Karl Marx

La situación en Prusia

Del inglés.

[“New-York Daily Tribune”, núm. 5548, del 1 de febrero de 1859]

Berlín, 11 de enero de 1859

Conoce usted el refrán alemán: “Donde nada hay, el emperador pierde su derecho” <en la “N.-Y. D. T.” en inglés y en alemán>, y esta ley de la nulidad, que impera incluso sobre una personalidad tan poderosa como un emperador, no puede naturalmente ser echada por la borda por su corresponsal. Donde nada ocurre, nada hay que relatar. Ésta es la razón más profunda que me ha movido a imponer un embargo de algunas semanas a mis despachos desde la “capital de la inteligencia”, la residencia central, si no del poder mundano, sí al menos del «Weltgeistes» <«Weltgeistes»: en la “N.-Y. D. T.” en alemán>. La primera fase del movimiento prusiano terminó con las elecciones generales, mientras que la segunda comenzará mañana con la apertura de la Dieta. Según deduzco de un montón de periódicos germanoamericanos que me han remitido, muchos hijos americanos de Teut han hecho suyas las opiniones que yo había expuesto aquí en contribuciones anteriores, sin indicar la fuente de donde extraían su sabiduría; estas opiniones mías se han visto, entretanto, plenamente confirmadas por el desaseado y arrastrado —no puedo decir avance de las cosas, sino por su reptar vermicular, sin patas y con el vientre pegado al suelo, como probablemente lo habría designado el doctor Johnson, de pedantesca memoria. Las millas alemanas son más largas que las de cualquier otra nación, pero los pasos con que los alemanes miden el suelo son tanto más cortos, y de manera bien considerable. Precisamente por eso sueñan siempre, en sus cuentos, con botas de siete leguas que al dichoso

poseedor le confieren la facultad de cubrir una legua a cada paso.

Los últimos diez años de la historia de este país han sido juzgados de un modo tan unilateral (para emplear una palabra favorita de los alemanes, los cuales, semejantes al animal escolástico de Buridán, son tan multilaterales que a cada instante se hallan en un aprieto) que no parecen fuera de lugar algunas consideraciones generales. Cuando el rey de cabeza descerebrada subió al trono, estaba lleno de quimeras de la escuela romántica. Quería ser rey por la gracia de Dios y, al mismo tiempo, un rey popular; quería, en medio de una omnipotente administración burocrática, verse rodeado de una aristocracia independiente; quería, como jefe supremo de los cuarteles, ser a la vez un hombre de paz; quería fomentar los derechos populares en sentido medieval y, al mismo tiempo, oponerse a todos los afanes del liberalismo moderno; quería resucitar la fe eclesiástica y, a la vez, alardear de la superioridad intelectual de sus súbditos; en una palabra: quería representar al rey medieval y actuar como rey de Prusia —¡ese aborto del siglo dieciocho! Pero de 1840 a 1848 todo marchó al revés. Después de que los Landjunker <Landjunker: en la “N.-Y. D. T.” en alemán> hubieran puesto sus esperanzas en el coronado colaborador del “Politisches Wochenblatt”, que día tras día había predicado que al prosaico dominio prusiano del maestro de escuela, del sargento, del policía, del recaudador de contribuciones y del mandarín docto había que injertarle el poético dominio de la aristocracia, se vieron obligados a recibir, en lugar de concesiones reales, las simpatías secretas del rey. La burguesía, demasiado débil aún para emprender pasos activos, se sintió forzada a trotar a la zaga del ejército teórico que los discípulos de Hegel conducían contra la religión, las ideas y la política del viejo mundo. En ningún período anterior fue la crítica filosófica tan audaz, tan poderosa y tan popular como en los primeros ocho años del reinado de Federico Guillermo IV, que deseaba sustituir el racionalismo “superficial” introducido en Prusia por Federico II por el misticismo medieval. La filosofía debió su poder durante este período exclusivamente a la debilidad práctica de la burguesía; como los burgueses no eran capaces de asaltar en la realidad las instituciones anticuadas, tenían que ceder la primacía a los audaces idealistas que las asaltaban en el terreno del pensamiento. A fin de cuentas, el romántico rey mismo no era, como todos sus predecesores, más que la mano

visible de un vulgar gobierno burocrático, que él en vano se esforzaba por embellecer con los tiernos sentimientos de una época pasada.

La revolución, o más bien la contrarrevolución surgida de ella, dio a las cosas una faz completamente nueva. Los Landjunker transformaron las veleidades privadas del rey en ventajas prácticas, y lograron hacer retroceder al gobierno a una época anterior —no detrás de 1848, no detrás de 1815, sino incluso detrás de 1807. Pasaron a la historia los tímidos afanes románticos; en su lugar apareció una Cámara Alta prusiana; la main morte <mano muerta> fue restablecida, la jurisdicción patrimonial del terrateniente floreció más lozana que nunca, la exención fiscal volvió a ser una característica de la nobleza; la policía y los funcionarios tuvieron que arrastrarse ante los señores, todos los puestos influyentes fueron adjudicados a los vástagos de la aristocracia territorial y de la baja nobleza; los funcionarios ilustrados de la vieja escuela fueron expulsados, para ser sustituidos por parásitos serviles, administradores de rentas y propietarios de tierras; y todas las libertades conquistadas por la revolución: libertad de prensa, libertad de reunión, libertad de palabra, representación constitucional —todas estas libertades no fueron suprimidas, sino mantenidas como prerrogativas de la clase aristocrática. Si, por otro lado, la burguesía había fomentado en el período anterior el movimiento filosófico, la aristocracia lo extirpaba ahora de raíz y ponía en su lugar el pietismo. Todo profesor ilustrado fue expulsado de la universidad, y los viri obscuri <oscurantistas>, los Hengstenberg, los Stahl y tutti quanti <sus semejantes> se apoderaron de todas las instituciones educativas de Prusia, desde la escuela de aldea hasta el seminario universitario de Berlín. La máquina policial y administrativa no fue destrozada, sino convertida en un puro instrumento de la clase dominante. Incluso la libertad de industria tuvo que pagar su tributo, y así como el sistema de concesiones se convirtió en una poderosa herramienta de favoritismo, intimidación y corrupción, así también se obligó de nuevo a los artesanos de las grandes ciudades a entrar en gremios, cofradías y todas las demás formas extinguidas de una época pasada. Así, los sueños más audaces del rey, que durante los ocho años de su régimen absoluto habían quedado en sueños, se realizaron todos gracias a la revolución y resplandecieron durante los ocho años de 1850 a 1857 como realidades palpables a la más clara luz del día.

Pero la medalla tiene también su reverso. La revolución había disipado

las ilusiones ideológicas de la burguesía, y la contrarrevolución había puesto fin a sus pretensiones políticas. De este modo, fue arrojada de vuelta a sus verdaderas ramas de lucro —el comercio y la industria—, y no creo que ningún otro pueblo haya tomado durante el último decenio un impulso relativamente tan gigantesco en esta dirección como los alemanes y, en especial, los prusianos. Quien haya visto Berlín hace diez años, no lo reconocería hoy. De rígida plaza de parada, se ha transformado en el ajetreado centro de la construcción alemana de maquinaria. Si se viaja por la Prusia renana y el ducado de Westfalia, se recuerdan Lancashire y Yorkshire. Aunque Prusia no puede vanagloriarse de un Isaac Péreire, posee sin embargo centenares de Mevissen al frente de más crédits mobiliers de los que la Dieta de la Confederación Germánica cuenta príncipes.

El afán por enriquecerse, por progresar, por abrir nuevas minas, erigir nuevas fábricas, construir nuevos ferrocarriles y, sobre todo, invertir dinero en sociedades por acciones y especular con acciones, se convirtió en la pasión del día y se apoderó de todas las clases, desde el campesino hasta el príncipe coronado, que antaño había sido un príncipe con inmediatez imperial. Así, pues, los días en que la burguesía lloraba en cautiverio babilónico y dejaba colgar sus humilladas cabezas, fueron los mismos días en que se convirtió en el poder real del país, transformándose incluso el altivo aristócrata, en lo recóndito de su alma, en un especulador bursátil ávido de ganancias y acumulador de dinero. Si usted busca un ejemplo de cómo la filosofía especulativa se ha transformado en especulación comercial, eche una mirada al Hamburgo de 1857. ¿No se mostraron allí los especulativos alemanes como maestros en el terreno del fraude? Ciertamente, este desarrollo ascendente de la burguesía prusiana, que se vio reforzado por el alza general de los precios de las mercancías y, con ella, por la baja general de las rentas fijas de sus dominadores burocráticos, vino acompañado naturalmente de la ruina de la pequeña burguesía y de la concentración de la clase obrera. La ruina de la pequeña burguesía durante los últimos ocho años es un fenómeno general que puede observarse en toda Europa, pero en ninguna parte de forma tan acusada como en Alemania. ¿Necesita este fenómeno alguna explicación? Respondo a ello con una palabra: ved a los millonarios de hoy, que ayer eran todavía pobres diablos. Para que un indigente se convierta de la noche a la mañana en millonario, mil poseedores de 1.000 dólares tienen que haberse transformado durante el día en mendigos. La magia bursátil obra estas cosas en un santiamén, por no hablar de los métodos más lentos con que la industria moderna

centraliza la riqueza. En Prusia, por tanto, durante los últimos diez años se ha desarrollado, al mismo tiempo que la burguesía, una pequeña burguesía descontenta y una clase obrera concentrada.

Es hora de enviar la carta, aunque aún no he concluido mi Rundschau <Rundschau: en la “N.-Y. D. T.” en alemán>, como la “Neue Preußische Zeitung” llama a esta especie de panorama retrospectivo.