Karl Marx

El estado de la industria fabril británica

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" núm. 5592 del 24 de marzo de 1859]

Londres, 4 de marzo de 1859

Me propongo hoy ofrecer un panorama de los dos informes fabriles a los que se aludió en un artículo anterior. El primer informe procede del Sr. A. Redgrave, cuyo distrito fabril abarca Middlesex (Londres y sus alrededores), Surrey, Essex, partes de Cheshire, Derbyshire y Lancashire, y el East Riding (Yorkshire). Allí, durante el semestre que finaliza el 31 de octubre de 1858, se produjeron 331 accidentes causados por las máquinas, de los cuales 12 fueron mortales. El informe del Sr. Redgrave se ocupa casi exclusivamente de un punto, a saber, de las cláusulas de instrucción para los niños que trabajan en fábricas y estampados de telas. Antes de que el fabricante pueda contratar a un niño o a una persona joven para un empleo permanente en una fábrica o estampado de telas, está obligado a solicitar un certificado del médico oficialmente cualificado, quien, con arreglo a 7 Vict. c. 15. sch. A, está obligado a denegar dicho certificado si la persona presentada

«no tiene la fuerza corporal y la apariencia habituales de un niño de al menos ocho años o de una persona joven de al menos trece años, o si debido a enfermedad o achaques corporales es incapaz de trabajar diariamente en la fábrica durante el tiempo permitido por la ley».

Los niños de ocho a trece años están excluidos por ley del empleo a tiempo completo y deben dedicar una parte de su tiempo a la asistencia a la escuela; el médico, por tanto, sólo está autorizado a expedirles certificados de media jornada. Ahora bien, según el informe del Sr. Redgrave, parece que, por un lado, los padres, cuando pueden obtener salarios de jornada completa para sus hijos, se afanan en apartarlos de la asistencia a la escuela y del salario medio, mientras que, por otro lado, los dueños de fábricas sólo esperan de los jóvenes obreros que sean lo bastante robustos para realizar su trabajo respectivo. Mientras los padres quieren salarios de jornada completa, el fabricante busca al obrero de jornada completa. El siguiente anuncio, que apareció en el periódico local de una importante ciudad manufacturera del distrito del Sr. Redgrave, y que posee un curioso regusto a trabajo esclavo, muestra cómo los dueños de fábricas se atienen a la letra de las disposiciones de la ley:

«Se necesitan
12 a 20 muchachos, no menores de
lo que pueda pasar por 13 años
... Salario 4 chelines por semana.»

En realidad, el fabricante no está legalmente obligado a procurarse un certificado de fuente auténtica sobre la edad del niño, sino que sólo necesita un dictamen que se base en la apariencia del niño. Contra el sistema de media jornada, que se basa en el principio de que no debería permitirse el trabajo infantil si el niño no asiste a diario a una escuela además de dicho empleo, los fabricantes protestan por dos razones: objetan que deban cargar con la responsabilidad de la asistencia escolar de los niños de media jornada (niños menores de 13 años), y consideran más barato y menos engorroso emplear una serie de niños en lugar de dos series que trabajen alternativamente 6 horas. El primer resultado de la introducción del sistema de media jornada fue, por tanto, la disminución nominal del número de niños menores de 13 años empleados en las fábricas en casi la mitad; de 56.455 en 1835 había descendido a 29.283 en 1838. Esta disminución fue en gran medida puramente nominal porque la complacencia de los médicos oficialmente cualificados provocó un cambio repentino en la respectiva edad de los jóvenes obreros del Reino Unido. A medida que los médicos oficialmente cualificados fueron sometidos a una vigilancia más estricta por parte de los inspectores y subinspectores fabriles y la edad real de los niños pudo averiguarse más fácilmente a través de los funcionarios del registro civil, después de 1838 se inició un movimiento contrario. El número de niños menores de 13 años empleados en las fábricas volvió a aumentar de los 29.283 a los que había descendido en 1833 a 35.122 en 1850, y a 46.071 en 1856, estando este último dato oficial muy lejos de mostrar las verdaderas dimensiones de semejante empleo. Por un lado, muchos médicos oficialmente cualificados consiguen todavía eludir la vigilancia de los inspectores; por otro lado, muchos miles de niños de once años fueron sacados de la escuela y del sistema de media jornada mediante la modificación de la ley relativa a las fábricas de seda,

«un sacrificio que», como dice uno de los inspectores fabriles, «puede haber sido útil a los dueños de fábricas, pero que ha resultado perjudicial para el bienestar social de los distritos sederos».

Aunque de ello podemos deducir que el número de niños de entre ocho y trece años actualmente empleados en las fábricas y estampados de telas del Reino Unido supera al de los empleados de la misma edad en 1835, no cabe duda de que el sistema de media jornada contribuyó en gran medida a estimular invenciones destinadas a eliminar el trabajo infantil. Así lo constata el Sr. Redgrave:

«Un grupo de fabricantes, los hilanderos de estambre, rara vez emplean hoy en día niños menores de trece años, es decir, trabajadores de media jornada. Han introducido máquinas mejoradas y nuevas de diversos tipos, por medio de las cuales el empleo de niños se ha vuelto completamente superfluo; como ejemplo, para ilustrar esta reducción del número de niños, mencionaré un proceso de trabajo en el que a las máquinas existentes se les ha añadido un aparato llamado empalmadora, mediante el cual el trabajo de seis o cuatro trabajadores de media jornada, según la índole de cada máquina, puede ser realizado por una sola persona joven.»

Cómo la industria moderna, al menos en los países del Viejo Mundo, se esfuerza por empujar a los niños al trabajo asalariado, ha vuelto a quedar ilustrado por recientes ejemplos en Prusia. La ley fabril prusiana de 1853 dispuso que después del 1 de julio de 1855 ningún niño fuera empleado en una fábrica antes de haber cumplido los 12 años, y que los niños entre 12 y 14 años no fueran empleados más de 6 horas diarias y debieran asistir a la escuela al menos 3 horas al día. Esta ley encontró tal oposición por parte de los fabricantes que el gobierno tuvo que ceder y no la introdujo en toda Prusia, sino a modo de prueba sólo en Elberfeld y Barmen, dos ciudades fabriles colindantes que cuentan con una gran población de obreros fabriles ocupada en la hilatura, estampado de calicó, etc. En el «Informe Anual de la Cámara de Comercio» de Elberfeld y Barmen de 1856 se hacen al gobierno prusiano las siguientes indicaciones:

«De manera especialmente perjudicial para la actividad industrial de esta localidad ha influido el aumento de los salarios provocado por la actividad industrial general, así como los precios elevados de las hullas y de todos los materiales necesarios para la explotación, como el cuero, el aceite, los metales y otros accesorios. Junto a estos inconvenientes, la aplicación estricta de la ley del 16 de mayo de 1853 sobre el empleo de trabajadores jóvenes en las fábricas ejerce de continuo la influencia más perjudicial. Con ello, no sólo se priva a las hilanderías del número necesario de niños, sino que también se hace imposible su formación temprana como diestros obreros especializados. A causa de la falta de tales trabajadores jóvenes, en varios establecimientos llegaron incluso a pararse máquinas, ya que su mantenimiento no podía ser realizado por adultos. Una modificación de aquella ley, por la cual se abreviara la escolaridad obligatoria de los niños en función de los conocimientos adquiridos y se permitiera entonces su entrada en las fábricas, aparece, por tanto, como igualmente deseable tanto para la mejor subsistencia de las numerosas familias obreras como para los dueños de fábricas.»

El último de los informes fabriles, redactado por el Sr. Baker, inspector para Irlanda, se distingue por un análisis de las causas que han provocado los accidentes y por un panorama del estado de los negocios. Sobre el primer punto, el Sr. Baker constata que se produjo un accidente por cada 340 personas, lo que supone un aumento del 21 por ciento con respecto al semestre anterior, que finalizó a fines de abril, y que de los accidentes ocurridos en las máquinas —sólo el 10 por ciento de todos los accidentes no guardan relación con las máquinas—, aproximadamente el 40 por ciento habrían podido evitarse y prevenirse mediante pequeños gastos, los cuales, sin embargo,

«a consecuencia del reciente cambio legislativo, serán ahora muy difíciles de conseguir, ya que las admoniciones por sí solas no surten efecto».

El estado de los negocios, asegura el Sr. Baker, ha mejorado, pero en su opinión,

«en algunos casos se ha alcanzado ya el máximo, a partir del cual la fabricación se vuelve cada vez menos rentable, hasta que finalmente deja por completo de arrojar beneficios».

Los cambios en la relación entre el precio de la materia prima y el de las mercancías acabadas, junto con el incremento de la maquinaria, los aduce con razón como una de las causas principales de que el ciclo de tiempos buenos y malos se esté acortando. El Sr. Baker aduce como ejemplo los cambios en el negocio de la estambre:

«Durante los años de abundantes ganancias en el negocio de los estambres, 1849 y 1850, el precio de la lana peinada inglesa se situaba en 13 peniques, y el de la australiana en 14 a 17 peniques por libra, y en el promedio de los diez años 1841 a 1850 el precio medio de la lana inglesa nunca superó los 14 peniques, ni el de la australiana los 17 peniques por libra. A principios del año funesto de 1857, la lana australiana se situaba en 23 peniques; en diciembre, durante el peor momento del pánico, bajó a 18 peniques, pero en el transcurso de 1858 ha vuelto a subir a 21 peniques. La lana inglesa empezó con 20 peniques, subió en abril y septiembre de 1857 a 21 peniques, bajó en enero de 1858 a 14 peniques y desde entonces ha subido a 17 peniques, de modo que está 3 peniques por libra por encima del promedio de los diez años citados. Esto demuestra que, o bien las quiebras de 1857, que se debieron a precios similares, están olvidadas; o bien que se produce justo la lana suficiente para que la puedan hilar los husos existentes.»

En conjunto, el Sr. Baker parece opinar que los husos y los telares aumentan tanto en número como en velocidad en una proporción que no justifica la producción de lana. En Inglaterra no existen estadísticas fiables a este respecto, pero las estadísticas agrícolas de Irlanda, que recopila la autoridad policial, y las de Escocia, que recopila el Sr. Hall Maxwell, bastan para todos los fines prácticos. Muestran que, mientras en 1857, en ambos países, algunos cereales y los productos animales en general aumentaron considerablemente, los ovinos constituyeron una excepción; su número en Irlanda en 1858 era inferior en 114.557 al de 1855; y aunque en 1858 se produjo un aumento de 35.533 con respecto a 1857, la cifra total era inferior incluso al promedio de los tres años anteriores en 95.177, principalmente en ovejas madres. En Escocia la situación no es distinta:

Ovejas de cría de todas las edades
Ovejas de sacrificio de todas las edades
Corderos

1856
2.714.301
1.146.427
1.953.832

1857
2.632.283
1.181.782
1.869.103

Disminución
82.018
Aumento
35.355
Disminución
86.729

Se muestra no solo una disminución general de ovejas por valor de 133.392, sino también que se criaron más ovejas para fines de alimentación que antes. De aquí se desprende, si estimamos el peso de un vellón en 7 libras, que Irlanda, en tanto que en 1855 estaba en condiciones de suministrar 16.810.934 libras de lana, sin contar los corderos, en 1858 solo pudo suministrar 16.276.330 libras, y que en 1857 la reducción de la producción de lana en Escocia, igualmente sin contar los corderos, ascendió a 326.641 libras. La pérdida total de lana en ambos países fue de 861.245 libras, o casi exactamente la nonagésima quinta parte de toda la lana nacional que, según se calcula, se necesita anualmente para el consumo en la rama de la lana peinada.