Después de que Francisco José, mediante este pueril marchar en cruces y contramarchas, hubo fortalecido suficientemente la confianza de sus tropas en su altísimo señor de la guerra, las condujo contra el enemigo. Eran como máximo 150.000 hombres, ni el amigo de la verdad Bonaparte las estima en más. Sobre una línea de al menos 2 millas inglesas atacaron los austriacos. Correspondían, pues, como máximo 12.500 hombres por cada milla (2.100 pasos) de extensión del frente, una proporción de fuerzas que para una línea más corta ciertamente podría ser suficiente según las circunstancias, pero que con un frente tan largo es sin duda demasiado débil, y para una ofensiva resulta aún más inadecuada, ya que los distintos golpes principales no podían entonces ejecutarse en ningún caso con suficiente energía. Pero a esto se añadía que el enemigo era indiscutiblemente superior, por lo que la ofensiva austriaca ya de antemano era errónea; era bastante seguro que un enemigo superior rompiera una línea tan delgada en algún punto dado.

El jueves 23 de junio comenzó el avance general de los austriacos; hicieron retroceder por todas partes con facilidad a las tropas avanzadas enemigas, ocuparon Pozzolengo, Volta, Cuidizzolo y al anochecer penetraron hasta Solferino y Castelgoffredo. A la mañana siguiente lanzaron aún más atrás a la vanguardia enemiga, con lo cual el ala izquierda llegó hasta cerca del Chiese; pero entonces chocaron con el grueso del enemigo y la batalla se generalizó. Las dos alas de los austriacos mantuvieron ventaja, sobre todo el ala derecha, que tenía frente a sí a los piamonteses y los maltrató duramente, de modo que aquí los austriacos eran claramente victoriosos. Pero en el centro se hizo patente la disposición errónea. Solferino, la llave del centro, tras encarnizada lucha quedó finalmente en manos de los franceses, que al mismo tiempo desplegaron fuerte superioridad contra el ala izquierda austriaca. Ambas circunstancias movieron a Francisco José, que probablemente había empeñado hasta su último hombre, a dar la orden de retirada. Los austriacos se retiraron —evidentemente en el mejor orden y sin ser perseguidos— y pasaron el Mincio completamente sin ser molestados.

Los detalles de la batalla no nos han llegado a tiempo para poder ser comentados en este número. Pero es seguro que las tropas austriacas han combatido de nuevo con destacada bravura. Lo prueba su firme resistencia, 16 horas, contra un enemigo superior, y sobre todo su retirada ordenada y sin ser molestados. No parecen tener ningún respeto especial a los señores franceses; Montebello, Magenta, Solferino no parecen dejarles otra impresión que la certeza de que, en igualdad numérica, se las arreglarían no solo con los franceses, sino también con la estupidez de sus propios generales. Que hayan perdido 30 cañones y supuestamente 6.000 prisioneros es un resultado muy miserable para el vencedor en una batalla principal de este tipo; los numerosos combates en las aldeas no podrían haberle reportado menos. Pero por brillante que sea el comportamiento de las tropas frente a la superioridad enemiga, igual de miserable es la dirección. Indecisión, volubilidad, órdenes contradictorias, como si se quisiera desmoralizar a las tropas a propósito —esto es con lo que Francisco José se ha arruinado irremediablemente en 3 días ante los ojos de su ejército. No es posible pensar nada más lamentable que este arrogante joven que se atreve a querer comandar un ejército y que, como una caña en el viento, cede a las influencias más contradictorias, hoy sigue al viejo Heß, para mañana oír de nuevo el consejo opuesto del señor Grünne, que hoy se retira y mañana ataca de repente y en general nunca sabe él mismo lo que quiere. Ahora ya tiene suficiente y se retira, avergonzado y cabizbajo, a Viena, donde será espléndidamente recibido.

Pero la guerra *no ha hecho más que empezar*. Las fortalezas austriacas entran ahora en acción; los franceses tienen que dividirse en cuanto pasen el Mincio, y con ello comienza una serie de luchas por puestos y posiciones aislados, de combates parciales de tipo subordinado, en los que los austriacos, que ahora por fin tienen al general Heß a la cabeza, aun con fuerzas en conjunto inferiores, tienen sin embargo mayores posibilidades de victoria. Si mediante esto y mediante refuerzos se restablece entonces el equilibrio entre los combatientes, los austriacos podrán caer con superioridad concentrada sobre el enemigo dividido y repetir los combates de Sommacampagna y Custozza en escala diez veces mayor. Ésta es la tarea de las próximas seis semanas. Por lo demás, ahora empiezan a incorporar las reservas, que traerán al ejército en Italia al menos 120.000 hombres de refuerzo, mientras que Luis Napoleón, desde la movilización prusiana, se encuentra en apuros sobre de dónde tomar refuerzos.

Las posibilidades de la guerra han cambiado poco, pues, a consecuencia del asunto de Solferino. Pero se ha alcanzado un gran resultado: uno de nuestros principales padres de la patria se ha cubierto de oprobio de la manera más profunda, y todo su sistema viejo-austriaco se tambalea. En toda Austria estalla el descontento con la economía del concordato, la centralización, el dominio de los funcionarios, y el pueblo exige el derrocamiento de un sistema que se distingue en el interior por la opresión y en el exterior por las derrotas. El estado de ánimo en Viena es tal que Francisco José se dirige allí a toda prisa para hacer concesiones. Al mismo tiempo, nuestros demás padres de la patria se cubren de oprobio también del modo más grato; después de que el príncipe regente, el caballeresco, ha mostrado como político la misma vacilación y falta de carácter que Francisco José como general, los pequeños Estados rapaces vuelven a empezar a pelearse con Prusia por el paso de tropas, y la Comisión militar federal declara que sobre la propuesta de Prusia relativa a cuerpos federales libres en el Alto Rin solo podrá emitir informe después de 14 días completos de reflexión. Las cosas se enredan de modo excelente. Esta vez, los señores príncipes pueden cubrirse de oprobio sin que nuestra nacionalidad corra peligro; por el contrario, el pueblo alemán, un pueblo completamente distinto desde la revolución de 1848, se ha vuelto lo bastante fuerte para habérselas no solo con franceses y rusos, sino también al mismo tiempo con los 33 padres de la patria.