Londres. La huelga de los obreros de la construcción o, mejor dicho, el lock‑out de los maestros de obras continúa, sin que la posición respectiva de ambas partes se haya modificado sustancialmente. El martes, los delegados de los obreros celebraron un mitin, al que asistieron también representantes de los demás gremios, y en el que se decidió por unanimidad no entrar a trabajar con ningún maestro que exigiera la promesa de no pertenecer a la “Sociedad”. Al mismo tiempo, en la Freemasons Tavern tuvo lugar una reunión de los maestros “asociados”, a la que no se admitió a ningún reportero de prensa. Como se supo posteriormente, los señores que rehúyen la luz acordaron, tras una agitada deliberación, que ningún miembro de la asociación abriera su taller antes de que los obreros de la construcción hubieran renegado formalmente de la “Sociedad” y antes de que los “brazos del señor Trollope hubieran puesto fin a su huelga”. Este último punto probablemente quedará zanjado pronto, pues el señor Trollope ha entablado recientemente negociaciones con los obreros y ha asegurado de la manera más positiva que las acusaciones formuladas contra él (el despido de un obrero que presentó la petición de las nueve horas, etc.) se basaban en un malentendido. En cuanto a la otra condición, los “excluidos” no la aceptarán de ningún modo sin verse obligados por la extrema necesidad; sienten que renegar de la “Sociedad”, renunciar a toda organización, equivaldría a convertirse en siervos formales de los capitalistas y a tirar por la borda la pizca de independencia que le queda al proletario moderno. La brutal obstinación de los maestros, que frente a sus “brazos” se arrogan la misma autoridad que el plantador americano frente a su esclavo, ha provocado la desaprobación incluso de una parte de los gacetilleros burgueses. Nosotros, naturalmente, no tenemos motivo alguno para estar descontentos con los maestros; hacen, en efecto, cuanto está en sus manos para ensanchar aún más el abismo, ya de por sí ancho, entre el trabajo y el capital, y para generar ese odio de clase concentrado y consciente que constituye la garantía más segura de una transformación social.

En Londres hay en total más de 1.000 talleres de construcción. De ellos, solo 88, pero los más grandes, están cerrados. El número de los lock‑outs (de los obreros excluidos) asciende a 19.000‑20.000, no a 40.000 como se había afirmado al principio. De todas las partes del país afluyen ricas donaciones de dinero a la “Sociedad”, pero hasta ahora los obreros sin pan se han negado a recibir socorro. ¡Honor a los valientes! ¿Serían los burgueses, en su interés de clase, capaces de semejante abnegación?