Friedrich Engels

La guerra no avanza

Escrito el 16 de mayo de 1859.

Del inglés.

[«New-York Daily Tribune», núm. 5647 del 27 de mayo de 1859, artículo de fondo]

Nuestros últimos telegramas del teatro de guerra, llegados ayer con el «Asia», se extienden hasta el día 13 del corriente, es decir, exactamente tres días más que las noticias traídas por el «Vanderbilt». Estos telegramas consisten en boletines breves y bastante confusos del gobierno sardo; los austriacos no dan informes sobre sus movimientos. En estos tres días no ocurrió nada de gran importancia. En punto a lentitud, la campaña sigue reivindicando su primacía en los anales de la guerra moderna. Casi nos creemos trasladados a aquellos tiempos antediluvianos de una conducción de la guerra pomposa e inactiva, a la que Napoleón puso fin de manera tan súbita y decidida. Ahí, frente a frente, dos enormes ejércitos en una línea de más de 40 millas, cada uno de ellos en condiciones de operar en campaña con 100.000 a 140.000 hombres. Uno se acerca, el otro efectúa reconocimientos, extiende sus tentáculos ora en un punto, ora en otro de la posición enemiga, y luego se repliega, mientras que el primer ejército permanece en el terreno que ocupa, de modo que ahora los separa una distancia de ocho a veinte millas.

Hay algunos hechos que dan una explicación razonable de esta anomalía; pero sigue siendo, no obstante, una anomalía, y lo es a causa del error que cometió la parte atacante al comienzo de la campaña.
Como ya hemos expuesto
, todo el propósito y el objetivo de la invasión austriaca del Piamonte quedaron frustrados por una indolencia y una irresolución de los movimientos austriacos que apenas pueden atribuirse a otra cosa que a la

veleidad del general Gyulay. Los informes recibidos desde entonces confirman plenamente esta opinión. Los austriacos no dan explicación alguna de la extraña conducta de su ejército: prueba evidente de que toda la responsabilidad recae sobre su comandante en jefe. De hecho, los boletines austriacos, ya una semana después de iniciada la campaña, comenzaron a hablar del mal tiempo y del estado de inundación del país, para justificar que su general se había visto obligado a retirar sus tropas de los pantanos de arroz del Po, preñados de fiebres. Y ahora nos escribe nuestro bien informado corresponsal londinense que el emperador de Austria ha relevado a Gyulay del mando supremo y que, imitando el ejemplo de Louis-Napoleon, asumirá el mando junto con el general Heß.

Según podemos juzgar ahora, la campaña parece haberse desarrollado del siguiente modo: primero se hizo avanzar el ala derecha austriaca contra Novara y Vercelli, en combinación con manifestaciones en el Lago Maggiore. El centro, y probablemente también el ala izquierda, que marchaban en líneas paralelas por Vigevano y Pavía, quedaron bastante rezagados. La columna de Pavía no alcanzó con su grueso Lomello hasta el 2 de mayo. La posición adelantada del ala derecha tenía al parecer por objeto, en primer lugar, desviar la atención de los aliados mediante una amenaza de ataque contra el Dora y Turín y, en segundo lugar, requisar los recursos de la parte superior de la Lomellina en beneficio del ejército austriaco. Sólo el 3 de mayo se desarrolló el ataque del grueso del ejército austriaco contra la línea de Casale y Valenza. El 4 de mayo se emprendieron manifestaciones contra Frassineto (frente a la desembocadura del Sesia en el Po) y Valenza, mientras el ala derecha se aproximaba al centro; al mismo tiempo se tendió un puente sobre el Po entre Cambio y Sale y se construyó una cabeza de puente en la orilla sur del río. Según algunos informes, el octavo cuerpo de ejército austriaco, que se suponía había marchado desde Piacenza a lo largo de la orilla sur del Po, estableció aquí contacto con el grueso y cruzó el río tras una breve excursión hacia Tortona y Voghera y la destrucción del puente del ferrocarril sobre el Scrivia. Según otros informes y algunos de nuestros últimos telegramas, aún se encuentra, sin embargo, una fuerza austriaca en la carretera entre Piacenza y Stradella. Resulta difícil decir si la citada excursión hacia Voghera estaba destinada a ser un ataque simulado contra Novi y las comunicaciones entre Génova y Alessandria; en cualquier caso, indujo a la mayoría de los avezados redactores de Turín, París y Londres a predecir una bata-

lla decisiva en el antiguo campo de batalla de Novi o en las cercanías de Marengo; profecía que quedó inmediatamente desbaratada por el repliegue de los austriacos a la orilla norte del Po y la voladura de sus puentes. Después de los primeros días de mayo habían comenzado unas fortísimas lluvias. El Po subió entonces a su paso por Pavía de diez a doce pies, y los afluentes en proporción. Las inundaciones de los arrozales del valle del Po —que normalmente no constituyen un obstáculo para un ejército en marcha, ya que los caminos están formados por los diques elevados por encima del nivel de la crecida— se convirtieron ahora en un asunto grave; todo el país y numerosos caminos quedaron anegados. Además, los austriacos no marchaban; permanecían en aquel pantano y tenían que acampar bien en las carreteras, bien en los campos empapados. Tras haberse mantenido algunos días en medio de esta inundación, se vieron obligados a replegarse a un terreno más elevado y más seco. En todo caso, deben de haber sufrido graves pérdidas por enfermedad, especialmente cólera y fiebres. Siguió entonces un movimiento de concentración hacia la zona de Mortara y Novara, una retirada no ante el enemigo (pues éste permanecía tranquilamente en sus líneas), sino ante los elementos. Desde entonces, los austriacos han levantado fortificaciones a lo largo de la línea del Sesia y han enviado tropas de reconocimiento y forrajeo hasta las inmediaciones de la línea del Dora, que constituye la extrema izquierda de la posición aliada.

En todas estas operaciones no podemos descubrir el menor rasgo de buen arte de la guerra. En efecto, una vez perdido el primer momento favorable para un ataque a la posición aliada, todo el avance hacia la Lomellina se volvió completamente inútil y perdió su significado. El adelantamiento del ala derecha austriaca fue un error decidido. No debía perderse tiempo en maniobras engañosas. El único plan de operaciones correcto era marchar directamente contra el enemigo, atacarlo y batirlo antes de que pudiera concentrar completamente sus fuerzas. Si es cierto que el octavo cuerpo de Benedek marchó a lo largo de la orilla sur del Po, eso fue otro error; quedó separado del grueso del ejército por un gran río, y si la lluvia hubiera comenzado uno o dos días antes, el tendido del puente en Cambio habría sido imposible y los austriacos se habrían encontrado en aquella posición aislada en la que esperaban hallar al enemigo. Todo el cruce del Po les fue aparentemente impuesto por la necesidad de hacer pasar a Benedek. ¿Por qué no estuvo desde un principio en la orilla norte? El tendido del puente sobre el Po y las operaciones a él vinculadas los obli-

garon a permanecer unos días más en los pantanos pestilenciales de lo que en otro caso habría sido necesario. Por último, toda la campaña parece haber sido mal conducida. En todos estos movimientos austriacos no hay resolución alguna. Se emprenden manifestaciones en todas direcciones, pero en ninguna parte vemos un movimiento destinado a un verdadero ataque. Así van tanteando a lo largo de toda la línea del enemigo, hasta que finalmente la inundación levanta una barrera infranqueable de varias millas de anchura entre los ejércitos contendientes. Por falta de mejor ocupación, y para aparentar al menos cierta actividad, efectúan ahora reconocimientos en dirección al Dora; pero todas estas exploraciones han sido realizadas por pequeñas columnas volantes, que no pueden actuar con verdadero vigor y tienen que volverse en cuanto tropiezan con una posición avanzada.

Mientras los austriacos, pues, no hacen nada en realidad, sus adversarios parecen ocupados en el mismo juego. Ahora están tan concentrados como es posible en la larga línea que ocupan. Sus posiciones son las siguientes: La línea de la extrema izquierda, formada por el Dora y el Po hasta Casale, está ocupada por el cuerpo francés del general Niel, que comprende dos divisiones. El ala izquierda se halla en Casale y se compone de dos divisiones piamontesas y 3.000 voluntarios al mando de Garibaldi. El centro, en Valenza, lo forman el cuerpo francés del general Mac-Mahon y una división piamontesa: en total, tres divisiones. El ala derecha, en Alessandria, consiste en el cuerpo francés de Canrobert y una división piamontesa: tres divisiones. En la extrema derecha, cerca de Novi y Arquata, se encuentra el cuerpo francés de Baraguay d’Hilliers y una división piamontesa: tres divisiones. La reserva la constituyen dos divisiones de la Guardia francesa en Génova. Si calculamos la división en 10.000 hombres —cifra bastante alta, pues los franceses no han tenido tiempo de llamar a sus licenciados y, por tanto, cuentan con menos efectivos, mientras que las divisiones sardas son más fuertes—, obtendríamos un total de 150.000 hombres; ésa es, aproximadamente, la fuerza de las tropas ahora desplegadas del lado aliado. De ellas, podrían empeñarse en combate de 110.000 a 120.000 hombres. Su comportamiento, extraordinariamente pasivo hasta ahora, puede deberse en parte a la falta de preparación por parte de los franceses, que llevan consigo muy poca artillería y municiones, y en parte a órdenes de Louis-Napoleon, quien, sin duda, se propone cosechar personalmente los primeros laureles de la campaña. Este nuevo general llegó a Génova el día 12, donde fue recibido con aclamaciones por el pueblo. El día

13 se entrevistó con el rey Victor Emanuel II., que acudió desde el campamento para la reunión. Ese mismo día dirigió una proclama napoleónica, cuyo texto publicamos en otra página, y el día 14 se proponía dirigirse al ejército.

Las lluvias parecen haber amainado ya, y el próximo correo o el siguiente podrá traernos noticias de carácter más definido. Este estado de vacilación e inactividad no puede prolongarse mucho más. O los austriacos tienen que volver a pasar al otro lado del Po, o se librará una batalla en la Lomellina. Puede ser que los austriacos hayan buscado y preparado una fuerte posición defensiva para contener allí el asalto de las tropas aliadas. Si han hallado una, sería lo más inteligente que han podido hacer; no pueden retirarse decentemente sin combatir, y en semejante posición estarían al mismo tiempo en condiciones de lanzar a la lucha todas las fuerzas de que ahora disponen, mientras que los aliados quedarían debilitados por las guarniciones que tendrían que dejar en Casale, Alessandria y Valenza.

Mientras tanto, ambos bandos buscan refuerzos. Austria ha enviado a Trieste y sus alrededores un cuerpo de 50.000 hombres al mando del general Wimpffen, que debe servir de reserva para el ejército de Italia, en tanto que Louis-Napoleon ha organizado otros dos cuerpos de ejército para Italia; además, circulan rumores de que el príncipe Napoleón acaudillará un ejército abigarrado que deberá desembarcar en algún punto de la península para conquistar allí un reino a su medida.