Friedrich Engels

["Das Volk" Nr. 8, 25 de junio de 1859]

Los frutos de una victoria se recogen en la persecución del enemigo. Cuanto más activa la persecución, más decisiva la victoria. Los prisioneros, la artillería, el bagaje y las banderas no se toman tanto en la batalla misma como en la persecución posterior a la batalla. Por otra parte, la intensidad de una victoria se mide por la energía de la persecución. Desde este punto de vista, ¿qué decir de la "grande victoire" <"gran victoria"> de Magenta? Al día siguiente encontramos a los libertadores franceses "descansando y reorganizándose". Ni el más mínimo intento de persecución. Con la marcha a Magenta el ejército aliado había concentrado efectivamente todas sus fuerzas. Los austriacos, por el contrario, tenían una parte de sus tropas en Abbiategrasso, otra en el camino a Milán, otra en Binasco y, por último, otra en Belgiojoso: un montón de columnas, tan dispersas, arrastrándose de manera tan inconexa, como si se tratara de una invitación al enemigo para caer sobre ellas, para dispersarlas en todas direcciones mediante un esfuerzo, y luego dejar que se capturen tranquilamente brigadas y regimientos enteros que hubieran quedado aislados de su línea de retirada. Napoleón, el auténtico Napoleón, en semejante caso habría sabido emplear las 15 o 16 brigadas que, según el informe oficial francés, el día anterior no tomaron parte en la batalla. ¿Qué hizo el napoleón de pacotilla <el napoleón de imitación>, el Napoleón del señor Vogt, del Cirque olympique, de St. James Street y del Astley's Amphitheatre? Cenó en el campo de batalla.

El camino directo a Milán estaba abierto para él. El efecto escénico estaba asegurado. Naturalmente, eso le bastaba. Los días 5, 6 y 7 de junio, tres días enteros, fueron regalados a los austriacos para que pudieran salir de sus posiciones peligrosas. Marcharon hacia abajo por el Po y se retiraron a lo largo de la orilla septentrional de este río en dirección a Cremona, avanzando por tres caminos paralelos. En el punto más al norte de esas vías, el general Benedek cubría la retirada con tres divisiones, moviéndose por el itinerario más próximo a la línea de marcha del enemigo. Desde Abbiategrasso, donde se encontraba el día 6, marchó por Binasco hacia Melegnano. En esta última ciudad dejó dos brigadas para mantener la posición hasta que el bagaje y el tren de la columna central hubiesen ganado suficiente ventaja. El 8 de junio, el mariscal Baraguay d'Hilliers recibió la orden de expulsar a esas dos brigadas, y para ir sobre seguro se puso además bajo su mando el cuerpo de Mac-Mahon. ¡Diez brigadas contra dos! Cerca del Lambro se destacó el cuerpo de Mac-Mahon para cortar la retirada de los austriacos, mientras las 3 divisiones de Baraguay atacaban Melegnano; dos brigadas atacaron la ciudad de frente, dos la rodearon por la derecha y dos por la izquierda. Solamente una brigada austriaca, la de Roden, se encontraba en Melegnano, y la brigada del general Boér estaba en el otro lado, el oriental, del río Lambro. Los franceses atacaron con gran violencia, y su superioridad numérica seis veces mayor obligó al general Roden, tras tenaz resistencia, a abandonar la ciudad y retirarse bajo la protección de la brigada de Boér. Ésta, en efecto, había tomado a tal fin una posición a retaguardia. Una vez cumplido su objetivo, se retiró también en perfecto orden. Boér cayó en esta ocasión. La pérdida de la única brigada austriaca principalmente empeñada fue indudablemente considerable, pero las cifras indicadas por los crapauds decembristas <sapos> (aproximadamente 2.400) son puramente fantásticas, ya que la fuerza total de la brigada antes de la acción no superaba los 5.000 hombres. La victoria francesa fue otra vez infructuosa. ¡Ningún trofeo, ni un solo cañón!

Entre tanto, el día 6 de junio Pavía había sido evacuada por los austriacos, luego, por razones desconocidas, reocupada el día 8, para ser evacuada de nuevo el 9, mientras Piacenza fue abandonada el 10, sólo seis días después de la batalla de Magenta. Los austriacos se retiraron en cómodas marchas, siguiendo el Po, hasta llegar al Chiese. Allí giraron hacia el norte y marcharon a Lonato, Castiglione y Castelgoffredo, donde ocuparon una posición defensiva, en la cual parecen aguardar un nuevo ataque de los "libertadores".

Durante esta marcha de los austriacos, primero hacia el sur desde Magenta hacia Belgiojoso, luego hacia el este en dirección a Piadena y de nuevo hacia el norte hasta Castiglione —describiendo un semicírculo completo—, los libertadores marcharon sobre el diámetro de ese semicírculo en línea recta, y por consiguiente sólo tuvieron que recorrer un tercio de la distancia. Sin embargo, jamás alcanzaron a los austriacos, salvo en Melegnano y una vez cerca de Castenedolo, donde Garibaldi libró una insignificante escaramuza. Semejante indolencia en la persecución no tiene parangón en la historia de la guerra. Es característica del Quasimodo que disfraza a su tío (su tío según el principio del Code Napoleón: "La recherche de la paternité est interdite" <"La investigación de la paternidad está prohibida">), disfraza incluso sus propios éxitos.

En el momento mismo en que el grueso de los austriacos entraba en sus posiciones detrás del Chiese, entre el 18 y el 20 de junio, la vanguardia de los aliados llegaba al frente del Chiese. Necesitan uno o varios días para hacer avanzar a sus fuerzas principales. Por consiguiente, si los austriacos aceptan realmente la batalla, cabe esperar un segundo choque general el 24 o el 26 de junio. Los libertadores no pueden demorarse mucho frente a los austriacos si quieren mantener el impulso de la victoria entre sus tropas y no dar al enemigo la oportunidad de batirlos en encuentros menores. La posición de los austriacos es muy favorable. Desde la extremidad meridional del lago de Garda, junto a Lonato, se extiende una meseta hacia el Mincio, cuyo contorno hacia la llanura lombarda está formado por la línea Lonato–Castiglione–San Cassiano–Cavriana–Volta, posición excelente para esperar a un enemigo. La meseta se eleva gradualmente hacia el lago y ofrece varias buenas posiciones sucesivas, cada una de las cuales supera a la anterior en fuerza y concentración, de modo que la conquista de la cima de la meseta no proporciona la victoria, sino que sólo concluye el primer acto de una batalla. El ala derecha está cubierta por el lago; el ala izquierda está sensiblemente replegada hacia atrás, de forma que deja casi diez millas de la línea del Mincio sin protección. Lejos de ser una desventaja, éste es el lado más favorable de la posición, porque en el Mincio comienza el terreno pantanoso encerrado entre las cuatro fortalezas de Verona, Peschiera, Mantua y Legnago, en el cual un enemigo sin extraordinaria superioridad numérica no puede aventurarse. Dado que la línea del Mincio está dominada en su extremo meridional por Mantua y el terreno más allá del Mincio pertenece a los círculos de acción de Mantua y Verona, toda tentativa de ignorar a los austriacos en la meseta y marchar, pasando de largo, directamente hacia el Mincio se vería rápidamente paralizada. El ejército que avanzara vería aniquiladas sus líneas de comunicación sin poder amenazar las de los austriacos. Además, más allá del Mincio (puesto que en tales circunstancias no se podría hablar de asedio) no encontraría nada que atacar y, por falta de objeto de ataque, tendría que dar media vuelta. El verdadero peligro de semejante movimiento residiría, sin embargo, en que tendría que efectuarse bajo los ojos de los austriacos que están en la meseta. Éstos no tendrían más que poner en movimiento toda su línea y caer sobre la columna enemiga, de Volta sobre Goito, de Cavriana sobre Cuidizzolo y Ceresara, de Castiglione sobre Castelgoffredo y Montechiaro. Una batalla de este tipo sería librada por los libertadores en condiciones terriblemente desfavorables y podría terminar en un segundo Austerlitz, sólo que con los papeles invertidos.

Gyulay, el de Magenta, ha sido destituido. En su lugar asume como comandante del segundo ejército Schlick, mientras que Wimpffen permanece al frente del primer ejército. Ambos ejércitos, concentrados cerca de Lonato y Castiglione, forman juntos el ejército austro-italiano bajo el mando nominal de Francisco José y con Heß como jefe del estado mayor. Schlick, a juzgar por sus antecedentes en la guerra húngara, parece un general mediano y eficaz; Heß es indiscutiblemente el mayor estratega vivo. El peligro reside en la intromisión personal del célebre Francisco José. Se ha rodeado, como Alejandro I durante la invasión de Napoleón a Rusia, de una banda mixta de viejos bigotudos filisteos, sabelotodos, algunos de los cuales tal vez reciben paga directamente de Rusia. Desde la meseta, si el ejército francés dejara quietos a los austriacos y marchara directamente hacia el Mincio, sería contemplado regimiento por regimiento con una claridad imponente. La impresión sensible de ver al enemigo por el camino más corto hacia la línea de retirada podría fácilmente confundir una cabeza como la de Francisco José <desconcertar; del inglés bewilder>. Las intromisiones de sabelotodos con charreteras y aires de gruñón podrían disculpar su debilidad nerviosa e inducirle a abandonar la excelente posición elegida y a retirarse entre las fortalezas. Con muchachos tontos a la cabeza de un imperio, todo depende de su termómetro nervioso. Los planes mejor meditados son juguete de impresiones subjetivas, de accidentes, de caprichos. Con Francisco José en el cuartel general de los austriacos no hay apenas otra garantía de victoria que el Quasimodo del campo enemigo. Pero éste, al menos, ha curtido sus nervios en St. James Street, entre los jugadores profesionales, y aunque no es un hombre de hierro, como quieren sus admiradores, sí lo es de gutapercha.