Otro periódico semigubernamental, The Economist, que se había distinguido por su fervorosa apología del bombardeo de Cantón, parece adoptar ahora una visión de las cosas más económica y menos retórica, desde que al señor J. Wilson le ha correspondido el cargo de Canciller del Exchequer para la India. The Economist dedica al tema dos artículos, uno político y otro económico; el primero remata con las frases siguientes:

«Ahora bien, considerando todo esto, es evidente que el artículo del tratado que otorgaba a nuestro embajador el derecho de visitar o residir en Pekín fue un artículo literalmente arrancado por la fuerza al gobierno chino; y si se juzgaba absolutamente esencial para nuestros intereses que se cumpliera, creemos que había sobrado espacio para desplegar consideración y paciencia al exigir su ejecución. Sin duda puede decirse que, frente a un gobierno como el chino, la demora y la paciencia se interpretan como signo de debilidad fatal y constituyen, por tanto, la política más insensata que pudiéramos seguir. Pero ¿hasta qué punto nos autoriza este pretexto a variar los principios con los que de seguro actuaríamos respecto de cualquier nación civilizada en nuestro trato con estos gobiernos orientales? Cuando, movidos por el miedo, les hemos arrancado una concesión indeseada, quizá la política más consecuente sea arrancar también, movidos por su miedo, la ejecución inmediata del pacto de la manera que más nos convenga. Pero si no lo logramos –si entre tanto los chinos superan su miedo e insisten, con un despliegue de fuerza apropiado, en que los consultemos sobre la modalidad a seguir para dar efecto a nuestro tratado–, ¿podemos acusarlos justamente de traición? ¿No están, más bien, aplicándonos nuestros propios métodos de persuasión? El gobierno chino puede haber tenido –y es muy probable que así fuera– la intención de atraernos a esta celada asesina sin proponerse jamás ejecutar el tratado. Si así resultara, debemos y tendremos que exigir reparación. Pero también puede resultar que la intención de defender la desembocadura del Peiho contra la repetición de una entrada tan violenta como la que llevó a cabo Lord Elgin el año anterior, no viniera acompañada de deseo alguno de faltar a la fe en los artículos generales del tratado. Puesto que la iniciativa hostil partió enteramente de nuestro lado, y a nuestros comandantes les fue, por supuesto, posible en todo momento retirarse del fuego mortífero, abierto solo para la defensa de los fuertes, no podemos en absoluto probar intención alguna de quebrantar la fe por parte de China. Y hasta que no nos llegue una prueba de la intención deliberada de romper el tratado, creemos que tenemos alguna razón para suspender nuestro juicio y ponderar si no habremos estado aplicando a nuestro trato con los bárbaros un código de principios no muy diferente del que ellos mismos han practicado con nosotros.»

En un segundo artículo sobre el mismo tema, The Economist se extiende sobre la importancia, directa e indirecta, del comercio inglés con China. En el año 1858, las exportaciones británicas al país asiático ascendieron a 2.876.000 libras, mientras que el valor de las importaciones británicas procedentes de China había promediado más de 9.000.000 de libras en cada uno de los tres últimos años, de modo que el intercambio directo total de Inglaterra con China puede cifrarse en unos 12.000.000 de libras. Pero, aparte de estas transacciones directas, existen otros tres importantes comercios con los que Inglaterra está, en mayor o menor medida, íntimamente conectada en el círculo de los intercambios: el comercio entre India y China, el que hay entre China y Australia y el que existe entre China y los Estados Unidos. «Australia –dice The Economist– toma anualmente de China grandes cantidades de té y no tiene nada que ofrecer a cambio que encuentre mercado en China. América toma asimismo grandes cantidades de té y algo de seda por un valor que excede con mucho el de sus exportaciones directas a China.» Ambos saldos favorables a China han de ser cubiertos por Inglaterra, a quien se le paga esta nivelación de los intercambios con el oro de Australia y el algodón de los Estados Unidos. Inglaterra, pues, independientemente del saldo que ella misma adeuda a China, tiene también que pagar a ese país grandes sumas en concepto del oro importado de Australia y del algodón de América. Ahora bien, este saldo favorable a China por parte de Inglaterra, Australia y los Estados Unidos, y el saldo que China adeuda a la India, China se lo reclama a la India porque, dicho sea de paso, las importaciones chinas nunca han alcanzado siquiera la suma de 1.000.000 de libras esterlinas, mientras que las exportaciones de la India a China suman cerca de 10.000.000 de libras. La deducción que extrae The Economist de estas observaciones económicas es que cualquier interrupción seria del comercio británico con China «sería una calamidad de magnitud mayor de lo que las simples cifras de nuestras propias exportaciones e importaciones podrían sugerir a primera vista», y que las perturbaciones resultantes de tal trastorno no solo se dejarían sentir en el comercio directo británico de té y seda, sino que también «afectarían» a las transacciones británicas con Australia y los Estados Unidos. The Economist es, desde luego, consciente de que durante la última guerra de China el comercio no se vio tan interferido por la guerra como se había temido, y que en el puerto de Shanghái ni siquiera resultó afectado.

Pero, a continuación, The Economist llama la atención sobre «dos rasgos novedosos en la presente disputa» que podrían modificar esencialmente los efectos de una nueva guerra china sobre el comercio; esos dos rasgos novedosos son «el carácter imperial y no local del presente conflicto», y «el señalado éxito que, por primera vez, han obtenido los chinos frente a fuerzas europeas». Cuán distinto suena este lenguaje del grito de guerra que The Economist lanzaba con tanto brío en tiempos del asunto de la lorcha.

El Consejo de Ministros, como anticipé en mi última carta, presenció la protesta de Mr. Milner Gibson contra la guerra y su amenaza de separarse del Gabinete si Palmerston obraba de acuerdo con las conclusiones preconcebidas que se traslucían en las columnas del Moniteur francés. Por el momento, Palmerston impidió cualquier ruptura del Gabinete y de la Coalición Liberal con la declaración de que las fuerzas indispensables para la protección del comercio británico se concentrarían en aguas chinas, mientras que, antes de que llegaran informes más explícitos por parte del enviado británico, no se tomaría resolución alguna sobre la cuestión de la guerra. De este modo, la cuestión candente fue aplazada. La verdadera intención de Palmerston, no obstante, se trasluce en las columnas del órgano de su plebe, The Daily Telegraph, que en uno de sus últimos números dice:

«Si algún acontecimiento llevara en el curso del próximo año a un voto desfavorable al Gobierno, se hará sin duda un llamamiento a los electores … La Cámara de los Comunes pondrá a prueba el resultado de su actividad con un veredicto sobre la cuestión china, teniendo en cuenta que a los malignos de oficio, encabezados por Mr. Disraeli, hay que añadir a los cosmopolitas que declaran que los mongoles tenían toda la razón.»

El aprieto en que se hallan los tories por haberse dejado envolver en la dirección responsable de acontecimientos planeados por Palmerston y ejecutados por dos de sus agentes, Lord Elgin y Mr. Bruce (hermano de Lord Elgin), quizá encuentre yo otra ocasión para comentarlo.