Karl Marx in New York Daily Tribune

Articles On China, 1853-1860

Trade with China

December 3, 1859

En un momento en que prevalecían opiniones muy desatinadas sobre el impulso que el comercio americano y británico recibiría sin falta de la llamada apertura del Imperio Celeste, emprendimos la tarea de demostrar, mediante un examen bastante detenido del comercio exterior chino desde comienzos de este siglo, que aquellas expectativas exageradas carecían de todo fundamento sólido. Prescindiendo por completo del comercio del opio, del cual probamos que crece en razón inversa a la venta de manufacturas occidentales, hallamos el obstáculo principal a toda expansión repentina del comercio de importación en China en la estructura económica de la sociedad china, basada en la combinación de la agricultura minuciosa con la industria doméstica. Para corroborar nuestras afirmaciones anteriores, podemos remitirnos ahora al Libro Azul titulado Correspondence Relative to Lord Elgin’s Special Missions to China and Japan.

Siempre que la demanda real de mercancías importadas en países asiáticos no corresponde a la demanda supuesta —calculada en la mayoría de los casos a partir de datos tan superficiales como la extensión del nuevo mercado, la magnitud de su población y el despacho que solían hallar los géneros extranjeros en algunos puertos de mar destacados—, los hombres de comercio, en su afán por asegurar una esfera de intercambio más amplia, se inclinan demasiado a atribuir su decepción a la circunstancia de que artificiosos obstáculos, inventados por gobiernos bárbaros, se interponen en su camino y pueden, en consecuencia, ser removidos por la fuerza bruta. Esta misma ilusión ha convertido en nuestra época al comerciante británico, por ejemplo, en el temerario partidario de todo ministro que, mediante agresiones piráticas, promete arrancar un tratado comercial al bárbaro. Así, los obstáculos artificiales que se suponía que el comercio extranjero encontraba por parte de las autoridades chinas formaron, de hecho, el gran pretexto que, a ojos del mundo mercantil, justificaba cada ultraje cometido contra el Imperio Celeste. La valiosa información contenida en el Libro Azul de Lord Elgin contribuirá en buena medida, en todo espíritu sin prejuicios, a disipar tan peligrosas ilusiones.

El Libro Azul contiene un informe, fechado en 1852, del Sr. Mitchell, agente británico en Cantón, dirigido a Sir George Bonham, del cual citamos el siguiente pasaje:

«Nuestro Tratado Comercial con este país (China) lleva ahora (1852) casi diez años en plena aplicación; se han removido todos los supuestos impedimentos, se nos han abierto mil millas de nuevas costas y se han establecido cuatro nuevos mercados en los mismísimos umbrales de los distritos productores, en los mejores puntos posibles del litoral. Y sin embargo, ¿cuál es el resultado en lo que atañe al prometido incremento del consumo de nuestras manufacturas? Pues, claramente, éste: ¡Que al cabo de diez años, las tablas de la Junta de Comercio nos muestran que Sir Henry Pottinger halló un comercio mayor cuando firmó el Tratado Suplementario en 1843 que el que su propio Tratado nos muestra a finales de 1850!; es decir, en lo que respecta a nuestras manufacturas nacionales, única cuestión que ahora consideramos.»

El Sr. Mitchell admite que el comercio entre la India y China, consistente casi exclusivamente en el cambio de plata por opio, se ha desarrollado enormemente desde el tratado de 1842, pero, incluso respecto a este comercio, añade:

«Se desarrolló con la misma rapidez desde 1834 hasta 1844 que desde esta última fecha hasta el presente; período este último que puede considerarse como su funcionamiento bajo la supuesta protección del Tratado; mientras que, por otra parte, nos salta a la vista el gran hecho, en las Tablas de la Junta de Comercio, de que la exportación de nuestros géneros manufacturados a China era, a fines de 1850, inferior en cerca de tres cuartos de millón de libras esterlinas respecto a fines de 1844.»

Que el tratado de 1842 no ejerció influencia alguna en fomentar el comercio británico de exportación a China se verá por el siguiente cuadro:

VALOR DECLARADO EN LIBRAS ESTERLINAS

                    1849      1850      1851      1852      1853
Artículos de algodón  1.001.283 1.020.915 1.598.829 1.905.321 1.408.439
Artículos de lana      370.878   404.797   373.399   434.616   203.875
Otros artículos       164.948   148.433   189.040   163.662   137.289
Total               1.537.109 1.574.145 2.161.268 2.503.599 1.749.597

                    1854      1855      1856      1857
Artículos de algodón   640.820   883.985 1.544.235 1.731.909
Artículos de lana      156.959   134.070   268.642   286.852
Otros artículos        202.937   259.889   403.246   431.221
Total               1.000.716 1.277.944 2.216.123 2.449.982

Ahora bien, comparando estas cifras con la demanda china de manufacturas británicas en 1843, que según el Sr. Mitchell ascendió a 1.750.000 libras esterlinas, se verá que en cinco de los últimos nueve años las exportaciones británicas quedaron muy por debajo del nivel de 1843, y en 1854 fueron sólo 10/17 de lo que habían sido en 1843. El Sr. Mitchell, en primera instancia, explica este hecho sorprendente mediante algunas razones que resultan demasiado generales para probar nada en particular. Dice:

«Los hábitos de los chinos son tan frugales y tan hereditarios, que llevan exactamente lo que sus padres llevaban antes que ellos; es decir, lo justo y nada más de cualquier cosa, por barato que se les ofrezca. Ningún trabajador chino puede permitirse ponerse una chaqueta nueva que no le dure al menos tres años y que no resista el desgaste de la faena más ruda durante ese período. Pues bien, una prenda de esa descripción debe contener al menos tres veces el peso de algodón en rama que nosotros ponemos en los artículos más pesados que importamos a China; es decir, debe ser tres veces más pesada que los más pesados driles y géneros domésticos que podemos permitirnos enviar aquí.»

La ausencia de necesidades y la predilección por modelos hereditarios de vestido son obstáculos con que el comercio civilizado tropieza en todos los mercados nuevos. En cuanto a la resistencia y grosor de los driles, ¿no podrían los fabricantes británicos y americanos adaptar sus productos a las exigencias peculiares de los chinos? Pero aquí llegamos al verdadero punto en cuestión. En 1844, el Sr. Mitchell envió a Inglaterra algunas muestras de la tela del país de todas las calidades, con los precios especificados. Sus corresponsales le aseguraron que no podían producirla en Manchester, y mucho menos enviarla a China, a las tarifas indicadas. ¿De dónde proviene esta incapacidad del sistema fabril más avanzado del mundo para vender más barato que el tejido a mano en los telares más primitivos? La combinación que ya hemos señalado, de la agricultura minuciosa con la industria doméstica, resuelve el enigma. Citamos de nuevo al Sr. Mitchell:

«Cuando se recoge la cosecha, todas las manos en la granja, jóvenes y viejos por igual, se ponen a cardar, hilar y tejer ese algodón; y con esa tela tejida en casa, una materia pesada y duradera, apta para el trato rudo que ha de soportar durante dos o tres años, se visten, y el excedente lo llevan a la ciudad más cercana, donde el tendero lo compra para el uso de la población de las ciudades y de la gente de los barcos en los ríos. Con esta tela casera se visten nueve de cada diez seres humanos en este país, variando la manufactura en calidad desde el más basto dungaree hasta la más fina Nanking, todo producido en las casas de labor y sin costarle al productor literalmente nada más allá del valor de la materia prima, o más bien del azúcar que él cambió por ella, producto de su propia labranza. Nuestros fabricantes sólo tienen que contemplar un momento la admirable economía de este sistema, y, por así decirlo, su exquisito ensamblaje con las demás ocupaciones del agricultor, para convencerse, a simple vista, de que no tienen posibilidad alguna en la competencia, en lo que a los tejidos más bastos se refiere. Quizá sea característico de China, entre todos los países del mundo, el que el telar se encuentre en todo hogar campesino bien provisto. Las gentes de todos los demás países se contentan con cardar e hilar, y se detienen ahí, enviando el hilado al tejedor profesional para que lo convierta en tela. Estaba reservado al ahorrativo chino llevar la cosa a la perfección. No sólo carda e hila su algodón, sino que lo teje él mismo, con la ayuda de sus mujeres e hijas y de sus criados de labranza, y casi nunca se limita a producir para las meras necesidades de su familia, sino que convierte en parte esencial de las operaciones de la temporada la producción de cierta cantidad de tela para abastecer a las ciudades y ríos vecinos.

El campesino de Fui-kien no es, pues, un mero campesino, sino agricultor y fabricante a la vez. Produce esta tela literalmente de balde, fuera del coste de la materia prima: la produce, como se ha mostrado, bajo su propio techo, por las manos de sus mujeres y criados de labranza; no cuesta ni trabajo ni tiempo adicionales. Mantiene a sus domésticos hilando y tejiendo mientras crecen las cosechas, y después de recogidas, durante el tiempo lluvioso, cuando no se puede trabajar al aire libre. En suma, en todo intervalo disponible a lo largo del año, este modelo de industria doméstica prosigue su oficio y se ocupa en algo útil.»

Como complemento de la declaración del Sr. Mitchell puede considerarse la siguiente descripción que Lord Elgin hace de la población rural con la que se encontró durante su viaje río arriba por el Yang-tse-kiang:

«Lo que he visto me lleva a pensar que la población rural de China se halla, en general, en buena situación y satisfecha. Me esforcé mucho, aunque con escaso éxito, por obtener de ellos información precisa respecto a la extensión de sus propiedades, la naturaleza de su tenencia, los impuestos que han de pagar y otras cuestiones afines. Llegué a la conclusión de que, en su mayor parte, poseen sus tierras, que son de extensión muy limitada, en plena propiedad, concedida por la Corona, sujetas a ciertas cargas anuales de cuantía no muy exorbitante, y que estas ventajas, mejoradas por una industria asidua, satisfacen con creces sus sencillas necesidades, tanto de alimento como de vestido.»

Es esta misma combinación de la labranza con la industria manufacturera la que, durante largo tiempo, resistió, y aún hoy frena, la exportación de mercancías británicas a la India Oriental; pero allí esa combinación descansaba sobre una peculiar constitución de la propiedad territorial que los británicos, en su posición de supremos terratenientes del país, estaban en condiciones de socavar, y así convertir forzosamente a parte de las comunidades hindúes autosuficientes en meras granjas, productoras de opio, algodón, índigo, cáñamo y otras materias primas, a cambio de manufacturas británicas. En China, los ingleses no han ejercido aún este poder, ni es probable que lleguen a ejercerlo jamás.