Karl Marx

La paz

Escrito el 15 de julio de 1859.

["New-York Daily Tribune" núm. 5698 del 28 de julio de 1859, editorial]

Según las noticias que recibimos con el «Europa», parece que la confederación italiana anunciada por Napoleón III como una de las bases de su paz con Franz Joseph es una cuestión sumamente incierta y dudosa. Hasta ahora no es más que un proyecto al que Austria ha dado su asentimiento, pero que todavía tiene que ser sometido a los gobiernos italianos. Da la impresión de que ni siquiera Cerdeña, cuyo rey, dicho sea de paso, evidentemente no fue convocado al concluirse la paz, querría adherirse, aunque su rey, naturalmente, debe hacer lo que se le ordene. Entretanto corre el rumor de que el Papa <Pius IX.>, a quien se propone como presidente honorario de la federación, ha escrito a Louis-Napoleon que quiere solicitar la protección de las potencias católicas; un refugio bastante dudoso en un momento en que es precisamente Francia contra quien habría que protegerlas. En cuanto a los monarcas recientemente expulsados de Toscana, Módena y Parma <Leopold II., Franz V. y Louise de Bourbon>, se dice que al parecer serán repuestos en sus respectivos tronos; en estas circunstancias, sin duda estarán dispuestos a adherirse a cualquier confederación que se les ordene. Pero del rey de Nápoles, ahora el único soberano independiente de Italia, no oímos nada en absoluto; y no se descarta que se niegue rotundamente. Así pues, sigue siendo dudoso si llegará a haber una federación, y aún más dudoso de qué clase será en caso de que llegue a constituirse.

Un hecho importante se ha convertido ahora en certeza: Austria conserva las cuatro grandes fortalezas y el Mincio será la frontera occidental de su territorio. Con ello sigue teniendo en sus manos la llave de la Alta Italia y puede aprovechar cualquier oportunidad favorable para recuperar lo que ahora se ha visto obligada a ceder. Este solo hecho demuestra cuán infundada es la afirmación de Napoleón de haber alcanzado en principio su objetivo de expulsar a Austria de Italia. No es, en efecto, exagerado decir que si Napoleón ha batido a Austria en la guerra, Austria le ha batido decisivamente a él en la conclusión de la paz. Austria no ha renunciado a nada más que a lo que se le había arrebatado. Francia ha obtenido, a cambio de un gasto de unos cien millones de dólares y de la vida de aproximadamente cincuenta mil de sus hijos, el control sobre Cerdeña, mucha gloria para sus soldados y, para su emperador, la reputación de un general bastante afortunado y en cierta medida victorioso. Para el emperador esto es mucho, mas para Francia, que ha soportado todos los costos y sufrido todas las pérdidas, es poco; y no sorprende que, según se dice, reine el descontento en París. Como razón de esta súbita terminación de la guerra, Napoleón adujo que ésta había adquirido proporciones incompatibles con los intereses de Francia. Dicho con otras palabras, tendía a convertirse en una guerra revolucionaria que entrañaba la posibilidad de una insurrección en Roma y de un levantamiento en Hungría. Es un hecho curioso que ese mismo Napoleón, poco antes de la batalla de Solferino, invitara a Kossuth a su cuartel general y le instara efectivamente a emprender una diversión revolucionaria en favor de los aliados. Antes de esta batalla, pues, no temía los peligros que inmediatamente después le llenaron de espanto. Que las circunstancias modifican la situación no es una observación nueva, pero es aplicable a la situación actual. Sobra añadir más pruebas de que este hombre es tan egoísta como inescrupuloso y de que, después de derramar la sangre de cincuenta mil hombres para satisfacer sus ambiciones personales, está dispuesto a abjurar y renunciar a cada uno de los principios hipócritas en cuyo nombre los había llevado al matadero.

Uno de los primeros resultados del arreglo actual es la dimisión forzosa del ministerio Cavour en Cerdeña. Aunque el conde Cavour, uno de los hombres más inteligentes de Italia, no tuvo absolutamente nada que ver con la conclusión de la paz, no pudo sostenerse a causa de la indignación y el desengaño del público. Probablemente pasará mucho tiempo antes de que vuelva al poder. Y pasará mucho tiempo antes de que el propio Louis-Napoleon consiga que los sentimentales y los entusiastas vuelvan a ver en él a un paladín de la libertad. Los italianos lo odiarán ahora más que a todos los demás representantes de la tiranía y de la traición; y no tenemos por qué sorprendernos si los puñales de los atentadores italianos intentan de nuevo quitar la vida a ese hombre que dejó a Austria casi tan firmemente como antes a las espaldas de Italia, mientras prometía y fingía conquistar la independencia de Italia.