Friedrich Engels

La batalla de Solferino

[»Das Volk« Nr. 10 vom 9. Juli 1859]

La relación entre la sangrienta derrota de Solferino y la importuna necedad de Francisco José ya fue expuesta en el número anterior de »Das Volk«. Que, pese a todo, habíamos sobrestimado aún la perspicacia del «joven héroe» lo prueban los informes publicados posteriormente sobre los detalles de la batalla. El año 1859 convoca a los vencedores de 1849 a un examen de Estado, en el que van suspendiendo uno tras otro.

El 23 de junio, el ejército austríaco tenía disponibles nada menos que 9 cuerpos de ejército, de los cuales el 1.º, 2.º, 3.º, 5.º, 7.º, 8.º habían estado ya empeñados total o parcialmente con anterioridad, pero el 9.º, 10.º y 11.º estaban aún completamente intactos, no habían estado aún frente al enemigo. Los seis primeros podían contar con 130.000, los tres últimos con 75.000 hombres en conjunto. El enemigo podía ser atacado, pues, por lo menos con 200.000 hombres. ¿Qué hizo entonces Francisco José? Envió al décimo y undécimo cuerpos desde Mantua a Asola, sobre el Chiese, para que cayesen sobre la retaguardia de los franceses, y para que este movimiento estuviese cubierto ante un eventual ataque del quinto cuerpo francés (Príncipe Napoleón), que se suponía en las cercanías, dejó al segundo cuerpo detenido en Mantua. Tras esto, solo le quedaban 6 cuerpos, es decir, 24 brigadas, con los que pretendía atacar el frente de los franco-piamonteses. Pero el movimiento se hizo con tal lentitud que el ejército vivaqueaba en la noche del 23 de junio solo a unas seis millas inglesas del Mincio, y la marcha de avance el 24 no debía efectuarse hasta las 9 de la mañana. Los destacamentos avanzados de los aliados, rechazados el 23 en toda la línea, así como sus exploradores, habían naturalmente dado la alarma en el campamento francés, y así ocurrió que los austríacos, en lugar de atacar a las 9,

fueron atacados ellos mismos a las 5. Los aliados desarrollaron contra las 24 brigadas austríacas, que podían contar en conjunto con unos 136.000 hombres, una tras otra nada menos que 33 brigadas (9 piamontesas, equivalentes a 45.000 hombres, y 24 francesas
(1)
, equivalentes a 150.000 hombres), o sea, al menos 195.000 hombres, y conservaron además en reserva una brigada piamontesa (Guardia) y dos brigadas francesas (división Bourbaki). Tenían, pues, al menos 210.000 hombres en el campo de batalla. Con semejante superioridad de fuerzas, la victoria estaba asegurada para los aliados. A pesar de ello, el general Benedek rechazó victoriosamente con el octavo cuerpo austríaco los ataques de todo el ejército piamontés y había obtenido una victoria completa en el ala derecha, aunque su propio cuerpo contaba solo con cuatro brigadas y, a lo sumo, había recibido de la guarnición de Peschiera el refuerzo de una quinta brigada. El centro, ocupado por 12 débiles brigadas austríacas, fue atacado y desbaratado por 14 fuertes brigadas francesas, y el ala izquierda, 8 brigadas, fue rechazada igualmente tras larga lucha por 10 brigadas francesas más fuertes, a las que se había asignado además la numerosa caballería y artillería francesas. En esta ala, así como en el centro, un despliegue masivo de la artillería austríaca habría estado en su lugar, pero Francisco José prefirió dejar tranquilamente las 13 baterías de la artillería de reserva (104 cañones) detenidas en Valeggio, ¡sin disparar un solo tiro! La superioridad del fuego de la artillería francesa se explica, pues, muy sencillamente, no por la excelencia de los cañones rayados, sino por la indefensa y perpleja confusión en la cabeza del emperador austríaco, que ni siquiera llevó al fuego sus reservas de artillería.

¿Pero dónde quedan los cuerpos décimo y undécimo? Mientras se batallaba desde el lago de Garda hasta Guidizzolo, deambulaban errantes muy al sur, por la llanura; se dice que el undécimo cuerpo vio a lo lejos algunas tropas enemigas, el décimo no llegó ni siquiera tan lejos; y cuando la batalla estuvo decidida, ambos no habían podido aún entrar en fuego; es más, estaban aún tan alejados, que Canrobert, quien debía hacer frente contra esta maniobra envolvente

conocida por los franceses, pudo emplear a todas sus tropas, salvo una división, contra el ejército principal austríaco y decidir el combate en el ala izquierda austríaca.

Entretanto, ¡el segundo cuerpo hacía frente en Mantua contra el imaginario ataque del príncipe Plon-Plon, quien se dejaba agasajar con su ejército el mismo día en Parma, a 8 jornadas de marcha del campo de batalla!

He aquí una prueba contundente de lo que significa que un «señor de la guerra» hereditario alemán lleve el mando. Dos cuerpos (50.000 hombres) llevados a pasear inútilmente lejos del campo de batalla, un tercero (20.000 hombres) haciendo frente en Mantua mirando al vacío y 104 cañones apostados inútilmente en el parque de Valeggio; es decir, un tercio completo de todas las fuerzas y toda la reserva y artillería apartadas adrede del campo de batalla, para que los dos tercios restantes fuesen aplastados sin objeto por fuerzas muy superiores: ¡semejante estupidez meridiana solo puede cometerla un padre de la patria alemán!

Las tropas austríacas se batieron con tan extraordinaria bravura, que los aliados, que les superaban en una mitad, solo consiguieron rechazarlas en dos puntos de tres tras los mayores esfuerzos, y que ni siquiera esta superioridad de fuerzas fue capaz de sumirlos en el desorden o de hacer posible un intento de persecución. ¿Cuál habría sido el desenlace de la batalla si los 70.000 hombres y 104 cañones que Francisco José desperdigó hubiesen tomado una posición de reserva entre Volta y Pozzolengo? Los franceses habrían sido derrotados sin duda, y con ello la campaña del Mincio y del Chiese se habría trasladado de nuevo al Tesino. Las tropas austríacas no han sido vencidas por los aliados, sino por la estupidez y la arrogancia de su propio emperador. Si un soldado austríaco comete la menor falta estando de avanzada, recibe cincuenta bastonazos. Lo mínimo que Francisco José puede hacer para expiar en alguna medida sus graves desatinos e insensateces es presentarse ante el general Heß para recibir sus bien merecidos cincuenta.

La guerra se ha desplazado ahora al cuadrilátero de fortalezas, y el primer efecto de las fortalezas sobre las maniobras de los aliados empieza a mostrarse:
Tienen que dividirse
. Un destacamento ha quedado rezagado en Brescia para observar los desfiladeros del Tirol. El quinto cuerpo francés (Plon-Plon) se ha apostado en Goito frente a Mantua y ha sido reforzado con una división. Una gran parte del ejército piamontés se ha empleado para el asedio de Peschiera. Peschiera, antes una pequeña fortaleza, se dice que desde

1848 ha sido transformada mediante un semicírculo de fuertes destacados en un campo atrincherado (véase »Revue des deux Mondes«, 1 Avril 1859); si este es el caso, los piamonteses tendrán trabajo de sobra, y para las «operaciones» contra Verona, que Luis Bonaparte anuncia con pompa, solo queda el ejército francés (73 brigadas, difícilmente mucho más de 130.000 hombres), debilitado en una división y por las pérdidas de Solferino. Si Heß ha asumido ahora realmente el mando, y además con plenos poderes ilimitados, pronto hallará ocasión de librar combates victoriosos aislados y preparar así una victoria mayor. A los franceses les llegan como refuerzos las tres divisiones del ejército de Lyon y, según se dice, aún otra división del ejército de París; en total, de 50.000 a 60.000 hombres. A los austríacos, el sexto cuerpo desde el Tirol meridional, el cuarto desde Trieste, y además aún los cuartos batallones de campaña de los regimientos estacionados en Italia, es decir, al menos 54 batallones de veteranos, de modo que el total de los refuerzos austríacos se elevará a cerca de 100.000 hombres. Pero lo principal para los austríacos es, a fin de cuentas, que el equilibrio en el campo de batalla no se restablezca tanto mediante nuevos contingentes como, más bien, mediante un mando unificado y sensato, y esto solo puede ocurrir si se aparta al intruso Francisco José y Heß asume el mando pleno.

Notas a pie de página de Friedrich Engels

(1)
Piamonteses: división Mollard, división Fanti, división Durando —cada una de 2 brigadas— y la brigada Saboya, todas empeñadas. Franceses: Guardia —4 brigadas—; 1.º cuerpo, Baraguay —6 brigadas—; 2.º cuerpo, Mac-Mahon —4 brigadas—; 3.º cuerpo, Canrobert —4 brigadas empeñadas, 2 en reserva—; 4.º cuerpo, Niel —6 brigadas empeñadas—. En total, 33 brigadas empeñadas, 3 en reserva. Todos estos datos provienen del informe oficial de Napoleón el Pequeño. Por lo demás, solo enumeramos
la infantería
.