Karl Marx

Las perspectivas de guerra en Prusia

Del inglés.

[“New-York Daily Tribune”, núm. 5598, del 31 de marzo de 1859]

Berlín, 15 de marzo de 1859

Aquí la guerra se considera inevitable, pero el papel de Prusia en el inminente conflicto entre Francia y Austria es objeto de discusión general; ni el gobierno ni la opinión pública parecen haber llegado a una opinión firme. Habrá usted notado que las únicas peticiones belicosas que se envían a Berlín no proceden de la Prusia propiamente dicha, sino de Colonia, la capital de la provincia renana. Sin embargo, no debe concederse demasiada importancia a estas peticiones, ya que son evidentemente obra del partido católico, que en Alemania, lo mismo que en Francia y Bélgica, se siente naturalmente solidario con Austria. No obstante, en un aspecto, toda Alemania está penetrada de una extraordinaria unanimidad de sentimiento. Nadie alza la voz en favor de Luis Napoleón, nadie siente simpatía por el “libertador”; al contrario, un verdadero torrente de odio y desprecio se vierte diariamente contra él. El partido católico lo considera un rebelde contra el Papa y, naturalmente, maldice la espada infame que ha de dirigirse contra una potencia que, mediante su concordato con Roma, ha sometido de nuevo a una gran parte de Europa al trono papal. El partido feudal, que finge abominar del usurpador francés, abomina en realidad de la nación francesa y se figura que las terribles innovaciones introducidas desde el país de Voltaire y de Jean-Jacques Rousseau podrían ser barridas por una guerra en regla. La burguesía comercial e industrial, que acostumbraba a ensalzar a Luis Bonaparte como el gran

“salvador del orden, de la propiedad, de la religión y de la familia”, formula ahora acusación tras acusación contra el infame perturbador de la paz, el cual, en lugar de contentarse con mantener reprimidas las fuerzas desbordantes de Francia y hacer callar a los desesperados socialistas mediante ocupaciones salutíferas en Lambesa y Cayena, ha incurrido en la extravagante idea de hacer bajar las acciones, perturbar con ello el curso regular de los negocios y despertar de nuevo las pasiones revolucionarias. La gran masa del pueblo, por último, está extraordinariamente contenta de que, tras años de silencio forzoso, se le permita dar expresión a su odio contra el hombre a quien atribuye la principal culpa de los fracasos de la revolución de 1848-49. Los sombríos recuerdos de las guerras napoleónicas y la recelosa sospecha de que una guerra contra Austria representa un paso oculto contra Alemania bastan plenamente para envolver en una apariencia de sentimiento nacional común la filípica contra Bonaparte, que brota de tantos motivos diferentes. Las estúpidas mentiras del “Moniteur”, los frívolos panfletos compuestos por los condottieri literarios del emperador y las evidentes señales de vacilación, de inquietud e incluso de temor por parte del zorro que se ve forzado a desempeñar el papel de león, han contribuido a transformar el odio general en desprecio general.

Sería, sin embargo, un craso error suponer que toda Alemania está de parte de Austria porque toda Alemania esté indignada contra Bonaparte. Para empezar, no necesito sino traer a su memoria el inveterado e inevitable antagonismo entre el gobierno austriaco y el prusiano, antagonismo que ciertamente no han mitigado los recuerdos del Congreso de Varsovia, de la incruenta batalla de Bronzell, del paseo militar de Austria a Hamburgo y Schleswig-Holstein ni, quizás, de la guerra ruso-turca. Conoce usted la tendencia cautelosa y tibia de las últimas manifestaciones del gobierno prusiano. En ellas se expresa que Prusia, como potencia europea, no ve en realidad motivo alguno para decidirse por uno u otro partido, y que, como potencia alemana, se reserva el derecho de examinar hasta qué punto las pretensiones austriacas en Italia concuerdan con los verdaderos intereses alemanes. Prusia fue incluso más lejos. Declaró que los tratados separados de Austria con Parma, Módena, Toscana y Nápoles, y por consiguiente la discutida anulación de esos tratados, debían considerarse desde un punto de vista europeo, y no estaban, pues, en el ámbito de la Confederación

Alemana. Tomó abiertamente partido contra Austria en la cuestión del Danubio; retiró a su plenipotenciario <Bismarck> de la Dieta de la Confederación Alemana en Frankfurt porque éste defendía abiertamente, con demasiada decisión, los intereses de Austria. Finalmente, para salir al paso de la sospecha de obrar de manera antipatriótica, Prusia ha seguido las huellas de los pequeños Estados alemanes y ha prohibido la exportación de caballos. Sin embargo, para despojar a esta prohibición de su aguijón antifrancés, se la extendió a toda la Unión Aduanera, de modo que está dirigida tanto contra Austria como contra Francia. Prusia sigue siendo la misma potencia que concertó la paz por separado de Basilea y que en 1805 envió a Haugwitz al campamento de Napoleón con dos despachos distintos: uno debía entregarse si la batalla de Austerlitz resultaba desfavorable para Napoleón, y el otro contenía felicitaciones serviles para el invasor extranjero. Aparte de la política dinástica tradicional a que se aferra la casa de los Hohenzollern, se siente intimidada por Rusia, de la que sabe que mantiene relaciones secretas con Bonaparte y que además le empujó a su funesta declaración del día de Año Nuevo. Cuando un periódico como la “Neue Preußische Zeitung” aboga por el rey del Piamonte contra Francisco José, no se necesita una gran capacidad adivinatoria para colegir de dónde sopla el viento. Para disipar todas las dudas, Herr von Manteuffel ha publicado un panfleto anónimo en el que recomienda una alianza ruso-francesa contra una alianza austro-inglesa.

Pero la cuestión esencial en todo esto no es tanto qué intenciones persigue el gobierno como de qué lado están las simpatías del pueblo. Pues bien, he de decirle que, a excepción del partido católico, del partido feudal y de algunos estúpidos residuos de los fanfarrones teutónicos de 1813 a 1815, el pueblo alemán en general y la población del norte de Alemania en particular se encuentran en un gran dilema. Mientras toman decididamente partido por Italia contra Austria, no pueden por menos de tomar partido contra Bonaparte en favor de Austria. Naturalmente, si nos atuviésemos a la “Allgemeine Zeitung” de Augsburgo, podría llegarse a la conclusión de que Austria es el ídolo de todos los corazones alemanes. La teoría lanzada al mundo por este periódico es, en resumen, la siguiente: Toda raza de Europa, a excepción de la alemana, está al borde del derrumbe. Francia agoniza; Italia debe considerarse extraordinariamente agraciada por verse transformada en un cuartel alemán; las razas eslavas carecen de las cualidades éticas para gobernarse

a sí mismas, e Inglaterra está corrompida por el comercio. Así, pues, sólo queda la sólida Alemania, y Austria es la representante europea de Alemania. Con una mano mantiene a Italia, con la otra a los eslavos y magiares bajo la influencia ennoblecedora de la Sittlichkeit alemana <Sittlichkeit: en alemán en la “N.-Y. D. T.”> (es imposible traducir esta palabra). Austria protege la patria contra la invasión rusa manteniendo ocupadas Galitzia, Hungría, la costa dálmata y Moravia, y proponiéndose ocupar los principados del Danubio, y defiende a Alemania, ese corazón de la civilización humana, contra el contaminante veneno de la desmoralización, frivolidad y ambición francesas manteniendo a Italia bajo su dominio. Apenas necesito decirle que esta teoría, fuera de las fronteras de Austria, no ha sido acogida por nadie con excepción de algunos Krautjunker bávaros <Krautjunkern: en alemán en la “N.-Y. D. T.”>, cuya pretensión de representar la civilización alemana está tan bien fundada como la de los viejos beocios de ser representantes del genio griego. Pero existía y existe aún otra visión más prosaica del asunto, procedente de la misma fuente. Se dice que el Rin debe ser defendido en el Po y que las posiciones austriacas en el Po, el Adigio y el Mincio constituyen las fronteras militares naturales de Alemania contra una invasión francesa. Cuando esta doctrina fue expuesta en 1848 en la Asamblea Nacional alemana de Frankfurt por el general Radowitz, prevaleció y movió a la Asamblea a ponerse del lado de Austria contra Italia; pero la decisión de aquel llamado parlamento revolucionario, que pudo permitirse investir a un archiduque austriaco con el poder ejecutivo, ha sido condenada desde hace mucho tiempo. Los alemanes empiezan a comprender que han sido engañados con un quid pro quo, que las posiciones militares necesarias para la defensa de Austria no se precisan en absoluto para la defensa de Alemania, y que los franceses pueden reclamar el Rin como su frontera militar natural con tanto o incluso más derecho que los alemanes el Po, el Mincio y el Adigio.