Friedrich Engels

Lo más reciente de la guerra

Escrito hacia el 24 de junio de 1859.
Del inglés.

["New-York Daily Tribune" núm. 5662 del 8 de julio de 1859, editorial]

El correo llegado con el «Asia» no añade nada nuevo al breve parte telegráfico sobre la gran victoria del Mincio recibido vía Terranova y publicado ayer por la mañana en nuestras columnas. La batalla se libró el viernes 24 de junio y duró desde las 4 de la madrugada hasta las 8 de la tarde, y los vapores zarparon al día siguiente, antes de que se conocieran detalles algunos. Hemos de esperar, por tanto, a que arribe aquí el «Arago» o a Quebec el «Hungarian» para recibir los pormenores que el público aguarda con tanta avidez. Como el número de combatientes era igual en ambas partes, parece entretanto que el resultado ha esclarecido al menos una cuestión: que el soldado austriaco no es rival para el francés.

La impresión general de los entendidos en materia militar, tanto en Inglaterra como aquí, era al parecer que los aliados no iniciarían una gran batalla antes de que hubiera llegado el cuerpo procedente de Toscana al mando del príncipe Napoleón, que debía atacar a los austriacos por la espalda; al mismo tiempo se suponía que una flotilla se haría a la mar en el lago de Garda para colocar a los aliados en situación de emprender también un ataque de flanco por aquella zona. Sin embargo, Napoleón III no ha esperado ni una cosa ni la otra, sino que ha luchado y ha ganado la batalla. De la correspondencia del cuartel general aliado, de la que en otro lugar reproducimos lo esencial, se desprende también claramente que entablar el combate era la única conducta posible. Una demora habría embotado el ímpetu victorioso de las tropas aliadas y dado ocasión a los austriacos para batirlos en encuentros menores merced a una superioridad numérica.

En los movimientos del ejército austriaco reina, bajo el mando de Schlick, la misma vacilante irresolución que antes condujo a la derrota y a la caída en desgracia de Gyulay. Primeramente se dispusieron para el combate en la línea Lonato-Castiglione-San Cassiano-Cavriana-Volta. Aquí se eleva paulatinamente una meseta hacia el lago y el Mincio, que ofrece un conjunto de excelentes posiciones, cada una más fuerte y concentrada que la anterior, de modo que la conquista del borde de la meseta no significaría una victoria, sino únicamente el primer acto de una batalla. El ala derecha de los austriacos estaba cubierta por el lago; su ala izquierda se hallaba considerablemente replegada hacia atrás, de manera que dejaba desguarnecidas casi 10 millas de la línea del Mincio. Pero esto no constituía una desventaja, sino incluso el lado más favorable de la posición, porque al otro lado del Mincio se extendía la peligrosa zona encerrada entre las cuatro fortalezas, en la que ningún enemigo podía aventurarse sin gran superioridad numérica. Como el extremo meridional de la línea del Mincio está dominado por Mantua y el terreno allende el Mincio pertenece a los radios de acción de Mantua y Verona, cualquier tentativa de ignorar a los austriacos en su posición de la meseta y marchar al Mincio pasando de largo ante ellos habría sido pronto detenida. El ejército que avanzara habría visto destruidas sus líneas de comunicación, sin poder amenazar las de los austriacos. Pero lo más peligroso de semejante maniobra habría sido tener que ejecutarla bajo la mirada de los austriacos situados en la meseta; a éstos no les habría hecho falta otra cosa que poner en movimiento toda su línea y caer sobre las columnas desplegadas del enemigo, desde Volta sobre Goito, desde Cavriana sobre Guidizzolo y Ceresara, desde Castiglione sobre Castelgoffredo y Montechiaro. Los aliados habrían librado semejante batalla en desventaja colosal, y habría podido terminar en un segundo Austerlitz, aunque con los papeles cambiados.

Ésa era la situación en que se hallaban los austriacos; además tenían la ventaja de conocer exactamente el terreno, porque durante años habían realizado allí sus maniobras anuales en la mayor escala. Como se ha dicho, ese terreno estaba cuidadosamente preparado para el choque inminente; ciudades y aldeas estaban fortificadas; y, en el último momento, por alguna razón del todo inexplicable desde el punto de vista militar, abandonan el terreno y se retiran con armas y bagajes a través del Mincio, donde son atacados el día 24 y derrotados finalmente. Si este cambio súbito y decisivo del plan de campaña guarda relación con la actitud de Prusia, de la cual se dice

que considera el cuadrilátero del Mincio y del Adigio como parte, en cierto modo, de las obras de fortificación de Alemania, es cuestión sobre la que esperamos obtener más claridad todavía. Una cosa es, sin embargo, bastante segura con respecto a Prusia, a saber: que su actitud ha de impedir a Luis Napoleón traer muchas más tropas de Francia a Italia. Como ya saben nuestros lectores, Prusia ha movilizado seis de sus nueve cuerpos de ejército; es decir, ha llamado a filas a la *Landwehr*, compuesta por soldados que pertenecen a esos cuerpos y que, tras tres años de servicio regular, habían sido licenciados por tiempo indefinido. De estos seis cuerpos de ejército, se dice que cinco tomarán posiciones en el Rin inferior y medio. Por consiguiente, en la actualidad han de hallarse estacionados unos 170.000 prusianos entre Coblenza y Metz, y sin duda también otros dos cuerpos de la Confederación, a saber, los de Baviera y Baden. Wurtemberg y Hesse-Darmstadt ocuparán también sus posiciones en Baden y en el Palatinado, lo que supone otros 100.000 o 120.000 hombres. Contra semejantes fuerzas necesitará Napoleón III casi todos los hombres de que dispone ahora en Francia. En tal caso podría considerar aconsejable recurrir a una insurrección en Hungría y servirse de Kossuth; aunque es bastante seguro que sólo recurrirá a tales expedientes en caso de extrema necesidad.

Si Prusia se propone realmente ahora participar en la guerra es muy dudoso; pero no le resultará fácil evitarlo. Su sistema militar, que consiste en convertir en soldados a la mayoría de la población adulta apta para el servicio, impone a la nación, desde el momento en que se llama a filas a la *Landwehr* —sólo la primera leva—, una carga tan pesada que el país no puede permitirse permanecer largo tiempo inactivo bajo las armas. En la actualidad, en seis de las ocho provincias, todos los hombres aptos para el servicio de 20 a 32 años están bajo las armas. La perturbación de toda la vida comercial e industrial de Prusia que esto ocasiona es inmensa; el país sólo puede soportarlo a condición de que los soldados sean llevados inmediatamente ante el enemigo; los soldados mismos no podrían soportarlo... en pocos meses todo el ejército se hallaría en estado de insubordinación. Además, el sentimiento nacional ha crecido en Alemania con tal fuerza que Prusia, habiendo llegado ya tan lejos, no puede retroceder. Los recuerdos de la paz de Basilea, de la irresolución de 1805 y 1806 y de la Confederación del Rin están todavía tan vivos que los

alemanes están decididos a no dejarse batir por separado por su astuto adversario. El gobierno prusiano no puede dominar este sentimiento nacional; puede intentar encauzarlo, pero si lo hace, queda atado de pies y manos a ese movimiento, y la menor vacilación será considerada como traición y recaerá sobre quien vacile. Sin duda habrá intentos de negociación; pero todos los partidos se hallan ahora tan comprometidos que no parece haber salida ninguna del laberinto.

Ahora bien, si Alemania toma parte en esta guerra, aparecerá sin duda pronto otro actor en la escena. Rusia ha comunicado a los pequeños Estados alemanes que intervendrá si los alemanes no se quedan contemplando tranquilamente cómo se despedaza a Austria. Rusia está concentrando dos cuerpos de ejército en la frontera prusiana, dos en la austriaca y uno en la turca. En algún momento de este año podría iniciar una campaña; pero seguramente muy tarde. En Rusia no se han alistado reclutas desde la Paz de París; el número de licenciados no puede ser grande a causa de las copiosas pérdidas durante la guerra; y si los cuerpos de ejército, aun después de llamar a filas a los licenciados, alcanzan los 40.000 hombres cada uno, eso es ya mucho. Rusia no puede emprender una ofensiva antes de 1860, y aun entonces con no más de 200.000 o 250.000 hombres. En la actualidad, Alemania dispone para su empleo en el Norte de cuatro cuerpos prusianos, esto es, 136.000 hombres; el noveno y décimo cuerpos de la Confederación con la división de reserva, unos 80.000; y por último tres cuerpos austriacos, o sea 140.000 hombres. De manera que en una guerra defensiva, o incluso en un ataque a la Polonia rusa, Alemania no tiene nada que temer de Rusia por el momento. Pero en cuanto Rusia participe en esta guerra, se apelará a los sentimientos nacionales y a los intereses de clase divergentes, y la contienda alcanzará proporciones que dejarán en la sombra a la guerra de la primera Revolución francesa.