Karl Marx

El tratado de Villafranca

Escrito el 19 de julio de 1859.

[“New-York Daily Tribune”, núm. 5704, del 4 de agosto de 1859, artículo de fondo]

Si la guerra provocada por Luis Napoleón bajo el pretexto de la liberación de Italia ha provocado una confusión general de las opiniones, un cambio de las posiciones y una prostitución de los hombres y de las cosas sin paralelo en la historia europea, la paz de Villafranca ha roto el funesto encanto. Díjese lo que se dijere de la astucia de Luis Napoleón, esta paz ha destruido su prestigio y lo ha enajenado incluso del pueblo francés y del ejército francés, al que su principal afán consistía en encadenar a su dinastía. Si dice a este ejército que ha concertado la paz por temor a Prusia y al cuadrilátero fortificado austríaco, les dice algo que no puede sino provocar su desagrado. Y si a este pueblo, cada uno de cuyos individuos es un revolucionario nato, le dice que en su marcha triunfal solo se vio detenido por el hecho de que para dar el próximo paso hacia adelante habría tenido que hacerlo con la revolución como aliada, puede estar seguro de que lo mirarán con una desconfianza y una aversión mucho mayores que al espantajo con que pretende asustarlos. En toda la Europa actual no hay fracaso comparable al que ha sufrido Luis Napoleón con su guerra italiana. El engaño estalló en Villafranca. Los especuladores de bolsa triunfan, los demagogos desenmascarados están consternados, los italianos engañados tiemblan de rabia, las “potencias mediadoras” hacen un papel lamentable y los británicos y estadounidenses que creyeron en la misión democrática de Luis Bonaparte ocultan su vergüenza tras protestas insustanciales y explicaciones sagaces; pero aquellos que se atrevieron a alzarse contra una ola de autoengaño, aun a riesgo de ser tachados de una actitud favorable a Austria, se han revelado como los únicos que tenían razón.

Consideremos ante todo la manera en que se concertó el tratado. Los dos emperadores se reúnen; Francisco José entrega la Lombardía a Napoleón, quien la regala a Víctor Manuel. A Víctor Manuel, aunque era manifiestamente la persona principal de la guerra, no se le admite en absoluto en las negociaciones de paz. Ambos contratantes escarnecen la idea de escuchar, siquiera en apariencia, la opinión de la mercancía humana que aquí se está traficando. Francisco José dispone de su propiedad, y Napoleón III, exactamente igual. Si se hubiese tratado de la transmisión de una fortuna, habría sido indispensable la presencia de un funcionario judicial y la observancia de algunas formalidades legales. Nada semejante en la transmisión de tres millones de seres humanos. Ni siquiera se recaba el consentimiento de Víctor Manuel, que es quien finalmente recibe la propiedad. Una humillación semejante era demasiado grande para un ministro, y Cavour dimitió. Un rey puede, desde luego, decir de un territorio anexionado lo que el emperador romano dijo del dinero recaudado: Non olet <No huele>. Probablemente no ha tenido para él ningún olor ofensivo.

Este procedimiento representa, según toda probabilidad, lo que en el vocabulario de las “idées napoléoniennes” se llama la “restauración de las nacionalidades”. Si se comparan sus transacciones con el negocio de Villafranca, al Congreso de Viena se le podría acusar directamente de principios revolucionarios y de simpatías con los pueblos. La inauguración de la nacionalidad italiana es deliberadamente escarnecida por un acuerdo que declara en grandes letras que Italia no ha tomado parte en la guerra contra Austria y que, por consiguiente, no tiene nada que decir en la conclusión de la paz con Austria. Garibaldi con sus audaces montañeses, las insurrecciones de Toscana, Parma, Módena y la Romaña, Víctor Manuel con su país afectado por la invasión, sus finanzas arruinadas y su ejército diezmado…, todo eso no cuenta. Fue una guerra entre un Habsburgo y un Bonaparte. No fue una guerra italiana. Víctor Manuel no puede reclamar siquiera el honor de aliado subalterno. No fue un socio en esta lucha, fue solo un instrumento, y por ello está excluido de aquellos derechos que, según el derecho internacional, asisten a todo combatiente, por insignificante que sea. No se le conceden los honores que se otorgaron a los príncipes mediatizados alemanes en la paz de 1815. Un modesto pariente pobre al que se le permite consumir en silencio las migajas que caen de la mesa de su rico y poderoso primo.

Si pasamos ahora al contenido —queremos decir al contenido oficial— del tratado de Villafranca, encontraremos que este concuerda perfectamente con el modo de proceder. Se entrega la Lombardía al Piamonte, pero esa misma oferta, en condiciones más favorables y sin cargas gravosas, ya la había propuesto Austria en 1848 a Carlos Alberto y a lord Palmerston. En aquel momento, ninguna potencia extranjera se había apoderado del movimiento italiano. La entrega debía hacerse a Cerdeña, no a Francia; también el Véneto debía ser separado de los territorios austríacos y constituido como un Estado italiano independiente, no bajo el emperador de Austria, sino bajo un archiduque austríaco a la cabeza. Aquellas condiciones fueron entonces rechazadas con desdén por el magnánimo Palmerston y estigmatizadas como insuficientes para poner fin a la guerra de independencia italiana. Esa misma Lombardía se entrega ahora como un regalo francés a la dinastía de Saboya, mientras que el Véneto con el cuadrilátero fortificado, incluidas las fortalezas del Mincio, ha de permanecer en las garras de Austria.

De esta manera, la independencia de Italia se transforma en la dependencia de la Lombardía respecto del Piamonte y en la dependencia del Piamonte respecto de Francia. El orgullo de Austria puede haber sido herido por la cesión de la Lombardía, pero su poder real ha salido más bien consolidado al evacuar un territorio que absorbía una parte de sus fuerzas militares, sin que pudiera ser defendido contra una invasión extranjera ni sufragar por sí mismo los gastos de mantenimiento. Los recursos que en la Lombardía se despilfarraban inútilmente podrán ahora ser empleados provechosamente en otro lugar. Austria conserva la posición militar dominante desde la cual puede, en la ocasión oportuna, caer sobre su débil vecino. El Piamonte no ha ganado más que una frontera abierta y un territorio con súbditos inquietos, descontentos y desconfiados, lo que en realidad solo lo ha debilitado. Al mismo tiempo, ha perdido toda pretensión de representar los derechos de Italia. Ha cerrado un trato dinástico, pero ha renunciado a su misión nacional. De Estado independiente, Cerdeña ha descendido a Estado tolerado, que tiene que arrastrarse ante su protector del Oeste para poder sostenerse frente a su enemigo del Este.

Pero esto no es todo. Según las estipulaciones del tratado, Italia ha de constituirse, conforme al modelo de la Confederación Germánica, como una confederación italiana bajo la presidencia honoraria del Papa <Pío IX>. Al llevar a cabo esta idea napoleónica parece que hay algunas dificultades, y queda por ver cómo saldrá Napoleón III del paso ante los obstáculos que se interponen en el camino de su caballo de batalla. Pues, sea cual fuere el desenlace de la cosa, no cabe duda de que una federación semejante, con el Papa a la cabeza, es su caballo de batalla. Sin embargo, el derrocamiento del poder papal en Roma fue considerado siempre como la conditio sine qua non <condición indispensable> de la liberación italiana. Maquiavelo encontró hace mucho tiempo, en su “Historia de Florencia”, en la soberanía papal la fuente de la humillación italiana. Ahora, según las intenciones de Luis Napoleón, en lugar de liberar la Romaña, toda Italia ha de quedar sometida al dominio nominal del Papa. Si la federación llegase alguna vez a realizarse, en realidad la tiara papal no será sino el emblema del dominio austríaco. ¿Qué se proponía Austria con sus tratados particulares con Nápoles, Roma, Toscana, Parma, Módena? Una confederación de príncipes italianos bajo la dirección austríaca. El tratado de Villafranca, con una confederación italiana en la que el Papa, Austria y los duques repuestos —si es posible su reposición— formarán un partido y el Piamonte el otro, supera las más audaces esperanzas de Austria. Desde 1815 esta aspiraba a formar una confederación de príncipes italianos contra el Piamonte. Ahora tiene la posibilidad de someter al propio Piamonte. Tiene la posibilidad de extinguir la fuerza vital de este pequeño Estado en una confederación cuyo jefe nominal será el Papa, que ha excomulgado a Cerdeña, y cuyo conductor real será el enemigo implacable de Cerdeña. Por consiguiente, no se ha liberado a Italia, sino que se ha oprimido al Piamonte. El Piamonte habrá de desempeñar, frente a Austria, el papel de Prusia, pero sin los recursos que a este último Estado le han permitido paralizar a su rival en la Dieta de la Confederación Germánica. Francia, por su parte, puede envanecerse de haber tomado frente a Italia la posición que Rusia ocupa frente a la Confederación Germánica, si bien con la diferencia de que la influencia rusa en Alemania se basa en el equilibrio de fuerzas entre los Habsburgo y los Hohenzollern. El único camino por el cual el Piamonte puede restaurar su prestigio le es señalado claramente por su protector. En su proclama a sus soldados, dice Luis Napoleón:

“La unión de la Lombardía con el Piamonte nos crea” (a la familia Bonaparte) “un poderoso aliado que nos deberá su independencia.”

Con ello declaró que el Piamonte independiente se ha transformado en una capitanía napoleónica. Para liberarse de esta situación humillante, a Víctor Manuel le faltan recursos. Solo puede apelar a Italia, cuya confianza ha traicionado, o a Austria, con cuyo botín ha sido alimentado. Sin embargo, es perfectamente posible que intervenga una revolución italiana que cambie la faz de toda la península y vuelva a colocar a Mazzini y a los republicanos en el escenario.