Karl Marx

Die Erfurterei im Jahre 1859

[„Das Volk” n. 10, 9 de julio de 1859]

La reacción ejecuta el programa de la revolución. Sobre esta aparente contradicción descansa la fuerza del napoleonismo, que aún hoy se considera mandatario de la Revolución de 1789; el éxito de la política de Schwarzenberg en Austria, que resumió la confusa obsesión unitaria de 1848 en una clara y positiva concentración, y el fantasma de la reforma parlamentaria de la Confederación, que ahora recorre la Alemania Menor por iniciativa prusiana y ejecuta, sobre las tumbas de la revolución del 48, una burlesca danza de espectros con los ciudadanos Jacobus Venedey y Zais. Ciertamente, en manos de la reacción, este programa de la revolución se convierte en sátira de los empeños revolucionarios correspondientes y, con ello, en el arma más mortífera en manos de un enemigo implacable. La reacción satisface precisamente las exigencias de la revolución, como Luis Bonaparte satisface las del partido nacional italiano. Lo tragicómico de este proceso es que los pobres pecadores a los que van a colgar con sus propias frases y estupideces gritan ¡Bravo! con todas sus fuerzas, mientras el ejecutor les pone la soga al cuello, y aplauden con delirante entusiasmo su propia ejecución.

Así como en 1848 las conocidas «exigencias de marzo», formuladas por el partido que entonces se llamaba «revolucionario» y difundidas mediante una organización muy hábil, hicieron su ronda de parlamento regional en parlamento regional, de tumulto en tumulto, ahora celebra su marcha triunfal en el centro y el sur de Alemania una
„Erklärung“
[declaración]
que parece ser el mot d’ordre <consigna> de la regencia para el «movimiento popular» deseado con vistas a la mediación armada. Este programa de la regencia,

que lleva el muy característico nombre de
„Declaración de Nassau“,
puesto que fue adoptado por primera vez, con el concurso de nuestro viejo amigo el señor Zais, por los padres de la patria nassauenses, proclama:

«No se debe dejar sola a Austria en la actual guerra, ya que ésta amenaza eventualmente los intereses alemanes. En cambio, es deber de Alemania» (Beruf – diría el señor von Schleinitz) «exigir de Austria reformas, en particular también la concesión en Italia de un estado de cosas que responda a las exigencias fundadas de la época. La dirección militar y política de la lucha inminente debe transferirse a Prusia. Mas con esta dirección no queda aún (!) satisfecha la duradera necesidad de un gobierno federal vigoroso; no se puede seguir escamoteando al pueblo alemán una
reorganización del poder central alemán
, por un lado, así como el
establecimiento
de una constitución, por el otro, que encuentre su remate» (Spitze – solía expresarse el señor von Gagern) «en una
representación popular
alemana.»

Esta declaración de Nassau, llamada también «Kundgebung» [pronunciamiento], ha sido ya adoptada – firmada en armoniosa confusión – por los notables constitucionales y democráticos de Darmstadt, Fráncfort y Wurtemberg (en esta última, por Reyscher, Schott, Vischer, Duvernoy, Ziegler, etc.), y es predicada por la prensa «liberal» del suroeste de Alemania, de Franconia y de Turingia como el evangelio milagroso que ha de salvar a Alemania, extirpar de raíz el Imperio corso, devolver al señor Venedey sus dietas y fundar para el ciudadano Zais su significación política.

¡He ahí el quid del asunto! Mediante un truco tan mezquino, que especula con la completa simpleza de pequeños burgueses imperiales que han vuelto a la infancia, ¡la prusiana vocación [Beruf] piensa escamotear a la Dieta de la Confederación los laureles de Bronzell, tan caballerosamente combatidos y tan caramente pagados! Hemos de confesar que sentimos muy poco respeto ante una vocación que, en vez de abofetear abiertamente a los señores de la Eschenheimer Gasse, como tanto se quisiera y no se atreve, los insulta arrojándoles desde segura distancia a los señores Schott, Zais y Reyscher. Si la sabiduría de Estado berlinesa no conoce otro medio para «salvar a Alemania» que la compra

de segunda mano <de lance> de los legados del difunto señor von Radowitz y de sus nada añorados de Gotha, entonces bien puede hacer la paz bajo cualquier condición y someterse sin resistencia a la dictadura franco‑rusa, pues no tiene la menor noción de la gravedad de la lucha inaugurada por la campaña italiana de libertad.

Pero que todavía haya notabilidades patrióticas que encuentren en una «declaración de Nassau» expresión suficiente de su indigencia y que vivan en la cómoda convicción de que con una mala copia del parlamentarismo de la Asamblea Imperial del 48 se puede provocar un movimiento popular lo bastante fuerte para emprender la lucha contra el despotismo unido de Rusia y de Francia, demuestra únicamente cuánta razón tenía H. Heine al decir que «la verdadera locura es tan rara como la verdadera sabiduría». Pues la locura de los declarantes de Nassau es por completo falsa, mentirosa y cobarde; una máscara de arlequín que estos señores se ponen para darse el aire de alienados irresponsables, porque se avergüenzan ellos mismos de su lamentable desamparo y falta de iniciativa, y creen eludir la responsabilidad apelando a la conmiseración pública como pícaros.

«Poder central nuevamente configurado» con representación popular: ¡un arma espléndida contra el bonapartismo, que se ha vuelto demente, y contra el zarismo, empujado a la desesperación y que en suelo alemán tiene que combatir por una existencia amenazada en su propio interior! Yo diría que en 1848 y 1849 tuvimos bastante de ambas cosas para haber llegado a la convicción de que está muerto todo movimiento popular que pierde su fuerza revolucionaria en una representación popular constituyente.