Karl Marx

El pánico de invasión en Inglaterra

[*New-York Daily Tribune*, núm. 5813, del 9 de diciembre de 1859]

Londres, 25 de noviembre de 1859

Los pánicos parecen haberse convertido últimamente en acontecimientos tan regulares en la vida política de Inglaterra como lo son desde hace mucho tiempo en el sistema industrial inglés. Los pánicos hábilmente escenificados son un medio importante para los gobiernos en los llamados países libres. Cuando se sume a la gente en el miedo y el terror, se la distrae más fácilmente de sus peligrosos antojos. Tomemos, por ejemplo, la cuestión de la reforma en Inglaterra. Al mismo tiempo que Inglaterra se hallaba ante la cuestión de si debía renunciar para siempre al control sobre Norteamérica, Lord Grey propuso un radical proyecto de ley de reforma que preveía eliminar toda la influencia tradicional de los Lores sobre la Cámara de los Comunes. En 1780, el duque de Richmond presentó un proyecto de ley de reforma que llegaba realmente hasta exigir parlamentos anuales y sufragio universal. El propio Pitt, cuyo centenario del nacimiento ha transcurrido sin que sus compatriotas le prestaran atención, por estar éstos justamente ocupados en celebrar el centenario de la muerte de Händel —ese mismo Pitt había escrito originariamente en su bandera la palabra «reforma parlamentaria». ¿Cómo fue entonces que el movimiento reformista del siglo XVIII, que había prendido en los representantes más lúcidos de las clases dominantes, se extinguió sin dejar huella alguna? Fue barrido por el pánico ante la Revolución Francesa, al que siguieron la guerra antijacobina, la descomunal deuda del Estado y las ignominiosas Gagging Acts. Hace algunos años, el pánico ruso mató dos proyectos de ley de reforma, y hoy en día el pánico a una invasión francesa es probablemente idóneo para prestar el mismo servicio. Podemos, pues, apreciar en su justo valor el negro temor de los radicales ingleses encabezados por el señor Bright, que declaran que consideran a los oligarcas y a sus instrumentos en la prensa como interesados sembradores de pánico, empeñados en frustrar la reforma mediante el fantasma de una invasión francesa y en eternizar el mal gobierno. El asunto tiene, en efecto, algunos aspectos feos y sospechosos. La prensa de Palmerston es la principal difusora del pánico de invasión, mientras que Palmerston es manifiestamente el amigo más íntimo de Louis Bonaparte. ¿Puede el mismo hombre que tuvo que salir de un gabinete por haber reconocido el golpe de Estado sin el consentimiento de sus colegas, y fue expulsado de otro gabinete por haber presentado el proyecto de ley sobre la conspiración francesa, ser la persona más apta para desbaratar los planes bonapartistas? Al mismo tiempo que la prensa de Palmerston advierte al pueblo inglés contra la perfidia de Bonaparte, llama a los ingleses a embarcarse con ese mismo hombre en una nueva expedición china.

Sin embargo, no se puede negar que el actual pánico de guerra en Inglaterra, que por cierto puede redundar en beneficio de la política del partido aristocrático, no carece en modo alguno de fundamento. Siempre que Bonaparte concluye una nueva paz, Inglaterra se pregunta instintivamente si ahora le toca a ella ser atacada. Así, una guerra entre Francia e Inglaterra parece ser sólo cuestión de tiempo. Por miedo a la revolución, la Europa oficial aceptó el régimen de Louis Bonaparte, pero un periódico desencadenamiento de guerras es una de las necesidades vitales de este régimen. Libra a los gabinetes del coco de la revolución sólo bajo el acuerdo expreso de que permitan ser conquistados ellos mismos por turno. Apenas llevaba Louis Bonaparte dos años en su trono usurpado, cuando la guerra rusa se hizo necesaria para que él pudiera mantenerse en el poder. No habían transcurrido aún dos años desde la conclusión de la paz con Rusia, cuando sólo la aventura italiana lo salvó de una catástrofe ignominiosa. Sus dificultades no han disminuido en absoluto con una serie de guerras cuyos resultados no fueron más que espejismo por un lado, deudas del Estado y la creciente insolencia de la guardia pretoriana por el otro, sin hablar ya de la oposición del clero, que vino a sumarse a los otros elementos de inseguridad interna ya existentes. Después de la guerra rusa transcurrió algún tiempo antes de que la aversión orleanista se atreviera a expresar su sarcasmo y la desesperación revolucionaria a arrojar bombas. La manifiesta decepción que provocó la última guerra se muestra del modo más claro en la paralización de la vida comercial francesa, en el fracaso total de la amnistía imperial, en el renovado rigor contra la prensa y en las reavivadas esperanzas de los orleanistas. Mientras la masa del pueblo francés murmura contra una guerra estéril que le ha costado los ahorros de la paz, la masa del ejército maldice una paz que, en su opinión, la ha defraudado quitándole los frutos de la guerra. Unos meses más y las dificultades que acosan a Louis Bonaparte, y de las cuales sólo una nueva guerra ofrece salida, se habrán desarrollado en toda su magnitud. Las guerras sucesivas que él se ve forzado a urdir debido a su situación se tornan, sin embargo, gradualmente cada vez más peligrosas para él y para Europa, de la cual Inglaterra puede ser considerada como el representante más poderoso. La guerra de Crimea apenas se libró en suelo europeo. La guerra en Italia sólo pudo ser localizada gracias a su repentino final. Una guerra en el Rin, y más aún una invasión de Inglaterra, asumirían desde el comienzo mismo el carácter de una guerra europea general. Pero Louis Bonaparte sólo tiene que elegir entre Prusia e Inglaterra como objetos posibles para su próximo ataque. En ambos casos, Inglaterra tomará partido, en uno como actor principal, en el otro como auxiliador. Esta última eventualidad es la más probable, pero es imposible prever qué colisiones directas entre Francia e Inglaterra puedan surgir de una guerra entre Francia y Prusia. Nos proponemos examinar en otra ocasión los preparativos militares que Inglaterra está realizando con miras al conflicto venidero.