Hace ahora un año que la trama bonapartista-piamontesa-rusa comenzó a desplegarse ante el público. Primero, el discurso de Año Nuevo; luego, el casamiento de la «Ifigenia italiana»; después, el grito de angustia de Italia; por último, la confesión de Gortchakov de que había contraído compromisos por escrito con Luis Napoleón. De por medio, armamentos, movimientos de tropas, amenazas, intentos de mediación. En aquel momento, en el primer instante, un sentimiento instintivo recorrió toda Alemania: aquí no se trata de Italia, sino de nuestra propia piel. Empiezan en el Tesino y terminan en el Rin. La meta última de todas las guerras bonapartistas no puede ser sino la reconquista de la «frontera natural» de Francia: la frontera del Rin.

Y, sin embargo, precisamente el sector de la prensa alemana que expresó la más violenta indignación ante la solapada pretensión francesa a la frontera natural del Rin —ese mismo sector, con la *Augsburger Allgemeine Zeitung* a la cabeza— defendió, con fanatismo igualmente violento, la dominación austríaca en la Alta Italia, bajo el pretexto de que el Mincio y el bajo Po constituían la frontera natural de Alemania frente a Italia. El señor Orges, de la *Augsburger Allgemeine Zeitung*, puso en movimiento todo su aparato estratégico para demostrar que, sin el Po y el Mincio, Alemania estaba perdida, que abandonar el dominio austríaco en Italia era una traición a Alemania.

Con esto se invirtió la cuestión. También aquí resultaba igualmente evidente que las amenazadoras habladurías sobre el Rin no eran más que un pretexto, y que la conservación de la dominación austríaca en Italia era el verdadero objetivo. La amenaza sobre el Rin sólo perseguía inducir a Alemania a solidarizarse con el sojuzgamiento de la Alta Italia por Austria. A ello se añadía la ridícula contradicción de afirmar la misma teoría en el Po y condenarla en el Rin.

Por aquel entonces, el autor de estas líneas escribió un trabajo que publicó bajo el título de *Po y Rin*. En interés del propio movimiento nacional, este folleto protestaba contra la teoría de la frontera del Mincio; se esforzaba, sobre la base de la ciencia militar, por mostrar que Alemania no necesitaba ni un solo pedazo de Italia para su defensa, y que Francia, si sólo hubieran de valer razones militares, tenía en verdad pretensiones mucho más fuertes sobre el Rin que Alemania sobre el Mincio. En una palabra, intentaba hacer posible que los alemanes entraran en la lucha esperada con las manos limpias.

En qué medida lo consiguió el folleto, otros podrán juzgarlo. No tenemos noticia de que se haya intentado refutar científicamente la argumentación desarrollada en él. La *Augsburger Allgemeine Zeitung*, contra la que iba dirigido primordialmente, prometió traer un artículo especial al respecto, pero en su lugar suministró tres artículos extranjeros de la *Ostdeutsche Post*, cuya crítica se limitó a declarar al autor un «pequeño alemán», porque estaba dispuesto a renunciar a Italia. En todo caso, y por lo que sabemos, la *Augsburger Allgemeine Zeitung* no ha vuelto a mencionar desde entonces la teoría de la frontera del Mincio.

Mientras tanto, el intento de solidarizar a Alemania con la dominación y la política de Austria en Italia había proporcionado al filisteísmo liberal de Gotha, en el norte de Alemania, un bienvenido pretexto para oponerse al movimiento nacional. El movimiento originario era verdaderamente nacional, mucho más nacional que todas las fiestas de Schiller desde Arcángel hasta San Francisco; surgió espontáneamente, instintivamente, de modo inmediato. Si Austria tenía razón o no en Italia, si Italia tenía derecho a la independencia, si la línea del Mincio era necesaria o no —todo eso le resultó inicialmente indiferente. Uno de los nuestros había sido atacado, y por una tercera parte que nada tenía que ver con Italia, pero tanto más interés en la conquista de la orilla izquierda del Rin—; y frente a esto —frente a Luis Napoleón, frente a las tradiciones del primer Imperio francés—, todos debíamos mantenernos unidos. El instinto popular lo sintió, y tenía razón.

Pero desde hacía años, el filisteísmo liberal de Gotha ya no consideraba a la Austria alemana como «uno de los nuestros». Aplaudía la guerra porque podía debilitar a Austria y, con ello, hacer posible el eventual establecimiento de un imperio pequeño-alemán o prusiano mayor. Aliada con él estaba la masa de la democracia vulgar del norte de Alemania, que especulaba con que Luis Napoleón aplastaría a Austria y luego les permitiría unificar toda Alemania bajo el dominio prusiano; aliada con él estaba una pequeña parte de la emigración alemana en Francia y Suiza, lo bastante desvergonzada como para vincularse abiertamente al bonapartismo. Pero el más fuerte de los aliados era —digámoslo abiertamente— la cobardía de la pequeña burguesía alemana, que jamás se atreve a mirar el peligro cara a cara; que, para mendigar un año de prórroga de la horca, abandona a sus fieles aliados, de modo que después, sin ellos, tiene tanto más asegurada su propia derrota. De la mano de esta cobardía iba la bien conocida superlistez, que siempre dispone de mil pretextos para que, a ningún precio, se haga nada, pero tanto más se hable; que se muestra escéptica respecto de todo, salvo de esos pretextos; esa misma superlistez que aclamó jubilosa la Paz de Basilea, que cedió a Francia la orilla izquierda del Rin; que se frotaba las manos en silencio cuando los austríacos fueron derrotados en Ulm y Austerlitz; la misma superlistez que nunca ve acercarse su Jena, y cuya sede central es Berlín.

Esta alianza resultó victoriosa: Alemania abandonó a Austria. Mientras tanto, el ejército austríaco combatía en la llanura lombarda con un heroísmo que asombró a sus adversarios y concitó la admiración del mundo —salvo de los de Gotha y de su séquito. Ni la instrucción de parada, ni el martilleo cuartelero de la plaza de armas, ni la baqueta del cabo habían conseguido extirpar el indestructible talento pugnaz de los alemanes. Pese a sus ceñidos uniformes y pesadas mochilas, aquellas tropas jóvenes, que nunca habían estado bajo el fuego, resistieron como veteranos frente a los franceses, endurecidos en la batalla, ligeramente vestidos y ligeramente equipados; y fue necesario el más enorme gasto de incapacidad y desunión por parte del mando austríaco para que tropas semejantes fueran derrotadas. ¿Y cómo fueron derrotadas? Sin trofeos, sin banderas, casi sin cañones, casi sin prisioneros —la única bandera capturada se encontró en el campo de batalla en medio de un montón de muertos, y los prisioneros ilesos eran desertores italianos o húngaros. Desde el soldado raso hasta el comandante, el ejército austríaco se cubrió de gloria —y esta gloria corresponde, de modo muy preeminente, a los austríacos alemanes. Los italianos resultaron inutilizables y en su mayor parte fueron retirados; los húngaros se pasaron en masa o fueron muy poco fiables; los croatas combatieron en esta campaña decididamente peor que de costumbre.*) Los austríacos alemanes pueden con pleno derecho apropiarse esta gloria; sobre ellos también recae, después de todo y antes que sobre ningún otro, la deshonra de la mala dirección.

* Véase el informe del corresponsal del Times en el campamento austríaco sobre Solferino. En Cavriana, el viejo Feldzeugmeister Nugent, que se hallaba presente como aficionado, hizo en vano todo lo posible por hacer avanzar a varios batallones de graniceros.

Esta dirección era genuinamente austríaco-vieja. Lo que la sola incapacidad de Gyulai no podía consumar, lo consumó la falta de unidad en el mando —garantizada por la Camarilla y la presencia de Francisco José. Gyulai invadió la Lomellina e inmediatamente se detuvo cuando llegó al alcance de Casale-Alessandria; toda la ofensiva fue malograda. Los franceses se unieron sin estorbo a los sardos. Para demostrar plenamente su impotencia, Gyulai ordena el reconocimiento de Montebello, como si quisiera acreditar desde el principio que el espíritu austríaco-viejo del vacilante tanteo y los graves escrúpulos en la conducción de la guerra sigue tan vivo como en los días del difunto Hofkriegsrath. Deja completamente la iniciativa al adversario. Dispersa su ejército desde Piacenza hasta Arona para, según la querida usanza austríaca, cubrirlo todo de inmediato. Las tradiciones de Radetzky han caído en el olvido en apenas diez años. Cuando el enemigo ataca en Palestro, las brigadas austríacas entran en combate tan lentamente, una tras otra, que cada cual resulta siempre arrojada de su posición antes de la llegada de la siguiente. Y cuando el enemigo emprende realmente la maniobra cuya posibilidad dio por primera vez sentido a toda la posición en la Lomellina —la marcha de flanco de Vercelli a Boffalora—, cuando por fin surge la ocasión de parar esta arriesgada maniobra mediante una embestida hacia Novara y de explotar la situación desfavorable en que el enemigo se encontraba, Gyulai pierde la cabeza y huye de vuelta a través del Tesino para, mediante un rodeo, plantarse de frente al atacante. En medio de esta retirada, aparece Heß —el 3 de junio a las 4 de la madrugada— en el cuartel general de Rosate. El Hofkriegsrath, resucitado en Verona, parecía haber tenido sus dudas sobre la competencia de Gyulai justo en el momento decisivo. Ahora había dos comandantes supremos. A propuesta de Heß, todas las columnas se detienen, hasta que Heß se convence de que el momento para el ataque a Novara ha pasado y de que las cosas deben seguir su curso. Con ello pasaron, empero, casi cinco horas, durante las cuales las tropas habían interrumpido su marcha.*) Llegan sueltas, hambrientas, extenuadas en el curso del día 4 a Magenta; combaten no obstante excelentemente y con el mayor éxito, hasta que Mac-Mahon, contrariando su orden —que era avanzar directamente de Turbigo a Milán—, se vuelve hacia Magenta y cae sobre el flanco austríaco. Mientras tanto, los restantes cuerpos franceses acuden; los austríacos no comparecen, y la batalla está perdida. La retirada de los austríacos es tan lenta que en Melegnano una de sus divisiones es atacada por dos cuerpos enteros del ejército francés. Una brigada mantiene la plaza frente a seis brigadas francesas durante varias horas, y sólo se retira tras perder más de la mitad de sus hombres. Finalmente, Gyulai es relevado. El ejército marcha en un gran arco desde Magenta alrededor de Milán, y encuentra tiempo (¡tan poco se hablaba de persecución!)

* Véase la declaración del capitán Blakeley, el primer corresponsal del Times en el campamento austríaco, en dicho periódico, donde se comunica el hecho anterior. En el Darmstadt Allgemeine Militair-Zeitung aparece una defensa de Gyulai, en la que la demora de cinco horas se atribuye a un acontecimiento que, por razones de servicio, no puede comunicarse y que es independiente de la influencia de Gyulai, achacándole a ello la pérdida de la batalla. Pero Blakeley ya había comunicado en qué consistía tal acontecimiento.

llegar aún antes que el enemigo, que marchaba por la cuerda más corta, a la posición de Castiglione y Lonato. Esta posición, que los austriacos habían reconocido durante años con la mayor precisión, había sido especialmente elegida, según se decía, por Francisco José para sus tropas. El hecho es que llevaba mucho tiempo incorporada al sistema defensivo de las fortalezas del cuadrilátero y ofrecía una posición excelente para una batalla defensiva con un contragolpe ofensivo. Aquí se unió el ejército con los refuerzos que entre tanto habían llegado o que anteriormente habían sido retenidos; pero tan pronto como el enemigo alcanza la otra orilla del Chiese, suena de nuevo la señal de retirada, y el ejército vuelve a pasar detrás del Mincio. Apenas se ha ejecutado esta operación, el ejército austriaco avanza de nuevo a través del mismo Mincio para recobrar al enemigo la misma posición que acaba de abandonar voluntariamente. A través de este embrollo de *ordre, contre-ordre, désordre*, suficientemente debilitado en su confianza en el mando supremo, el ejército austriaco entra en la batalla de Solferino. Es una matanza sin ley por ambas partes; de un mando táctico supremo no había cuestión ni entre los franceses ni entre los austriacos; la mayor incapacidad, confusión y miedo a la responsabilidad entre los generales austriacos, la mayor seguridad de los comandantes franceses de brigada y división, la superioridad natural de los franceses, desarrollada al más alto grado en Argelia, en la guerra de escaramuzas y en el combate en aldeas, arrojaron por fin a los austriacos del campo de batalla. Así termina la campaña, y ¿quién estuvo más feliz que el pobre señor Orges, que se había visto obligado a alabar al mando supremo austriaco en la *Augsburger Allgemeine Zeitung* a todo trance y a imputarle motivos estratégicos racionales?

Luis Napoleón también había tenido bastante. La magra *gloire* de Magenta y Solferino era más de lo que tenía derecho a esperar, y en medio de esas fatales cuatro fortalezas podía llegar, al fin y al cabo, el momento en que los austriacos ya no se dejaran batir por sus propios generales. Además, Prusia se estaba movilizando, y ni el Ejército francés del Rin ni los rusos estaban preparados para la guerra. En resumen, Italia libre hasta el mar Adriático fue abandonada; Luis Napoleón ofreció la paz y se firmó el documento de Villafranca. Francia no recibió una pulgada de tierra; entregó magnánimamente a Piamonte la Lombardía que le había sido cedida; había hecho la guerra por una «idea»; ¡cómo habría podido pensar en la frontera del Rin!

Entretanto, Italia central se había anexionado provisionalmente a Piamonte, y el reino de la Alta Italia representaba por el momento un poder bastante respetable.

Las provincias anteriores de tierra firme y la isla de Cerdeña representaban una población de... 4.730.500 almas,
Lombardía excluyendo Mantua aproximadamente... 2.651.700 "
Toscana... 1.719.900 "
Parma y Módena... 1.090.900 "
la Romaña (Bolonia, Ferrara, Rávena y Forlì)... 1.058.800 "
                             total 11.251.800 almas
(según el estado de 1848). La superficie del Estado se expandió de 1.373 a 2.684 millas cuadradas alemanas. El reino de la Alta Italia sería así, si llegara a constituirse definitivamente, la potencia italiana dirigente.

Frente a él sólo quedaban el Véneto con... 2.452.900 almas,
                Nápoles... 8.517.600 "
                el resto de los
                Estados Pontificios... 2.235.600 "
                total... 13.206.100 almas,

de modo que la Alta Italia por sí sola contendría casi tantos habitantes como todas las demás tierras italianas juntas. En virtud de su poder financiero y militar y de la civilización de sus habitantes, un Estado semejante podría reclamar una posición en Europa por delante de España, es decir, inmediatamente después de Prusia, y, asegurado por las simpatías crecientes del resto de Italia, la exigiría también incondicionalmente.

Pero eso no era, sin embargo, lo que la política bonapartista se había propuesto. Una Italia unida, había declarado en voz alta, Francia no puede ni podrá tolerarla jamás. Por independencia y libertad de Italia entendía una especie de Confederación Italiana del Rin bajo la protección bonapartista y bajo la presidencia honoraria del Papa; la sustitución de la hegemonía austriaca por la francesa. Paralelamente corría la benévola intención de fundar un reino de Etruria, un reino italiano de Westfalia, en Italia central para el heredero de Jerónimo Bonaparte. Todos estos planes fueron puestos fin por la consolidación del Estado alto-italiano. Jerónimo Bonaparte el joven no había adquirido nada en su marcha a través de los ducados, ni siquiera un voto; la Etruria bonapartista era tan imposible como la restauración; no quedaba nada sino la anexión a Piamonte.

Pero en la misma medida en que emergió la inevitabilidad de la unificación de la Italia septentrional, en la misma medida salió también a la luz la «idea» por la que Francia había ido a la guerra esta vez. Ésta era la idea de la anexión de Saboya y Niza a Francia. Ya durante la guerra se habían alzado voces que afirmaban que éste era el precio de la intervención francesa en Italia. Pero no habían sido escuchadas. ¿Y no las refutaba el Acta de Villafranca? A pesar de todo esto, el mundo se enteró de repente de que bajo el régimen nacional y constitucional del *re galantuomo* dos provincias languidecían bajo dominio extranjero —dos provincias francesas que volvían sus ojos llorosos y anhelantes hacia la gran patria, de la que sólo la fuerza bruta las mantenía apartadas— y que Luis Napoleón ya no podía cerrar sus oídos al grito de dolor de Saboya y Niza.

Ahora se supo en efecto que Niza y Saboya constituían el precio por el cual Luis Napoleón se había comprometido a unir Lombardía y el Véneto con Piamonte, y que, como el Véneto no se podía obtener por el momento, lo exigía como precio de su consentimiento a la anexión de Italia central. Ahora comenzaron las repulsivas maniobras de los agentes bonapartistas en Saboya y Niza, y el clamor de la prensa parisina asalariada de que el gobierno piamontés estaba suprimiendo la voluntad del pueblo en estas provincias, que clamaba ruidosamente por la unión con Francia; ahora, por fin, se declaraba abiertamente en París que los Alpes eran la frontera natural de Francia, que Francia tenía derecho a ellos.

II.

Si la prensa francesa afirma que Saboya es francesa por la lengua y las costumbres, eso es al menos tan correcto como si se afirmara lo mismo de la Suiza francesa, la parte valona de Bélgica y las islas anglonormandas en el Canal. El pueblo saboyano habla un dialecto del sur de Francia, y la lengua culta y escrita es en todas partes el francés. Tan poco hay de elemento italiano en Saboya que, por el contrario, el idioma vernáculo francés (es decir, el sur francés o provenzal) se extiende incluso por encima de los Alpes hacia el Piamonte, subiendo por los valles superiores del Dora Riparia y del Dora Baltea. Sin embargo, antes de la guerra no se detectaba prácticamente nada de simpatías por la unión con Francia; pensamientos de este tipo sólo eran acariciados por unos pocos individuos aquí y allá en la baja Saboya, que tiene cierto intercambio comercial con Francia; a la masa de la población le eran tan ajenos aquí como en todos los demás países de habla francesa limítrofes con Francia. Es del todo peculiar que ninguno de los países que fueron incorporados a Francia de 1792 a 1812 tenga el menor deseo de colocarse de nuevo bajo las alas del águila. Los frutos de la primera Revolución Francesa han sido apropiados, pero la estricta centralización de la administración, el sistema de prefectos, la infalibilidad de los apóstoles de la civilización enviados desde París están cordialmente aborrecidos. Las simpatías redespertadas por las Revoluciones de Julio y de Febrero fueron inmediatamente sofocadas de nuevo por el bonapartismo. Nadie tiene ningún deseo de importar Lambessa, Cayena, la *loi des suspects*. A esto se añade la clausura china de Francia con respecto a casi todo el comercio de importación, que se siente con mayor fuerza precisamente en la frontera. La primera República encontró en todas las fronteras provincias oprimidas, explotadas, pueblos fragmentados, despojados de todos los intereses naturales comunes, a los que trajo la emancipación de la población rural, de la agricultura, de la industria, del comercio. El segundo Imperio encuentra en todas las fronteras una libertad mayor de la que él mismo es capaz de ofrecer; encuentra en Alemania e Italia un sentimiento nacional fortalecido, en los países más pequeños intereses separados consolidados que han crecido a través de cuarenta y cinco años de un desarrollo industrial sin precedentes de rapidez y están ramificados en todas direcciones con el comercio mundial; no trae nada más que el despotismo de la época de los césares romanos, el encierro del comercio y la industria en la gran prisión de su línea aduanera y, a lo sumo, paso libre hacia la tierra donde crece la pimienta.

Separada del Piamonte por la cadena principal de los Alpes, Saboya obtiene casi todas sus necesidades del norte, de Ginebra y en parte de Lyon, del mismo modo que, por otra parte, el cantón del Tesino, que se encuentra al sur de los pasos alpinos, se abastece de Génova y Venecia. Si esta circunstancia es un motivo para la separación de Piamonte, ciertamente no lo es para la unión con Francia, pues la metrópoli comercial de Saboya es Ginebra; de esto, aparte de la posición geográfica, se han encargado la sabiduría de la legislación arancelaria francesa y las triquiñuelas de las aduanas francesas.

Pero a pesar de la lengua, la afinidad tribal y la cadena alpina, los saboyanos no parecen tener el menor deseo de dejarse bendecir con las instituciones imperialistas de la gran madre patria francesa. Tienen el sentimiento tradicional de que no fue Italia la que conquistó Saboya, sino Saboya la que conquistó Piamonte. Desde la pequeña Baja Saboya, los belicosos montañeses de toda la provincia se concentraron en un Estado, para luego descender a la llanura italiana y, mediante conquistas así como mediante política, anexionar sucesivamente Piamonte, Monferrato, Niza, la Lomellina, Cerdeña, Génova. La dinastía se instaló en Turín y se hizo italiana, pero Saboya siguió siendo la cuna del Estado, y la cruz de Saboya es hoy el escudo de armas de la Italia septentrional desde Niza hasta Rímini y desde Sondrio hasta Siena. Francia conquistó Saboya en las campañas de 1792-94, y hasta 1814 el país se llamó el Département du Mont-Blanc. Pero en 1814 no estaba en modo alguno inclinada a seguir siendo francesa; la unión con Suiza o el retorno a la antigua relación con Piamonte era la única cuestión. No obstante, la zona baja permaneció francesa hasta después de los Cien Días, cuando fue devuelta a Piamonte. La vieja tradición histórica se ha debilitado naturalmente con el tiempo; Saboya fue descuidada, las provincias italianas del Estado llegaron a preponderar demasiado; los intereses de la política piamontesa apuntaban cada vez más hacia el sur y el este. Tanto más notable es que fuera precisamente la clase de la población que pretendía ser la portadora preeminente de la tradición histórica la que todavía albergaba las aspiraciones más separatistas: la vieja nobleza, conservadora y ultramontana; y estas aspiraciones se dirigían hacia la unión con Suiza mientras prevalecieron allí las viejas constituciones oligárquicas patricias; sólo desde la introducción general de la democracia en Suiza parecen haber tomado una dirección diferente; bajo Luis Napoleón, Francia se ha vuelto lo bastante reaccionaria y ultramontana como para aparecer a la nobleza saboyana como un lugar de refugio frente a la política revolucionaria piamontesa.

El estado de las cosas parece ser ahora éste: En general no hay deseo de separar Saboya del Piamonte. En la parte alta del país, en Maurienne, Tarentaise y la Alta Saboya, la población se declara decididamente partidaria del statu quo. En el Genevois, Faucigny y Chablais, si ha de producirse algún cambio, se prefiere la unión con Suiza a cualquier otra. Sólo aquí y allá en la Baja Saboya, y más especialmente en la nobleza reaccionaria del país en general, se manifiesta algún deseo de unión con Francia. Estas voces están, sin embargo, tan aisladas que incluso en Chambéry la mayor parte de la población se opone decididamente a ellas, y la nobleza reaccionaria (véase la declaración de Costa de Beauregard) no se atreve a confesar sus simpatías.

Hasta aquí la cuestión de la nacionalidad y la voluntad del pueblo.

¿Cuál es ahora la situación de la cuestión militar? ¿Qué ventajas estratégicas proporciona al Piamonte la posesión de Saboya, y cuáles proporcionaría a Francia? ¿Y cómo afecta un cambio de posesión de Saboya al tercer Estado fronterizo, Suiza?

Desde Basilea hasta Briançon, la frontera francesa forma una amplia curva profundamente dentada; un buen trozo de Suiza y la totalidad de Saboya avanzan aquí contra el territorio francés. Si trazamos la cuerda de esta curva, se verá que el segmento circular está llenado casi exactamente por la Suiza francesa y Saboya. Si la frontera de Francia se adelantara hasta esta cuerda, formaría desde Lauterburgo hasta Fréjus una línea, en conjunto, tan recta como la que va de Lauterburgo a Dunkerque; pero esta línea tendría para la defensa un significado muy distinto que la otra. Mientras que la frontera septentrional está completamente abierta, la parte norte de la frontera oriental quedaría cubierta por el Rin, y su parte sur por los Alpes. Entre Basilea y el Mont Blanc, ciertamente, ningún accidente del terreno marcaría la línea fronteriza; más bien, la “frontera natural” estaría formada aquí por el Jura hasta el Fuerte l’Écluse, y desde allí por el espolón alpino que, desde el Mont Blanc, bordea por el sur el valle del Arve y termina igualmente en el Fuerte l’Écluse. Pero si la frontera natural forma una curva cóncava y dentada, entonces precisamente deja de cumplir su finalidad, y por tanto ya no es una frontera natural. Y si resulta que este segmento circular dentado, que hace retroceder nuestra frontera de manera tan antinatural, está habitado además por gentes que son, “en lengua, costumbres y civilización”, francesas, ¿no debería rectificarse el error cometido por la naturaleza, no debería establecerse primero en la práctica la convexidad, o al menos la rectitud, teóricamente exigida, y pueden los franceses que viven más allá de la frontera natural ser sacrificados a un lusus naturae?

Que semejantes razonamientos bonapartistas no carecen de toda significación lo prueba el primer Imperio, que fue de anexión en anexión hasta que se le puso freno; la frontera más perfecta tiene sus lados débiles, en los que pueden hacerse mejoras y rectificaciones; y si uno no tiene que preocuparse de nada, puede seguir anexionando sin fin. En todo caso, del razonamiento anterior se desprende: Todo lo que pueda decirse en favor de la anexión de Saboya, tanto por lo que respecta a la nacionalidad como a los intereses militares de Francia, vale también para la Suiza francesa.

Los Alpes, que desde el Col di Tenda corren en dirección norte-noroeste, giran a partir del Mont Tabor, que marca el mojón fronterizo entre Piamonte, Saboya y Francia, en su dirección general hacia el norte-nordeste, para desviarse aún más hacia el este a partir del Mont Géant, punto fronterizo entre Piamonte, Saboya y Suiza. Del Mont Tabor al Mont Géant, los Alpes sólo pueden formar, por tanto, la frontera natural de Francia si esta frontera se prolonga en línea recta desde el Mont Géant hasta Basilea. Dicho de otro modo: la exigencia de la anexión de Saboya a Francia implica la exigencia de la anexión de la Suiza francesa.

En todo el trecho en que la cresta principal de los Alpes forma la frontera actual de los dos Estados, no hay más que un paso con calzada: el Mont Genèvre. Aparte de él, el Col d’Argentera, que de Barcelonnette conduce al valle de la Stura, es transitable para la artillería, y otros caminos de herradura pueden hacerse también transitables para todas las armas con algún esfuerzo. Pero mientras Saboya y Niza ofrezcan cada una dos pasos con calzada a través de la cadena principal de los Alpes, todo atacante francés, si todavía no está en posesión de estas provincias, tendrá que conquistar al menos uno de ellos antes de cruzar los Alpes.

Ahora bien, además, para un ataque desde Francia, el Mont Genèvre sólo permite un empuje directo sobre Turín, mientras que el Mont Cenis y más aún el Pequeño San Bernardo, los dos pasos saboyanos, ejercen un efecto de flanqueo; y para un ejército italiano atacante, el Mont Genèvre obliga a un gran rodeo para lanzar un empuje hacia el corazón de Francia, mientras que el Mont Cenis constituye la gran carretera principal de Turín a París. Por consiguiente, a ningún general se le ocurriría emplear el Mont Genèvre para otra cosa que no fueran columnas secundarias; la gran línea de operaciones pasará siempre por Saboya.

La posesión de Saboya daría, pues, a Francia, en primer lugar, un terreno que necesita para una guerra ofensiva contra Italia y que de otro modo tendría que conquistar primero. Un ejército italiano a la defensiva no defenderá ciertamente nunca Saboya mediante una batalla decisiva, sino que mediante una guerra de montaña conducida con vigor y destruyendo los caminos, ya en los valles superiores del Arc y del Isère (por donde pasan las carreteras del Mont Cenis y del San Bernardo), puede retrasar en cierta medida a los atacantes y luego, durante algún tiempo, apoyado por los fuertes que cierran los pasos, mantener la vertiente septentrional de la cadena principal de los Alpes. Naturalmente, aquí como en cualquier otra guerra de montaña, no puede hablarse de una defensa absoluta; la batalla decisiva se reservará para el descenso del enemigo a la llanura. Pero se ganará ciertamente un tiempo que puede ser decisivo para la concentración de fuerzas para la batalla principal, y que reviste particular importancia para un país tan extenso y pobre en ferrocarriles como Italia, frente a un país compacto cubierto por una excelente red ferroviaria estratégica como Francia; y este tiempo se pierde ciertamente si Francia posee ya Saboya antes de la guerra. Italia, sin embargo, no hará jamás la guerra contra Francia sola; y si tiene aliados, existe la posibilidad de que los dos ejércitos en Saboya se mantengan ya en equilibrio. La consecuencia será que la lucha por la posesión de la cadena alpina se prolongue; que, en el peor de los casos, los italianos mantengan durante algún tiempo la vertiente septentrional de la cresta y, tras perderla, disputen a los franceses la vertiente meridional, pues sólo quien posee ambas vertientes y puede atravesarla es dueño de una cresta montañosa. Que el atacante se mantenga entonces aún lo bastante fuerte y resuelto para seguir al defensor hasta la llanura es cosa muy dudosa.

Las campañas de 1792 a 1795 en Saboya nos ofrecen un ejemplo de semejante guerra de montaña indecisa, aun cuando la acción de ambas partes fuera floja, incierta y torpe.

El 21 de septiembre de 1792, el general Montesquieu invadió Saboya. Los 10.000 sardos que la defendían estaban, según la moda predilecta de la época, tan divididos en un cordón de puestos que en ninguna parte podían reunir fuerzas suficientes para resistir. Chambéry y Montmélian fueron ocupadas, y los franceses recorrieron los valles hasta el pie de la cadena principal de los Alpes. La cresta misma quedó enteramente en manos de los sardos, quienes, tras algunos combates menores al mando del general Gordon el 15 de agosto de 1793, avanzaron de nuevo contra los franceses, debilitados por los destacamentos enviados al sitio de Lyon, y los expulsaron del valle del Arc y del Isère, de vuelta a Montmélian. Allí las columnas derrotadas se replegaron sobre sus reservas, Kellermann regresó de Lyon, pasó inmediatamente (11 de septiembre) al ataque y, con poco esfuerzo, arrojó a los sardos de vuelta hasta los pasos alpinos; pero aquí también se agotaron sus fuerzas, y tuvo que detenerse al pie de la cadena. Pero en 1794 el Ejército de los Alpes fue elevado a 75.000 hombres, contra los cuales los piamonteses sólo podían reunir 40.000, además de una reserva de quizá 10.000 austríacos que pudieran estar disponibles. No obstante, los primeros ataques de los franceses, tanto contra el Pequeño San Bernardo como contra el Mont Cenis, no tuvieron éxito, hasta que por fin el 23 de abril fue tomado el San Bernardo y el 14 de mayo el Mont Cenis, con lo que toda la cresta cayó en sus manos.

Así pues, se necesitaron tres campañas para arrebatar a los piamonteses el acceso a Italia por este lado. Aun cuando una guerra tan indecisa no pudiera hoy prolongarse durante varias campañas en un terreno tan reducido, siempre será difícil para los franceses, dado un cierto equilibrio de fuerzas, no sólo forzar los pasos alpinos, sino también conservar la fuerza suficiente para bajar directamente a la llanura. Saboya no hace por Italia más que esto; pero eso ya es bastante.

Supongamos, en cambio, que Saboya estuviera unida a Francia. ¿Cuál sería entonces la situación de Italia? La vertiente septentrional de la cadena alpina está en manos de los franceses; los italianos sólo pueden defender la vertiente meridional, cuyos puntos de cierre y posiciones están dominados, o al menos batidos por la vista, desde la alta cresta y, en su mayor parte, pueden ser también flanqueados a poca distancia. La defensa de montaña se reduce a su último acto, el más débil y al mismo tiempo el más costoso. La posibilidad de obtener informes que la guerra de montaña en Saboya proporciona queda por completo eliminada. Y no es todo. Mientras hubo que conquistar Saboya, Francia podía, en ciertas circunstancias, contentarse con hacer precisamente eso y limitar así a Italia a una defensa pasiva; ya se había alcanzado un resultado; las tropas podían quizá emplearse mejor en otra parte; Francia tenía interés en no comprometer demasiadas fuerzas en este teatro de guerra. Por el contrario, una vez que Saboya se ha convertido definitivamente en provincia francesa, vale la pena defenderla ofensivamente, a la manera francesa. La defensa pasiva puede costar en una sola campaña tantos hombres como un ataque a Italia; después de todo, no se necesitan muchas más tropas para el ataque, ¡y qué resultados tan distintos se vislumbran!

En la mañana siguiente a la anexión, se verá a oficiales del estado mayor francés recorrer los valles del Arc y del Isère, explorar los valles laterales, trepar por las crestas de las montañas, interrogar a los mejores guías alpinos, medir distancias, levantar pendientes y anotarlo todo cuidadosamente; y todo ello no con la arbitrariedad de los turistas, sino conforme a un plan visible, ya probablemente terminado ahora. Pronto los seguirán ingenieros y empresarios, y no pasará mucho tiempo antes de que se construyan caminos y se erijan estructuras en lo más profundo de las altas montañas, de las que ni el campesino ni el viajero podrán decir qué significan. Tampoco son asunto de campesinos ni de turistas; su único fin es desarrollar las dotes naturales estratégicas de Saboya.

El paso del Mont Cenis, al igual que el del Mont Genèvre, conducen ambos a Susa. Si las pendientes meridionales de ambos son atacadas por columnas francesas, los destacamentos italianos que los defienden se encontrarán en un completo doble vínculo. No pueden saber de qué lado vendrá el ataque principal; pero saben de antemano que si uno de los dos pasos es forzado y Susa tomada, las tropas que defienden el otro paso quedarán aisladas. Si el Mont Cenis es forzado primero, las tropas del Mont Genèvre aún podrán tal vez salvarse abandonando su artillería, bagajes y caballos y huyendo por senderos hacia el valle de Fenestrelle; pero si los atacantes avanzan vía el Mont Genèvre hacia Susa, las tropas del Mont Cenis quedan sin ninguna retirada. En tales circunstancias, la defensa de estos dos pasos se reduce a una mera demostración.

Ahora bien, las líneas de operaciones de los dos destacamentos franceses, las carreteras de Grenoble a Briançon y de Chambéry a Lanslebourg, discurren en general paralelas y sólo están separadas por una cadena montañosa que se desprende del Mont Tabor, sobre la cual conducen numerosos senderos y caminos de mulos. Tan pronto como los franceses construyan una carretera transversal a través de esta cadena, que no necesitaría tener más de cuatro millas alemanas de longitud, podrán desplazar sus masas a voluntad de una carretera a la otra, el doble vínculo se hace aún más efectivo, y la defensa de la línea alpina contra una incursión desde Italia gana enormemente en fuerza por este lado.

Prosigamos. Savoy posee un segundo paso alpino, el Little St Bernard. Muchas autoridades francesas sostienen que Napoleón habría hecho mejor en utilizar este paso para su travesía de los Alps en lugar del Great St Bernard. El paso es más bajo, por lo tanto queda libre de nieve antes en primavera, y es en conjunto más fácil de cruzar. Las columnas convergen desde Lyon y Besançon con al menos la misma facilidad sobre Albertville que sobre Lausanne; y ambos pasos conducen a Aosta e Ivrea. El mero hecho de que pudiera surgir una controversia sobre la preferencia por uno u otro paso para los fines de Napoleón en la campaña de 1800 demuestra la importancia que este Little St Bernard tiene para la guerra.

Por supuesto, deben presuponerse condiciones muy peculiares para que el Little St Bernard pueda servir para una repetición del movimiento estratégico de giro de Marengo. Los ejércitos son ahora mayores y jamás pueden cruzar una alta cadena montañosa en una sola columna; un movimiento envolvente con solo 30.000 hombres conduciría hoy, en la mayoría de los casos, a su propia ruina. Todo esto es correcto para la primera y segunda campañas. Pero si, como parece probable, todas las guerras libradas con perseverancia por ambas partes adquieren, a través de los grupos de fortalezas y campamentos atrincherados del período más reciente, un carácter diferente, más prolongado, si una guerra ya no puede decidirse realmente antes de que los combatientes se hayan desgastado mutuamente a lo largo de varias campañas, entonces los ejércitos también se volverán finalmente cada vez más pequeños. Imaginemos el caso de una guerra que ha ido y venido a través de la llanura superior italiana durante varios años; los franceses, habiendo tomado entretanto Casale o Alessandria, o ambas, son rechazados de vuelta a través de los Alps y la lucha llega aquí a un punto muerto con fuerzas considerablemente debilitadas en ambos bandos. Incluso entonces, con nuestros ferrocarriles, con las comunicaciones ahora cada vez más fáciles…

¿Acaso es tal hazaña, esta artillería, lanzar de 30.000 a 40.000 hombres e incluso más rápidamente a través del Little St Bernard hacia Ivrea? Desde Ivrea pueden retirarse a su depósito base fortificado en la llanura, donde encontrarán lo estrictamente necesario y se reforzarán con la guarnición; de no ser esto posible, la carretera hacia Turín y la línea de retirada sobre los dos pasos más cercanos ciertamente no pueden ser bloqueadas por una fuerza superior. Estos 30.000 a 40.000 hombres, junto con las guarniciones, constituirán, sin embargo, en tal momento una fuerza ya muy respetable, y en el peor de los casos y tras la dispersión del cuerpo enemigo más próximo podrán librar la guerra en torno a su campamento atrincherado con todas las perspectivas de éxito. Considérese cómo los ejércitos se habían reducido ya para 1814, y con cuán escasas fuerzas Napoleón logró cosas tan grandes aquel año.

La carretera del St Bernard, como ya se ha dicho, discurre por el valle del Isère al igual que la del Mont Cenis discurre por el del Arc. Ambos ríos nacen en el Mont Iseran. Más arriba de Bourg St. Maurice la carretera del St Bernard abandona el río para torcer directamente sobre la montaña, mientras que el desfiladero (Val de Tignes) se desvía hacia el sur a la derecha.

Debajo de Lans-le-Bourg, cerca de Termignon, un pequeño valle lateral (Val Saint-Barthélemy) se abre al valle del Arc. Desde el Val de Tignes tres senderos cruzan la cadena entre el Mont Iseran y el Mont Chaffequarré hacia el Val Saint-Barthélemy. Uno de estos tres collados será probablemente adecuado para una carretera. Si se construye aquí una carretera, entonces, junto con la carretera transversal indicada anteriormente, el sistema estratégico de carreteras de Savoy —como provincia fronteriza francesa— queda ya bastante desarrollado. Justo detrás de la cadena principal de los Alps habría una carretera que uniría los tres pasos más importantes entre sí, haciendo posible en dos días trasladar las masas principales desde el St Bernard y el Mont Genèvre a las cercanías del Mont Cenis, y en cuatro a cinco días moverlas de un flanco al otro. Si este sistema se completa con una carretera desde Moutiers sobre el paso de Pralognan hacia St Barthélemy y Lanslebourg, y una segunda de Moutiers a St. Jean de Maurienne, apenas quedaría algo más que añadir. Todo lo que quedaría sería construir las fortificaciones necesarias para el apoyo —no para el cierre absoluto— y asegurar Moutiers, el principal nudo de carreteras, como depósito central contra un ataque violento. En total, esto supone menos de veinticinco millas alemanas de nueva construcción de carreteras.

Si estas o similares obras se llevan a cabo —y que el estado mayor general francés ya tiene un plan para la plena explotación estratégica de Savoy está fuera de duda—, ¿qué será entonces de la defensa de la pendiente meridional de los Alps? Y ¡qué golpes poderosos —en caso de defensa— no podría asestar un nuevo Lecourbe, apoyado por un fuerte depósito central y pequeños fuertes, si tal red de carreteras le asegurase movilidad! Que nadie diga que la guerra de montaña ya no puede darse con nuestros actuales grandes ejércitos. Mientras los ejércitos sean realmente grandes y la superioridad decisiva esté de un lado, eso es bastante cierto. Pero los ejércitos se desgastarán ya contra las fortalezas modernas, y habrá casos suficientes en que la superioridad ceda ante el equilibrio. Naturalmente, no se va a las montañas si no se tiene que ir, pero el camino de París a Italia y de Italia a París pasará siempre por Savoy o el Valais.

En resumen. Por su posición geográfica, y especialmente por sus pasos alpinos, Savoy, como provincia francesa, permitiría a un ejército francés que solo sea ligeramente superior apoderarse de la pendiente italiana de los Alps, hacer incursiones de forrajeo en los valles, y asumir una importancia mucho mayor que la que le correspondería por su número. Con cierta preparación del teatro de guerra, sin embargo, el ejército francés estaría tan favorablemente situado que, dado un equilibrio de fuerzas por lo demás completo, sería inmediatamente superior a su adversario; y además el Little St Bernard obligaría a los italianos a hacer un destacamento lejano, mientras que en determinadas circunstancias ofrece a los franceses la oportunidad para golpes ofensivos más decisivos.

Savoy en manos de Francia es, con relación a Italia, un instrumento exclusivamente ofensivo.

¿Y qué hay de los intereses de Switzerland?

En el estado actual de las cosas, Switzerland no puede ser atacada por ninguno de sus vecinos fronterizos individuales sino frontalmente. Contamos a este respecto a la Alemania meridional sin Austria como uno, y a Austria como un segundo vecino fronterizo, ya que acabamos de ver que estos dos no siempre han de ir necesariamente juntos. La Alemania meridional solo puede atacar sobre la línea Basle-Constance, Austria solo sobre la línea Rheineck-Münster, Italia sobre la línea Poschiavo-Geneva, y Francia sobre la línea Geneva-Basle. En todas partes el ejército suizo tiene su línea de retirada perpendicularmente detrás de su frente; en todas partes su territorio fronterizo neutral cubre sus flancos en mayor o menor medida. Un movimiento estratégico envolvente no puede, por tanto, iniciarse antes del comienzo de la lucha, mientras solo uno de los vecinos fronterizos ataque a Switzerland. Solo Austria posee ventajas de flanco a través de los Grisons, pero los suizos en ningún caso librarían la batalla decisiva contra un ataque austriaco en Grisons, sino más al noroeste, en las estribaciones de los Alps. La cesión de Lombardía por parte de Austria ha incrementado considerablemente esta ventaja para Switzerland; hasta hace un año Austria poseía ciertamente los medios para un ataque concéntrico sobre el sudoeste de Switzerland, lo cual en las altas montañas con fuerzas superiores no es en modo alguno siempre despreciable. Sin embargo, el efecto de tal ataque se limitaba aún a Grisons, Ticino, Uri y Glarus, es decir, la parte menos poblada y más pobre del país, y presuponía ya una fuerte división de las fuerzas enemigas si se quería ir más allá del St Gotthard desde Italia. La distribución actual favorable de los vecinos fronterizos vale para Switzerland más que las garantías europeas de neutralidad. Le da la oportunidad, en caso de ataque por uno solo de sus países limítrofes, de prolongar la defensa tanto como sea posible, y eso es después de todo lo único con lo que un país tan pequeño puede contar.

Desde el momento en que Savoy sea francés o esté meramente ocupado por tropas francesas, ya no podrá hablarse de una defensa del conjunto de la Switzerland francesa, desde el Jura bernés hasta el Lower Valais. Geneva puede ya ahora ser transformada en un depósito francés en 24 horas; el Jura es flanqueado, al igual que la línea del Zihl y los lagos de Neuchâtel y Bienne; los franceses, en lugar de abrirse camino luchando a través de los desfiladeros y forzar luego el estrecho paso entre estos dos lagos y a través del gran pantano (Grosses Moos), marcharán cómodamente rodeando a través de la rica región de colinas de Vaud, y la primera posición para una resistencia seria coincide con aquella en la que debe librarse la primera batalla principal, con la posición ante Berne detrás del Saane y el Sense; pues una columna envolvente procedente de Savoy vía Villeneuve y Vevey hará inútil toda resistencia en Vaud.

Hasta ahora, la primera línea de defensa de Suiza contra Francia ha sido el Jura, terreno excelente para una milicia poco instruida que conoce el país y está apoyada por la población. Pero incluso a causa de la misma línea fronteriza muy recortada, que a menudo corta sus crestas paralelas, no puede ser defendida seriamente. La segunda línea, más importante, es la del Zihl, que une los lagos de Neuchâtel y de Bienne y fluye desde el lago de Bienne al Aar. Es continuada a la derecha por el curso inferior del Aar, a la izquierda por el Orbe, que desemboca en el extremo superior del lago de Neuchâtel, cerca de Yverdon. El Zihl tiene solo media milla de largo entre los lagos, y solo una milla del lago de Bienne al Aar. El frente real de la posición se halla entre los lagos y está además reforzado por el gran pantano (Grosses Moos) situado en el terreno bajo, que se extiende desde el lago de Neuchâtel hasta más allá de Aarberg y solo puede ser atravesado por el camino principal. Un envolvimiento de este frente por el flanco derecho, vía Büren, sería paralizado por la reserva en Aarberg; un movimiento envolvente más amplio presupone el paso del Aar mediante puentes y expone ligeramente sus comunicaciones. Un movimiento envolvente por la izquierda solo puede hacerse a través del Vaud, y puede ser contenido sucesivamente en el Orbe, el Mentue y el Broye. Esta resistencia no puede ser paralizada por un movimiento envolvente a lo largo del lago de Ginebra hacia Friburgo, porque los suizos que se retiran a lo largo del lago de Neuchâtel conservan siempre el camino más corto hacia allí. Así, la posición del Zihl, aunque solo utilizable para una batalla principal en circunstancias especiales, en caso de grandes errores por parte del enemigo, cumple sin embargo todo lo que Suiza puede exigir de ella: da la oportunidad de retrasar al enemigo y, en particular, de llamar a los contingentes del sudoeste de Suiza.

Pero tan pronto como Saboya está en manos del enemigo, una columna que avance desde Saint-Gingolph por Villeneuve y Châtel-Saint-Denis hace inútil toda resistencia en el Vaud, pues en Vevey se encuentra ya apenas a dos millas más de Friburgo que los suizos en el Orbe, y puede así cortarles la retirada. De Saint-Gingolph a Friburgo hay unas doce millas; Friburgo se halla a una jornada de marcha detrás del flanco izquierdo de la posición del Zihl, entre los lagos, y a tres millas de Peterlingen (Payerne), donde las columnas francesas que marchan a través del Vaud pueden unirse con la columna saboyana. En tres o cuatro días, por lo tanto, el atacante, si dispone de Saboya, puede cortar la comunicación con el Valais por el valle del Ródano, conquistar Ginebra, el Vaud y Friburgo hasta el Saane, y situarse a la retaguardia de la posición del Zihl con su fuerza principal, con lo que Basilea, Soleura, el Jura bernés y Neuchâtel caen en sus manos. Y estas no son inhóspitas regiones de alta montaña, sino precisamente los cantones más ricos e industriales de Suiza.

Suiza sintió tan fuertemente la presión estratégica que Saboya ejercía sobre ella que en 1814 consiguió la conocida neutralización de su parte septentrional, y en 1816 obtuvo de Cerdeña la garantía contractual de que nunca cedería el Chablais, el Faucigny y el Genevois a ninguna otra potencia que no fuera la propia Suiza. Luis Napoleón difunde también por todas partes el rumor de que solo exige la Saboya meridional; el Chablais, el Faucigny y una parte del Genevois hasta el arroyo Les Usses deberían corresponder a Suiza. Puesto que un favor vale otro, según el “Times” el señor Vogt, se sirve de esto para sondear, entre bastidores, a las autoridades federales suizas a fin de ver si no le concederían a cambio el libre uso del camino del Simplon. Primer indicio de que el Simplon es también un poste fronterizo natural de Francia, como efectivamente lo fue bajo el Primer Imperio.

Supongamos que Suiza se viera enriquecida con el nuevo Cantón de la Saboya Septentrional. La frontera estaría formada por la cresta montañosa que, desprendiéndose del macizo principal entre el Pequeño San Bernardo y el Mont Blanc, corre hacia el desfiladero del Ródano (Fuerte de l’Écluse); parecería, por tanto, enteramente “natural”. Pero los siguientes caminos cruzan esta cresta desde los valles del Isère y del Ródano: 1) de Seyssel a Ginebra; 2) de Annecy a Ginebra; 3) de Annecy a Bonneville; 4) de Albertville a Sallanches. Tanto desde Bonneville como desde Sallanches, parten caminos que pasan por la cresta septentrional del valle del Arve hacia Thonon. El país queda, pues, completamente abierto a una ofensiva dirigida contra Thonon, en la orilla sur del lago de Ginebra, y como las distancias de Seyssel o Albertville a Thonon no pasan de 15 millas, la posesión de la Saboya Septentrional daría a la defensiva suiza, a lo sumo, cinco días suplementarios. Pero como no hay perspectivas de defender este nuevo cantón con otras tropas que un *Landsturm*, la columna atacante podría marchar igualmente de Ginebra directamente a Thonon —cinco millas—, desde donde solo hay unas cuatro millas hasta Saint-Gingolph. En este caso, la Saboya Septentrional concede a Suiza únicamente tres días de respiro. Aparte de esto, solo puede servir para dispersar las fuerzas suizas de defensa. La línea de retirada de un ejército suizo atacado desde Francia corre, evidentemente, a través de Berna hacia las tierras bajas; si es posible, a lo largo del Aar hasta Zúrich, en su defecto, hacia Lucerna, y desde ambos lugares hacia el valle alto del Rin. Por consiguiente, el ejército no debe tomar una posición tan al sur que pueda ser alejado de estas líneas y empujado hacia las altas montañas. Como hemos visto, el Vaud todavía puede ser incorporado con bastante facilidad al sistema defensivo suizo; la Saboya Septentrional y el Valais —este último abierto por el cese de la neutralidad saboyana—, ciertamente no. Ahora bien, es bien sabido cómo, en un Estado federal amenazado y defendido por milicias, cada cual quiere que se defienda su propia región. Es bien sabido que las tropas refunfuñarán y los consejeros nacionales clamarán si se abandonan sin resistencia ciudades y cantones enteros; ¡y ahora, encima, un nuevo cantón que Suiza supuestamente ha adquirido precisamente para su defensa! Incluso en el Estado Mayor, todos quieren contribuir a que su propia localidad quede particularmente cubierta, y en un ejército de milicias, donde ya la disciplina, hasta en el mejor de los casos, es bastante laxa gracias a la cómoda y leguleya rutina de la paz, todas estas influencias dificultan bastante al comandante mantener unidas sus fuerzas. En nueve de cada diez casos puede apostarse a que el comandante se mostrará débil o se verá obligado a ceder, y a que la Saboya Septentrional será ocupada por tropas que de nada podrán servir a la defensa, pero que en cualquier caso sufrirán en la retirada y serán arrojadas en parte al Valais, donde luego tendrán que vérselas para regresar a la fuerza principal por el Gemmi o por la Furca.

La única seguridad para Suiza consiste en que la Saboya Septentrional no pertenezca ni a ella ni a Francia; entonces, en una guerra entre esos dos Estados, es de hecho neutral y cubre realmente a Suiza. Si, por el contrario, pertenece a Suiza, esto no es mucho mejor para ella que si perteneciera a Francia. Su valor se reduce a una ganancia de tres, a lo sumo cinco días, la mayor parte de los cuales se pierde luego en la defensa del Vaud. ¿Qué es eso comparado con la seguridad de poder ser atacada, en todas las circunstancias, únicamente entre Basilea y el lago de Ginebra?

La Saboya Septentrional es un regalo griego para Suiza; es más que eso; este regalo implica una amenaza. En el caso supuesto, Francia domina militarmente toda la Suiza francesa y cierra el paso a cualquier defensa, por poco seria que sea. La anexión de la Saboya Meridional por Francia plantea de inmediato la exigencia de la incorporación de la Suiza francesa.

III.

El condado de Niza, como es bien sabido, se halla al pie de los Alpes Marítimos y su frontera con el territorio genovés desciende hasta el mar una milla al este de Oneglia, en Cervo. La mitad occidental habla un dialecto provenzal; la oriental, más allá del Roia, uno italiano. Con excepción de unas cuantas aldeas sobre el Var, sin embargo, el italiano es en todas partes la lengua escrita; solo en la ciudad de Niza el francés, a causa de la fuerte afluencia de extranjeros, le hace contrapeso. Para tratar correctamente la cuestión de las nacionalidades, hemos de detenernos aquí un momento a examinar las condiciones lingüísticas de los Alpes occidentales.

En todos los puntos en que el italiano entra en contacto con otras lenguas en los Alpes, ha resultado ser el elemento más débil. En ningún punto avanza más allá de la cadena alpina; los dialectos romances de los Grisones y del Tirol son enteramente independientes del italiano. Por el contrario, todas las lenguas vecinas le han ganado territorio al sur de los Alpes. En los distritos montañosos occidentales de la provincia veneciana de Udine se habla el esloveno cárnico. En el Tirol, el elemento alemán domina toda la vertiente meridional y todo el alto valle del Adigio; más al sur, en pleno territorio italiano, se encuentran las islas lingüísticas alemanas de los *sette comuni* y los *tredici comuni*; al pie meridional del Gries, tanto en el Val di Cavergno tesinés como en el Val Formazza piamontés, en el alto Val di Vedrò al pie del Simplon y, finalmente, en toda la vertiente sudoriental del Monte Rosa, en el Val de Lys, el alto Val Sesia y el Val Anzasca, se habla alemán. A partir del Val de Lys comienza la frontera lingüística francesa, que abarca todo el valle de Aosta y la vertiente oriental de los Alpes Cotios desde el Mont Cenis en adelante, de modo que, según la suposición habitual, pertenecen a ella las fuentes de todos los ríos de la cuenca alta del Po. Conforme a la misma suposición, esta frontera va desde Demonte (sobre el Stura), un poco al oeste del Col di Tenda, hasta el Roia y lo sigue hasta el mar.

Acerca de la frontera entre las lenguas vernáculas germánicas o eslavas y las italianas no puede haber duda. La cosa es distinta, sin embargo, allí donde se encuentran dos lenguas romances —y no, por una parte, la lengua escrita italiana, *il vero toscano*, ni el culto francés del norte, sino el dialecto piamontés del italiano y la lengua francesa meridional de los trovadores, que se ha disuelto en mil *patois* degenerados y que, por brevedad, designaremos con el término inexacto pero conocido de “provenzal”. Quien haya seguido, aunque solo sea superficialmente, la gramática comparada de las lenguas romances o la literatura provenzal, no puede dejar de sorprenderse en Lombardía y el Piamonte por la gran semejanza entre la lengua vernácula y el provenzal. En el lombardo, ciertamente, esta semejanza se limita al aspecto exterior del dialecto; la caída de las terminaciones vocálicas masculinas, mientras se conservan las femeninas en singular, así como la de la mayoría de las terminaciones vocálicas en la conjugación, le dan un sonido provenzal, mientras que, por otra parte, la *n* nasal, la pronunciación de la *u* y de la *œu*, recuerdan al francés del norte. Pero la formación de palabras y la fonética son esencialmente italianas, y allí donde se producen desviaciones, estas recuerdan a menudo, como en retorromance, de manera curiosa, al portugués.* Los rasgos fundamentales del dialecto piamontés concuerdan bastante estrechamente con el lombardo, pero se inclinan ya más hacia el provenzal, y en los Alpes Cotios y Marítimos se aproximará indudablemente tanto a él que será difícil trazar una frontera definida.** A esto hay que añadir que la mayoría de los *patois* del sur de Francia no están mucho más cerca de la lengua escrita francesa del norte que el propio dialecto piamontés. Aquí, pues, la lengua vernácula poco puede decidir sobre la nacionalidad; el campesino alpino que habla provenzal aprende el italiano con igual facilidad que el francés, y utiliza el uno tan poco como el otro; el piamontés, con el que se desenvuelve perfectamente, le es del todo inteligible. Si se ha de encontrar un criterio, solo la lengua escrita puede proporcionarlo, y esta es, en efecto, el italiano en todo el Piamonte y Niza —siendo quizá las únicas excepciones el valle de Aosta y los valles valdenses, donde en algunos lugares predomina el francés como lengua escrita.

Buscar afirmar la nacionalidad francesa de Niza sobre la base de un *patois* provenzal que, además, solo abarca la mitad de la provincia, es, por tanto, un despropósito desde el principio. La afirmación se vuelve aún más disparatada,

* Lat. *clavis*, it. *chiave*, port. *chave*, lomb. *ciau* (pronunciada *tschau*), llave. El verano pasado, el *Augsburger Allgemeine Zeitung* recibió una comunicación desde Verona (véanse los informes del cuartel general austríaco) según la cual allí la gente se saluda en la calle con «*Tschau, tschau*». El sapientísimo periódico, que por lo general tiene buen ojo para los gazapos lingüísticos, se quedó evidentemente sin la clave de ese *tschau, tschau*. La palabra es *s-ciau* (*stschau*) y constituye la forma lombarda análoga a *schiavo*, esclavo, siervo, del mismo modo que entre nosotros la gente se saluda con: «Servidor de usted, su seguro servidor», etc. — Solo se nos ocurren dos formas genuinamente provenzales en lombardo: el participio pasado femenino en *-da* (*ama, amada*) y la primera persona del presente en *-i* (*ami*, yo amo, *saludi*, yo saludo).

** Los rasgos distintivos decisivos entre los dialectos italianos y los provenzales probablemente serían: 1) la vocalización italiana de la *l* tras consonante (*fiore, più, bianco*), ajena al provenzal; 2) la formación del plural de los sustantivos a partir del nominativo latino (*donne, cappelli*). En la Edad Media, el provenzal y el francés antiguo también poseían esta formación para el nominativo, mientras que todos los demás casos se derivaban del acusativo latino (terminados en *-s*). Sin embargo, todos los dialectos provenzales modernos, por lo que sabemos, solo tienen esta última forma. En las zonas fronterizas, no obstante, podría ser dudoso si la forma de nominativo conservada procede del italiano o del provenzal.

cuando se considera que la lengua provenzal se extiende también al otro lado de los Pirineos, abarcando Aragón, Cataluña y Valencia, y que en estas provincias españolas, pese a algunos matices castellanos, no solo se ha conservado en conjunto mucho más pura que en cualquier parte de Francia, sino que mantiene todavía una existencia como lengua escrita en la literatura popular. ¿Qué será de España si Luis Napoleón reclama pronto también estos tres territorios por ser nacionalmente franceses?

Suscitar simpatías francesas en el Condado de Niza parece aún más difícil que en Saboya. Del campo no se oye nada en absoluto; en la ciudad todos los intentos fracasan de manera aún más estridente que en Chambéry, aunque es mucho más fácil concentrar una tropa de bonapartistas en este balneario junto al mar. La idea de hacer francés al nizardo Garibaldi no es, a decir verdad, mala.

Si Saboya es de la mayor importancia para la defensa del Piamonte, Niza lo es mucho más. Desde Niza parten tres caminos hacia Italia: la carretera de Corniche a lo largo de la costa hasta Génova, el camino del Col di Nava desde Oneglia por el valle del Tanaro hasta Ceva, y el camino del Col di Tenda hacia Cuneo (Coni). El primero, aunque finalmente quede bloqueado por Génova, brinda a una columna que avanza la oportunidad, primero en Albenga y de nuevo en Savona, de cruzar los Apeninos por carreteras bien pavimentadas, y ofrece además una multitud de senderos de mulas y caminos de herradura a través de las montañas; Napoleón dio en 1796 un ejemplo de cómo pueden aprovecharse en la guerra. El tercer camino, el del Col di Tenda, es para Niza lo que el Mont Cenis para Saboya; conduce directamente a Turín, pero ofrece pocas o ninguna ventaja de flanqueo. El camino del medio, el del Col di Nava, en cambio, lleva directamente a Alessandria y actúa así en el sur como el Pequeño San Bernardo en el norte, solo que de manera mucho más directa y con menos complicaciones. Tiene además la ventaja de que se halla lo bastante cerca de la carretera de la costa como para recibir de ella un apoyo considerable en un ataque. La columna que avanza por el camino de Nava puede restablecer contacto ya en Garessio con la columna que ha llegado hasta Albenga por la costa, ya que el camino transversal procedente de Albenga se le une aquí; una vez pasada Ceva, el camino hacia Alessandria pasa por Careare, donde se le une el de Savona, situado a mitad de camino entre Ceva y Savona. Sin embargo, entre Ceva, Savona y Oneglia se elevan altas montañas donde la defensa no puede mantenerse. Además, la vertiente septentrional del Col di Nava, con las fuentes del Tanaro, se halla en territorio nizardo, de modo que el paso pertenece de antemano a quien poseía Niza antes de la guerra.

Un ejército francés que tuviera Niza a su disposición incluso antes del estallido de la guerra amenazaría desde allí el flanco, la retaguardia y las líneas de comunicación de cualquier destacamento italiano que avanzara al oeste de Alessandria. En tiempo de guerra, la cesión de Niza a Francia significaba, pues, el repliegue del punto de concentración de las fuerzas italianas a Alessandria, el abandono de la defensa del Piamonte propiamente dicho, que solo puede realizarse desde Niza y Saboya. También aquí la historia de la guerra revolucionaria ofrece el mejor ejemplo.

El 1 de octubre de 1792 el general Anselme cruzó el Var con una división de 9.000 hombres, mientras que al mismo tiempo la flota francesa (12 navíos de línea y fragatas) fondeó a 1.000 pasos de Niza. Los habitantes, favorablemente dispuestos hacia la revolución, se sublevaron, y la débil guarnición piamontesa (2.000 hombres) se retiró apresuradamente al Col di Tenda, donde tomó posición en Saorgio. La ciudad de Niza recibió con los brazos abiertos a los franceses, pero estos saquearon toda la campiña, incendiaron las casas de los campesinos, violaron a sus mujeres y no pudieron ser mantenidos a raya ni por la orden del día de Anselme ni por las proclamas de los comisarios de la Convención. Este fue el núcleo original del posterior Ejército de Italia, con el que el general Bonaparte ganó sus primeros laureles. Por lo visto, el bonapartismo siempre tiene que apoyarse en el lumpenproletariado en sus inicios; sin una Sociedad del 10 de Diciembre no se pone en pie jamás. — Los beligerantes permanecieron inactivos durante largo tiempo uno frente al otro; los franceses ocupaban la ciudad y sus alrededores, mientras que los piamonteses, reforzados por una división austríaca, seguían dominando las montañas y se mantenían en una posición fuertemente atrincherada con su centro en Saorgio. En junio de 1793 los franceses llevaron a cabo varios ataques, todos ellos infructuosos en conjunto; en julio tomaron el Col d’Argentera, que conduce a la retaguardia de la posición enemiga. Tras la toma de Tolón (diciembre de 1793), el Ejército de Italia recibió considerables refuerzos, y el general Bonaparte fue agregado a él. En la primavera siguiente combinó un asalto al campamento de Saorgio, que se llevó a cabo con el más completo éxito el 28 de abril y proporcionó a los franceses la posesión de todos los pasos de los Alpes Marítimos. Bonaparte propuso entonces unir el Ejército de los Alpes con el Ejército de Italia en el valle del Stura y conquistar el Piamonte; pero el plan no fue adoptado. Poco después, Bonaparte perdió, a raíz del Nueve de Termidor, a su más poderoso protector, el joven Robespierre, y con él su influencia en el consejo de guerra; quedó reducido a un simple comandante de división. El ejército pasó a la defensiva, y solo cuando el general austríaco Colloredo avanzó sobre Savona con su habitual lentitud para cortar a los franceses de su enlace de suprema importancia con la Génova neutral, encontró Bonaparte la oportunidad de caer sobre él e infligirle un revés. Pese a ello, el camino a Génova siguió amenazado, y la campaña de 1795 se abrió con la expulsión de los franceses de toda la Riviera genovesa. Mientras tanto, el Ejército de los Pirineos Orientales se había vuelto disponible gracias a la paz con España y fue dirigido a Niza, donde estuvo completamente reunido en noviembre. Scherer, que mandaba ahora en los Alpes Marítimos, pasó inmediatamente a la ofensiva según un plan elaborado por Masséna. Mientras Sérurier empeñaba a los piamonteses en el Col di Tenda, Masséna avanzó a través de las altas montañas para desbordar Loano, que fue atacado de frente por Augereau (23 de noviembre). El plan tuvo un éxito completo; los austríacos perdieron 2.000 muertos, 5.000 prisioneros y 40 cañones, y quedaron completamente separados de los piamonteses. La conexión con Génova quedó así asegurada de nuevo, y la posesión de las montañas permaneció indiscutiblemente en manos francesas durante todo el invierno. Finalmente, en la primavera de 1796, Bonaparte recibió el mando supremo del Ejército de Italia, y las cosas tomaron entonces un giro distinto. Apoyado en la posesión de Niza y de la Riviera di Ponente, se internó desde Savona en las montañas, batió a los austríacos en Montenotte, Millesimo y Dego, y los separó con ello de los piamonteses, quienes, desbordados y aislados por una fuerza francesa superior, concertaron inmediatamente la paz tras unas cuantas acciones de retaguardia. De este modo, cuatro enfrentamientos victoriosos en los altos valles del Bormida y del Tanaro dieron a los franceses la posesión militar de todo el Piamonte, sin necesidad de un ataque directo contra Turín; la guerra se desplazó acto seguido a Lombardía, y el Piamonte se convirtió en parte de la base de operaciones francesa.

Durante los tres primeros años de la guerra, Italia quedó, por tanto, completamente escudada por Niza. Solo en la tercera campaña se perdieron los pasos de los Alpes Marítimos, y solo en la cuarta entraron en juego, pero entonces de manera inmediatamente decisiva. Tras los combates de la primera semana en las montañas, una mera demostración vigorosa contra los piamonteses bastó para hacerles ver su situación desesperada y la necesidad de capitular. La verdadera embestida pudo continuar casi sin interrupción en dirección a Milán; todo el territorio situado entre el Bormida, el Tesino y los Alpes cayó en manos francesas por sí solo.

Si Niza es una provincia francesa, Italia se encuentra frente a Francia en la misma posición en que se hallaba al final de la campaña de 1794. No solo queda abierto a los franceses el valle del Stura por el Col di Tenda, y el valle del Tanaro por el Col di Nava; el camino hacia Albenga y Savona no puede ser disputado por un ejército francés atacante superior, el cual, tres o cuatro días después de la apertura de la campaña, se encuentra así nuevamente en el punto de partida de la campaña de 1796. ¿Dónde va a oponérsele la fuerza principal italiana? En la Riviera de Génova no tiene espacio para desplegarse; al oeste del Belbo y del Tanaro pone en peligro sus comunicaciones con Alessandria, Lombardía y la península. Lo único que puede hacer es avanzar hacia el sur desde Alessandria y caer con fuerzas unidas sobre las columnas aisladas que desemboquen desde las montañas. Esto, sin embargo, presupone que la defensa de la frontera alpina ha sido abandonada desde el principio, pues todos los destacamentos estacionados en el Col di Tenda y más al oeste y noroeste quedarían de otro modo aislados. En otras palabras, la posesión de Niza otorga a Francia el dominio de los Alpes, los cuales dejan entonces de ser un muro protector para Italia, y, por consiguiente, el dominio militar sobre el Piamonte.

Niza da a Francia las mismas ventajas de flanqueo en el sur que Saboya le da en el norte, sólo que aún más completa y directamente. Pero si Niza o Saboya, cada una por sí sola, dejan ya completamente abierto al ataque francés el Piamonte propiamente dicho, ¡qué poder tendrá Francia sobre el Piamonte cuando posea ambas provincias! El Piamonte queda oprimido entre ellas como entre unas tenazas; a lo largo de toda la línea, desde el Pequeño San Bernardo hasta el Col di Nava y los senderos montañosos por encima de Savona, el juego de amagos puede ejecutarse en infinitas variaciones, hasta que por fin el ataque real se produzca en uno de los puntos de flanqueo y corte a todos los destacamentos italianos que hayan mordido demasiado firmemente en las montañas. Un ejército italiano no tendría más alternativa que concentrarse en Alessandria y Casale, dejando los Alpes bajo mera observación, y lanzarse con fuerza concentrada sobre la dirección principal del ataque en cuanto ésta se revele. Si se concede esto, significa en otras palabras que no sólo la cadena alpina, sino también toda la cuenca piamontesa del Po, queda entregada al enemigo desde el primer momento, y que la primera posición defensiva de un ejército italiano frente a Francia se encuentra tras las murallas de Alessandria. Con Saboya y Niza como obras exteriores, el Piamonte es la primera base operacional del ejército italiano; sin ellas, militarmente hablando, el Piamonte pertenece a la ofensiva francesa y sólo puede ser reconquistado mediante una victoria en suelo piamontés y la conquista de los pasos saboyanos y nizardos.

La anexión de Saboya y Niza equivale, si no a la anexión política, sí ciertamente a la anexión militar del Piamonte a Francia. Cuando en el futuro Víctor Manuel contemple la magnífica cadena alpina desde la Villa della Regina, cerca de Turín, sin que una sola montaña de ella le pertenezca ya, esto le resultará bastante claro.

Pero, se argüirá, en cuanto se forme un fuerte Estado militar en la Alta Italia, Francia necesitará Niza y Saboya para su propia defensa.

Hemos visto que Saboya reforzaría considerablemente el sistema defensivo francés. Niza le aportaría refuerzo sólo en la medida en que también esta provincia tendría que ser conquistada antes de que pudieran atacarse los actuales departamentos alpinos franceses. La cuestión, sin embargo, es si un fuerte Estado militar italiano amenazaría a Francia siquiera en tal medida que ésta requiriese una protección especial contra él.

Italia, incluso si estuviera completamente unida, jamás podría, con sus 26 millones de habitantes, librar una guerra ofensiva contra Francia salvo en alianza con Alemania. Pero en tal guerra Alemania proporcionaría siempre la gran masa de las fuerzas armadas, e Italia la potencia subordinada. Esto solo bastaría para desplazar el peso principal del ataque de los Alpes al Rin y al Mosa. Ahora, además, está la posición del punto decisivo de ataque, París, en el norte de Francia. El ataque más contundente contra Francia será siempre el que provenga de Bélgica; si Bélgica es neutral, el que provenga de la orilla izquierda alemana del Rin y del Alto Rin de Baden. Cualquier otro da un rodeo y ya es hasta cierto punto excéntrico, no dirigido directamente a París. Y si Clausewitz ya (Vom Kriege, Libro VI, Capítulo 23) se burla del hecho de que en 1814 un ejército de 200.000 hombres, en lugar de marchar directamente a París, se dejara llevar por la soga de tontos de una teoría descabellada dando un rodeo a través de Suiza hasta la meseta de Langres, ¿qué diría de planes de campaña que quisieran dirigir el ataque principal sobre París a través de la Alta Italia y Saboya o incluso Niza? Todo ataque a través de Saboya está en una desventaja decidida en comparación con el que proviene del Rin, debido a la línea de comunicaciones más larga, que además cruza los Alpes, a la ruta más larga hasta París y, finalmente, a la fuerza de atracción del gran campamento atrincherado de Lyon, que en la mayoría de los casos lo detendrá. En la campaña de 1814, por consiguiente, el cuerpo que penetró en Francia a través de Italia tampoco desempeñó prácticamente papel alguno.

Con tales medios de defensa, Francia verdaderamente no necesita ninguna extensión de territorio en esta, su frontera de todos modos más cubierta, y contra uno de sus vecinos más débiles. Si la frontera actual de Francia estuviera en todas partes tan lejos de París, tan fuerte por naturaleza y arte y por la dificultad de las comunicaciones del enemigo, como lo está frente a Italia, Francia sería inexpugnable. Pero si el bonapartismo escoge precisamente este punto para reclamar aquí las llamadas fronteras naturales, bajo el pretexto de que Francia no puede prescindir de ellas para su defensa, ¡cuánto más fácil le será entonces justificar sus pretensiones sobre el Rin!

Niza seguirá siendo siempre italiana, aunque sea momentáneamente cedida a Francia. Puede que Saboya, y probablemente así será en algún momento posterior, desee ella misma su incorporación a Francia, cuando las grandes nacionalidades europeas se hayan consolidado más. Pero es algo muy diferente que Saboya se haga francesa voluntariamente, cuando Alemania e Italia hayan realizado también su unidad nacional política y militarmente y hayan así realzado considerablemente su posición de poder europea, o que un gobernante dependiente de la conquista, como Luis Napoleón, la compre a una Italia aún dividida, para perpetuar su señorío sobre esta Italia y al mismo tiempo establecer el primer precedente para la teoría de las fronteras naturales.

IV.

Para nosotros los alemanes, tres cosas en este regateo saboyano-nizardo son de principal interés.

En primer lugar, la declaración práctica de Luis Napoleón sobre la independencia italiana: Italia dividida en al menos tres, si es posible cuatro Estados, el Véneto austriaco, y Francia, mediante la posesión de Saboya y Niza, dueña del Piamonte. El territorio papal, tras la separación de la Romaña, cortará por completo a Nápoles del Estado de la Alta Italia e impedirá cualquier ampliación de éste hacia el sur, puesto que al Papa se le han de “garantizar” sus restantes posesiones territoriales. Al mismo tiempo, se hace oscilar el Véneto ante el Estado de la Alta Italia como el próximo cebo; el movimiento nacional de Italia conserva en Austria a su oponente más inmediato y principal; y para que el nuevo reino pueda ser puesto en movimiento contra Austria a placer de Luis Napoleón, los franceses se apoderan de todas las posiciones que dominan los Alpes occidentales y empujan sus avanzadillas hasta nueve millas de Turín. Tal es la posición que el bonapartismo se ha creado en Italia, y que, en una guerra por la frontera del Rin, vale para él un ejército. Da a Austria el mejor pretexto para suministrar a lo sumo su contingente federal, si es que lo suministra siquiera. Aquí sólo una cosa podría ayudar: un giro completo de la política alemana respecto a Italia. Que Alemania no necesita el Véneto hasta el Mincio y el Po, creemos haberlo demostrado en otra parte. Tampoco tenemos interés alguno en la existencia del dominio papal y napolitano, pero sí tenemos interés en el establecimiento de una Italia fuerte y unida que pueda tener una política independiente. Por consiguiente, dadas las circunstancias, podemos ofrecer a Italia más que el bonapartismo; quizá pronto sea de importancia tener esto presente.

En segundo lugar, la proclamación descarada de la teoría de las fronteras naturales de Francia. Que esta teoría ha sido inscrita de nuevo en la bandera por la prensa francesa, no sólo con el consentimiento, sino por orden directa del gobierno, nadie puede dudarlo. Por el momento, la teoría se aplica sólo a los Alpes; esto es aún bastante inofensivo; Saboya y Niza son pequeños territorios, con sólo 575.000 y 236.000 habitantes respectivamente, que aumentarían por tanto la población de Francia en sólo 811.000 almas, y su significación político-militar no es evidente a primera vista. Pero el hecho de que, en la reclamación de estas dos provincias, se vuelva a destacar y recordar a la memoria del pueblo francés precisamente el punto de vista de las fronteras naturales, de que el oído de Europa deba acostumbrarse de nuevo a la palabra, tal como a otras consignas bonapartistas que se han ido pronunciando y dejando caer alternativamente en los últimos diez años, eso es lo que nos afecta especialmente a nosotros los alemanes. En el francés del Primer Imperio, que después fue repetido tan asiduamente por los republicanos del National, la frontera natural de Francia por excelencia se entendía que era el Rin. Incluso hoy, cuando se habla de la frontera natural, ningún francés piensa en Saboya o Niza, sino sólo en el Rin. ¿Qué gobierno, y además uno que se apoya en las tradiciones de conquista y en el ansia de conquista dentro de la nación, se atrevería a provocar de nuevo el grito de las fronteras naturales para luego tratar de engatusar a Francia con Saboya y Niza?

La renovada proclamación de la teoría de las fronteras naturales de Francia es una amenaza directa contra Alemania y un hecho inequívoco que vindica el sentimiento nacional que se expresó en Alemania hace un año. Es cierto que no es Luis Napoleón, sino la prensa dirigida por él, quien ahora declara a todo aquel que quiera escuchar que, en efecto, no se ha tratado ni se trata de otra cosa que del Rin.

En tercer lugar, y principalmente, la posición de Rusia en toda la intriga. Cuando estalló la guerra el año pasado, cuando el propio Gorchakov admitió que Rusia había contraído “compromisos escritos” con Luis Napoleón, llegaron al público rumores sobre el contenido de esos compromisos. Procedían de varias fuentes y se confirmaban sustancialmente unos a otros. Rusia se comprometió a movilizar cuatro cuerpos de ejército y a estacionarlos en las fronteras prusiana y austriaca, para facilitar así el juego de Luis Napoleón. Para el curso de la guerra misma, se decía, se contemplaban tres eventualidades:

O bien Austria hace la paz en el Mincio; en ese caso pierde la Lombardía y, aislada de Prusia e Inglaterra, se la inducirá fácilmente a unirse a la alianza ruso-francesa, cuyos ulteriores objetivos (partición de Turquía, cesión de la orilla izquierda del Rin a Francia) se perseguirán entonces por otros medios.

O bien continúa luchando por la posesión del Véneto; entonces será expulsada por completo de Italia y se sublevará Hungría, la cual, en ciertas circunstancias, ha de ser entregada al gran duque Constantino de Rusia; Lombardía y Véneto caen en manos del Piamonte, Saboya y Niza en las de Francia.

O bien, Austria continúa luchando y la Confederación Alemana la apoya; entonces Rusia entra activamente en la lucha, Francia recibe la orilla izquierda del Rin y Rusia obtiene carta blanca en Turquía.

Lo repetimos: estas afirmaciones sobre el contenido esencial de la alianza ruso-francesa ya eran conocidas y se publicaron al estallar la guerra. Una parte considerable de ellas ha sido confirmada por los acontecimientos. ¿Qué hay del resto?

Aportar pruebas documentales de ello es, por la naturaleza del asunto, hasta ahora imposible. Éstas sólo salen a la luz cuando los acontecimientos en cuestión pertenecen ellos mismos a la historia. La política de Rusia, tal como está establecida por hechos y documentos de períodos históricos anteriores (por ejemplo, los papeles de Estado rusos hallados en Varsovia en 1830), puede por sí sola servir de guía en esta maraña de intrigas; para este propósito, sin embargo, basta plenamente.

Dos veces en este siglo se ha aliado Rusia con Francia, y cada vez la alianza tenía por objetivo o base la partición de Alemania.

La primera vez en la balsa de Tilsit. Rusia abandonó Alemania por completo al Imperador francés, e incluso aceptó un pedazo de Prusia como prenda por ello. A cambio recibió carta blanca en Turquía; se apresuró a conquistar Besarabia y Moldavia y a enviar sus tropas al otro lado del Danubio. Que Napoleón poco después “estudiase la cuestión turca” y alterase considerablemente su opinión al respecto fue una de las principales razones de la guerra de 1812, por lo que a Rusia respecta.

La segunda vez, en 1829. Rusia concertó un tratado con Francia por el cual Francia obtendría la orilla izquierda del Rin, y Rusia, de nuevo, manos libres en Turquía. Este tratado fue hecho pedazos por la Revolución de Julio; los documentos pertinentes fueron hallados por Talleyrand cuando se preparaba la acusación contra el ministerio Polignac, y fueron arrojados por él al fuego, a fin de ahorrar a la diplomacia francesa y rusa el escándalo colosal. Ante el público exotérico, los diplomáticos de todos los países forman una liga secreta y jamás se comprometen abiertamente unos a otros.

En la guerra de 1853, Rusia confió en la Santa Alianza, que creía haber restablecido mediante la intervención en Hungría y la humillación de Varsovia, y fortalecido por la desconfianza de Austria y Prusia hacia Luis Napoleón. Se engañó. Austria asombró al mundo por la magnitud de su ingratitud (entre tanto, había pagado su deuda a Rusia con intereses usurarios en Schleswig-Holstein y en Varsovia) y por la consiguiente reanudación de su política antirrusa tradicional en el Danubio. El cálculo ruso fracasó por este lado; por el otro, se salvó de nuevo gracias a la traición en el campo enemigo.

Esto quedó claro: la idea fija de la conquista de Constantinopla solo podía llevarse a cabo ahora mediante una alianza francesa. Por otra parte, nunca había habido en Francia un gobierno que tuviese tanta necesidad de la conquista de la frontera del Rin como el de Luis Napoleón. La situación era incluso más favorable que en 1829. Rusia tenía el asunto en la mano; Luis Napoleón no podía sino sacarle las castañas del fuego.

Ante todo, se trataba de destruir a Austria. Con la misma tenacidad con que Austria había resistido a los franceses en el campo de batalla de 1792 a 1809, con la misma tenacidad había opuesto, a partir de 1814 —y este es su único, pero indiscutible mérito—, resistencia diplomática a la sed de conquista rusa en el Vístula y el Danubio. En 1848-1849, cuando la revolución en Alemania, Italia y Hungría llevó a Austria al borde del colapso, Rusia salvó a Austria: no debía permitirse que se derrumbase por una revolución, pues ello habría arrebatado de las manos de la política rusa la dirección de los componentes que se hubieran liberado. Sin embargo, el movimiento de las nacionalidades particulares, habiéndose vuelto independiente a partir de 1848, había hecho a Austria incapaz de oponerse ya a Rusia, y con ello suprimió el último fundamento interno, histórico, de la existencia de Austria.

Ese mismo movimiento nacional antiaustriaco debía convertirse ahora en la palanca para sacar a Austria de sus goznes. Primero en Italia; después, si fuese necesario, en Hungría. Rusia no opera como el primer Napoleón; sobre todo hacia Occidente, donde tropieza con poblaciones densas superiores en civilización a su propio pueblo, procede solo lentamente. Los comienzos del sometimiento de Polonia datan de Pedro el Grande, y aún hoy solo se ha completado parcialmente. Los triunfos lentos pero seguros le son tan gratos como los golpes rápidos y decisivos con grandes resultados; pero ambas posibilidades se tienen siempre a la vista. En la utilización de la insurrección húngara en la guerra de 1859, en su mantenimiento en reserva para el segundo acto, la mano rusa es claramente discernible.

Pero si Rusia se sintió, en un aspecto, satisfecha con el debilitamiento de Austria mediante la breve campaña de 1859, ¿no había tomado, por tanto, ninguna previsión para otras eventualidades? ¿Movilizó sus cuatro primeros cuerpos de ejército simplemente para obtener esa satisfacción? ¿Qué sucedería si Austria no cedía? Si las combinaciones militares y políticas obligaban a Prusia y al resto de Alemania —como habría sido inevitable de haberse continuado la guerra— a tomar las armas por Austria, ¿entonces qué? ¿Qué obligaciones podía haber contraído Rusia con Francia para ese caso?

Los tratados de Tilsit y de 1829 proporcionan la respuesta. Francia también debe tener su parte del botín si Rusia se expande en el Danubio y domina directa o indirectamente en Constantinopla. La única compensación que Rusia puede ofrecer a Francia es la orilla izquierda del Rin; los sacrificios deben ser soportados de nuevo por Alemania. La política natural, así como la tradicional, de Rusia hacia Francia es: prometer a Francia la posesión de la orilla izquierda del Rin, o ayudarla a obtenerla en un caso dado, a cambio de la concesión y el apoyo de las conquistas rusas en el Vístula y el Danubio; y luego apoyar a Alemania, que en agradecimiento reconoce las conquistas rusas, para reconquistar los territorios perdidos ante Francia. Este programa, naturalmente, solo puede llevarse a cabo en grandes crisis históricas, pero ello en modo alguno excluye que tales eventualidades se hubieran previsto en 1859 tanto como en 1829.

Que la conquista de Constantinopla es el objetivo inmutable de la política exterior rusa y que todo medio le parece lícito para alcanzar ese objetivo, intentar demostrarlo hoy sería ridículo. Solo queremos recordar aquí una cosa. Rusia nunca puede completar el reparto de Turquía sino mediante una alianza con Francia o con Inglaterra. Cuando en 1844 las ofertas directas a Inglaterra parecieron oportunas, el emperador Nicolás fue a Inglaterra y llevó consigo personalmente un memorándum ruso sobre el reparto de Turquía, en el que a los ingleses se les prometía, entre otras cosas, Egipto. Las ofertas fueron rechazadas. Lord Aberdeen, sin embargo, guardó el memorándum en una pequeña caja, que entregó sellada a su sucesor en el Ministerio de Asuntos Exteriores; y cada secretario de Asuntos Exteriores posterior leyó el documento, lo volvió a sellar y lo entregó así a su sucesor, hasta que el asunto salió finalmente a la luz en los debates de la Cámara de los Lores en 1853. Al mismo tiempo se publicó la conocida conversación del emperador Nicolás con Sir Hamilton Seymour sobre el “hombre enfermo”, en la que también se ofrecían a Inglaterra Egipto y Candia, mientras que Rusia parecía dispuesta a contentarse con pequeñas ventajas. Las promesas rusas a Inglaterra eran, pues, en 1853 las mismas que en 1844; ¿acaso las promesas a Francia en 1859 habrían de ser menos generosas que en 1829?

Luis Napoleón, tanto por su personalidad como por su posición, depende de servir los fines de Rusia. Supuesto heredero de una gran tradición militar, ha heredado también la herencia de las derrotas de 1813-1815. El ejército es su principal sostén; debe satisfacerlo con nuevos éxitos militares, con el castigo de las potencias que derrocaron a Francia en aquellos años, con la restauración de las fronteras naturales del país. Solo cuando la tricolor francesa ondule a lo largo de toda la orilla izquierda del Rin, solo entonces quedará borrada la deshonra de las dos conquistas de París. Y para alcanzar todo eso se necesita un aliado fuerte; la elección se reduce a Inglaterra o Rusia; Inglaterra, con sus ministerios frecuentemente cambiantes, es por lo menos poco fiable, incluso si algún ministro inglés se prestase a semejantes proyectos; pero ¿Rusia? Por una contrapartida razonable ya había mostrado dos veces su disposición a una alianza sobre bases semejantes. Jamás vino un hombre más oportunamente para la política rusa que Luis Napoleón, jamás hubo una situación más favorable para ella que la suya. En el trono francés, un gobernante que debe hacer la guerra, debe hacer conquistas, solo para sobrevivir, que necesita una alianza y para esa alianza depende exclusivamente de Rusia: eso era algo que nunca antes se le había ofrecido. Desde la entrevista de Stuttgart en adelante, todos los últimos resortes de la política francesa no deben buscarse ya en París, en la cabeza de Luis Napoleón, sino en San Petersburgo, en el gabinete del príncipe Gorchakov. El hombre “misterioso” que inspira tan temerosa veneración al filisteo alemán se reduce a un instrumento con el que juega la diplomacia rusa y al que permite embolsarse toda la apariencia de grandeza, mientras ella se contenta con las ventajas reales. Rusia, que nunca sacrifica una sola kopek ni un solo soldado a menos que sea absolutamente necesario, pero que permite a las demás potencias europeas desgarrarse mutuamente y debilitarse entre sí hasta donde sea posible, Rusia tuvo primero que dar su permiso mediante el tratado Gorchakov antes de que Luis Napoleón pudiera sacar pecho como libertador de Italia.

Y cuando los informes sobre el estado de ánimo en la Polonia rusa sonaron demasiado mal para permitir insurrección alguna en la vecindad inmediata, en Hungría; cuando la intentada movilización de los cuatro primeros cuerpos del ejército ruso demostró el agotamiento aún no superado del país; cuando el movimiento campesino, así como la resistencia de la nobleza, cobraron dimensiones que podían resultar peligrosas en una guerra extranjera, un general-adjunto del emperador ruso apareció en el cuartel general francés y se concertó la Paz de Villafranca. Por el momento, Rusia había logrado bastante. Austria fue severamente castigada por la “ingratitud” de 1854, más duramente de lo que Rusia hubiera podido esperar jamás. Sus finanzas, a punto de ser puestas en orden antes de la guerra, arruinadas por decenios; todo su sistema interno de gobierno, irremediablemente desmoronado; su dominio en Italia, destruido; su territorio, disminuido; su ejército, desalentado y privado de confianza en sus jefes; los húngaros, los eslavos y los vénetos, tan enaltecidos en su movimiento nacional, que la separación de Austria se proclamaba ahora abiertamente como su objetivo; a partir de entonces, Rusia podía, desde luego, prescindir por completo de toda consideración hacia la resistencia de Austria y contar con transformarla gradualmente en un instrumento. Esos fueron los éxitos para Rusia; Luis Napoleón no se llevó a casa sino una gloria muy magra para su ejército, muy dudosa para sí mismo, y una expectativa muy incierta de Saboya y Niza, dos provincias que son, en el mejor de los casos, regalos de Dánae para él y lo atan aún más firmemente a Rusia.

Los planes ulteriores quedan aplazados por el momento, no abandonados. Por cuánto tiempo, dependerá del desarrollo de las relaciones internacionales en Europa, del tiempo que Luis Napoleón sea capaz de mantener tranquilo a su ejército pretoriano, y del mayor o menor interés que tenga Rusia en una nueva guerra.

Cuál es el papel que Rusia se propone desempeñar frente a nosotros, los alemanes, lo dice con suficiente claridad la conocida circular que el príncipe Gorchakov dirigió a los pequeños Estados alemanes el año pasado. Jamás antes se había dirigido un lenguaje semejante a Alemania. Los alemanes, es de esperar, no olvidarán nunca que Rusia se arrogó la facultad de prohibirles acudir en auxilio de un Estado alemán que fuera atacado.

Los alemanes, es de esperar, tampoco olvidarán una gran cantidad de otras cosas acerca de Rusia.

En 1807, en la Paz de Tilsit, Rusia hizo que se le cediera un trozo del territorio de su aliada Prusia, el distrito de Bialystok, y entregó Alemania a Napoleón.

En 1814, cuando incluso Austria (véanse las Memorias de Castlereagh) defendía la necesidad de una Polonia independiente, Rusia se incorporó casi todo el Gran Ducado de Varsovia (es decir, antiguas provincias austriacas y prusianas) y asumió con ello una posición ofensiva contra Alemania que nos amenazará hasta que la hayamos expulsado de ella. El grupo de fortalezas de Modlin, Varsovia, Ivangorod, construido después de 1831, es reconocido incluso por el rusófilo Haxthausen como una amenaza directa contra Alemania.

En 1814-15, Rusia hizo todo lo posible para que el Acta federal alemana surgiera en su forma actual y perpetuar así la impotencia de Alemania hacia el exterior.

De 1815 a 1848, Alemania estuvo bajo la hegemonía directa de Rusia. Si Austria se le oponía en el Danubio, Rusia hacía ejecutar, en los Congresos de Laibach, Troppau y Verona, todos los deseos de Rusia en el occidente de Europa. Esta hegemonía de Rusia era una consecuencia directa del Acta federal alemana. Cuando en 1841 y 1842 Prusia intentó por un momento eludirla, fue inmediatamente forzada a volver a su antigua posición. La consecuencia fue que, al estallar la revolución de 1848, Rusia publicó una circular en la que se trataba al movimiento en Alemania como una revuelta en el cuarto de los niños.

En 1829, Rusia concertó con el ministerio Polignac el tratado preparado desde 1823 por Chateaubriand (y públicamente reconocido por él), que malbarató la orilla izquierda del Rin a Francia.

En 1849, Rusia apoyó a Austria en Hungría sólo con la condición de que Austria restableciera la Dieta Federal y destruyera la resistencia de Schleswig-Holstein; el Protocolo de Londres aseguró a Rusia la sucesión en toda la monarquía danesa ya en un futuro cercano y le dio la perspectiva de realizar el plan, acariciado desde Pedro el Grande, de ingresar en la Confederación Germánica (antiguo Imperio).

En 1850, Prusia y Austria fueron convocadas a Varsovia ante el zar, que se erigió en juez sobre ellas. La humillación no fue menor para Austria que para Prusia, aunque a los ojos de los políticos de taberna sólo Prusia tuvo que soportarla.

1853: en conversación con Sir H. Seymour, el emperador Nicolás dispuso de Alemania como si fuera su propiedad hereditaria. Austria, dijo, le estaba asegurada. A Prusia ni siquiera le hizo el honor de mencionarla.

Y, por último, 1859, cuando la Santa Alianza parecía completamente disuelta, el tratado con Luis Napoleón, el ataque de Francia a Austria con la aprobación y el apoyo de Rusia, y la circular de Gortschakoff, que del modo más descarado prohibía a los alemanes prestar ayuda alguna a Austria.

Esto es lo que hemos de agradecer a los rusos desde principios de este siglo, y lo que nosotros, los alemanes, esperamos no olvidar jamás.

En este mismo momento, la alianza ruso-francesa nos sigue amenazando. Francia por sí sola sólo puede resultar peligrosa para nosotros en momentos determinados, y aun entonces sólo por la alianza con Rusia. Pero Rusia nos amenaza e insulta constantemente, y cuando Alemania se alza contra ella, pone en movimiento a los gendarmes franceses con la perspectiva de la orilla izquierda del Rin.

¿Hemos de seguir tolerando que se juegue con nosotros de este modo? ¿Hemos de consentir, nosotros, cuarenta y cinco millones de alemanes, que una de nuestras provincias más bellas, más ricas y más industrializadas se utilice constantemente como el cebo que Rusia balancea ante la dominación pretoriana en Francia? ¿Acaso la Renania no tiene otra misión que ser arrastrada a la guerra para que Rusia tenga las manos libres en el Danubio y el Vístula?

Esa es la cuestión. Esperamos que Alemania la responda pronto con la espada en la mano. Si permanecemos unidos, despacharemos a los pretorianos franceses y a los kapustchiks rusos.

Mientras tanto, hemos ganado un aliado en los siervos rusos. La lucha que ahora ha estallado en Rusia entre la clase dominante y la clase subyugada de la población rural está ya minando todo el sistema de la política exterior rusa. Sólo mientras Rusia careció de desarrollo político interno fue posible este sistema. Pero esa época ha terminado. El desarrollo industrial y agrícola, fomentado por todos los medios por el gobierno y la nobleza, ha alcanzado un grado que las condiciones sociales existentes ya no pueden soportar. Su abolición es, por una parte, una necesidad; por otra, una imposibilidad sin un cambio violento. Con la Rusia que existió desde Pedro el Grande hasta Nicolás, cae también la política exterior de esa Rusia.

Parece estar reservado a Alemania hacer comprender este hecho a los rusos, no sólo con la pluma, sino también con la espada. Si se llega a ello, será una rehabilitación de Alemania que compensará siglos de ignominia política.

Karl Marx
Declaración
6 de febrero de 1860

Londres, 6 de febrero de 1860.

A los señores redactores de la «Allgemeine Augsburger Zeitung».

Muy señores míos:

Les ruego que inserten la declaración escrita adjunta en uno de sus próximos números y que me envíen un ejemplar.
Su atento servidor,
K. Marx.

A los redactores de la «Allgemeine Augsburger Zeitung».

Declaración.

Por la presente anuncio que he dado los pasos preliminares para entablar una acción por difamación contra el «Nationalzeitung» de Berlín a causa de los artículos de fondo números 37 y 41 relativos al folleto de Vogt: «Mein Prozeß gegen die Allgemeine Zeitung». Me reservo para más adelante una réplica literaria, pues para ella es preciso hacer indagaciones a personas que se encuentran fuera de Europa.

Por ahora, pues, sólo lo siguiente:

1) A juzgar por los extractos publicados en el Nationalzeitung —el libro mismo no había podido conseguirse hasta ahora en Londres, ni en las librerías ni de boca de conocidos a quienes el señor Vogt había enviado antes sus llamados «Estudios», por una especial dispensa—, el amasijo de Vogt no es más que una elaboración de un esbozo que publicó hace 9 meses en su órgano privado, el Bieler Handelskurier. En aquella ocasión, yo hice imprimir su libelo en Londres sin comentario alguno. Semejante procedimiento tan sencillo bastó aquí, donde se conocen las circunstancias y las personas, para caracterizar al señor profesor.

2) El pretexto con que el señor Vogt inicia su campaña contra mí es, como el pretexto de la campaña italiana, una «idea». Se supone, a saber, que yo soy el autor del folleto anónimo «Zur Warnung». Por la circular inglesa que he publicado y que adjunto, veréis cómo adopté los medios para obligar al señor Blind y a sus asociados, o bien a reconocer la falsedad de ese pretexto mediante su silencio, o bien a dejarse convencer de ella ante un tribunal de justicia inglés.

Karl Marx
6 de febrero de 1860
9 Grafton Terrace, Maitland Park.
Haverstock Hill.

Karl Marx
Al director del «Daily Telegraph»
6 de febrero de 1860

Al director del Daily Telegraph.

Señor:

En su edición de hoy publica usted, bajo el título: «The Journalistic Auxiliaries of Austria», una carta llena de imputaciones difamatorias y escandalosas contra mi persona. Esa carta, que pretende haber sido escrita en Fráncfort del Meno, pero que probablemente fue redactada en Berlín, no es, en realidad, más que una torpe amplificación de dos artículos aparecidos en el «Nationalzeitung» de Berlín los días 22 y 25 de enero, periódico que habrá de rendir cuentas de sus calumnias ante un tribunal de justicia prusiano. El falso pretexto sobre el que Vogt ha lanzado su libelo contra mí es la afirmación de que soy el autor del folleto alemán anónimo «Zur Warnung» (una advertencia), distribuido primero en Londres y reimpreso después en la Augsburg Allgemeine Zeitung. Por el impreso adjunto verá usted que he provocado a mis adversarios a llevar este punto a una decisión judicial, ante un tribunal de justicia inglés.

Para terminar, si no prefiere usted verse demandado por difamación, le ruego que en su próximo número ofrezca una satisfacción honorable por la temeridad con que se atreve a vilipendiar a un hombre de cuyo carácter personal, pasado político, producciones literarias y posición social no puede usted sino confesar que es por completo ignorante.

Su atento servidor:
Dr. Karl Marx
6 de febrero de 1860.
9, Grafton Terrace, Maitland Park, Haverstock Hill, Londres.