas paralelas hacia el Elba, y la retirada de los aliados ni siquiera fue molestada. Si las fuerzas se hubieran mantenido más equilibradas, la posición de flanco de los aliados habría detenido la marcha de Napoleón por lo menos con tanto éxito como una ocupación frontal del camino directo hacia Leipzig. El general Gyulay se hallaba exactamente en una posición semejante. Con una fuerza que dependía enteramente de él elevar a más de 150.000 hombres, se situó entre Mortara y Pavía, cerrando así el camino directo de Valenza a Milán. Podía ser flanqueado por cualquiera de sus alas, pero esto estaba en la naturaleza misma de su posición, y si dicha posición valía algo, tendría que haber encontrado para ese caso un contragolpe eficaz, partiendo de las posibilidades que esa posición le ofrecía frente a tales movimientos envolventes. Queremos aquí dejar completamente de lado la izquierda austríaca y limitarnos al ala que fue realmente flanqueada. Los días 30 y 31 de mayo y 1 de junio, Luis Napoleón concentró el grueso de sus tropas en Vercelli. El día 31 tenía allí 4 divisiones piamontesas (56 batallones), el cuerpo de Niel (26 batallones), el cuerpo de Canrobert (39 batallones) y la Guardia (26 batallones). Además, hizo venir al cuerpo de Mac-Mahon (26 batallones), sumando en total la imponente fuerza de 173 batallones de infantería, sin contar la caballería y la artillería. Gyulay tenía seis cuerpos de ejército austríacos; estaban debilitados por los destacamentos enviados a guarnecer diversas plazas, contra Garibaldi, hacia Voghera, etc., pero contaban todavía con un promedio de 5 brigadas cada uno, lo que da 30 brigadas o 150 batallones.

Ningún general se atrevería a dejar en su flanco o en su retaguardia a un ejército semejante, consciente de su fuerza. Además, este ejército se hallaba desplegado de tal modo que su derecha no podía ser flanqueada sino mediante una marcha de flanco dentro de su radio de operaciones, y semejante marcha de flanco es una maniobra muy peligrosa. Un ejército en orden de marcha necesita siempre un tiempo considerable para pasar a un orden de batalla apropiado. Jamás está completamente preparado para una batalla. Éste es el caso incluso en un ataque frontal, para el cual el orden de marcha se dispone, en cuanto es posible, para el combate; lo es mucho más todavía cuando las columnas en marcha son atacadas por el flanco.

Es, por tanto, una regla fija de la estrategia evitar una marcha de flanco dentro del radio de acción del enemigo. Luis Napoleón, confiando en sus masas, violó deliberadamente esta regla. Marchó hacia Novara y el Tesino, sin preocuparse de los austríacos, que se hallaban manifiestamente en su flanco. Aquí había llegado para Gyulay el momento de actuar. Su tarea consistía en concentrar sus tropas en la noche del 3 de junio sobre Vigevano y Mortara, dejar un cuerpo en el bajo Agogna para vigilar Valenza, y el día 4 caer con todos los hombres disponibles sobre el flanco de los aliados que avanzaban. El resultado de semejante ataque, emprendido con unos 120 batallones contra las alargadas e interrumpidas columnas de los aliados, apenas era dudoso. Si una parte de los aliados hubiera cruzado ya el Tesino, tanto mejor. Este ataque los habría hecho retroceder, aunque difícilmente habrían llegado a tiempo para intervenir de manera decisiva en la lucha. E incluso si el ataque hubiera fracasado, la retirada de los austríacos hacia Pavía y Piacenza habría sido tan segura como lo es ahora después de la batalla de Magenta. Hay razones para suponer que éste era realmente el plan original de Gyulay. Pero cuando el 2 de junio vio cómo los franceses concentraban sus masas a su derecha, en el camino directo a Milán, parece que lo abandonó la resolución. Los franceses, si él lo permitía, podían estar en Milán tan pronto como él; apenas había un hombre para bloquear el camino directo; sin embargo, la entrada en Milán, aunque sólo fuera de una pequeña unidad francesa, pondría en llamas a toda la Lombardía. Estas consideraciones fueron probablemente sopesadas en su consejo de guerra y se decidió, por fin, que una marcha sobre el flanco de los franceses bastaría plenamente para cubrir Milán. Pero cuando el caso se presentó realmente y los franceses estaban tan cerca de Milán como los austríacos, Gyulay perdió la cabeza y acabó retirándose detrás del Tesino. Esto selló su derrota. Mientras los franceses marchaban en línea recta hacia Magenta, él dio un gran rodeo, marchó primero a lo largo del Tesino hacia abajo, lo cruzó en Bereguardo y Pavía, y luego volvió a marchar río arriba hacia Boffalora y Magenta, intentando con ello, demasiado tarde, cerrar el camino directo hacia Milán. La consecuencia fue que sus tropas llegaron en débiles destacamentos y no pudieron ser llevadas en las masas necesarias para resistir con éxito al núcleo de las fuerzas aliadas. No cabe duda de que los austríacos combatieron bien, y nos proponemos volver en otra ocasión sobre la cuestión de la estrategia y la táctica en el combate. Pero es inútil que intenten en sus boletines paliar el hecho de que fueron derrotados y de que la batalla ha decidido la suerte de Milán y ha de tener sus efectos sobre la suerte de la campaña. Entre tanto, los austríacos concentran otros tres cuerpos de ejército en el Adigio, con lo que alcanzarán una considerable superioridad numérica. El mando le fue retirado a Gyulay y entregado al general Heß, considerado como el mejor estratega de Europa, aunque se dice que es un inválido tan grave que no está en condiciones de dedicarse durante mucho tiempo a una tarea.

Nuestros lectores advertirán que las fuentes francesas e inglesas autorizadas contradicen los relatos sobre excesos cometidos por los austríacos en la Lomellina. Llamamos igualmente la atención sobre este hecho, no sólo para hacer justicia a todas las partes, sino también porque nuestra propia incredulidad ante esos relatos ha sido interpretada como una expresión de simpatía hacia la causa de Francisco José —un potentado cuyo derrocamiento no desearíamos ver retardado ni un solo día. Si él y Napoleón sucumbieran juntos, cada uno por la mano del otro, se habría alcanzado la perfección de la justicia histórica.