El 19 de abril, el conde Buol cometió la infantil imprudencia de comunicar al enviado inglés <lord Augustus Loftus> que el 23 plantearía a los piamonteses un ultimátum de tres días, y que, transcurrido ese plazo, comenzaría la guerra y haría entrar sus tropas. Buol sabía ciertamente que Malmesbury no era Palmerston, pero olvidó que precisamente se acercaba la época de las elecciones generales, que los obcecados tories, por miedo a ser tachados de «austriacos», se convirtieron de hecho en bonapartistas a su pesar. El día 20, el gobierno inglés se había apresurado a poner a Herr Bonaparte en conocimiento de esta comunicación, y al instante comenzó la concentración de tropas francesas
y se dio la orden de formar los cuartos batallones de los licenciados. El 23, los austriacos entregan realmente el ultimátum —en vísperas de la mayoría de las elecciones inglesas—. Derby y Malmesbury se apresuran a declarar este acto un «crimen» contra el que protestan de la manera más enérgica. Bonaparte hace que sus tropas crucen la frontera piamontesa aún antes de que expire el ultimátum; el 26 de abril los franceses pisan Saboya y Génova. Los austriacos, en cambio, detenidos por las protestas y amenazas del gobierno tory, conceden dos días más y no entran en el Piamonte el 27, sino el 29.

Así, el general secreto tuvo conocimiento de la intención de los austriacos nueve días enteros antes de su invasión, y gracias a la traición del ministerio inglés consiguió estar sobre el terreno tres días antes que ellos. Pero no solo en el ministerio inglés, también en el mando del ejército austriaco tenía el general secreto aliados. Todo el mundo esperaba, y con razón, que Heß asumiera el mando supremo del ejército de Italia. En vez de ello, Gyulay, que en 1848 y 1849 no había estado en parte alguna frente al enemigo, conservó el mando: un cabeza totalmente incapaz, sin entendimiento ni fuerza de voluntad, ese Gyulay. Heß es de origen burgués y desafecto a la camarilla aristocrática reaccionaria y filojesuita que forma la camarilla de Francisco José. El triunvirato Grünne-Thun-Bach azuzó al débil Francisco José, quien junto con Grünne había elaborado un plan de operaciones extraño y amargamente criticado por Heß, contra el viejo estratega; así, el mentecato de alta alcurnia Gyulay siguió siendo el general en jefe, y su plan de operaciones —invasión del Piamonte— fue aprobado. Heß había aconsejado la más estricta defensiva y evitar toda batalla hasta el Mincio. El ejército austriaco, demorado además por los torrentes de lluvia, no apareció hasta el 3 o 4 de mayo en el Po y el Sesia, y ya era naturalmente demasiado tarde para aventurar un golpe de mano sobre Turín o sobre una de las fortalezas piamontesas. Los franceses estaban concentrados en masa en el alto Po; esto ofreció al incapaz Gyulay un pretexto bienvenido para la inacción. Para documentar cumplidamente su perplejidad, mandó emprender el reconocimiento forzado de Montebello. El combate que de ello resultó fue llevado honorablemente por trece batallones austriacos contra dieciséis franceses, hasta que aparecieron en el campo de batalla la segunda y tercera división del cuerpo de Baraguay d'Hilliers, tras lo cual los austriacos, que habían alcanzado su objetivo, se retiraron. Pero como por parte de los austriacos no siguió nada más a este reconocimiento, se muestra que toda la expedición hubiera podido omitirse perfectamente.

El general secreto, mientras tanto, había tenido que esperar su material de guerra y su caballería, y pasó el tiempo probablemente estudiando a su querido Bülow. Completamente informados sobre el dispositivo y los efectivos de los austriacos, los franceses podían trazar fácilmente un plan de ataque. En general, solo hay tres maneras de atacar: o bien de frente, para romper el centro, o bien mediante el envolvimiento del ala derecha o izquierda. El general secreto se decidió a envolver el ala derecha enemiga. Los austriacos se encontraban
en una larga línea desde Biella hasta Pavía, después de haber forrajeado sin estorbo todo el territorio entre el Sesia y el Dora Baltea. El 21 de mayo los piamonteses atacan la línea del Sesia y libran durante varios días pequeños combates entre Casale y Vercelli, mientras Garibaldi, con sus cazadores de los Alpes, deslizándose pegado al lago Mayor, subleva la zona de Varese y avanza hasta las comarcas de Como y la Brianza. Gyulay persiste en su dispersión e incluso envía uno de sus seis cuerpos de ejército (el noveno) a la orilla meridional del Po. El 29 de mayo están por fin tan avanzados los preparativos que puede comenzar el ataque. Los combates de Palestro y Vinzaglio, en los que la mayor parte del ejército piamontés estuvo empeñada contra una parte del séptimo cuerpo de ejército (Zobel), abrieron a los aliados el camino de Novara, que Gyulay mandó desalojar sin resistencia. Inmediatamente, los piamonteses, los cuerpos franceses 2.º, 3.º y 4.º y la Guardia fueron dirigidos hacia allí; el primer cuerpo siguió. El envolvimiento del ala derecha austriaca estaba consumado, el camino directo a Milán estaba abierto.

Pero con ello se les dio a los ejércitos precisamente la misma disposición en la que Radetzky obtuvo en 1849 la victoria de Novara. En largas columnas y por unos pocos caminos paralelos, los aliados se desplazaban pesadamente hacia el Tesino. La marcha solo podía efectuarse con lentitud. Gyulay disponía de cinco cuerpos de ejército a su alcance, incluso descontando el disperso noveno cuerpo. Tan pronto como el ataque de los piamonteses cobró un carácter serio —y así sucedió los días 29 y 30 de mayo—, Gyulay debía concentrar sus tropas. El punto en que lo hiciera era bastante indiferente; ante 140.000‑150.000 hombres en posición concentrada no se pasa de largo; además, de lo que se trataba no era de defenderse pasivamente, sino de propinar al enemigo un golpe en el momento oportuno. Si Gyulay se hubiera concentrado entre Mortara, Garlasco y Vigevano el 31 de mayo y el 1 de junio, habría podido, por un lado, caer sobre el flanco mismo del envolvimiento de su ala derecha a la altura de Novara, cortar en dos las columnas de marcha enemigas, empujar a una parte de ellas de espaldas contra los Alpes y hacerse dueño del camino de Turín. Por otro lado, si el enemigo cruzaba el Po por debajo de Pavía, siempre habría podido acudir a tiempo para cerrarle el camino a Milán.

Se había hecho realmente un comienzo de concentración. Pero antes de que esta se hubiera llevado a cabo por completo, Gyulay se desconcertó por la ocupación de Novara. ¡El enemigo estaba más cerca de Milán que él! Ciertamente, pero eso era precisamente lo deseable; ahora había llegado el momento de asestar el golpe en el momento oportuno; el enemigo se vería obligado a batirse en las condiciones más desfavorables.
Pero Gyulay, por valiente que pueda ser en lo personal, era moralmente cobarde. En vez de avanzar con rapidez, retrocedió para hacer que su ejército, a marchas forzadas, se moviese en un arco alrededor del enemigo y volviera a cerrarle en Magenta el camino directo a Milán. Las tropas son puestas en movimiento el 2 de junio, y el cuartel general se traslada a Rosate, en Lombardía. Allí llegó el 3 de junio, a las cinco y media de la mañana, el Feldzeugmeister Heß. Le pidió cuentas a Gyulay por el imperdonable error y mandó detener inmediatamente a todas las tropas, pues todavía juzgaba posible ejecutar el golpe en dirección a Novara. Dos cuerpos de ejército enteros, el segundo y el séptimo, estaban ya en suelo lombardo; habían marchado de Vigevano a Abbiategrasso. El tercer cuerpo recibió la orden de hacer alto justo en el puente junto a Vigevano, dio media vuelta y tomó posición en la orilla piamontesa. El octavo pasó por Bereguardo, el quinto por Pavía. El noveno seguía muy alejado y completamente fuera de alcance.

Cuando Heß se hubo informado con exactitud del dispositivo de las tropas, encontró que ya era demasiado tarde para contar con el éxito en dirección a Novara; ahora solo quedaba la dirección de Magenta. A las diez de la mañana salieron las órdenes para que las columnas prosiguieran su marcha hacia Magenta.

Sobre esta intervención de Heß y la pérdida de 4 
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 horas a causa de la detención de las columnas hace recaer Gyulay la culpa de la batalla perdida de Magenta. Lo infundado de este pretexto se desprende de lo siguiente: El puente junto a Vigevano dista diez millas inglesas de Magenta: una corta jornada de marcha. El segundo y el séptimo cuerpo estaban ya en Lombardía
cuando llegó la orden de hacer alto. Tenían, por tanto, que recorrer a lo sumo 7‑8 millas por término medio. A pesar de ello, solo llegó una división del séptimo cuerpo hasta Corbetta y 3 brigadas del segundo cuerpo hasta Magenta. La segunda división del séptimo cuerpo no pasó el día 3 de Castelletto, cerca de Abbiategrasso; y el tercer cuerpo, que recibió a más tardar a las 11 de la mañana la orden de ponerse en marcha desde el puente de Vigevano, y que, por tanto, aún tenía una buena parte del día por delante, no parece haber recorrido siquiera las cinco o seis millas inglesas hasta Abbiategrasso, ya que al día siguiente solo pudo entrar
en combate hacia las 4 de la tarde junto a Robecco (3 millas de Abbiategrasso). Aquí nos encontramos, pues, manifiestamente con una retención de las columnas en los caminos que, como consecuencia de las malas disposiciones, hizo más lenta la marcha. Cuando un cuerpo de ejército necesita 24 horas y más para recorrer 8‑10 millas, de verdad que 4‑5 horas de más no pesan gran cosa en la balanza. El octavo cuerpo, dirigido por Bereguardo y Binasco, tenía que dar tal rodeo que, ni siquiera aprovechando las 4 
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 horas perdidas, habría podido presentarse a tiempo en el campo de batalla. El quinto cuerpo, que avanzaba desde Pavía en dos verdaderas marchas forzadas,
intervino aún en la batalla con una brigada al atardecer del 4 de junio. Lo que perdió en tiempo lo ganó en intensidad de movimiento. El intento de echar a Heß la culpa de la dispersión del ejército cae, pues, por completo por tierra.

La introducción estratégica de la victoria de Magenta consiste, pues, en primer lugar en un error positivo que cometió Luis Bonaparte mismo, al efectuar una marcha de flanco dentro del radio de acción del enemigo, y, en segundo lugar, en un error de Gyulay que, en lugar de caer concentradamente sobre las largas columnas de marcha, dispersó por completo a su ejército mediante una contramarcha y una retirada pésimamente dispuestas, y condujo al combate a sus tropas fatigadas y hambrientas. Esta fue la primera fase de la guerra. Sobre la segunda, en el próximo número.

["Das Volk" núm. 12 del 23 de julio de 1859]
["Das Volk" núm. 3 del 30 de julio de 1859]

Dejamos a nuestro verdadero Napoleón secreto en el campo de batalla de Magenta. Gyulay le había hecho el mayor favor que un general puede hacer a su adversario; había conducido sus fuerzas tan dispersas que en todo momento de la batalla se halló en la más decidida inferioridad numérica y, aun al anochecer, no tenía las tropas en la mano. El primer y segundo cuerpos se retiraron hacia Milán, el octavo llegó de Binasco, el quinto de Abbiategrasso, y al noveno se lo paseó muy abajo, a lo largo del Po. ¡He aquí una situación para un general; aquí se trataba de arrojarse, con las numerosas tropas frescas que llegaron durante la noche, entre las aisladas columnas austríacas para alcanzar una verdadera victoria y obligar a destacamentos enteros, con banderas y artillería, a rendir las armas! Así actuó el Napoleón vulgar en Montenotte y Millesimo, en Abensberg y Ratisbona. No así el Napoleón «superior». Éste se halla muy por encima de tan tosco empirismo. Sabe, por su Bülow, que la retirada excéntrica es la más ventajosa. Así pues, apreció plenamente las magistrales disposiciones de retirada de Gyulay y, en lugar de arrojarse sobre él, telegrafió a París: El ejército descansa y se reorganiza. ¿No estaba acaso seguro de que el mundo no sería tan descortés como para calificar su torpe ejercicio de Magenta de otro modo que como una «gran victoria»?

Nuestro amigo Gyulay, que ya una vez había intentado con tanto éxito la maniobra de marchar en arco alrededor del enemigo, repitió este experimento, y esta vez a gran escala. Hizo marchar a su ejército primero hacia el sureste, al Po, luego en tres columnas por tres caminos paralelos a lo largo del Po hasta cerca de Piadena en el Oglio, y de nuevo al norte, hacia Castiglione. En ello no se apresuró en absoluto. El camino que tenía que recorrer hasta Castiglione era de unas 120 millas inglesas, es decir, 10 jornadas muy cómodas u 8 buenas jornadas de marcha. El 14, a más tardar el 15, podía, pues, estar en posición cerca de Castiglione; pero no fue hasta el 19 cuando una parte considerable del ejército se halló en las alturas al sur del lago de Garda. Pero la confianza engendra confianza. Si los austríacos marchaban lentamente, el Napoleón superior demostró que también en esto los superaba. El Napoleón vulgar no hubiera tenido nada más urgente que hacer avanzar a sus tropas a marchas forzadas por el camino de marcha más corto y directo hacia Castiglione, de apenas 100 millas inglesas, para llegar antes que los austríacos a la posición al sur del lago de Garda y al Mincio y, a ser posible, caer de nuevo sobre el flanco de las columnas de marcha austríacas. No así el Napoleón perfeccionado. «Siempre despacio adelante» es su lema. Desde el día 5 hasta el 22 necesita para concentrar sus tropas en el Chiese. ¡17 días para 100 millas, o dos horitas por día!

Ésas son las colosales fatigas que las columnas francesas tuvieron que soportar y que inspiraron a los corresponsales de los periódicos ingleses tanta admiración por la resistencia y la inagotable alegría de los piou-pious <infantes>. Sólo una vez se intentó un combate de retaguardia. Se trataba de desalojar de Melegnano a una división austríaca (Berger). Una brigada mantenía la ciudad, la otra ya estaba detrás del Lambro, cubriendo la retirada de la primera, y casi no entró en combate. Aquí demostró nuestro general secreto que, cuando la ocasión lo requiriera, también conocía la estrategia napoleónica: ¡masas sobre el punto decisivo! En consecuencia, envió contra esa sola brigada dos cuerpos enteros de ejército, es decir, diez brigadas; atacada por seis brigadas, la brigada austríaca (Roden) resistió de tres a cuatro horas y no se retiró, sin ser perseguida, al otro lado del Lambro hasta después de haber perdido más de un tercio de sus hombres; la presencia de la segunda brigada (Boér) bastó para contener a la colosal superioridad numérica francesa. Como se ve, la guerra se hizo por parte francesa con la mayor cortesía.

En Castiglione entra en escena otro héroe: Francisco José de Austria. ¡Dos dignos adversarios! El uno ha hecho difundir por todas partes que es el mayor zorro de todos los tiempos; el otro se complace en hacerse pasar por caballeresco. El uno no puede menos de ser el mayor caudillo de su siglo, porque tiene la misión de travestir al Napoleón original —¡ha llevado consigo al campo de batalla su auténtico vaso de beber y otras reliquias!—; el otro tiene que encadenar la victoria a sus banderas, porque es de nacimiento «supremo señor de la guerra» de su ejército. De manera más adecuada no podía estar representada en el campo de batalla la economía de epígonos que campea en los entreactos entre las revoluciones del siglo diecinueve.

Francisco José inaugura su carrera de general en jefe haciendo que sus tropas ocupen primero la posición al sur del lago de Garda, para retirarlas acto seguido detrás del Mincio; apenas las tiene tras el Mincio, las envía de nuevo a la ofensiva. Semejante maniobra tenía que sorprender incluso a un Napoleón perfeccionado, y su boletín es también lo bastante cortés como para confesarlo abiertamente. Como en aquel mismo día él y su ejército se hallaban justamente en marcha hacia el Mincio, se produjo una colisión de ambos ejércitos: la batalla de Solferino. Nos abstenemos de volver a entrar aquí en el detalle de esta batalla, pues ya lo hicimos en un número anterior de este periódico; tanto más cuanto que el parte oficial austríaco está redactado, adrede, con la mayor confusión, a fin de encubrir los peregrinos yerros del señor de la guerra por derecho de nacimiento. Pero de él se desprende con certeza que de la pérdida de la batalla son principalmente culpables Francisco José y su camarilla. En primer lugar, se mantuvo a Heß, de manera intencionada y sistemática, en segundo plano. En segundo lugar, Francisco José se puso en lugar de Heß. En tercer lugar, una masa de personas ineptas y, en algunos casos, hasta dudosas en el punto de la bravura, permanecieron en mandos importantes por influjo de la camarilla. De todas estas circunstancias surgió, incluso prescindiendo del plan original, tal confusión el día de la batalla que no se pudo hablar ya de mando, de articulación de los movimientos, de orden ni de consecuencia en las maniobras. Sobre todo en el centro parece haber reinado una confusión sin fondo. Los tres cuerpos de ejército que aquí se hallaban (1º, 5º y 7º) ejecutan movimientos tan contradictorios e inconexos, y se echan tan de menos unos a otros justo en el momento decisivo, mientras que en todo otro momento se estorban mutuamente, que del parte austríaco sólo se desprende esto, pero esto con certeza: aquí la batalla se perdió menos por debilidad numérica que por una dirección vergonzosamente mala. Jamás apoyó un cuerpo a otro en el momento oportuno; las reservas estaban en todas partes, salvo donde eran necesarias; y así cayeron Solferino, San Cassiano y Cavriana, uno tras otro, mientras que, defendidos conjuntamente los tres con tenacidad y destreza, habrían constituido una posición inexpugnable. Pero, de este modo, Solferino, el punto decisivo, se dio por perdido ya a las dos, y la batalla con Solferino; Solferino cayó mediante un ataque concéntrico, que sólo podían haber frustrado golpes ofensivos, pero justamente éstos faltaron; y tras Solferino cayeron las otras aldeas, también mediante ataques concéntricos, a los que se opuso una insuficiente defensa pasiva. Pese a todo, aún había tropas frescas, pues las listas de bajas austríacas demuestran que, de 25 regimientos de línea empeñados, ocho (Roßbach, archiduque José, Hartmann, Mecklenburg, Heß, Grüber, Wernhardt, Wimpffen), esto es, dos tercios, perdieron menos de 200 hombres por regimiento, es decir, ¡sólo estuvieron empeñados de manera insignificante! Tres de ellos, así como el regimiento fronterizo de Gradisca, no perdieron 100 hombres por regimiento, y de los cazadores, la mayoría de los batallones (cinco) perdieron menos de 70 hombres por batallón. Puesto que el ala derecha (Benedek, octavo cuerpo) tuvo que empeñar seriamente todas sus tropas contra una gran superioridad enemiga, todos esos regimientos y batallones sólo ligeramente empeñados recaen sobre el centro y el ala izquierda, y una buena parte de ellos tiene que haber estado en el centro. Esto demuestra cuán lamentable fue aquí la dirección. La cosa se aclara, por lo demás, muy fácilmente: aquí estaba Francisco José en persona, con su camarilla palaciega; aquí, pues, todo tenía que marchar desordenadamente, sin plan. ¡Las 13 baterías de la artillería de reserva no hicieron un solo disparo! En el ala izquierda parece haber reinado una ausencia similar de dirección. Aquí fue sobre todo la caballería la que, mandada por viejas, no entró en acción. Allí donde se mostraba un regimiento de caballería austríaco, la caballería francesa se daba media vuelta; pero, de ocho regimientos, solamente uno solo de húsares llegó a atacar en toda regla, y dos regimientos de dragones y uno de ulanos lo hicieron de manera mediana; los húsares prusianos perdieron 110 hombres, los dos regimientos de dragones juntos 96; la pérdida de los ulanos de Sicilia no se conoce, ¡los otros cuatro regimientos perdieron juntos sólo 23 hombres! La artillería perdió en total sólo 180 hombres.

Estas cifras demuestran, más que ninguna otra cosa, la inseguridad y la irresolución con que los generales austríacos, desde el emperador hasta los jefes de cuerpo, condujeron las tropas al encuentro del enemigo. Súmese a esto la superioridad numérica y el arranque moral que debían los franceses a los éxitos anteriores, y se comprenderá cómo los austríacos no pudieron vencer. Un solo jefe de cuerpo, Benedek, no se dejó amedrentar; él solo tuvo a su cargo toda el ala derecha, y Francisco José no tuvo tiempo de entrometerse. La consecuencia fue que batió cumplidamente a los piamonteses, pese a su doble superioridad numérica.

El Napoleón superior ya no era un novato en el arte de la guerra como Francisco José. Ya se había ganado las espuelas en Magenta y sabía por experiencia cómo debía comportarse en el campo de batalla. Dejó que el viejo Vaillant calculara la longitud del frente a ocupar, con lo cual la distribución de los distintos cuerpos de ejército se daba por sí misma, y luego dejó que los jefes de cuerpo siguieran avanzando, pues podía estar bastante tranquilo en cuanto a que sabían conducir sus cuerpos. Él en persona se trasladó a aquellos puntos donde, en la Illustration de París del sábado siguiente, su figura había de lucir mejor, y desde allí impartió órdenes de detalle muy melodramáticas, pero también muy indiferentes.

[«Das Volk» Nr. 14 del 6 de agosto de 1859]

En la Academia de Düsseldorf había hace tiempo un pintor ruso, que más tarde, por falta de talento y pereza, fue relegado a Siberia. El pobre diablo sentía gran entusiasmo por su emperador Nicolás y solía narrar con arrebato: «¡Emperador muy grande! ¡Emperador puede todo! Emperador también puede pintar. Pero emperador no tener tiempo para pintar; emperador comprar paisajes y luego pintar soldados dentro. ¡Emperador muy grande! Dios es grande, ¡pero emperador todavía joven!».

El Napoleón superior tiene en común con Nicolás la opinión de que los paisajes sólo están ahí para pintar soldados dentro. Pero como ni siquiera tiene tiempo de pintar tan sólo los soldados, se contenta con posar para el cuadro. Il pose. <Se pone en postura.> Magenta, Solferino y toda Italia no son más que el accesorio, el mero pretexto para volver a llevar su interesante figura, en actitud melodramática, a la Illustration y al Illustrated London News. Como esto puede hacerse con algún dinero, también lo ha logrado. A los milaneses les ha dicho:

«Si hay gentes que no comprenden su siglo» (el siglo de la reclame y del puff <humbug>), «yo no pertenezco a esas gentes.»

El viejo Napoleón fue grande, ¡y el Napoleón mejorado ya no es joven!

Esta última comprensión —la de que ya no es joven— le ha inspirado también la idea de que ya es hora de hacer la paz. Había llegado tan lejos como se puede llegar con meros succès d’estime (éxitos de estima). “En cuatro combates y dos batallas”, con una pérdida de más de 50.000 hombres sólo en los combates, sin contar los enfermos, había conquistado el antepaís hasta las fortalezas austríacas: el territorio que Austria misma, mediante sus fortificaciones, había declarado al mundo entero no querer defender nunca seriamente contra una fuerza superior, y que esta vez había sido defendido, sin embargo, sólo para fastidiar al mariscal Heß. La via sacra (calzada sagrada; aquí: calzada de la victoria), por la que el Napoleón superior había conducido hasta entonces a su ejército con tan clásica pomada y con tan dudosos éxitos, apareció de pronto tapiada con tablones. Más allá quedaba la tierra prometida, que ya no vería la actual “Armée d’Italie”, sino acaso sus nietos —y tal vez ni siquiera éstos—. Rívoli y Arcole no figuraban en el programa. Verona y Mantua estaban a punto de decir su palabra, y la única fortaleza en cuyo interior ha entrado hasta ahora el Napoleón superior con séquito militar es el castillo de Ham — y se dio por muy contento cuando pudo retirarse de allí sin honores guerreros—. De todos modos, los efectos sensacionales resultaron bien pauvre (míseros): grandes batailles (grandes batallas) había tenido, pero ni siquiera el hilo telegráfico le creyó las grandes victoires (grandes victorias). Una guerra en torno a campamentos atrincherados, contra el viejo Heß, una guerra con alternativas cambiantes y probabilidades decrecientes, una guerra que exigía un trabajo serio, un verdadero
guerra, no era una guerra para el Napoleón de la Porte Saint-Martin y del anfiteatro de Astley. A esto se añadía que un paso más habría provocado también una guerra en el Rin, con lo cual sobrevendrían complicaciones que pondrían fin inmediato a las gesticulaciones heroicas y a las melo-

dramáticas poses plastiques (poses plásticas). Pero con tales cosas no se mete el Napoleón superior: hizo la paz y se tragó su programa.

Cuando la guerra comenzó, nuestro Napoleón superior apeló inmediatamente a las campañas de Italia del Napoleón vulgar, a la via sacra de Montenotte, Dego, Millesimo, Montebello, Marengo, Lodi, Castiglione, Rívoli y Arcole. Comparemos, pues, una vez la copia con el original.

El Napoleón vulgar asumió el mando de 30.000 soldados medio hambrientos, descalzos y harapientos en un momento en que Francia, con las finanzas deshechas, en la imposibilidad de obtener empréstitos, no sólo tenía que mantener dos ejércitos en los Alpes, sino otros dos en Alemania. No tenía a Cerdeña ni a los demás países italianos de su lado, sino en su contra. El ejército que se le enfrentaba era superior al suyo en número y organización. A pesar de ello, atacó, batió a austríacos y piamonteses en seis golpes rápidamente sucesivos, en cada uno de los cuales supo tener la superioridad numérica de su parte, obligó al Piamonte a la paz, cruzó el Po, forzó el paso del Adda en Lodi y sitió Mantua. Al primer ejército de socorro de los austríacos lo derrotó en Lonato y Castiglione y, mediante audaces maniobras, lo forzó en su segundo avance a arrojarse a Mantua. Al segundo ejército de socorro lo detuvo en Arcole y lo mantuvo en jaque durante dos meses, hasta que, reforzado, avanzó de nuevo para hacerse batir en Rívoli. A continuación forzó la capitulación de Mantua y la paz de los príncipes del sur de Italia, y avanzó a través de los Alpes Julianos hasta el pie del Semmering, donde conquistó la paz.

Así el Napoleón vulgar. ¿Y el superior? Éste encuentra un ejército mejor y más fuerte que el que jamás tuvo Francia, y una situación financiera que al menos le permite sufragar fácilmente los gastos de guerra mediante empréstitos. Dispone de seis meses para prepararse en la más profunda paz para su campaña. Tiene a Cerdeña de su parte, con fuertes fortalezas y un numeroso y excelente ejército; mantiene ocupada Roma; la Italia central sólo espera una señal suya para desencadenar la lucha y unírsele. Su base de operaciones no está en los Alpes Marítimos, sino en el Po medio, cerca de Alessandria y Casale. Donde su predecesor tenía caminos de herradura, él tiene ferrocarriles. ¿Y qué hace? Arroja cinco fuertes cuerpos de ejército a Italia, tan fuertes que, juntos con los sardos, es siempre

considerablemente superior en número a los austríacos, hasta el punto de que todavía puede ceder el sexto cuerpo al ejército de turistas de su primo para una excursión militar. A pesar de todos los ferrocarriles, necesita un mes entero para concentrar sus tropas. Por fin avanza. La incapacidad de Gyulay le hace el regalo de la indecisa batalla de Magenta, que se transforma en victoria por las circunstancias estratégicas fortuitas de ambos ejércitos después de la batalla, circunstancias de las que el Napoleón superior es del todo inocente y de las que Gyulay es el único culpable. Como agradecimiento, deja escapar a los austríacos en vez de perseguirlos. En Solferino,
Franz Joseph casi le obliga a vencer; sin embargo, el resultado apenas es mejor que en Magenta. Ahora se prepara una situación en la que el Napoleón vulgar apenas habría empezado a desplegar sus recursos; la guerra se traslada a un terreno donde hay algo más real que hacer y cobra unas dimensiones con las que una ambición grandiosa encuentra su cuenta. Llegado al punto en que la via sacra del Napoleón vulgar apenas comienza, en que apenas se abre una grandiosa perspectiva, en ese punto —
¡el Napoleón superior pide la paz!