Karl Marx

Escrito hacia el 30 de julio de 1859.

["New-York Daily Tribune" Nº 5711 del 12 de agosto de 1859, artículo de fondo]

El anuncio de Napoleón III en su "Moniteur" de que se propone reducir sus fuerzas terrestres y navales a efectivos de paz puede parecer de escaso valor si tenemos presente el hecho de que, inmediatamente antes del estallido de la guerra, el mismo potentado declaró solemnemente en el mismo "Moniteur" que sus fuerzas terrestres y navales no habían sido puestas jamás, desde 1856, en pie de guerra. Su intención de conjurar por el momento, mediante un hábil artículo en su órgano oficial, los armamentos navales y militares de Inglaterra es demasiado transparente para ser discutida. Sería, sin embargo, un gran error considerar el anuncio del "Moniteur" como un mero truco. Se ve forzado a la sinceridad; no hace sino lo que no puede dejar de hacer.

Después de la conclusión de la paz de Villafranca, Luis Napoleón se halló ante la imperiosa necesidad de reducir sus fuerzas terrestres y navales a la dimensión correspondiente a un presupuesto de paz. La aventura italiana le había costado a Francia alrededor de 200 millones de dólares y 60.000 hombres de la flor de su ejército, sin ganar con ello más que cierta gloria militar de índole harto dudosa. Responder a la decepción por una paz impopular con el mantenimiento del cobro de los impuestos de guerra sería un experimento muy peligroso. Traspasar periódicamente las fronteras de Francia y embriagar a la población descontenta con triunfos guerreros es una de las condiciones de vida del Imperio restaurado. Desempeñar el papel de salvador de Francia de una guerra general europea, después de haberla llevado al borde mismo de semejante contienda, es otra condición vital para el hombre de diciembre. Después de la interrupción de los negocios industriales y comerciales provocada por la

guerra, la paz, cualesquiera que sean sus condiciones, no solo aparece como una bendición, sino que posee además el atractivo de la novedad. El aburrimiento que, bajo el monótono reinado de los zuavos y los espías, hace que la paz se convierta en una carga, se transforma, tras el cambio de escenario provocado por la guerra, en viva alegría. El violento sentimiento de humillación que oprime el ánimo del pueblo francés cuando recuerda su sometimiento por un aventurero sin carácter, aunque no sin habilidad, se ve mitigado por el momento por el espectáculo de que naciones extranjeras y potentados extranjeros se pliegan a la misma fuerza superior, si no de facto, al menos en apariencia. La producción, fuertemente menoscabada, recibe ahora un nuevo impulso en virtud de la ley de la elasticidad; todas las transacciones comerciales bruscamente interrumpidas se reanudan con redoblado afán; la especulación, súbitamente paralizada, se eleva más alto que antes. Así, la paz que sigue a una guerra napoleónica asegura de nuevo a la dinastía un plazo de vida, para cuya conservación poco antes había sido inevitable la ruptura de la paz. Al cabo de cierto tiempo, naturalmente, los viejos fenómenos de descomposición empujarán de nuevo hacia una nueva guerra. El antagonismo fundamental entre la sociedad burguesa y el coup d'état resurgirá de nuevo; y tan pronto como el conflicto interno alcance otra vez cierto grado de intensidad, habrá que recurrir a un nuevo interludio guerrero como única válvula de seguridad utilizable. Es evidente que las condiciones bajo las cuales el "salvador de la sociedad" tiene que salvarse a sí mismo se tornan paulatinamente cada vez más peligrosas. La aventura en Italia fue con mucho más peligrosa que la de Crimea. Comparada con la aventura en el Rin o con la aún más remota aventura de la invasión de Inglaterra, ambas sin duda acariciadas en espíritu por Napoleón III y apasionadamente esperadas por los más temerarios de sus súbditos, esta guerra de Italia puede parecer un mero juego de niños.

Sin embargo, pasará algún tiempo antes de que estas nuevas empresas se pongan en obra. Entre la guerra de Crimea y la guerra de Italia hubo una pausa de cuatro años; pero es improbable que vuelva a producirse una tregua tan larga mientras Luis Napoleón viva y reine. La coerción inevitable mediante la cual mantiene su poder repercutirá sobre él a intervalos cada vez más cortos. Las exigencias del ejército y, sobre todo, la humillación que impone al pueblo lo forzarán a dar el próximo paso más rápidamente que la última vez. La guerra es la condición bajo la cual se mantiene en el trono, pero —puesto que en último término no es más que una imitación de Bonaparte— será siempre una guerra infructuosa que, urdida bajo falsos pretextos, devora sangre y dinero y no reporta utilidad alguna a sus súbditos. Así fue la guerra de Crimea, así la que acaba de terminar. Solo bajo tales condiciones puede Francia gozar del privilegio de ser dominada por este hombre. Tiene, por así decirlo, que representar una y otra vez las jornadas de diciembre, con la única diferencia de que el escenario de la carnicería se traslada de los bulevares parisinos a las llanuras de Lombardía o a la península de Crimea, y de que los miserables descendientes de la gran Revolución no tienen que asesinar a sus propios compatriotas, sino a pueblos extranjeros.