Friedrich Engels

La guerra

Escrito el 12 de mayo de 1859.

Traducción del inglés.

[“New-York Daily Tribune”, núm. 5643, del 23 de mayo de 1859, artículo de fondo]

Napoleón III se trasladó el día 11 del corriente por vía acuática de Marsella a Génova, para asumir allí el mando de las fuerzas francesas; se habían hecho preparativos para recibirlo con una pompa extraordinaria. Si sus hazañas militares estarán a la altura de los triunfos innegables de su diplomacia es una pregunta a la que probablemente recibiremos pronto una respuesta fidedigna; hasta ahora, la única prueba que ha dado de sus capacidades estratégicas es su plan de operaciones en Crimea, cuyos rasgos anticuados provenían de la escuela militar de Bülow, de quien el gran Napoleón dijo que su ciencia era la ciencia de la derrota y no de la victoria.

Está fuera de duda que el emperador francés entra en Italia con el prestigio de un éxito moral inaudito. Después de haber empujado a los austríacos, mediante una astucia y una perfidia superiores, a cargar sobre sí la grave responsabilidad de la declaración de guerra, tuvo la gran suerte de que ellos, durante catorce días de una marcada inactividad, abandonaran la única ventaja que esperaban obtener con ese paso preñado de significado. En lugar de aplastar al ejército piamontés por superioridad numérica y rapidez de movimientos antes de que pudiesen llegar refuerzos franceses, Austria ha dejado pasar su oportunidad y se encuentra ahora frente a un ejército aliado que es completamente equivalente al suyo y que cada día se torna más superior. En lugar de ejecutar operaciones ofensivas y una campaña de conquista, lo más probable es que pronto se vea obligada a abandonar incluso Milán, replegarse a la línea del Mincio y, allí, al amparo de sus grandes fortalezas, adoptar una actitud puramente defensiva. De este modo, Luis Napoleón inicia su carrera como general con la ventaja de que su adversario ha cometido errores graves y casi inexplicables. Su estrella de la suerte está todavía en ascenso.

Los primeros catorce días de la guerra nos ofrecen, del lado austríaco, una historia curiosa, aunque monótona, semejante a la famosa canción sobre el rey de Francia. El 29 de abril la vanguardia austríaca cruzó el Tesino sin encontrar gran resistencia, y al día siguiente la siguió el grueso del ejército. Después de los primeros movimientos en dirección a Arona (en el lago Maggiore), Novara y Vigevano, el ataque parecía apuntar a Vercelli y a la carretera de Turín. La ocupación de Vercelli, que tuvo lugar el 1 o el 2 de mayo, y telegramas procedentes de Suiza que afirmaban que las fuerzas del ejército invasor estaban concentradas en el Sesia, sirvieron para confirmar esta opinión. Sin embargo, la demostración parece haber sido una mera finta, destinada a imponer contribuciones a todo el país entre el Tesino y el Sesia y a destruir las conexiones telegráficas entre el Piamonte y Suiza. El verdadero punto de ataque se desprende de un boletín del general Gyulay, según el cual Cozzo y Cambio constituían los principales puntos de concentración y, en la tarde del 2 de mayo, su cuartel general se hallaba en Lomello. Ahora bien, la primera de esas localidades está cerca de la confluencia del Sesia y el Po (un poco al este de ella), la segunda sobre el Po, algo al este de la desembocadura del Tanaro en este río, y la tercera un poco más a retaguardia, aunque a la misma distancia de ambas; una mirada al mapa muestra que los austríacos marchan en dirección al frente de la posición piamontesa, que se extiende detrás del Po, desde Casale hasta Alessandria, y tiene su centro en la zona de Valenza. Otras noticias que recibimos por Turín dicen que los austríacos tendieron, el día 3, puentes sobre el Po cerca de Cambio y enviaron patrullas a Tortona, sobre la orilla sur del río, y que, además, reconocieron casi todo el frente de la posición piamontesa, muy en especial cerca de Valenza, donde trabaron al enemigo en combates en varios puntos para inducirlo a mostrar sus fuerzas. Corrieron también rumores de que un cuerpo de ejército austríaco, procedente de Piacenza, marchaba por la orilla sur del Po hacia Alessandria, pero no se han confirmado; en relación con la construcción de puentes sobre el Po en Cambio, este movimiento no sería, por lo demás, probable.

Así se presentaba la campaña hasta el 5 de mayo. Hasta esa fecha, y todo el tiempo transcurrido desde entonces, las maniobras austríacas se han distinguido, por decirlo con suavidad, por un grado extraordinario de lentitud y prudencia. Del Tesino al Po, frente a Valenza, no hay ciertamente más de 25 millas, o sea, dos marchas ligeras, y como las hostilidades comenzaron el 29 de abril, el conjunto del ejército de invasión podría haberse concentrado al mediodía del 1 de mayo frente a Valenza, la vanguardia haber terminado su reconocimiento ese mismo día y, durante la noche, haberse tomado la decisión de emprender operaciones decisivas al día siguiente. Todavía no estamos en condiciones de explicar el retraso producido, incluso después de tener en nuestras manos el correo traído por el “Vanderbilt”. Sin embargo, como la rapidez de acción les era imperiosamente impuesta a los austríacos por las circunstancias, y como el general Gyulay goza de fama de oficial resuelto y audaz, cabe suponer que circunstancias imprevistas deben de haberlos forzado a esta forma prudente de proceder. Si se pensó primero realmente en una marcha sobre Turín por Vercelli y solo se abandonó al llegar la noticia de que los franceses habían llegado en tal número a Génova que un movimiento envolvente se tornaba peligroso; si el estado de los caminos, despedazados por doquier y atestados de barricadas piamontesas, tuvo algo que ver; o si el general Gyulay, sobre cuyas cualidades como comandante en jefe nada se sabe, se encontró entorpecido por la pesadez de las masas que tenía que mandar: todo eso es difícil de esclarecer. Sin embargo, una mirada a la posición de la otra parte quizá pueda arrojar alguna luz sobre la situación.

Los franceses comenzaron a afluir al Piamonte antes de que un solo austríaco hubiera cruzado la frontera. El 26 de abril llegaron las primeras tropas a Génova. El mismo día, la división del general Bouat alcanzó Saboya, cruzó el Mont Cenis y llegó a Turín el 30. En esa fecha se encontraban 24.600 franceses en Alessandria y unos 16.000 en Turín y Susa. Desde entonces, la afluencia se mantuvo ininterrumpida, pero con mucha mayor rapidez hacia Génova que hacia Turín, y desde ambos puntos se enviaron tropas a Alessandria. El número de franceses trasladados de este modo al frente no puede, naturalmente, determinarse, pero basándonos en circunstancias a las que nos referiremos directamente, no cabe duda de que a partir del 5 de mayo se le consideró aparentemente suficiente para hacer a los ejércitos aliados aptos para combatir e impedir cualquier movimiento envolvente de los austríacos por Vercelli. El plan original consistía en mantener la línea del Po desde Alessandria hasta Casale con el grueso de los piamonteses y las tropas francesas procedentes de Génova, mientras que el resto de los piamonteses (los guardias de la brigada de Saboya), junto con los franceses que llegaban cruzando los Alpes, mantenían la línea del Dora Baltea desde Ivrea hasta Chivasso, cubriendo así Turín. Cualquier ataque austríaco a la línea del Dora podría ser tomado entonces de flanco por los piamonteses que desembocaran desde Casale, y los invasores se verían obligados a dividir sus fuerzas. Pero, aun así, la posición aliada era un mero expediente y francamente mala. Abarcaba desde Alessandria hasta Ivrea un tramo de casi cincuenta millas, con un ángulo saliente y otro entrante. Aunque estaba considerablemente reforzada por la posibilidad existente de realizar ataques de flanco, una línea tan larga ofrecía, sin embargo, ocasiones propicias para simulacros de ataque y no podía oponer una resistencia seria a un ataque decidido. Tan pronto como se hubiera conquistado la línea del Dora y, al mismo tiempo, un cuerpo austríaco más pequeño hubiera paralizado momentáneamente un ataque de flanco de los piamonteses, los victoriosos austríacos habrían podido volver a discreción a una u otra orilla del Po y, con superioridad numérica, hacer retroceder al ejército de Alessandria bajo los cañones de aquella fortaleza. Esto habría sido fácil de llevar a cabo si los austríacos hubieran actuado enérgicamente durante los dos o tres primeros días de la guerra. En aquel momento, entre Alessandria y Casale no había aún fuerzas concentradas que pudieran poner en peligro sus operaciones. Pero los días 3, 4 y 5 de mayo la cosa presentaba otro cariz; el número de franceses que habían llegado a la posición y que seguían viniendo de Génova debía de ser lo bastante grande como para hacer crecer la fuerza combatiente hasta unos 100.000 hombres, de los cuales 60.000 podrían haberse empleado en un ataque desde Casale. Que esa fuerza se consideró suficiente para cubrir Turín lo prueba indirectamente el hecho de que, ya incluso el día 3, se enviaron tropas francesas y sardas desde la línea del Dora a Alessandria. De este modo, la lentitud de los austríacos permitió a los aliados llevar a término, tranquila y seguramente, aquella peligrosa maniobra, a saber, la concentración de sus fuerzas en la posición de Alessandria. Con ello, todo el propósito y el objetivo de la ofensiva austríaca quedó anulado y se consumó lo que hemos calificado de victoria moral de los aliados.

El general austríaco parece, pues, haber actuado sucesivamente según tres planes de campaña diferentes por lo menos. Primero pareció que, al cruzar el Tesino, se proponía una marcha directa sobre Vercelli y el Dora; luego, cuando oyó de la llegada de muchas tropas francesas a Génova y consideró demasiado peligroso el movimiento de flanco por Casale, cambió su ataque y se volvió hacia Lomello y el Po; y, finalmente, vuelve a cambiar de opinión, abandona por completo la ofensiva, fortifica su posición en el Sesia y espera el avance de los aliados para poder atacarlos entonces. Aunque nuestras informaciones sobre sus movimientos son muy incompletas, ya que proceden casi exclusivamente de telegramas franceses y sardos, parece que esta es la única conclusión que cabe extraer de la persistente inactividad del grueso de los austríacos y de los diversos desplazamientos insignificantes y aparentemente irresolutos de sus destacamentos avanzados entre el 5 y el 11 de mayo.

Si el avance aliado llegara a retrasarse unos días por algún incidente, no es imposible que presenciemos otro cambio más en la estrategia austríaca, en forma de una retirada hacia el Tesino, incluso sin presentar batalla. El ejército de Gyulay no puede permanecer inactivo por mucho tiempo en los pestilentes pantanos de arroz, donde se encontraba según nuestras últimas informaciones. Ha de correr el riesgo de un ataque contra una superioridad numérica muy grave o adoptar una nueva posición en una zona menos insalubre. Sin embargo, cabe contar con un avance inmediato de los aliados y con una batalla; probablemente recibiremos noticia de ello con el próximo correo. Aunque, en estas circunstancias, no es sorprendente oír desde Viena que Heß, el sucesor natural de Gyulay en el mando, desaprueba sus operaciones. También es bastante seguro que los austríacos, si no ganan la batalla que se avecina, tendrán un nuevo comandante en jefe antes aún de que expire el primer mes de la guerra. Lo cual, sin embargo, no constituye en la historia de sus guerras un acontecimiento fuera de lo común.