Karl Marx in New York Daily Tribune

Articles On China, 1853-1860

The New Chinese War

1 de octubre de 1859

Se anuncia para mañana un consejo de gabinete a fin de decidir el rumbo que ha de tomarse respecto a la catástrofe china. Las lucubraciones del *Moniteur* francés y del *London Times* no dejan duda alguna acerca de las resoluciones a que han llegado Palmerston y Bonaparte. Quieren otra guerra china. Se me informa de fuente auténtica que en el inminente consejo de gabinete, el Sr. Milner Gibson, en primer lugar, impugnará la validez del pretexto para la guerra; en segundo lugar, protestará contra toda declaración de guerra que no haya sido previamente sancionada por ambas Cámaras del Parlamento; y si su opinión resulta derrotada por mayoría de votos, se apartará del gabinete, dando así de nuevo la señal para un nuevo embate contra la administración de Palmerston y para la ruptura de la coalición liberal que condujo al desalojo del gabinete Derby. Se dice que Palmerston se siente algo nervioso ante la proyectada actuación del Sr. Milner Gibson, el único de sus colegas al que teme y a quien ha calificado más de una vez como un hombre especialmente hábil para «encontrar fallos». Es posible que, al mismo tiempo que esta carta, recibáis de Liverpool las noticias de los resultados del consejo ministerial. Entretanto, el verdadero significado del asunto en cuestión puede juzgarse mejor no por lo que se ha impreso, sino por lo que los órganos de Palmerston han suprimido deliberadamente en sus primeras publicaciones de las noticias traídas por el último correo terrestre.

En primer lugar, suprimieron la declaración de que el tratado ruso ya había sido ratificado y de que el Emperador de China había dado instrucciones a sus mandarines para recibir y escoltar a la embajada norteamericana hasta la capital para el canje de las copias ratificadas del tratado estadounidense. Estos hechos fueron suprimidos con el objeto de ahogar la sospecha que naturalmente surgiría: que los enviados inglés y francés, en vez de la corte de Pekín, son los responsables de encontrar obstáculos en el desempeño de su cometido, obstáculos con los que no tropezaron ni sus colegas rusos ni los norteamericanos. El otro hecho, aún más importante, que al principio fue suprimido por *The Times* y los demás órganos de Palmerston, pero que ahora reconocen, es que las autoridades chinas habían dado aviso de su disposición a conducir a los enviados inglés y francés a Pekín; que, en realidad, los estaban esperando para recibirlos en una de las desembocaduras del río y les ofrecieron una escolta con tal de que consintieran en abandonar sus buques y tropas. Ahora bien, como el tratado de Tien-tsin no contiene cláusula alguna que otorgue a ingleses y franceses el derecho de enviar una escuadra de buques de guerra río arriba por el Pejho, resulta evidente que el tratado fue violado no por los chinos, sino por los ingleses, y que por parte de estos últimos existía la conclusión anticipada de buscar camorra justo antes del plazo señalado para el canje de las ratificaciones. Nadie imaginará que el Honorable Sr. Bruce actuó por propia responsabilidad al frustrar así el fin ostensible que la última guerra china se proponía, sino que, por el contrario, se limitó a ejecutar instrucciones secretas recibidas de Londres. Ahora bien, es cierto que el Sr. Bruce fue enviado no por Palmerston, sino por Derby; pero entonces solo tengo que recordaros que durante la primera administración de Sir Robert Peel, cuando Lord Aberdeen ocupaba el Ministerio de Asuntos Exteriores, Sir Henry Bulwer, embajador inglés en Madrid, buscó camorra con la corte española, lo cual condujo a su expulsión de España, y que, durante los debates en la Cámara de los Lores sobre este «desgraciado suceso», quedó probado que Bulwer, en vez de obedecer las instrucciones oficiales de Aberdeen, había obrado según las instrucciones secretas de Palmerston, quien entonces ocupaba los bancos de la oposición.

Durante estos últimos días se ha llevado también a cabo en la prensa palmerstoniana una maniobra que no deja duda, al menos para quienes conocen la historia secreta de la diplomacia inglesa de los últimos treinta años, acerca del verdadero autor de la catástrofe del Peiho y de la inminente tercera guerra anglo-china. *The Times* insinúa que los cañones emplazados en los fuertes de Taku, que causaron tales estragos en la escuadra británica, eran de origen ruso y estaban dirigidos por oficiales rusos. Otro órgano palmerstoniano es aún más explícito. Cito:

«Ahora percibimos cuán estrechamente está entretejida la política de Rusia con la de Pekín; detectamos grandes movimientos en el Amur; divisamos grandes ejércitos cosacos maniobrando mucho más allá del lago Baikal, en la helada tierra de ensueño de las fronteras crepusculares del Viejo Mundo; seguimos el curso de innumerables caravanas; avistamos a un enviado ruso especial (el general Mouravieff, gobernador de Siberia oriental) abriéndose paso, con designios secretos, desde la lejanía de Siberia oriental hasta la apartada metrópoli china; y bien puede la opinión pública de este país arder ante la idea de que influencias extranjeras hayan tenido parte en procurar nuestra deshonra y la matanza de nuestros soldados y marineros».

Ahora bien, esta es una de las viejas artimañas de Lord Palmerston. Cuando Rusia quiso concertar un tratado de comercio con China, él empujó a esta última, mediante la guerra del opio, a los brazos de su vecino del norte. Cuando Rusia solicitó la cesión del Amur, lo consiguió gracias a la segunda guerra china, y ahora que Rusia quiere consolidar su influencia en Pekín, improvisa la tercera guerra china. En todas sus transacciones con los débiles Estados asiáticos —con China, Persia, Asia central, Turquía—, ha sido invariable y constante su regla oponerse ostensiblemente a los designios de Rusia buscando camorra, no con Rusia, sino con el Estado asiático, para enajenar a este de Inglaterra mediante hostilidades piráticas y, por este rodeo, empujarlo a las concesiones que no había querido hacer a Rusia. Podéis tener la seguridad de que en esta ocasión se volverá a cribar toda la pasada política asiática de Palmerston, y llamo, por tanto, vuestra atención sobre los documentos afganos que la Cámara de los Comunes ordenó imprimir el 8 de junio de 1859. Estos arrojan más luz sobre la siniestra política de Palmerston y la historia diplomática de los últimos treinta años que ningún otro documento impreso jamás antes. El caso es, en pocas palabras, este:

En 1838, Palmerston inició una guerra contra Dost Mohammed, el gobernante de Cabul, guerra que condujo a la destrucción de un ejército inglés y que se emprendió con el pretexto de que Dost Mohammed había entrado en una alianza secreta contra Inglaterra con Persia y Rusia. Como prueba de esta afirmación, Palmerston presentó, en 1839, ante el Parlamento, un Libro Azul, compuesto principalmente por la correspondencia de Sir A. Burnes, el enviado británico en Cabul, con el Gobierno de Calcuta. Burnes había sido asesinado durante una insurrección en Cabul contra los invasores ingleses, pero, desconfiando del Ministro de Asuntos Exteriores británico, había enviado copias de algunas de sus cartas oficiales a su hermano, el Dr. Burnes, en Londres. Al aparecer, en 1839, los «documentos afganos» preparados por Palmerston, el Dr. Burnes le acusó de haber «mutilado y falsificado los despachos del difunto Sir A. Burnes» y, para corroborar su afirmación, hizo imprimir algunos de los despachos auténticos. Pero solo el verano pasado se destapó el crimen. Bajo el ministerio Derby, a moción del Sr. Hadfield, la Cámara de los Comunes ordenó que se publicaran íntegramente todos los documentos afganos, y esta orden se ha ejecutado de tal manera que constituye una demostración, hasta para la inteligencia más limitada, de la verdad de la acusación de mutilación y falsificación, en interés de Rusia. En la portada del Libro Azul aparece lo siguiente: «Nota. — La correspondencia, que en anteriores informes se había dado solo parcialmente, se ofrece aquí íntegra, señalándose los pasajes omitidos con corchetes, [ ]». El nombre del funcionario que aparece como garantía de la fidelidad del informe es «J. W. Kaye, Secretario de los Departamentos Político y Secreto», siendo el Sr. Kaye el íntegro historiador de la guerra de Afganistán. Ahora bien, para ilustrar las verdaderas relaciones de Palmerston con Rusia, contra la cual pretendió haber montado la guerra afgana, baste por el momento un solo ejemplo. El agente ruso Vickovitch, que llegó a Cabul en 1837, era portador de una carta del Zar a Dost Mohammed. Sir Alexander Burnes obtuvo una copia de la carta y la envió a Lord Auckland, Gobernador General de la India. En sus propios despachos y en varios documentos que los acompañaban, se alude una y otra vez a este hecho. Pero la copia de la carta del Zar fue completamente suprimida de los papeles presentados por Palmerston en 1839, y en todo despacho en que se alude a ella se hicieron las alteraciones necesarias para suprimir la circunstancia de la vinculación del «Emperador de Rusia» con la misión a Cabul. Esta falsificación se cometió con el fin de eliminar la prueba de la relación del Autócrata con Vickovitch, a quien, a su regreso a San Petersburgo, le convenía a Nicolás desautorizar públicamente. Por ejemplo, en la página 82 del Libro Azul se encontrará la traducción de una carta a Dost Mohammed, que ahora reza como sigue, mostrando los corchetes las palabras originalmente suprimidas por Palmerston: «Un embajador de parte [del] Rusia [y un Emperador] vino [de Moscú] a Teherán, y ha sido designado para visitar a los Sirdars en Candahar y, de allí, dirigirse a presencia del Emir… Es portador de [mensajes confidenciales del Emperador y de las] cartas del embajador ruso en Teherán. El embajador ruso recomienda a este hombre como persona de la mayor confianza y que posee plena autoridad para llevar a cabo cualesquiera negociaciones, [de parte del Emperador y de sí mismo], etc., etc.». Estas y otras falsificaciones semejantes cometidas por Palmerston para proteger el honor del Zar no son la única curiosidad que ofrecen los «documentos afganos». La invasión de Afganistán fue justificada por Palmerston alegando que Sir Alexander Burnes la había aconsejado como un medio adecuado para desbaratar las intrigas rusas en Asia central. Ahora bien, Sir A. Burnes hizo todo lo contrario, y, por consiguiente, todos sus llamamientos en favor de Dost Mohammed fueron completamente suprimidos en la edición del «Libro Azul» de Palmerston; la correspondencia, a fuerza de mutilaciones y falsificaciones, quedó convertida en todo lo contrario de su sentido original. Tal es el hombre que ahora se dispone a emprender una tercera guerra china, con el pretexto ostensible de frustrar los designios de Rusia en aquella región.