Karl Marx

Las perspectivas de guerra en Europa

[“New-York Daily Tribune”, núm. 5547, del 31 de enero de 1859]

París, 11 de enero de 1859

La respuesta del emperador austríaco al insólito saludo de Año Nuevo que le dirigió desde París el «sobrino holandés de la batalla de Austerlitz», y el discurso de apertura del excelente Manuel ante las Cámaras sardas, no han contribuido en absoluto a mitigar el temor a la guerra en Europa. En todos los centros del mercado de dinero, el barómetro señala «tempestad». El rey de Nápoles se muestra de repente magnánimo y hostil a los rusos; libera a una serie de presos políticos, destierra a Poerio y a los suyos y niega a Rusia un depósito de carbón en el Adriático; riñe con los tedeschi <alemanes>, y la cruzada contra los fumadores de cigarros austríacos continúa en Milán, Lodi, Cremona, Brescia, Bérgamo, Parma y Módena, mientras que en Pavía las clases de la universidad han sido suspendidas por orden del gobierno; Garibaldi, llamado a Turín, recibió el encargo de reorganizar la Guardia Nacional; se está formando en Turín un nuevo cuerpo de unos 15.000 cazadores, y los trabajos de fortificación en Casale se impulsan con la mayor rapidez. Entre tanto, un ejército austríaco de unos 30.000 hombres, un corps d’armée completo (el tercero), habrá entrado en el reino lombardo-véneto, y el conde Gyulay, general de la escuela de Radetzky y hombre con los instintos de un Haynau, ya ha llegado a Milán para arrebatar las riendas de manos del suave, bondadoso pero débil archiduque Fernando Maximiliano. En Francia, los movimientos de tropas están a la orden del día, mientras el emperador despliega un celo desmedido en los ensayos con el nuevo cañón en Vincennes. El gobierno prusiano ha introducido por fin su nuevo sistema de libertad, pidiendo dinero al Parlamento para aumentar el ejército permanente y convertir la Landwehr <Landwehr: en la “N.-Y. D. T.” en alemán> en un apéndice de las tropas de línea. Ante nubes tan visibles en el horizonte europeo, hay que asombrarse del relativamente insignificante descenso de los cursos en la Bolsa de Londres, que suele indicar el pulso de la sociedad europea con más claridad que los observatorios financieros de París y del resto del continente.

Al principio, los perspicaces observadores de la Bolsa de Londres no se mostraron del todo reacios a considerar el golpe de Año Nuevo de Napoleón como una maniobra especulativa de su excelso aliado. En efecto, tan pronto como los valores franceses empezaron a bajar, la gente se precipitó de cabeza al templo de Baal para deshacerse a cualquier precio de las obligaciones del Estado, de las acciones del Crédit Mobilier y de los ferrocarriles. Después de que una parte de los especuladores que habían contado con una subida de los títulos quedara arruinada, el 6 de enero se produjo de repente una ligera alza en la Bolsa de París, a consecuencia del rumor de que una declaración del gobierno en el “Moniteur” quitaría el aguijón a la frase de “Su Majestad” dirigida al enviado austríaco. Tal declaración apareció de hecho el viernes 7 de enero; los títulos del Estado subieron, y muchos especuladores próximos a las Tullerías embolsaron precisamente ese viernes ganancias extraordinarias. De este modo, estos señores se resarcieron de los gastos de sus regalos de Año Nuevo de la manera más barata. Ahora parecía tramarse una conspiración similar en Londres, que no fue frustrada por una astucia extraordinaria de los financieros británicos, sino por su poder secreto sobre algunos gestores financieros de los menus plaisirs <diversiones> del Elíseo. La relativa estabilidad de los valores británicos se debe principalmente a otra circunstancia, menos halagüeña para Luis Napoleón, pero tanto más característica de la situación en Europa. Ningún confesor conoce mejor los puntos vulnerables del corazón de una bella penitente que los hombres de dinero de Chapel Street, Lombard Street y Threadneedle Street conocen el punto donde aprieta el zapato a los potentados europeos. Saben que Rusia necesita un empréstito de unos 10 millones de libras esterlinas; que Francia, a pesar del superávit previsto en su presupuesto estatal, pero que siempre está solo en futuro, necesita dinero urgentemente; que Austria espera una concesión de por lo menos 6 u 8 millones de libras esterlinas; que la pequeña Cerdeña quiere un empréstito, no solo para emprender una nueva cruzada italiana, sino también para pagar las viejas deudas de la guerra de Crimea; y que las testas coronadas y los militares tienen que recibir del saco de dinero inglés una suma total de 30 millones de libras esterlinas antes de que los ejércitos puedan marchar, antes de que pueda correr la sangre y tronar el cañón. Ahora bien, para poder despachar todos estos negocios de dinero se necesitan por lo menos dos meses, de modo que – prescindiendo por completo de consideraciones militares – la guerra, si hubiera de llegar, tendrá que aplazarse hasta la primavera.

Sería, sin embargo, un gran error sacar de ello la conclusión precipitada de que las hienas de la guerra, por su dependencia de la buena voluntad de los capitalistas amantes de la paz, se verán con seguridad impedidas de lanzarse a la lucha. Ahora, cuando el tipo de interés apenas llega al 2,5%, cuando más de 40 millones en oro yacen ociosos en los sótanos de los bancos de Inglaterra y de Francia y reina una desconfianza general hacia la especulación comercial, hasta el diablo mismo, si quisiera emitir un empréstito para una nueva campaña, lograría colocar sus obligaciones por encima del valor nominal después de algunas vacilaciones pudibundas y un par de conferencias hipócritas.

Las circunstancias que pueden conjurar la guerra europea son las mismas que empujan hacia ella. Tras sus brillantes éxitos diplomáticos en Asia, Rusia se esfuerza celosamente por restablecer su preponderancia en Europa. Del mismo modo que el discurso de la Corona de la pequeña Cerdeña fue redactado en realidad en París, la boutade de Año Nuevo <golpe de Año Nuevo> de Bonaparte (el Pequeño) no fue más que el eco de una consigna lanzada en San Petersburgo. Con Francia y Cerdeña en los andadores de San Petersburgo, Austria amenazada, Inglaterra aislada y Prusia indecisa, la influencia rusa sería, en caso de guerra, indudablemente preponderante, al menos durante algún tiempo. Rusia podría mantenerse al margen, dejar desangrarse a Francia y Austria en la guerra y finalmente “resolver” las dificultades de esta última potencia, que hasta ahora le cerraba el camino hacia el sur y oponía resistencia a su propaganda paneslavista. Tarde o temprano, el gobierno ruso podría intervenir entonces, desviar sus dificultades internas mediante una guerra exterior y, con un éxito en el extranjero, permitir al poder imperial quebrar la resistencia de la nobleza en el interior. Pero, por otra parte, la presión financiera provocada por la guerra de Crimea se triplicaría con ello, y

la nobleza, a la que habría que recurrir en tal caso de emergencia, recibiría nuevas armas para el ataque y la defensa, mientras el campesinado, con las promesas incumplidas ante los ojos, exacerbado por nuevas dilaciones, levas repetidas y nuevos impuestos, sería empujado a la rebelión abierta.

Austria teme ciertamente la guerra, pero puede, naturalmente, ser empujada a ella. Bonaparte, por su parte, ha llegado muy probablemente a la conclusión correcta de que ahora se ofrece una oportunidad para jugar su triunfo. ¡Aut Caesar aut nihil! <¡O César o nada!> La gloria de relumbrón del Segundo Imperio se desvanece rápidamente, y necesita sangre para volver a apuntalar este gigantesco fraude. ¿Y en qué mejor papel que en el de libertador de Italia, y bajo qué condiciones más favorables que la forzosa neutralidad de Inglaterra, el apoyo secreto de Rusia y la abierta servidumbre del Piamonte, podría jamás esperar tener éxito? Pero, por otro lado, el partido clerical en Francia protesta enérgicamente contra esa impía cruzada; la burguesía le recuerda su palabra: “L’Empire c’est la paix” <“El Imperio es la paz”>. El mero hecho de que Inglaterra y Prusia tengan que permanecer neutrales por el momento las elevaría, en el curso de la guerra, a árbitros de la situación, y una sola derrota en las llanuras lombardas bastaría para hacer sonar las campanas a muerto por el falso Imperio.