Karl Marx

Verdad confirmada

Escrito el 22 de julio de 1859.

[*New-York Daily Tribune*, núm. 5704 del 4 de agosto de 1859, artículo de fondo.]

En su libro sobre la campaña italiana de 1796 y 1797, Clausewitz observa en cierto pasaje que la guerra, en el fondo, no es un asunto tan teatral como algunas gentes parecen creer, y que las victorias y las derrotas, contempladas con mirada científica, se presentan de manera totalmente distinta que en las cabezas de los charlatanes políticos. El conocimiento de esta verdad nos permitió soportar con ecuanimidad los ruidosos estallidos de ira que, de vez en cuando, nuestra apreciación de los acontecimientos militares de la última guerra provocó en diversos órganos bonapartistas, celosos aunque poco inteligentes, de este país, tanto en francés como en inglés. Tenemos ahora la satisfacción de ver confirmada nuestra apreciación de estos sucesos mucho antes de lo esperado por los protagonistas decisivos de la lucha, por Francisco José y Luis Napoleón.

Dejemos de lado las cuestiones de mero detalle. ¿En qué consistía el núcleo de nuestra crítica? Por una parte, no atribuíamos las derrotas de los austriacos a genialidad alguna revelada por los aliados, ni a los fabulosos efectos de los cañones rayados, ni a la imaginaria deserción de los regimientos húngaros, ni a la tan loada intrepidez de los soldados franceses, sino únicamente a los errores estratégicos de los generales austriacos, que habían sido puestos por Francisco José y sus consejeros personales en el lugar de hombres como el general Heß. Gracias a esta estrategia deficiente, no solo se opusieron al enemigo por doquier fuerzas numéricamente inferiores, sino que incluso las tropas disponibles se desplegaron en el campo de batalla de la manera más absurda. Por otra parte, el ejército austriaco, aun en tales condiciones, ofreció una resistencia tenaz; en los combates, ambos ejércitos lucharon casi en igualdad de condiciones, a pesar de la desproporción de fuerzas entre las tropas enfrentadas; los errores estratégicos de los franceses y su imperdonable negligencia en la persecución del adversario desvalorizaron la victoria e incluso malograron sus frutos: todo ello justificaba nuestra afirmación de que la situación de las partes beligerantes probablemente se habría invertido si se hubiera puesto el mando supremo del ejército austriaco en manos más capaces. Como segundo punto, y el más importante, ya antes del estallido de la guerra destacamos que, en el momento en que los austriacos pasaran de la ofensiva a la defensiva, la guerra se dividiría en dos partes: la melodramática, que se libraría en Lombardía, y la seria, que comenzaría detrás de la línea del Mincio, dentro de la temible red de las cuatro fortalezas. Todas las victorias de los franceses, decíamos, no pesan absolutamente nada si se las compara con las pruebas que aún les quedan por superar en una posición cuyo vencimiento le costó incluso al auténtico Napoleón nueve meses, aunque en aquella época Verona, Legnago y Peschiera carecían de importancia militar y Mantua hubo de soportar sola todo el peso del ataque. Como ahora vemos por los periódicos vieneses, el general Heß, que naturalmente conocía mejor que nosotros el *statu quo* del arte militar austriaco, propuso al inicio de la guerra no invadir el Piamonte, sino más bien evacuar Lombardía y no emprender la lucha hasta detrás del Mincio. Escuchemos ahora lo que Francisco José y Luis Bonaparte alegan en su descargo: el uno, por haber perdido una parte de una provincia; el otro, por haber falseado el programa proclamado al comienzo de la guerra.

Francisco José, al referirse a la guerra, constata dos hechos en los que el *Moniteur* no le contradice. En su orden del día dice que las fuerzas austriacas se enfrentaron siempre a un adversario numéricamente superior. El *Moniteur* no se atreve a refutar esta constatación, ya que, bien mirada, atribuye la culpa principal al propio emperador austriaco. Sea como fuere, consideramos un mérito haber extraído de los informes más contradictorios de “corresponsales propios”, de mentiras francesas y exageraciones austriacas, la verdadera situación de las cosas, y haber representado correctamente, con los escasos e inexactos recursos de que disponíamos, la correlación de fuerzas de las partes contendientes en nuestros exámenes críticos de cada una de las batallas, desde Montebello hasta Solferino.

Francisco José otorga gran importancia a otro punto, que ha de sonar bastante extraño a cierto tipo de gacetilleros. Reproducimos literalmente su declaración:

“Es un hecho igualmente indiscutible que nuestros adversarios, a pesar de los mayores esfuerzos y del despliegue de sus sobreabundantes recursos, preparados desde hacía mucho tiempo para el golpe que pretendían asestar,
incluso a costa de enormes sacrificios, solo lograron obtener ventajas, pero ninguna victoria decisiva,
mientras que el ejército de Austria, aún intacto en fuerza y valor, mantuvo una posición cuya posesión le dejaba abierta la posibilidad de arrebatar acaso al enemigo las ventajas conseguidas.”

Francisco José, sin embargo, no se atrevió a declarar en su manifiesto que él y su camarilla habían sembrado una confusión desastrosa en toda la guerra, imponiendo a su dirección sus caprichos y antojos y poniendo trabas absurdas a los generales plebeyos pero capaces. Pero incluso esta falta se confiesa ahora abiertamente, si no con palabras, al menos con hechos. El general Heß, cuyo consejo fue despreciado durante toda la campaña y a quien se escatimó la posición que le correspondía por su pasado, su edad e incluso su lugar en el escalafón austriaco, ha sido nombrado ahora mariscal de campo; se le ha conferido el mando supremo de las fuerzas armadas en Italia, y Francisco José, a su llegada a Viena, lo primero que hizo fue rendir una visita demostrativa a la esposa del anciano general. En una palabra, toda la actitud actual del autócrata habsbúrgico hacia el hombre que, por su nacimiento plebeyo, sus simpatías liberales, su ruda franqueza y su genio militar, ofendía las pretensiones de los círculos aristocráticos de Schönbrunn, es una confesión de culpabilidad humillante para gentes de toda clase, pero sobre todo para los detentadores hereditarios del poder sobre la humanidad.

Veamos ahora la contrapartida al manifiesto austriaco, el discurso de defensa de Bonaparte. ¿Comparte la simple ilusión de sus admiradores de que ha ganado batallas decisivas? ¿Cree que en el futuro estarán excluidos los reveses? ¿Deja entrever que se ha alcanzado un punto decisivo y que, con suficiente perseverancia, sus victorias podrán conducir a un resultado glorioso? Muy al contrario. Reconoce que la parte melodramática de la lucha ha terminado, que el cariz de la guerra cambiaría inevitablemente, que le aguardan reveses, que no solo temía la revolución amenazante, sino también el poder “del enemigo, atrincherado tras grandes fortalezas, de frente”. No veía ante sí más que “una guerra larga y estéril”. He aquí sus palabras:

“Llegados a los muros de Verona, la lucha habría de adquirir inevitablemente otro carácter, tanto en el aspecto militar como en el político. Obligado a atacar de frente a un enemigo atrincherado tras grandes fortalezas y protegido en sus flancos por la neutralidad de los territorios circundantes, y a punto de emprender una guerra larga y estéril, me hallaba frente a la Europa armada, dispuesta a disputarnos nuestros triunfos o a agravar nuestras derrotas.”

En otras palabras, Luis Napoleón concertó la paz no solo por miedo a Prusia, Alemania y la revolución, sino también porque temía las cuatro grandes fortalezas. Para el sitio de Verona, como informa un artículo oficioso de la *Indépendance Belge*, habría necesitado un refuerzo de 60.000 hombres, que no podía retirar de Francia dejando a la vez allí las fuerzas necesarias para el ejército del norte a las órdenes de Pélissier. Y si hubiera acabado con Verona, aún le habría quedado por someter Legnano y Mantua. En resumen, Napoleón III y Francisco José confirman plenamente, después de la guerra, lo que nosotros habíamos dicho antes y durante la guerra tanto sobre los recursos militares de ambos países como sobre las características de la campaña. Citamos a estos dos testigos como defensores involuntarios del sano sentido común y de la verdad histórica frente a ese torrente de exageraciones imbéciles y de necio ofuscamiento que en los dos últimos meses ha alcanzado unas proporciones que, por lo que parece, no se volverán a alcanzar tan pronto.