[La cuestión de la unificación de Italia]

Escrito hacia el 5 de enero de 1859.  
[“New-York Daily Tribune”, núm. 5541, del 24 de enero de 1859, artículo de fondo]

Como el muchacho con sus gritos de que venía el lobo, los italianos han afirmado con tanta frecuencia que «Italia está en efervescencia y en vísperas de la revolución», y las cabezas coronadas de Europa han charlado tantas veces de la «solución de la cuestión italiana», que no sería asombroso que la aparición real del lobo pasara inadvertida, ¡si una verdadera revolución y una guerra europea general estallaran y nos encontraran desprevenidos! Europa presenta en 1859 un aspecto decididamente bélico, y si las hostilidades, los preparativos evidentes de Francia y del Piamonte para una guerra con Austria se desvanecieran en la nada, no es improbable que el odio ardiente de los italianos contra sus opresores, unido a sus sufrimientos en constante aumento, se desahogue en una revolución general. Nos limitamos a decir: no improbable..., pues, si una esperanza que tarda mucho en cumplirse atormenta el corazón, una predicción que tarda mucho en cumplirse vuelve escéptico el entendimiento. Pero si hemos de dar crédito a los informes de los periódicos ingleses, italianos y franceses, la constitución moral de Nápoles es un facsímil <una copia fiel> de su estructura física, y una corriente de lava revolucionaria no causaría más asombro que una nueva erupción del viejo Vesubio. Los corresponsales desde los Estados Pontificios informan muy detalladamente sobre las crecientes extralimitaciones del dominio clerical y la convicción profundamente arraigada de la población romana de que una reforma o mejora es impensable y que sólo el derrocamiento total de dicho gobierno es el único remedio, que este remedio se habría aplicado hace mucho tiempo si no estuvieran presentes tropas suizas, francesas y austriacas, y que, a pesar de estos obstáculos considerables, una tentativa de esta índole podría emprenderse en cualquier día y a cualquier hora.

Las noticias de Venecia y Lombardía son más precisas y nos recuerdan con insistencia los síntomas que caracterizaron a estas provincias a finales de 1847 y comienzos de 1848. El tabaco austriaco y los productos austriacos no se compran en parte alguna; igualmente generales son las proclamas a la población para que se abstenga de los lugares de diversión públicos. Estas bien calculadas pruebas de odio contra el archiduque <Fernando Maximiliano José> y todos los funcionarios austriacos llegaron a tal punto que el príncipe Alfonso Parcia, un noble italiano adicto a la casa de Habsburgo, no se atrevió a descubrirse en plena calle al encontrarse con la archiduquesa <Carlota>, y el castigo por su mala conducta —en forma de una orden del archiduque para que el príncipe abandonara inmediatamente Milán— actuó sobre su clase como un acicate para sumarse al grito popular: ¡fuori i Tedeschi! <¡fuera los alemanes!>. Si a estas manifestaciones silenciosas del sentimiento popular añadimos las disputas diarias entre el pueblo y la soldadesca, provocadas siempre por aquél, la revuelta de los estudiantes de Pavía y la consiguiente clausura de la universidad, nos encontramos ante una nueva edición del preludio de las Cinco Jornadas de Milán de 1848.

Pero, aunque creemos que Italia no puede permanecer eternamente en su estado actual, ya que hasta la calle más larga ha de tener un recodo, y aunque sabemos que en toda la península se está llevando a cabo una eficaz organización, no podemos decir si estas manifestaciones representan exclusivamente la efervescencia espontánea de la voluntad popular o si han sido alentadas por los agentes de Luis Napoleón y de su aliado, el conde Cavour. A juzgar por las apariencias, el Piamonte se propone atacar a Austria en primavera, con el apoyo de Francia y tal vez de Rusia. Por el recibimiento que el emperador dispensó al enviado austriaco en París, parece no albergar sentimientos amistosos hacia el gobierno representado por el señor Hübner. No es descabellado suponer, dada la concentración de una fuerza militar tan poderosa en Argelia, que las hostilidades contra Austria comenzarían con un ataque a sus provincias italianas. Los preparativos bélicos del Piamonte, las noticias que rayan en declaraciones de guerra a Austria y que la prensa piamontesa oficial y oficiosa difunde a diario, nos confirman en la conjetura de que el rey se valdrá del primer pretexto para cruzar el Tesino. Además, la noticia de que Garibaldi, el héroe de Montevideo y de Roma, ha sido llamado a Turín, es confirmada por fuentes privadas y fidedignas. Cavour tuvo una entrevista con Garibaldi, le informó de que pronto era de esperar una guerra y le dio a entender que sería prudente reclutar y organizar voluntarios. Austria, una de las principales partes interesadas, da la clara prueba de que da crédito a los rumores. Refuerza por todos los medios una fuerza de 120.000 hombres concentrada en sus provincias italianas, y acaba de enviar a toda prisa un refuerzo de 30.000 hombres. Las obras de defensa de Venecia, Trieste, etc., están siendo ampliadas y reforzadas, y en todas las demás provincias austriacas se convoca a los terratenientes y criadores de caballos a que presenten sus animales, pues se necesitan caballos de montar para la caballería y los zapadores. Mientras que, por un lado, Austria no descuida ninguna preparación para la resistencia, a la «prudente manera austriaca» se toman también disposiciones para el caso de una derrota. De Prusia, el Piamonte de Alemania, cuyos intereses son diametralmente opuestos a los suyos, puede esperar, en el mejor de los casos, neutralidad. La misión del enviado austriaco, el barón Seebach, de obtener perspectivas de apoyo por parte de San Petersburgo para el caso de un ataque, parece haber fracasado por completo. Los planes del zar concuerdan en más de un punto, y no en menor medida en la cuestión del espacio mediterráneo, donde también él ha echado anclas, demasiado con los de su antiguo adversario y ahora firme aliado en París como para que pudiera permitirse defender a la «agradecida» Austria. La bien conocida simpatía del pueblo inglés por los italianos y el odio de éstos contra el giogo tedesco <yugo alemán> hace muy dudoso que ningún ministerio británico pueda atreverse a apoyar a Austria, por mucho que todos ellos quisieran hacerlo. Además, Austria, junto con muchos otros, alberga la fundada sospecha de que el presunto «vengador de Waterloo» <Napoleón III> no ha perdido de vista en modo alguno su deseo de humillar a la «pérfida Albión», que, si bien no querría arriesgarse a desafiar al león en su guarida, no retrocederá ante la idea de hacerle frente en Oriente y, junto con Rusia, atacar el Imperio Turco (a pesar de sus juramentos de dejarlo intacto) y poner así en acción a la mitad de las fuerzas británicas en el campo de batalla oriental, mientras desde Cherburgo mantiene a la otra mitad en forzada inactividad, por tener que proteger las costas británicas. Por ello, Austria tiene el desagradable sentimiento de que, en caso de guerra real, sólo puede contar consigo misma. Uno de sus muchos medios para sufrir el menor daño posible en caso de derrota es notable por su astuta desfachatez. Los cuarteles, palacios, arsenales y otros edificios públicos en toda la Lombardía veneciana, cuya construcción y mantenimiento han abrumado a los italianos con excesivos impuestos, son considerados, sin embargo, por Austria como propiedad suya. En este momento, el gobierno obliga a los diversos municipios a comprar todos estos edificios a precios fantásticos. La razón aducida es que se propone, en el futuro, arrendar los edificios en lugar de poseerlos. Si los municipios verán alguna vez un centavo del arriendo, incluso en el caso de que Austria conserve el poder, es dudoso en el mejor de los casos. Pero si Austria fuera expulsada de la totalidad o de una parte de su territorio italiano, se felicitará por su astuto plan, porque habrá convertido en dinero contante y sonante una gran parte de su tesoro perdido, que se puede llevar fácilmente consigo. Se afirma además que Austria está realizando los mayores esfuerzos para infundir su propia resolución de ofrecer la máxima resistencia a todas las tentativas del pueblo o de las cabezas coronadas de alterar el estado de cosas existente en Italia, al Papa, al Rey de Nápoles y a los duques de Toscana, Parma y Módena. Pero nadie sabe mejor que la propia Austria cuán infructuosos serían los mejores esfuerzos de estos pobres instrumentos para resistir la marea de una insurrección popular o de una intervención extranjera.

Aunque una guerra con Austria es el ardiente deseo de todo corazón italiano honrado, no dudamos de que la gran mayoría de los italianos considera las perspectivas de una guerra iniciada por Francia y el Piamonte, en cuanto a sus resultados, por lo menos dudosas. Aunque nadie supone seriamente que el asesino de Roma pueda transformarse en el salvador de Lombardía por un procedimiento que esté al alcance de lo humanamente posible, una pequeña camarilla favorece los planes de Luis Napoleón de colocar a Murat en el trono de Nápoles, cree en sus seguridades de que expulsará al Papa de Italia o limitará su poder a la ciudad y a la Campaña romana, y de que ayudará al Piamonte a anexionarse todo el norte de Italia. Luego hay un partido, pequeño pero honrado, que se figura que Víctor Manuel está tan deslumbrado por la idea de una corona italiana como lo habría estado su padre <Carlos Alberto>. Está convencido de que espera ávidamente la primera oportunidad para desenvainar la espada y conquistar esa corona, y de que el rey, con ese único objetivo ante los ojos, se servirá de la ayuda de Francia o de cualquier otra ayuda para obtener el codiciado tesoro. Un grupo bastante más numeroso, que cuenta con partidarios en todas las provincias oprimidas de Italia, especialmente en Lombardía y entre la emigración lombarda, y que no profesa una confianza particular al rey piamontés ni a la monarquía piamontesa, dice sin embargo: «Sean cuales sean los objetivos del Piamonte, tiene un ejército de 100.000 hombres, una flota, arsenales y tesoros; que arroje el guante a Austria y nosotros lo seguiremos al campo de batalla; si es leal, recibirá su recompensa; si no cumple su misión, la nación será bastante fuerte para proseguir la lucha una vez comenzada y conducirla a la victoria.»

El partido nacional italiano, por el contrario, denuncia el desencadenamiento de una guerra de independencia italiana bajo los auspicios de Francia y el Piamonte como una desgracia nacional. Para él, como a menudo se supone erróneamente, la cuestión no consiste en si Italia, una vez liberada de los extranjeros, será unificada bajo una forma de gobierno republicana o monárquica, sino en que los medios propuestos no son idóneos para ganar Italia para los italianos, y en que, en el mejor de los casos, solo se cambiará un yugo extranjero por otro igualmente opresivo. Cree que el hombre del 2 de diciembre jamás hará la guerra, a no ser que la creciente impaciencia de su ejército o el semblante amenazador del pueblo francés le obliguen a ello; que, forzado de este modo a la guerra, hará de Italia el teatro de la guerra con el objetivo de realizar el plan de su tío <Napoleón I> —hacer del Mediterráneo un «lago francés»—, colocando a Murat en el trono de Nápoles; que tratará de consumar su venganza, iniciada en Crimea, por los tratados de 1815, dictando condiciones a Austria, que entonces fue una de las partes que dictaron a Francia condiciones sumamente humillantes para la familia Bonaparte. Ve en el Piamonte un mero instrumento de Francia; está convencido de que Napoleón III, una vez alcanzados sus propios objetivos, no se atreverá a apoyar a Italia en la consecución de la libertad que él mismo niega a Francia, y de que concertará una paz con Austria y sofocará todos los esfuerzos de los italianos por continuar la guerra. Si Austria mantiene su territorio, el Piamonte tendría que contentarse con añadir los ducados de Parma y Módena a su actual territorio. Pero si Austria es derrotada en la lucha, la paz se concertaría a orillas del Adigio y toda Venecia y una parte de Lombardía quedarían en manos de los odiados austríacos. Esta paz a orillas del Adigio, afirma, ya ha sido acordada tácitamente entre el Piamonte y Francia. Tan seguro como este partido prevé la victoria del pueblo en caso de una guerra nacional contra Austria, tan firme es su convicción de que, si esta guerra se emprende con Napoleón como inspirador y el rey de Cerdeña como dictador, los italianos se verán incapaces de dar un paso contra los jefes por ellos mismos aceptados y de impedir de algún modo las intrigas diplomáticas, capitulaciones, tratados y la forja renovada de sus cadenas que de ello resulten. Remite a la conducta del Piamonte frente a Venecia y Milán en 1848 y en Novara en 1849, e insta a sus compatriotas a sacar enseñanzas de la amarga experiencia que han tenido con su funesta confianza en los príncipes. Todos sus esfuerzos se encaminan a completar la organización de la península, a llevar al pueblo a unirse en su elevada aspiración y a no comenzar la lucha hasta que se sienta capaz de dirigir el gran levantamiento nacional que destrone al Papa, a Bomba <Pío IX, Fernando II> & Co. y ponga en sus manos los ejércitos, las flotas y el material de guerra de las provincias correspondientes para aniquilar al enemigo extranjero. Como consideran al ejército piamontés y a la población como ardientes defensores de la libertad italiana, los partidarios del partido nacional creen que el rey del Piamonte, si así lo desea, tendrá de este modo sobrada oportunidad de promover la libertad y la independencia de Italia. Si resultase ser reaccionario, saben que el ejército y el pueblo defenderán los intereses nacionales; si justifica la confianza depositada en él por sus partidarios, los italianos no escatimarán pruebas palpables de su gratitud. En cualquier caso, el pueblo estará en condiciones de determinar su propio destino, y como el partido nacional siente que una revolución triunfante en Italia será la señal para una lucha general de las nacionalidades oprimidas por su liberación de sus opresores, no teme ninguna injerencia de Francia, pues Napoleón III tendrá demasiado que hacer en su propio país para poder inmiscuirse en los asuntos de otras naciones, ni siquiera en favor de sus propios ambiciosos objetivos. A chi tocca-tocca? <Wer beginnt?> – como dicen los italianos. No queremos tratar de predecir si serán los revolucionarios o los ejércitos regulares quienes aparezcan primero en el campo. Parece bastante seguro que una guerra, comenzada en cualquier parte de Europa, no terminará allí donde comenzó, y si esta guerra es realmente inevitable, nuestro sincero y cordial deseo es que traiga un arreglo verdadero y justo de la cuestión italiana y de otras diversas cuestiones que, en tanto no estén resueltas, seguirán perturbando de cuando en cuando la paz en Europa, obstaculizando así el progreso y la prosperidad de todo el mundo civilizado.