Karl Marx

Escrito hacia el 11 de marzo de 1859.

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" Nr. 5598 del 31 de marzo de 1859]

París, 9 de marzo de 1859

En la época en que el temor a la guerra se había apoderado de todas las bolsas de Europa, escribí que Bonaparte estaba muy lejos de querer realmente una guerra, pero que, cualesquiera que fuesen sus verdaderas intenciones, el control de la situación probablemente se le escaparía de las manos. En el momento actual, en que la mayor parte de la prensa europea parece inclinada a creer en la paz, estoy convencido de que habrá guerra si una circunstancia favorable no provoca un súbito derrocamiento del usurpador y de su dinastía. Incluso el observador más superficial tendrá que admitir que las perspectivas de paz se basan únicamente en habladurías, mientras que las de guerra descansan en hechos. En Francia y en Austria se llevan a cabo preparativos bélicos a una escala sin precedentes; y si se considera el lamentable estado de las dos tesorerías imperiales, no hace falta una extensa argumentación para llegar a la conclusión de que habrá un conflicto, y muy pronto. Quisiera señalar que Austria es perseguida por un destino implacable, cuyos hilos tal vez conduzcan hasta San Petersburgo y que, tan pronto como sus finanzas parecen haberse restablecido, la arroja de nuevo con la misma certeza a un abismo de penuria financiera, del mismo modo que la pérfida roca que Sísifo había hecho rodar con gran esfuerzo montaña arriba era rechazada por manos invisibles tan pronto como el condenado se acercaba a la cima. Así, Austria, tras años de ininterrumpidos esfuerzos, había logrado acercarse en 1845 al punto en que

los ingresos y los gastos se equilibraban, cuando estalló la revolución de Cracovia y le exigió un gasto extraordinario, lo que condujo a la catástrofe de 1848. En 1858, Austria anunció de nuevo al mundo la reanudación de los pagos en metálico por el Banco de Viena, cuando de repente la felicitación de Año Nuevo desde París echó por tierra brutalmente todos los planes de economía y la obligó a despilfarrar los fondos estatales y a agotar los fondos de reserva, lo que ha tenido por consecuencia que, incluso a los ojos del más sobrio estadista austriaco, la guerra aparezca como la última oportunidad de salvación.

De todos los periódicos que pueden jactarse de tener más que una mera influencia local, la "Tribune" es quizás el único que jamás se ha prestado a sumarse al tono general; no me refiero con ello a elogiar el carácter de Luis Napoleón, pues eso habría sido demasiado grave, sino a presentarlo como un genio y un hombre de una fuerza de voluntad extraordinaria. La "Tribune" analizó sus hazañas políticas, militares y financieras y, a mi juicio, ha demostrado de manera inequívoca que su éxito, tan desconcertante a ojos de la multitud, se debe a una concatenación de circunstancias de las que él mismo no fue responsable y en cuyo aprovechamiento nunca superó la habilidad de un mediocre jugador profesional, dotado de un ojo experto para las evasivas, las sorpresas y los coups de main <golpes de mano>, pero siempre un humilde siervo del azar, y que se esfuerza celosamente por ocultar un alma de gutapercha bajo una máscara de hierro. A la misma opinión sobre el grand saltimbanque <gran saltimbanqui>, como lo llamaban los diplomáticos rusos, habían llegado desde el principio, tácita e independientemente, todas las grandes potencias europeas. Cuando comprendieron que se había vuelto peligroso por haberse colocado en una situación peligrosa, acordaron dejarlo representar el papel de sucesor de Napoleón, bajo la expresa, aunque tácita, condición de que se contentara siempre con la mera apariencia de influencia y no traspasara nunca los límites que separan al actor del héroe que representa. Este juego funcionó bien durante un tiempo, pero los diplomáticos, como de costumbre en sus sabios cálculos, pasaron por alto un factor importante: el pueblo. Cuando estallaron las bombas de Orsini, el héroe de Satory fingió querer imponer condiciones a Inglaterra, y el gobierno británico estaba plenamente dispuesto a permitírselo; pero la protesta del pueblo ejerció una presión tan violenta sobre el Parlamento que no sólo fue derribado Palmerston, sino que una política anti-

bonapartista se convirtió en condición esencial para permanecer en Downing Street. Bonaparte cedió, y desde ese momento su política exterior se ha revelado como una cadena ininterrumpida de desatinos, humillaciones y fracasos. Sólo recuerdo su plan de libre inmigración de negros y sus aventuras portuguesas. Mientras tanto, el atentado de Orsini había llevado a una reactivación del despotismo en el interior de Francia, mientras que la crisis económica, transformada de fiebre aguda en enfermedad crónica por un curanderismo chapucero, arrebataba al trono del advenedizo su único fundamento sólido: la prosperidad material. En las filas del ejército se hicieron perceptibles signos de descontento; en el campo de la burguesía se oyeron señales de motín; las amenazas de venganza personal por parte de los compatriotas de Orsini envenenaban el sueño del usurpador. En esta situación, intentó de repente crear una nueva coyuntura repitiendo, mutatis mutandis <con las modificaciones necesarias>, el grosero discurso que Napoleón el Grande dirigió al enviado inglés tras la paz de Lunéville, y arrojó el guante a Austria en nombre de Italia. No fue por su propia voluntad, sino en virtud de circunstancias imperiosas, que él, la moderación personificada, el maestro de las evasivas, el héroe de las sorpresas nocturnas, dio un paso tan desesperadamente temerario.

Sin duda fue impulsado por falsos amigos. Palmerston, que en Compiègne lo había halagado con las simpatías de los liberales ingleses, se volvió de modo ostentoso contra él en la apertura del Parlamento. Rusia, que lo había aguijoneado con notas secretas y artículos de prensa públicos, iniciaba visiblemente pourparlers <conversaciones> diplomáticas con su vecino austriaco. Pero la suerte estaba echada, las fanfarrias bélicas habían resonado, y Europa estaba, por así decirlo, obligada a ocuparse una vez más del pasado, presente y futuro del afortunado bribón, que había llegado ahora a la campaña de Italia con la que su tío había iniciado su carrera. En los días de diciembre había restaurado el napoleonismo en Francia; ahora parecía decidido a restaurarlo, mediante una campaña de Italia, en toda Europa. Sin embargo, lo que se proponía no era una guerra italiana, sino una humillación de Austria sin guerra. Los éxitos que su homónimo había conquistado con cañones esperaba alcanzarlos él con la ayuda del temor a la revolución. Que él no quería

la guerra, sino sólo un succès d'estime <éxito de estima>, está claro. De lo contrario, habría empezado con negociaciones diplomáticas y terminado con la guerra, en lugar de tomar el camino inverso. Se habría preparado para la guerra antes de empezar a hacer declaraciones belicosas. En suma, no habría puesto el carro delante de los bueyes.

Pero se había engañado gravemente acerca del poder con el que buscaba querella. Inglaterra, Rusia y los Estados Unidos pueden hacer muchísimas concesiones aparentes sin perder lo más mínimo de su influencia real; pero Austria, en particular con respecto a Italia, no puede apartarse de su camino sin poner en peligro todo su imperio. Por eso, las únicas respuestas que Bonaparte obtuvo de Austria fueron preparativos de guerra, que lo obligaron a tomar el mismo camino. De manera totalmente independiente de su voluntad y muy contra lo que él esperaba, la disputa, llevada en apariencia, fue adquiriendo gradualmente las dimensiones de un conflicto mortal. Además, todo lo demás también salió mal. En Francia chocó con una resistencia pasiva pero tenaz, y los preocupados esfuerzos de sus amigos más interesados por impedirle causar desgracias no dejaron lugar a dudas de que desconfiaban de sus capacidades napoleónicas. En Inglaterra, el partido liberal le volvió la espalda y se burló de su pretensión de tratar la libertad como un artículo de exportación francés. En Alemania, un griterío unánime de mofa le demostró que —cualquiera que fuese lo que el simple campesinado francés hubiera podido ver en él en 1848— al otro lado del Rin reinaba la firme convicción de que no era más que un Napoleón falso y de que la reverencia que le habían mostrado los soberanos de allí había sido una pura formalidad; en suma, que era tan Napoleón "by courtesy" como los hijos menores de los duques ingleses son "lords by courtesy".

¿Cree usted seriamente que las circunstancias imperiosas que en enero de 1859 llevaron a Luis Bonaparte a agravar las relaciones con Austria puedan eliminarse mediante una ridícula y vergonzosa reculade <retirada>, o que el héroe de Satory crea que ha mejorado su desesperada situación con la mayor y más inequívoca derrota que jamás ha sufrido? Sabe que los oficiales franceses ni siquiera intentan ocultar su rabia desesperada ante las ridículas mentiras que el "Moniteur" publicó respecto a los actuales preparativos de guerra; sabe que el tendero parisino empieza ya a trazar paralelos entre la retirada de Luis Felipe ante una coalición europea en el año

1840 y la grande retirade <gran retirada> de 1859 de Louis Bonaparte. Sabe que la burguesía se halla presa de una cólera manifiesta, aunque reprimida, por estar sometida a un aventurero que resulta ser cobarde. Sabe que en Alemania reina hacia él un desprecio indisimulado y que unos cuantos pasos más en la misma dirección lo convertirían en objeto de risa en el mundo entero. «N'est pas monstre qui veut» <«No cualquiera puede ser un monstruo»>, dijo Victor Hugo; pero el aventurero holandés necesita la gloria de ser un terrible Quasimodo y no un simple Quasimodo. Las circunstancias sobre las que construye, cuando la guerra realmente estalle —y sabe que tiene que desencadenarla—, son las siguientes: Austria no hará la menor concesión durante las negociaciones diplomáticas aún pendientes, proporcionándole así un buen pretexto para empuñar las armas. Prusia se mostró muy reservada en su respuesta a la nota austríaca del 22 de febrero, y es probable que el antagonismo entre estas dos potencias alemanas se intensifique aún más. La política exterior de Inglaterra caerá en manos de lord Palmerston tras el derrumbamiento del gabinete Derby. Rusia se vengará de Austria sin arriesgar un solo hombre ni un solo rublo y, sobre todo, creará complicaciones europeas que le permitirán sacar ventaja de los lazos tendidos a la Sublime Puerta en los Principados del Danubio, en Serbia y en Montenegro. Italia, finalmente, se inflamará mientras el humo diplomático envuelve las conferencias de París, y los pueblos de Europa concederán a Italia en ascenso lo que le han negado a aquel que se ha arrogado actuar como su protector. Tales son las circunstancias con las que Louis Bonaparte espera que la nave de su destino llegue una vez más a aguas favorables. Los estados de angustia que ahora padece puede usted deducirlos del solo hecho de que hace poco, durante una reunión del consejo de ministros, sufrió un fuerte ataque de vómitos. El temor a la venganza italiana no es el motivo menos importante que lo empuja a la guerra a toda costa. Hace tres semanas comprobó de nuevo que los jueces de la Feme italiana lo vigilan. En el jardín de las Tullerías fue interceptado y registrado un hombre, y se descubrió que llevaba un revólver y dos o tres granadas de mano con espoletas, como las que también tenía Orsini. Naturalmente, fue detenido y arrojado a la cárcel. Dio un nombre italiano y habló con acento italiano. Dijo que podía dar mucha información a la policía, pues estaba vinculado a una sociedad secreta. Sin embargo, durante dos o tres días permaneció muy reservado; finalmente pidió un compañero de celda y dijo que no podía ni quería hacer declaración alguna mientras se le mantuviera en régimen de aislamiento. Le dieron un compañero de celda, concretamente un empleado de la prisión, una especie de archivero o bibliotecario. El italiano reveló entonces muchas cosas, o al menos pareció revelarlas. Pero al cabo de uno o dos días volvieron los funcionarios instructores y le comunicaron que una verificación había demostrado que todas sus declaraciones no se correspondían con los hechos y que debía decidirse a ser sincero. Dijo que lo haría al día siguiente. Quedó abandonado a sí mismo durante la noche. Hacia las cuatro de la madrugada se levantó, pidió prestada a su compañero de celda la navaja de afeitar y se cortó la garganta. El médico llamado comprobó que el corte había sido hecho con tanta fuerza que había causado la muerte instantánea.