Karl Marx/Friedrich Engels

El pánico monetario en Europa

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" núm. 5548 del 1 de febrero de 1859]

París, 13 de enero de 1859

El pánico en las bolsas europeas aún no ha amainado y, según estimaciones muy prudentes, los títulos públicos estatales han caído alrededor de 300.000.000 de dólares. Mientras los valores del Estado francés, sardo y austriaco han bajado un 5 por ciento, las acciones ferroviarias de esos mismos países bajaron entre un 15 y un 35 por ciento, y las lombardo-vénetas casi un 50 por ciento. Exceptuando Londres, hoy en día todas las bolsas europeas cuentan con la guerra. No tengo motivo para modificar mis opiniones anteriormente expresadas sobre este tema. Estoy convencido de que Louis-Napoleon no se propone realmente hacer la guerra, de que no aspira a más que a una victoria diplomática sobre Austria, unida a un buen botín para sí mismo y su séquito de aventureros en la Bolsa de París. El tono vocinglero de la prensa bonapartista y de esa venal recolectora de chismes, la “Indépendance Belge”, la fanfarronería con que se anuncian los preparativos militares, demuestran de sobra que el objetivo que se tiene en la mira no es la lucha, sino la intimidación. Incluso el corresponsal del “Times” de Londres admite ahora que se ha vuelto a permitir a los cortesanos, completamente endeudados y lacayunos —y esto en una escala más monstruosa que nunca—, desplumar a los especuladores “respetables” y a los pequeños accionistas en toda Francia, especulando a la baja en una medida hasta ahora desconocida. Se dice que sólo el conde de Morny ha ganado en este juego, hasta el 5 de enero, no menos de 2.000.000 de francos, y el monto total del dinero trasplantado de los bolsillos de la burguesía a los de los aventureros bonapartistas tiene que ascender a un múltiplo de esa suma.

Hay tres motivos que empujan a Louis-Napoleon a esforzarse por ganarse las simpatías italianas y a adoptar una actitud amenazante frente a Austria. En primer lugar está Rusia, que desde la Paz de París lo ha utilizado constantemente como una marioneta. El segundo motivo es poco conocido, ya que Napoleón y su corte hacen todo lo posible por ocultarlo a los ojos del público, aunque su existencia es un hecho probado. Desde la tentativa de atentado de Orsini, tanto antes como después de su ejecución, el emperador francés ha recibido mensajes de la más alta Venta de los carbonarios italianos. A esta sociedad secreta había pertenecido él en 1831 como miembro. Se le recordó qué juramentos había prestado al ingresar en aquella asociación, cómo los había quebrantado y cómo las leyes de la sociedad castigan a un traidor como él. Cuando Orsini todavía estaba en prisión, se previno a Louis-Napoleon de que aquellos atentados contra su vida se repetirían hasta tener éxito si lo mandaba ejecutar. Tras la ejecución de Orsini, se le notificó a Louis-Napoleon una sentencia oficial de muerte dictada contra él por la Venta. El ánimo supersticioso del afortunado aventurero quedó terriblemente afectado por esta sentencia de un tribunal secreto. Sus nervios, que veinte años de adiestramiento nocturno en la mesa de juego no habían vuelto férreos, sino tenaces y duros como el cuero, no estaban a la altura de la constante visión de la espada de Damocles. Aquella misteriosa intervención de un poder ciertamente invisible, pero conocido para él por sus experiencias de años anteriores y también más tarde por la pistola de Pianori y las bombas de Orsini, era especialmente idónea para trastornar la razón de un hombre para quien, fuera de la habitual política cotidiana al servicio del propio provecho, no existía causalidad alguna en la historia, sino tan sólo una acción misteriosa de alguna influencia fatalista, que se burla de toda investigación racional y a menudo eleva a un charlatán declarado al más alto poder. Este constante temor a ser asesinado ha contribuido notablemente a la serie de groseros errores palmarios que caracterizan los últimos doce meses de su reinado. Para escapar a su destino —pues cree en la omnipotencia de los atentadores italianos con la misma firmeza que en las palabras de las gitanas en las carreras de Epsom—, era necesario dar una prenda al poder invisible. Así, las cartas de Orsini fueron publicadas en versión falseada, para poder presentarlas como un legado sagrado para Louis-Napoleon, a fin de realizar las esperanzas de los italianos. Pero los carbonarios no se dejaron contentar tan fácilmente; han recordado una y otra vez al condenado que sigue bajo la sentencia de muerte y que tiene que hacer algo para ser indultado.

Finalmente, también la situación de Louis-Napoleon en Francia misma se ha ido volviendo cada vez más difícil en los últimos tiempos. La gran cuestión de dónde ha de salir el dinero se le presenta cada día más amenazante. No hay perspectiva de un empréstito, pues la deuda pública ha crecido tan rápidamente que no se puede ni hablar de ello. Crédit mobilier y Crédit foncier, la recaudación de millones bajo el pretexto de emplearlos en drenajes e irrigaciones, repoblación forestal y construcción de diques, todo eso ya se había hecho una vez y no podía repetirse. Pero la dificultad de la situación exige más dinero. Su propio derroche y, sobre todo, las necesidades cada día crecientes de la banda ávida de soldados, funcionarios y aventureros, cuya fidelidad ha de comprar de nuevo cada día, convierten para él la cuestión del dinero en una cuestión de vida o muerte; y, desde el punto de vista puramente pecuniario, en la mayor necesidad, una guerra con la perspectiva de empréstitos forzosos, de botín y de contribuciones de guerra de los territorios conquistados parece el único recurso que le queda. Sin embargo, no es solo la cuestión financiera; es la inseguridad general de su posición en Francia; es la conciencia de que, aunque emperador por la gracia del ejército, no puede traspasar ciertos límites en la lucha contra la opinión pública —tanto de la burguesía como de la clase obrera—; de que, por ser emperador por la gracia del ejército, tiene que obedecer su voluntad. Por todo ello, hacía mucho que para él y para el resto del mundo estaba claro que su último triunfo en el peligro extremo es una guerra, y una guerra para reconquistar la orilla izquierda del Rin. No es absolutamente necesario que tal guerra tenga que comenzar en el Rin mismo. Al contrario, dicho territorio puede conquistarse en Italia, o su conquista puede empezar en Italia, del mismo modo que la primera conquista de esas provincias se hizo posible gracias a las victorias del general Bonaparte en Lombardía.

Una guerra así es inevitablemente la última carta de Louis-Napoleon. Lo apuesta todo a ella y, como jugador experimentado, sabe muy bien lo mal que están sus posibilidades. Sabe, por callado y misterioso que intente aparecer, que el mundo entero conoce, y ha conocido desde el primer día de su toma del poder, cuál es su última carta. Sabe que, con su actitud esfíngica, ya no puede engañar a nadie sobre este punto. Sabe que ninguna potencia europea toleraría una expansión semejante del territorio francés y que la amistad de Rusia es casi tan fiable como su propio juramento. Para un hombre como él, que ha dado un desarrollo tan formidable a la divisa de Ludwig XV, “Après moi le déluge” (<“Nach mir die Sündflut”> “Después de mí, el diluvio”), y que sabe qué aspecto tendrá ese diluvio, cada hora es una ganancia positiva e inestimable, porque le permite refrenar, entretener y engañar a los jugadores que lo rodean.

Al mismo tiempo, sin embargo, el juego no está en sus manos; hay necesidades que pueden obligarlo a jugar su gran triunfo mucho antes del momento deseado por él. En Francia se lleva a cabo, desde hace al menos tres meses, un armamento de proporciones colosales. Después de licenciar a un número considerable de viejos soldados, se ha llamado a filas a todos los reclutas de 1858, concretamente 100.000 en vez de los 60.000 de otros años de paz. La actividad desplegada en todos los arsenales y talleres militares ha sido tal que todos los altos oficiales están convencidos, desde hace ya tres meses, de la preparación de una campaña seria. Nos enteramos ahora de que se han encargado a las fundiciones del Estado 75 baterías, es decir, 450 cañones del nuevo modelo de Louis-Napoleon (de a doce ligeros); que se han introducido nuevos proyectiles mejorados de fusil (inventados por el señor Nessler, sucesor oficial de Minié); que los batallones de cazadores han sido reforzados de 400 a 700 hombres y los regimientos de línea de 900 o 1.000 a 1.300 con 60.000 hombres procedentes de los depósitos (donde los reclutas se habían formado); que en Tolón se han acumulado los materiales para una campaña y se han fijado dos campamentos, cuyos emplazamientos aún no se conocen. Se pueden adivinar fácilmente los lugares de esos dos campamentos. Uno se situará cerca de Lyon o en el sur próximo a Tolón, y el otro en Metz, como ejército de observación contra Prusia y la Confederación Germánica. Todo esto ha excitado naturalmente al máximo el espíritu bélico del ejército, y se cuenta tan seguramente con una guerra que los oficiales ya no encargan ropas de paisano, convencidos de que durante largo tiempo sólo tendrán ocasión de vestir uniforme.

Mientras esto sucede en Francia, tenemos en Piamonte a un rey que, antes de Navidad, comunicó a sus generales que se mantuvieran dispuestos, pues tal vez olerían la pólvora antes de la primavera, y que ahora abre sus cámaras con un discurso tan lleno de ampulosa retórica patriótica italiana y de alusiones al mal gobierno de Austria, que o está decidido a la guerra o debe resignarse a ser declarado por el mundo entero un perfecto necio. En Lombardía, en Roma, en los ducados reina una excitación que solo puede compararse con la que precedió al estallido de 1848; la población parece desafiar a las tropas extranjeras y estar empeñada únicamente en mostrar su total desprecio a las autoridades existentes y manifestar su firme convicción de que los austriacos tendrán que abandonar Italia dentro de pocos meses. A todo esto responde Austria reforzando con mucha calma su ejército en Lombardía. Éste constaba de tres cuerpos de ejército, el 5.º, el 7.º y el 8.º, en total aproximadamente 100.000 hombres. Ahora, como informé en mi último artículo, el 3.º está en camino de unirse a este ejército. Seis regimientos de infantería (30 batallones), cuatro batallones de cazadores tiroleses, dos regimientos de caballería, seis baterías y todo el estado mayor y el tren de ingenieros del 3.er cuerpo de ejército están en camino o, según se dice, ya han llegado a Lombardía. Esto eleva la fuerza combatiente a 130.000 o 140.000 hombres que, en la posición entre el Etsch y el Mincio, estarán en condiciones de resistir al menos al doble de adversarios.

Así se acumula por doquier el material inflamable. ¿Es Luis Napoleón el hombre capaz de mantener todo esto bajo su control? No lo es; la mayor parte de ello se halla completamente fuera de su poder. Dado el caso de que se produzca un estallido en Lombardía, en Roma o en uno de los ducados, o de que el general Garibaldi emprenda una incursión en la parte inmediatamente colindante del territorio vecino y levante a la población, ¿podrán el Piamonte, podrá Luis Napoleón resistirse a ello? ¿Es posible, después de habérsele prometido casi la conquista de Italia, donde sería recibida como libertadora, ordenar ahora al ejército francés que se mantenga quieto con las armas bajadas, mientras las tropas austriacas pisotean las ardientes brasas de la insurrección italiana? Ése es el punto crucial. La marcha de los acontecimientos en Italia ya se halla fuera del control de Luis Napoleón, y la marcha de los acontecimientos en Francia puede también, en cualquier momento, sustraerse a su control.