Friedrich Engels

El curso de la guerra contra los moros hasta ahora

Escrito hacia el 10 de diciembre de 1859.

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" núm. 5846, del 19 de enero de 1860, editorial]

Hemos esperado largamente alguna acción decisiva por parte del ejército español en Marruecos que pusiera fin al primer período, o período preparatorio, de la guerra. Pero en vano. El mariscal O'Donnell no parece tener prisa por abandonar su campamento en las alturas de Serrallo, y nos vemos así forzados a examinar sus operaciones cuando apenas han comenzado.

El 13 de noviembre, la primera división del ejército activo español, al mando del general Echagüe, se embarcó en Algeciras y fue desembarcada algunos días después en Ceuta. El 17 salió de la ciudad y ocupó Serrallo, es decir, la Casa Blanca, un gran edificio situado a una milla y media aproximadamente de las posiciones de Ceuta. En esta zona, el terreno es muy accidentado y quebrado, particularmente apto para escaramuzas y combates irregulares. Tras un intento infructuoso de reconquistar Serrallo esa misma noche, los moros se retiraron, y los españoles comenzaron a levantar un campamento atrincherado como base para futuras operaciones.

El 22, Serrallo fue atacado por los angheritas, una tribu mora que habita el territorio alrededor de Ceuta. Este combate abrió una serie de choques sin resultado, que hasta ahora constituyen toda la campaña y cada uno de los cuales se parece exactamente a todos los demás. Los moros atacan las líneas españolas en número mayor o menor y tratan, mediante maniobras de sorpresa o engaño, de apoderarse de ellas en parte. Según los relatos de los moros, por lo general tienen éxito, pero abandonan nuevamente los reductos porque carecen de artillería. Según los españoles, ningún moro ha visto jamás el interior de un reducto español, y todos sus ataques han resultado completamente infructuosos. En el primer ataque, los angheritas no sumaban más de 1.600 hombres. Al día siguiente recibieron un refuerzo de 4.000 hombres y reanudaron de inmediato el ataque. Los días 22 y 23 estuvieron llenos de escaramuzas, pero el 25 los moros avanzaron con todas sus tropas y tuvo lugar un encarnizado combate, en el que el general Echagüe fue herido en una mano. Este ataque de los moros fue tan serio que logró sacudir un poco al Cid Campeador O'Donnell del letargo con que hasta entonces había conducido la guerra. Ordenó inmediatamente que la segunda división, al mando del general Zabala, y la división de reserva, al mando del general Prim, se embarcaran y se dirigieran a Ceuta. En la noche del 27, todo el ejército activo español estaba concentrado frente a esta plaza. El 29 se produjo un nuevo ataque de los moros, que se repitió el 30. Ahora los españoles empezaron a reflexionar sobre su posición, que empezaba a resultar angosta; el objetivo de su primer avance debía ser Tetuán, a unas 20 millas al sur de Ceuta y a cuatro millas del mar. Comenzaron a construir un camino hacia esta ciudad; los moros no opusieron resistencia hasta el 9 de diciembre. En la mañana de ese día sorprendieron a las guarniciones de los dos reductos más importantes, pero, como de costumbre, los abandonaron en el transcurso del día. El 12 se produjo otro combate delante del campamento español, a unas cuatro millas de Ceuta; y el 20, O'Donnell telegrafía que los moros habían atacado nuevamente los dos reductos, pero que, como de costumbre, habían sido gloriosamente derrotados. Las cosas, pues, el 20 de diciembre no estaban ni una pizca más adelantadas que el 20 de noviembre. Los españoles seguían a la defensiva y, a pesar de los anuncios hechos catorce días o tres semanas atrás, no había señal alguna de un avance.

Los españoles, con todos los refuerzos que habían recibido hasta el 8 de diciembre, sumaban entre 35.000 y 40.000 hombres, de los cuales unos 30.000 debían estar disponibles para operaciones ofensivas. Con semejante fuerza, la conquista de Tetuán debería ser fácil. Ciertamente no hay buenos caminos, y todos los abastecimientos del ejército tienen que ser traídos desde Ceuta. Pero ¿cómo lo hicieron los franceses en Argelia o los ingleses en la India? Además, los mulos y animales de tiro españoles no están en modo alguno tan malcriados por las buenas carreteras de su patria como para negarse a marchar en suelo marroquí. Sea cual fuere la justificación que aduzca O'Donnell, no puede existir excusa para esta inactividad continua. Los españoles son ahora tan fuertes como pueden llegar a serlo en cualquier momento de la campaña, a menos que reveses inesperados provoquen esfuerzos extraordinarios. Los moros, en cambio, se hacen más fuertes día a día. El campamento de Tetuán, a las órdenes de Hadschi Abd-Salem, que proporcionó las tropas para el ataque a la línea española el 3 de diciembre, ha crecido ya, sin contar la guarnición de la ciudad, a 10.000 hombres. En Tánger había otro campamento al mando de Muley-Abbas, y continuamente llegaban refuerzos del interior del país. Ya esta sola consideración debería haber movido a O'Donnell a avanzar tan pronto como el tiempo lo permitiera. Ha tenido buen tiempo, pero no ha avanzado. Sin duda, esto es una señal de completa irresolución; se apercibió de que los moros no son adversarios tan despreciables como él había esperado. Es indudable que estos últimos han combatido excelentemente, y la mejor prueba de ello son las ruidosas quejas que llegan del campamento español sobre las ventajas que el terreno ante Ceuta ofrece a los moros.

Los españoles informan que los moros son muy de temer entre matorrales y barrancos y que, además, conocen cada palmo del terreno; pero que, tan pronto como salen a las llanuras, la solidez de la infantería española obliga prontamente a los irregulares moros a volver grupas y huir. Esta es una conclusión bastante inquietante en una época en que los combates de escaramuza en terreno quebrado constituyen tres cuartas partes de toda batalla. Si los españoles, después de haber estado seis semanas delante de Ceuta, no conocen el terreno tan bien como los moros, tanto peor para ellos. Que el terreno accidentado es más favorable a los irregulares que el terreno llano, es de todo punto evidente. Pero incluso en terreno quebrado, la infantería regular debería ser muy superior a los irregulares. El sistema moderno del combate de escaramuza, con grupos de apoyo y reservas detrás de la cadena de tiradores desplegada, la regularidad de los movimientos, la posibilidad de mantener las tropas bien en la mano y de hacer que se apoyen mutuamente y que todas se empleen para un objetivo común, todo esto confiere a las tropas regulares una superioridad tal sobre las masas irregulares que, en un terreno particularmente apto para las escaramuzas, los irregulares nunca deberían estar en condiciones de resistirles, ni siquiera en una proporción de dos a uno. En Ceuta, sin embargo, la proporción se invierte. Los españoles son numéricamente superiores y, pese a ello, no se atreven a avanzar. La única conclusión es que el ejército español no domina en absoluto el combate de escaramuza, y que, por consiguiente, la inferioridad de cada soldado en esta modalidad de lucha compensa las ventajas que su disciplina y su instrucción regular deberían conferirles. De hecho, parece que se lucha con inusitada frecuencia hombre contra hombre, con yatagán y bayoneta. Cuando los españoles se acercan lo bastante, los moros dejan de hacer fuego y se precipitan sobre ellos espada en mano, exactamente como solían hacer los turcos, y eso ciertamente no resulta muy agradable para tropas tan inexpertas como las españolas. Sin embargo, los numerosos encuentros que han tenido lugar deberían haberlas familiarizado con las particularidades del modo de combatir de los moros y con la manera adecuada de hacerles frente; y cuando encontramos al comandante aún indeciso y aferrado a su posición defensiva, no podemos dar un testimonio muy favorable a su ejército.

El plan de campaña español parece, según indican las medidas adoptadas hasta ahora, considerar a Ceuta como base de operaciones y a Tetuán como primer objetivo de ataque. La parte de Marruecos situada directamente frente a la costa española forma una especie de península, de unas 30 a 40 millas de ancho y 30 millas de largo. Tánger, Ceuta, Tetuán y Larache (El-Araiche) son las cuatro ciudades principales de esta península. Mediante la toma de estas cuatro ciudades, de las cuales Ceuta se halla ya en poder de los españoles, esta península podría ser fácilmente sometida y utilizada como base para ulteriores operaciones contra Fez y Mequinez. La conquista de esta península debería ser, por tanto, el objetivo de los españoles, y la toma de Tetuán, el primer paso para lograrlo. Este plan parece bastante razonable; limita las operaciones a un pequeño territorio, delimitado por tres lados por el mar y, en el cuarto, por dos ríos (el Tetuán y el Lucus), y que, por lo mismo, es mucho más fácil de conquistar que la tierra más al sur. Evita, además, la necesidad de operar en el desierto, lo que habría sido inevitable si se hubiera tomado Mogador o Rabat como base de operaciones; y traslada el teatro de la lucha a las proximidades de las fronteras de España, ya que apenas la separa el estrecho de Gibraltar. Pero cualesquiera que sean las ventajas de este plan, resultan del todo inútiles si el plan no se ejecuta; y si O'Donnell continúa como hasta ahora, se cubrirá a sí mismo y a la reputación del ejército español de oprobio, pese al lenguaje altisonante de su boletín.