Karl Marx LA NUEVA GUERRA CHINAª I Londres, 13 de setiembre de 1859.

En momentos en que Inglaterra era generalmente felicitada por haber arrancado por la fuerza a los chinos el tratado de Tientsin b , traté de demostrar que, como Rusia era en rigor la única potencia que se beneficiaba con la piratesca guerra anglo-china, las ventajas comerciales que obtenía Inglaterra del tratado eran más bien engañosas, mientras que del punto de vista político dicho tratado, lejos de asegurar la paz, hacía, por el contrario, inevitable la reanudación de la guerra. La marcha de los acontecimientos ha confirmado plenamente esta predicción. El tratado de Tientsin se ha convertido en cosa del pasado, y la semblanza de paz se ha desvanecido ante la dura realidad de la guerra44. Permítasem , exponer primero los hechos tal como fueron comu• nicados por el último correo terrestre. El bonorab e Mr. Bruce, acompañado por M. de Bourboulon, plenipotenciario francés, partieron con una expedición británica destinada a remontar el río Peiho y a acompañar a los dos embajadores en su misión a Pekín. La expedición, a las órdenes del almirante Hope, estaba compuesta de siete vapores, diez cañoneras, dos trasportes de tropas y provisiones, y varios cientos de soldados de marina y zapadores. Los chinos, por su parte, se habían opuesto a que la misión siguiera esa ruta. Por consiguiente, el almirante Hope ª Se hace referencia a la guerra emprendida por Inglaterra y Francia contra China en 1859-60. Terminó con la victoria de los intervencionistas y con la firma de un tratado de paz, por el cual el gobierno chino se comprometía a pagar una indemnización a los triunfadores, abrir Tientsin a los comerciantes extranjeros y permitir la exportación de coolíes de China,· b Tratado de Tientsin: véase nota 34. halló la embocadura del Peiho obstruida por cadenas y estacas, y después de permanecer nueve días, del 17 al 25 de junio, en la boca del río, intentó forzar la entrada. Los plenipotenciarios se habían incorporado a la escuadra el 20 de junio. Cuando llegó al Peiho, el almirante Hope se cercioró de que los fuertes de Taku, arrasados durante la última guerra, habían sido reconstruidos, hecho que, para decirlo en passant, debía haber conocido, puesto que fue oficialmente anunciado en la Peking Gazette. El 25 de junio, mientras los ingleses intentaban forzar el paso del Peiho, las baterías de Taku, defendidas por una fuerza mogola de aparentemente 20.000 hombres, se descubrieron y abrieron un fuego destructor sobre los barcos británicos. Tuvo lugar un encuentro en tierra y agua, que terminó con la derrota total de los agresores. La expedición se vio obligada a retirarse luego de haber perdido tres barcos de guerra ingleses, el Cormorant, el Lee y el Plover, y con una baja de 464 muertos y heridos por parte de los ingleses, mientras que de los 60 franceses presentes, 14 resultaron muertos y heridos. Murieron cinco oficiales ingleses y 23 fueron heridos, y ni siquiera el propio almirante resultó ileso. Después de esta derrota Mr. Bruce y M. de Bourboulon regresaron a Shanghai, mientras la escuadra británica tuvo que anclar frente a Chinhae, en Ningpo. Al recibirse en Inglaterra estas desagradables noticias, la prensa palmerstoniana montó en el acto sobre el león británico y rugió al unísono, reclamando venganza total. The London Times, por supuesto, aparentó cierta dignidad en sus llamamientos a los instintos sanguinar-ios de sus compatriotas; pero los órganos de prensa palmerstonianos de segunda clase estuvieron completamente grotescos en su papel de Orlando furioso. Veamos, por ejemplo, lo que dijo The London Daily Telegraphª: ' "Gran Bretaña debe atacar al litoril de China en toda su extensión, invadir la capital, expulsar al emperador de su palacio y recibir alguna garantía material contra una futura agresión [ ... ]. Debemos azotar con el gato de nueve colas a todo funcionario que ostente el emblema del dragón que se atreva a tratar a nuestros símbolos nacionales con contumelia [ ... ]. Todos ellos [los generaª Daily Telegraph: diario liberal inglés; conservador desde la década del 80 del siglo pasado; con ese título se editó en Londres desde 1855 hasta 1937, año en que se fusionó con Morning Post. Desde entonces se llama Daily Telegraph and Morning Post. les chinos] deben ser colgados, como piratas y como asesinos, en el penol de la verga de un buque de guerra inglés. Será un espectáculo alentador y saludable el que una docena de villanos adornados de botones, con aspecto de ogros e indumentaria de bufones, se balancean ante los ojos de la población. Hay que desatar el terror, de una u otra forma; y ya hemos tenido más que suficiente indulgencia [ ... ]. Es preciso enseñar a· los chinos a respetar a los ingleses, que •son sus superiores y deberían ser sus amos [ ... ]. Lo menos que puede intentarse es capturar a Pekín; en tanto que, si se adopta una política audaz, seguirá la confiscación de Cantón a perpetuidad. Podríamos conservar a Cantón como retuvimos a Calcuta, y convertirla en el centro de nuestro comercio con el Extremo Oriente, compensarnos de la influencia de Rusia en las fronteras tártaras del Imperio y establecer las bases para un nuevo dominio". Ahora, después de estos desvaríos de los plumíferos de Palmerston, permítaseme volver a los hechos y, en la medida que me sea posible con la magra información actual, tratar de aclarar el verdadero sentido del embarazoso acontecimiento. El primer interrogante que exige respuesta es: suponiendo que el tratado de Tientsín especifique el derecho de acceso inmediato del embajador británico a Pekín, ¿cometió el gobierno chino una infracción a ese tratado, que se le arrancó con una guerra de piratas, al resistir el avance violento de la escuadra británica por el río Peiho'? Como se verá por las noticias comunicadas por el correo terrestre, las autoridades chinas se opusieron, no a la misión británica a Pekín, sino al ant)amento británico que remontaba el Peiho. Propusieron que Mr. Bruce viajara por tierra, sin la escolta de un armamento que, todavía fresco el recuerdo del bombardeo de Cantón, los chinos no podían dejar de considerar como un instrumento de invasión. ¿Acaso el derecho del embajador francés a residir en Londres implica el der~cho a forzar el Támesis al frente de una expedición franéesa armada'? Es preciso reconocer, por cierto, que esta interpretación inglesa de la admisión a Pekín de su embajador suena por lo menos tan extraña como el descubrimiento que hicieron los británicos durante la última guerra china, de que el bombardeo de una ciudad del Imperio no significaba emprender una guerra contra el propio Imperio, sino sólo un intercambio de acciones bélicas locales con una de sus dependencias. En respuesta a las reclamaciones de los chinos, los ingleses "tomaron -según sus propias declaraciones- todas las precauciones para forzar, si ello era necesario, la entrada a Pekín", remontando el Peiho con una escuadra bastante formidable. Aunque estuviesen obligados a admitir a su pacífico embajador, era por cierto muy justificado que los chinos resistieran su expedición annada. Al actuar en esa forma, no viol• ron el tratado, sino que fh.tstraron la usurpación. En segundo higar puede ponerse en tela de juicio si, pese al abstracto dei:echo de embajada acordado a los ingleses por el trat. do de Tientsín, lord Elgin no había renunciado, por el momento al menos, al goce real de ese derecho. Una referencia a La correspondencia concerniente a la misión especial en China del conde de E/gin, editada por orden de Su Majestad, convencerá a todo investigador imparcial que, en primer lugar, la admisión a Pekín del embajador inglés no se produciría entonces, sino en época más remota; en segundo lugar, que su derecho de residencia en Pekín estaba limitado por diferentes cláusulas, y por último, que el perentorio artículo III del texto inglés del tratado, referente a la admisión del embajador, fue modificado en el texto chino a pedido de los enviados chinos. El propio lord Elgin reconoce esta discrepancia entre las dos versiones del tratado, pero, como él lo dice, "se vio obligado por sus instrucciones a exigir que los chinos aceptaran, como versión autorizada de un acuerdo internacionai un texto del que no entendían una sola sílaba". ¿Puede acusarse a los chinos por actuar confonne al texto chino del tratado, y no al inglés, que, según lo admite lord Elgin, difiere en algo del "sentido correcto de la estipulación"? Para terminar diré que Mr. T. Chisholm Anstey, ex fiscal de la Corona británica en Hongkong, declara formalmente, en carta dirigida al director de The London Morning Star, que "El tratado mismo, sea lo que fuere, ha sido abolido desde hace tiempo por las acciones violentas del gobierno británico y de sus subordinados, por lo menos hasta el punto de privar a la Corona de Gran Bretaña de todas las ventajas y privilegios conferidos por el tratado". Acosada, por un lado, por las dificultades en la India, y armándose por el otro para la eventualidad de una guerra europea, es probable que Inglaterra corra grandes riesgos a consecuencia de esta nueva catástrofe china, posiblemente cocinados por el propio Palmerston. El resultado siguiente tendrá que ser la quiebra de la actual adminisfración, cuyo jefe fue el responsable de la última guerra china, mientras que sus principales miembros aprobaron un voto de censura contra su actual jefe por haber emprendido esa guerra. De cualquier modo, Mr. Milner Gibson y la escuela de Manchester deberán retirarse de la presente coalición liberal, o, lo que no es muy probable, junto a lord John Russell, Mr. Gladstone y sus colegas peelitesª, obligar a su jefe a someterse a su propia política. 'i ª Peelites: grupo de tories moderados, unificados en la década del 40 del siglo XIX en torno de Robert Peel; apoyaban la política de éste, de concesiones a la burguesía comercial e industrial en el ámbito de la política económica, pero conservando el predominio político de los grandes terratenientes y los financistas. En 1846 Peel derogó las leyes cerealeras para favorecer a la burguesía industrial, lo cual causó gran desagrado a los tories proteccionistas; escindió el partido de los tories y aisló al grupo de los peelites. Murió en 1850, y su agrupación política quedó sin programa definido. A fines de la década del 50 y principios de la del 60 los peelites fueron incorporándose ~ Partido Liberal. Londres, 16 de setiembre de 1859.

Para mañana se anuncia una reunión de gabinete con el fin de decidir la conducta que se seguirá en relación con la catástrofe china. Las lucubraciones del Moniteur ª francés y de The London Times no dejan lugar a dudas en cuanto al acuerdo a que llegaron Palmerston y Bonaparte. Quieren otra guerra china. Se me informa, de fuente auténtica, que en la inminente reunión de gabinete Mr. Milner Gibson impugnará en primer lugar la validez del pretexto para la guerra; en segunda instancia protestará contra cualquier declaración de guerra que no sea previamente sancionada por ambas cámaras; y si su opinión es desechada pot mayoría de votos, se separará del gabinete, volviendo a dar así la señal para un nuevo ataque contra el gobierno de Palmerston y para la disolución de la coalición liberal que condujo a la expulsión del gabinete Oerby. Se dice que Palmerston se siente un tanto nervioso en cuanto a las intenciones de Mr. Milner Gibson, el único de sus colegas a quien teme y a quien más de una vez caracterizó como un hombre ~articularmente hábil "en encontrar errores". Es posible que junto con esta carta reciban ustedes desde Liverpool noticias-con el resultado del Consejo de Ministros. Mientras tanto, puede juzgarse mejor acerca del verda4ero sentido del caso en cuestión, no por lo que se ha publicado, sino por lo que los órganos de prensa de Palmerston ocultaron voluntariamente en sus primeras publicaciones de las noticias traídas por el último correo terrestre. En primer lugar, pues, ocultaron que el tratado ruso ya había sido ratificado y que el em~rador de China había impartido instrucciones a sus mandarines, de recibir y escoltar hasta la capital a la embajada norteamericana, para intercambiar los instrumentos de ratificación del tratado norteamericanob. Esos hechos fueron ocultados con el fin de a Le Moniteur Universel, diario francés que apareció en París de 1789 a 1901; de 1799 a 1869 fue el órgano oficial del gobier· no.- b Se refiere a los tratados no equivalentes firmados entre China y Rusia, y también entre la primera y EE. UU., en junio de 1858, en Tientsín, y a otro tratado, análogo por su contenido, concertado por China con Inglaterra y Francia. ahogar la sospecha .que naturalmente surgiría, de que los diplomáticos ingleses y franceses, y no la Corte de Pekín, son los responsables de los obstáculos con que tropezaro.n en el desempeño de su gestión, y que no hallaron ni sus coiegas rusos ni los norteamericanos. El otro hecho, aun más importante, que ocultaron al principio The Times y otros periódicos de Palmerston, pero que ahora reconocen, es que las autoridades chinas habían manifestado su buena voluntad en lo referente a conducir hasta Pekín a los enviados ingleses y franceses; que en realidad los estaban esperando en una de las bocas del río y que les ofrecieron escoltarlos, si consentían en dejar sus barcos y sus tropas. Ahora bien, como el tratado de Tientsín no contiene cláusula alguna que otorgUe a los ingleses y franceses el derecho a enviar aguas arriba del Peiho una escuadra de guerra, resulta evidente que el tratado fue violado, no por los chinos, sino por los ingleses, y que por parte de estos últimos existía la decisión preconcebida de provocar una reyerta precisamente antes del momento en que debían intercambiarse los instrumentos de ratificación. Nadie imaginará que el honorable Mr. Bruce haya actuado bajo propia responsabilidad al contrariar de ese modo el fin ostensible que se propuso la última guerra china, sino que, por el contrario, sólo fue el ejecutor de instrucciones secretas recibidas de Londres. Es verdad que Mr. Bruce no fue enviado por Palmerston, sino por Derby; pero entonces sólo es necesario recordar que durante el primer gobierno de sir Robert Peel, cuando lord Aberdeen era ministro de Relaciones Exteriores, sir Henry Bulwer, embajador inglés en Madrid, buscó una pendencia con la Corte española, que provocó su expulsión de España, y que, cuando se debatió en la Cámara de los Lores este "embarazoso acontecimiento", quedó demostrado que Bulwerr, en lugar de obede• cer las instrucciones oficiales de Aberdeen, había actuado conforme a instrucciones secretas de Palmerston, quien entonces ocupaba la ban· cada de la oposición. También se ha realizado una maniobra en los últimos días en la prensa palmerstoniana, que no deja lugar a dudas, por lo menos para aquellos que conocen la historia secreta de la diplomacia inglesa durante los treinta últimos años, sobre quién es el verdadero responsable de la catástrofe deJ. Peiho y de la inminente tercera guerra anglo-china. The Times insinúa que los cañones instalados en los fuertes de Taku, que causaron tal estrago en la escuadra británica, eran de origen ruso, y que estaban a cargo de oficiales rusos. Otro diario palmerstoniano es aun más franco: "Ahora percibimos cuán estrechamente entrelaz~da está la política de Rusia con la de Pekín; descubrimos grandes movimientos en el Amur; advertimos grandes ejércitos de cosacos maniobrando mucho más allá del lago Baikal, en la belada región de los sueños, en las fronteras crepusculares del Viejo Mundo; rast?eamos el rumbo de incontables caravanas; descubrimos a un agente diplomático especial (el eeneral Mumriev, gobernador de Siberia oriental] dirigiéndose, con designios secretos, desde las lejanías de Siberia oriental hasta la apartada metrópoli china; y tiene derecho la opinión pública de est.e país a arder de ira ante la idea de que Influencias extranjeras han tenido su parte en la causa de nuestras desgracias y en la matanza de nuestros soldados y marineros".

Pues bien, éste es uno de los viejos ardi<tes de Palmerston. C11ando Rusia quiso firmar un tratado comercial con China, aquél arrojó a ésta. mediante la guem del opio, en brazos de su vecino del norteª Cuando Rusia solicitó que le ~ieran el Amur, él lo consiguió mediante la segunda guerra chinab; y ahora que Rusia quiere consolidar su influencia en Pekín, Pabnerston improvisa la tercera guerra china. En todas sus negociaciones con los débiles estados asiáticos, con China, Persia, Asia central, Turquía, su norma invariable y constante ha sido siempre la ele oponerse ostensiblemente .a los designios rusos provocando una reyerta, no con Rusia, sino con el estado asiático, malquistar a éste con Inglaterra mediante hostilidades piratescas y, en esa forma Indirecta, empujarlo a otorgar a Rusia las concesiones que se había negado a hacerle. Puede abrigarse la seguridad de que en esta oportunidad toda la política anterior de Pabnerston en Asia será nuevamente analizada, y por lo tanto recomiendo a la atención del lector los documentos afganos, editados por orden ele la Cámara ele los Comunes el 8 ele junio de 1839. Arrojan más luz sobre la siniestra política de Palmerston y sobre la historia de la diplomacia de los últimos treinta años, que ningún otro documento antes editado. En pocas palabras, el caso es como sigue: en 1838 Palmerston inició contra Dost Mohammed, el soberano de Kabul, una 0 Se reraere a la primera "guerra del opio". Cuando ésta terminó, se produjo un acercamiento entre Rusia y China, que permitió a aquélla concertar en julio de 1851 el acuerdo de Kulinján, por el cual Rusia obtenía condiciones ventajosas en el comercio con China occi· dental.· b Al final de la segunda "gueua del opio", y antes de fir• marae el tratado de Tientsín con Inglaterra y Francia, el gobierno chino concertó en mayo de 1858 el acuerdo de Aigun con Rusia, por el cual ésta se anexaba las tierras de la orilla norte del Amur. guerra que condujo a la destrucción de un ejército inglésª y que fue comenzada con el pretexto de que Dost Mohammed había llegado a una alianza secreta con Persia y Rusia contra Inglaterra. Como prueba de su afirmación, Palmerston presentó ante el parlamento, en 1839, un Libro Azul que consistía principalmente en la correspondencia entre sir A. Bumes, el enviado británico en Kabul, y el gobernador de Calcuta. Bumes fue asesinado en Kabul durante una insurrección contra los invasores ingleses, pero, desconfiando del ministro de Relaciones E~teriores inglés, envió copia de algunas· de sus cartas oficiales a su hermano, el doctor Burnes, que residía en Londres. Al aparecer, en 1839, los "documentos afganos" preparados por Palmerston, el doctor Bumes lo acusó de haber "mutilado y fraguado los despachos del extinto sir A. Bumes", y, para corroborar su afirm• ción, hizo editar algunos de los despachos aut.énticos. Pero la noticia del asesinato sólo se conoció el verano pasado. Bajo el ministerio de Derby, y por moción de Mr. Hadfield, la Cámara de los Comunes ordenó la publicación completa de los "documentos afganos", y esta orden fue ejecutada en forma tal, que es una prueba, aun para la inteligencia más mediocre, de que la acusación de mutilación y falsificación en provecho de Rusia es cierta. En la portada del Libro Azul puede leerse lo siguiente: · "Nota. La correspondencia, que en informes oficiales anteriores fue publicada sólo parcialmente, se publica ahora completa, indicándose por medio de paréntesis ( ) los pasajes omitidos". El funcionario que aparece como garantía de la fidelidad del informe es "J. W. Kaye, Secretario de los departamentos político y secreto", y Mr. Kaye es el "probo historiador de la guerra de Afganistán".

· Para ilustrar ahora las verdaderas relaciones de Palmerston con Rusia, contra quien fingió haber iniciado la guerra afgana, bastará por el momento un ejemplo. El agente ruso Vikovich, que llegó a Kabul en 1837, era portador de una carta del zar a Dost Mohammed; sir Alexander Bumes obtuvo una copia de la carta y se la envió a Lord Auckland, el gobernador general de la India. En sus propios despachos y en diferentes documentos por él remitidos, se refiere una y otra vez a este hecho. Pero la copia de la carta del zar fue eliminada de los documentos presentados por Palmerston en 1839 y de todos ª Se trata de la primera guerra anglo-afgana de 1838-1842. 231 Íos despachos donde se hacía referencia a ella, se hicieron las alteraciones necesarias para ocultar el detalle de la relación del "emperador de Rusia" con la misión a Kabul. Esta falsificación se cometió a fin de ocultar las pruebas de los vínculos existentes entre el autócrata y Vikovich, a quien al regresar éste a San Petersburgo, le convenía a Nicolás desautorizar. Por ejemplo, en la página 82 del Libro Azul se hallará la traducción de una carta a Dost Mohammed que ahora reza así (los paréntesis indican las palabras primitivamente suprimidas por Palmerston): "El embajador (del emperador) de Rusia llegó (de Moscú) a Teherán y ha sido comisionado para presentar sus respetos a los sindars en Kandahar y luego llegar hasta la presencia del Ameer. Es portador de (mensajes confidenciales del emperador y de las) cartas del embajador ruso en Teherán. Este recomienda a este hombre como la persona más digna de confianza, y afirma que tiene plena autoridad para realizar cualquier negociación (por parte del emperador y suya propia), etc., etc." Estas falsificaciones, y otras similares realizadas por Palmerston con el fin de proteger el honor. del zar, no son la única curiosidad que presentan los "documentos afganos". Palmerston justificó la invasión de Afganistán fundándose en que sir Alexander Bumes la había aconsejado como el medio adecuado para frustrar las intrigas rusas en Asia central. Ahora bien, sir A. Bumes hizo todo lo contrario, y por consiguiente todos sus llamados en defensa de Dost Mohammed fueron absolutamente suprimidos en la edición del "Libro Azul" de Palmerston; a fuerza de mutilaciones y falsificaciones, se dio a la correspondencia un sentido completamente contrario al original. Tal es el hombre que ahora está por iniciar una tercera guerra china, con el pretexto de desbaratar los designios de Rusia en esa ·región. Londres, 20 de setiembre de 1859.

Que habrá otra guerra civilizadora contra los chinos, parece ser una cuestión aceptada en general por la prensa inglesa. 'No obstante, desde la última reunión de gabinete, del sábado pasado, se ha producido un notable cambio, precisamente en los diarios que más se destacaron en sus sanguinarios aullidos. Al principio The London Times, en un aparente rapto de frenesí patriótico, tronó ante la doble traición de los cobardes mogoles que engañaron al bonhomme del almirante británico adulterando en forma estudiada las apariencias y ocultando su artillería; y de la Corte de Pekín; que, con más profundo maquiavelismo, envió a esos ogros mogoles a que practicaran sus infames jugarretas. Resulta curioso que The Times, aunque sacudido por un mar de pasiones, se las haya ingeniado, al reproducir los informes ori~nales, para eliminar cuidadosamente, todos los puntos favorables a los condenados chinos. Confundir las cosas puede ser obra de la pasión, pero mutilarlas parece ser más bien trabajo de una cabeza serena. Sea como fuere, lo cierto es que el 16 de setiembre, apenas un día después de la reunión de los ministros, The Times viró en redondo, y, sin más rodeos, arrancó una de las caras del Janos de su acusación. "Tememos -dijo- no poder acusar de traición a los mogoles que resistieron nuestro ataque desde los fuertes del Peiho"; pero entonces, para compensar la incómoda concesión, se aferró más desesperadamente aún a "la violación deliberada y pérfida del solemne tratado por parte de la Corte de Pekín". Tres días más tarde, después de la reunión de gabinete, The Times, pensándolo mejor, llegó hasta encontrar "que no había lugar a dudas de que si Mr. Bruce y M. de Bourboulon hubiesen solicitado a los mandarines que los condujeran a Pekín, se les habría permitido ratificar el tratado". ¿Qué resta, entonces de la traición de la Corte de Pekín? Ni siquiera la sombra, pero en su lugar le quedan a The Times dos dudas. "Quizá sea dudoso -dice- que, como medida militar, haya sido prudente tratar de llegar hasta Pekín con esa escuadra. Y es más dudoso aun que, como medida diplomática, fuese conveniente emplear la fuerza". Tal es la torpe conclusión de la jactanciosa indignación de que fue presa el "diario principal", pero, con una lógica muy suya, desiste de los motivos de una guerra, sin desistir de la guerra misma. Otro diario semigubernamental, The Economist, que se distinguió por la fervorosa apología que hizo del bombardeo de Cantón, adopta, ahora que Mr. J. Wilson ha sido nombrado ministro de Hacienda en la India, un criterio más moderado y menos retórico sobre los hechos. The Economist publica dos artículos sobre el tema, el uno político, el otro económico; el primero concluye como sigue: "Ahora bien, si se toman en cuenta todos estos hechos, resulta obvio que el artículo del tratado que otorgaba a nuestro embajador el derecho a visitar Pekín o a residir en esa ciudad, la fue literalmente impuesto al gobierno chino; y si se consideraba que su cumplimiento era absolutamente esencial para nuestros intereses, creemos que había suficiente margen para mostrar paciencia y consideración en la exigencia de su aplicación. Sin duda podrá decirse que con un gobierno como el chino, la demora y la paciencia se interpretan como síntomas de fatal debilidad, y que por lo tanto es la política más errónea que podría seguirse. ¿Pero hasta qué punto estamos autorizados, con este argumento, a variar, en nuestro trato con estos gobiernos orientales, los principios que sin duda nos guiarían en nuestro trato con cualquier nación civilizada? Cuando, atemorizándolos, les hemos arrancado una concesión desagradable, sería quizás una política más coherente arrancarles, también atemorizándolos, el cumplimiento inmediato del acuerdo en la forma más conveniente para nosotros. Pero si no obramos así; si, entre tanto, los los chinos vencen sus temores y, con un adecuado despliegue de fuerza, insisten en que los consultemos sobre los medios a emplearse para poner en ejecución nuestro tratado, ¿podemos, con justicia, acusarlos de traición? ¿No están más bien ensayando con nt:>sotros los mismos métodos de persuación que hemos utilizado contra ellos? Es posible, y hasti bastante probable, que el gobierno chino haya tenido la intención de apresarnos en esta ~ampa mortífera, y que ·nunca se haya propuesto cumplir el tratado. Si así fuera, tenemos que exigir reparaciones y debemos hacerlo. Pero también puede resultar que el propósito de defender la boca del Peibo contra la repetición de un avance tan violento como el llévado a cabo el año pasado por lord Elgin, no fuese acompañado por intención alguna de faltar a lo estipulado en lo6 artículos del tratado. Como la iniciativa hostil partió por entero de nuestro lado, y como, por supuesto, 'en cualquier momento nuestros comandantes podían alejarse del fuego asesino, abierto solamente en defensa de los fuertes, es indudable que no podemos probar que China haya tenido intención alguna de faltar a su pala bra. Y hasta que no recibamos pruebas de que existió una intención deliberada de violar el tratado, creemos que hay razones para ~jar en suspenso nuestro juicio y reflexionar acerca de si no hemos estado aplicando, en nuestro trató con los bárbaros, un código de principios no muy diferente del que ellos han utilizado con nosotros". En un segundo artículo sobre el mismo tema, The Economist se ocupa de la importancia, directa e indirecta, del comercio inglés con China. En 1868 las exportaciones británicas a China ascendieron a 2.876.000 libras, en tanto que el valor de las importaciones ascendieron a un promedio superior a los 9.000.000 de libras en cada uno de los últimos tres años, de manera que el total del comercio directo de Inglaterra con China puede calcularse en unos 12.000.000 de libras. Pero además de estas transacciones directas hay otros tres importantes comercios a los que Inglaterra está más o menos íntimamente ligada en el ámbito de los negocios: el comercio entre la India y China, entre China y Australia, y entre China y Estados Unidos. "Australia -dice The Economist- se lleva anualmente de China gran cantidad de té y no tiene para ofrecer en trueque nada· que encuentre mercado en China Norteamérica se lleva también gran cantidad de té y algo de seda, por un valor que excede en mucho el de sus exportaciones directas a China." Inglaterra tendrá que nivelar estos dos balances favorables a China, pues en pago por la compensación de los trueques recibe el oro de Australia y el algodón de Estados Unidos. Por lo tanto, independientemente del saldo que debe a China también tiene que pagarle grande sumas correspondientes al oro que importa de Australia y al algodón de Estados Unidos. Pero este saldo que Inglaterra, Australia y Estados Unidos deben a China, se trasfiere en gran parte de ésta a la India, como· compensación por lo que la primera debe a la segunda por el opio y el algodón. O~l'VPSe, en passant, que las exportaciones de China a la India nunca llegaron, hasta ahora, a la suma de 1.000.000 de libras esterlinas, mientras que las exportaciones de la India a China suman casi 10.000.000 de libras. De este análisis económico The Economist deduce que cualquier interrupción del comercio británico con China será "una calamidad de m• yor ma1&11ltud que lo que puedan sugerir a primera vista las simples cifras de exportaciones e importaciones", y que las dificultades provocadas por esa perturbación no se sentirán sólo en el comercio británico directo de té y seda, sino que también "afectarán" las transacciones británicas con Australia y Estados Unidos. The Economist sabe, por supuesto, que durante la última •guerra china el comercio no fue tan estorbado por la guerra como se había temido; y que en el puerto de Shanghai ni siquiera fue afectado. Pero entonces The Economist llama la atención sobre "dos características nuevas en la presente contienda", que pueden modificar esencialmente los efectos de una nueva guerra china sobre el comercio; estas dos características nuevas serían el carácter "imperial" y no "local" del actual conflicto, y el "notable éxito" logrado por primera vez por los chinos contra fuerzas europeas. Cuán diferente es este lenguaje en comparación con los gritos de guerra que con tanta fuerza lanzó The Economist cuando el asunto de la lorcha. El Consejo ministerial, como lo adelanté en mi última carta, escuchó la protesta de Mr. Milner Gibson contra la guerra y su amenaza de separarse del gabinete si Palmerson obraba de acuerdo con las decisiones tomadas de antemano, y reveladas en las columnas del Moniteur francés. Por el momento Palmerston ha impedido la disolución del gabinete y de la coalición liberal, mediante la declaración de que la fuerza indispensable para proteger el comercio británico tenía que ser concentrada en aguas chinas, y que no debía tomarse resolución alguna_ en cuanto al problema de la guerra hasta que no llegaran informes más explícitos del enviado británico. De esta manera quedó diferido el problema candente. Pero las verdaderas intenciones de Palmerston se traslucen en las columnas de su pasquín, The Daily Telegraph, que dice, en uno de sus últimos números: "Si un acontecimiento cualquiera condujese a un voto desfavorable al gobierno en el curso del próximo año, con toda seguridad se llamará a nuevas elecciones [ ... ]. Mediante un veredicto sobre el problema chino, la Cámara de los Comunes comprobará los resultados de su actividad, ya que a los malintencionados de profesión, encabezados por Mr. Disraeli, hay que agregar los cosmopolitas, que declaran que los mogoles estaban absolutamente en lo justo". Quizá tenga otra oportunidad para hacer algunas observaciones sobre el aprieto en que se han metido los tories por haberse dejado arrastrar a la· dirección responsable de acontecimientos planeados por Palmerston y realizados por dos de sus agentes, lord Elgin y Mr. Bruce (hermano de lord Elgin).

· Z37 IV Londres, 30 de setiembre de 1859.

En carta anterior afinné que el conflicto del Peiho no había surgido por accidente, sino que, por el contrario, fue preparado de antemano por lord Elgin, que obraba confonne a instrucciones secretas de Palmerston, y que el plan del noble vizconde, en ese entonces jefe de la oposición, le fue imputado a lord Malmesbury, el ministro de Relaciones Exteriores tory. Ahora bien, en primer lugu, la idea de que los "accidentes" en China hubieran surgido de "instrucciones" redactadas por el actual primer ministro británico, está tan lejos de ser nuevo, que durante los debates sobre la guerra de la lorcha fue sugerida a la Cámara de los Comunes por personaje tan bien infonnado corno Mr. Dlsraeli y -cosa curiosa- confirmada por una autoridad no menos importante, como el propio lord Palmerston. El 3 de febrero de 1857 Mr. Disraeli previno a la Cámara de los Comunes en los sigujentes términos: "No puedo rechazu la convicción pe que lo ocurrido en China no. ha sido consecuencia del pretexto aducido, sino, en realidad, de instrucciones recibidas de Inglaterra mucho tiempo atrú. Si así fuera, creo que ha llegado el momento en que esta Cámara dejaría de cumplir con su deber, a menos que considere seriamente si existe alguna forma de controlar un método que, de continuarse, sería, a mi parecer, fatal para los intereses de este país". Y lord Palmerston respondió con suma frialdad: "El honorabilísimo caballero dice que los acontecimientos pare cen ser el resultado de algún método predeterminado por el gobierno en Inglaterra. Indudablemente, así es". En él presente caso, una rápida ojeada al Libro Azul intitulado. Correspondencia relativa a las misiones especiales del conde de E/gin a China y Japón, 1857-59, demostrará cómo lo ocurrido en el Peiho, el 25 de junio, fue retrotraído por lord Elgin al 2 de marzo. En la página 484 de dicha correspondencia hallamos los dos despachos sigl,lientes: "Del conde de E/gin al contralmirante sir Michael Seymour Furioiu 2 de marzo de 1859.

Señor: Con referencia a mi despacho a Su Excelencia del 17 del mes pasado, permítame afinnar que abrigo algl,lnas esperanzas de que la determinación del gobierno de Su Majestad respecto de la residencia permanente de un embajador británico en Pekín, asunto que comenté con Su Excelencia en una conversación, ayer, pueda inducir al gobierno chino a recibir, en forma adecuada, al representante de Su Majestad cuando viaje a Pekín para intercambiar los instrumentos de ratificación del tratado de Tientsín. Al mismo tiempo, es posible, sin duda alguna, que estas esperanzas no se realicen, y de cualquier manera temo que el gobierno de Su Majestad desee que nuestro embajador, cuando uaya a Tientsin, sea acompañado por una fuerza imponente. En tales circunstancias, me atrevo a someter a la consideración de Su Excelencia si no sería oportuno concentrar en Shanghai, tan pronto como sea conveniente, una flota de cañoneras suficiente para este seruicio, por cuanto la llegada de Mr. Bruce a China no puede postergarse por mucho tiempo. Tengo, et.e. Elgin y Kincardine "Del conde de Malmesbury al conde E/gin y Kincardine Foreign Office, 2 de mayo de 1859.

Milord: He recibido el despacho de Su Excelencia del 7 de marzo de 1859, y tengo que informarle que el gobierno de Su Majestad aprueba la nota, una copia de la cual adjunto, en la cual Su Excelencia anuncia al Comisionado imperial que el gobierno de Su Majestad no insistirá en que la residencia del ministro de Su Majestad sea establecida en Pekín con carácter permanente. El gobierno de Su Majestad también aprueba la sugerencia hecha por usted al contralmirante Seymour en el sentido de que debe concentrarse en Shanghai una nota de cañoneras con el propósito de acompañar a Mr. Bruce aguas arriba del Peiho_ Suyo, Malmesbury".

Por lo tanto, lord Elgin sabe de antemano que el gobierno brlú.nico "desearía" que su hermano, Mr. Bruce, fuera acompañado por una "fuerza imponente" de "cañoneras" aguas arriba del Peiho, y ordena al contralmirante Seymour que ,se disponga para cumplir con "este servicio". El conde de Malmesbury, en su despacho fechado el 2 de mayo, aprueba la sugestión insinuada por lord Elgin al contralmirante. Toda la correspondencia muestra a lord Elgin como el amo y a lord Malmesbury como el lacayo. En tanto que el primero toma constantemente la iniciativa y obra conforme a instrucciones originalmente recibidas de Palmerston, sin esperar siquiera nuevas instrucciones de Downing Street, lord Malmesbury se conforma con acceder a· "los deseos" que su imperioso subalterno le anuncia que debe experimentar. Inclina la cabeza en señal de asentimiento cuando Elgin afirma que, como el tratado aún no ha sido rectificado, no tienen derecho a remontar ningún río chino; inclina la cabeza en señal de asentimiento cuando Elgin piensa que deberían mostrar mucha paciencia con los chinos en cuanto al cumplimiento del artículo del tratado referente a la embajada en Pekín; e, impávido, inclina la cabeza en señal de asentimiento cuando, en contradicción direct.a con sus declaraciones anteriores, Elgin reclama el derecho a forzar el paso del Peiho con una "flota imponente de cañoneras". Inclina la cabeza en señal de asentimiento, en la misma forma que lo hacía Dogberry ante las sugestiones del sacristán.ª La triste figura que hace el co,nde de Malmesbury, y la humildad de su actitud, resultan fáciles de entender si se recuerda el alboroto que armaron The'London Times y otros diarios influyentes, cuando subió el gabinete tory, respecto del gran peligro que amenazaba el brillante éxito que, bajo las instrucciones de Palmerston,· estaba por lograr lord Elgin en China, pero que el gobierno tory podía llegar a frustrar, sólo por resentimiento y a fin de justificar su voto de censura a Palmerston por el bombardeo de Cantón. El propio Malmesbury se dejó intimidar por ese alboroto. Además, tenía ante sus ojos y en el corazón la suerte de lord Ellenborough, quien se había atrevido a atacar abiertamente la política india del noble vizconde y, en recompensa por su patriótica valentía, fue sacrificado por sus propios colegas del gabinete de Derby~ En consecuencia, Malmesª Shakespeare, Mucho ruido para nada, acto IV, escena 11; acto V, escena 1.- b Se trata del enfrentamiento de lord Ellenborough, presidente del Consejo de Control para los Asuntos de la India, con el gobernador general de ese país, lord Canning. En el despacho del 19 de abril de 1858, lord Ellenborough, que sostenía una política más flexible respecto de la capa superior feudal india, opinó en tono • bury abandonó toda la iniciativa en manos de Elgin, y permitió así que este último pusiera en ejecución el plan de Palmerston, bajo la responsabilidad de sus adversarios oficiales, los tories. Es el mismo caso que, por el momento, ha puesto a los tories en una alternativa muy triste en cuanto a la conducta que es preciso seguir respecto del asunto del Peiho. O tienen que hacer sonar el clarín de guerra junto con Palmerston, con lo cual lo mantienen en el poder, o deben volver la espalda a Malmesbury sobre quien acumularon tan repugnantes adulaciones durante la última guerra con Italia. La alternativa es tanto más exasperante cuanto que la inminente tercera guerra china no es en modo alguno popular entre las clases mercantiles británicas. En 1857 montaron sobre el león británico porque esperaban grandes beneficios comerciales de una1 apertura violenta del mercado chino. Por el contrario, en este momento están bastante enojados al ver que de pronto los frutos del tratado obtenido les son arrebatados. Saben que la situación es harto ame nazante en Europa y la India, sin la nueva complicación de una guerra en gran escala con China. No han olvidado que en 1857 la importación de té descendió en más de 24 millones de libras, por ser este artículo importado casi exclusivamente de Cantón, que era entonces el teatro exclusivo de la guerra, y temen que esta inte• rrupción del comercio por la guerra se extienda ahora a Shanghai y a los otros puertos mercantiles del Celeste Imperio. Luego de una primera guerra china emprendida .por los ingleses en interés del contrabando de opio, y de una segunda llevada a cabo en defensa de la lorcha de un pirata, no se necesitaba otra cosa, como remate, que una guerra improvisada para importunar a China con el estorbo de embajadas permanentes en su capital. Escrito el 13, 16, 20 y 30 de setiembre de 1859. Publicado en New- Yprk Dai/y Tribune, núms. 5.750, 5.754, 5.761 y 5.768, el 27 de setiembre, 1, 1O y 18 de octubre de 1859, brusco sobre la proclamación de Canning referente a la confiscación de las tierras a los feudales de Oudh que habían adherido al levanta· miento de liberación nacional. Pero el despacho de Ellenborough no fue aprobado por los círculos gobernantes de Gran Bretaña, y en mayo de 1858 tuvo que retirarse del puesto de presidente del Consejo de Control. El gabinete de Derby trató de mantenerse en el poder a expensas de la renuncia de Ellenborough.