Karl Marx

El estado de la industria fabril británica

["New-York Daily Tribune" Nº 5584, del 15 de marzo de 1859]

Londres, 25 de febrero de 1859

Tras haber publicado los inspectores de fábricas de Inglaterra, Escocia e Irlanda sus habituales informes semestrales sobre sus respectivos distritos, finalizados el 31 de octubre de 1858, les ofrezco mi acostumbrado resumen de estos importantísimos boletines industriales. El informe conjunto aparece comprimido esta vez en un par de líneas y solo dice que en todas partes, con la única excepción de Escocia, las transgresiones de los fabricantes en lo tocante al tiempo de trabajo legal para jóvenes y mujeres, particularmente en lo que se refiere al tiempo previsto para sus comidas, aumentan rápidamente. Los inspectores consideran, por tanto, su deber insistir en que estas elusiones de la ley sean impedidas mediante una ley complementaria.

«Las deficiencias de las leyes fabriles —dicen—, que hacen extremadamente difícil a los inspectores y subinspectores descubrir y probar la culpabilidad de los infractores de la ley y hacer justicia a las innegables intenciones de la legislación en las muy importantes cuestiones de la limitación del tiempo de trabajo y del aseguramiento de oportunidades suficientes para el descanso y las comidas de los obreros a lo largo del día, hacen necesarias algunas modificaciones de la ley. Si el Parlamento hubiera sospechado que tales elusiones pudieran llevarse a cabo, se habría protegido sin duda contra ellas mediante disposiciones adecuadas.»

Ahora bien, habiendo estudiado concienzudamente las tormentosas deliberaciones parlamentarias de las que surgieron las actuales leyes fabriles, los inspectores de fábricas han de permitirme disentir de su conclusión y atenerme a la opinión de que las leyes fabriles fueron formuladas con la intención expresa de brindar cuanta ocasión fuera posible de elusión y burla. El agudo antagonismo entre señores de la tierra y señores de las fábricas que dio origen a estas leyes fue mitigado por el odio común que las dos clases dominantes sienten por lo que llaman «el vulgo». Al mismo tiempo, aprovecho con gusto la ocasión para expresar mi estima a esos inspectores de fábricas británicos que, frente a los omnipotentes intereses de clase, han asumido la protección de las masas oprimidas con un coraje moral, una energía inquebrantable y una superioridad intelectual para los que, en estos tiempos de adoración del Mammón, no se hallarán muchos paralelos.

El primer informe procede del Sr. Leonard Horner, cuyo distrito abarca el centro industrial de Inglaterra, todo el Lancashire, partes de Cheshire, Derbyshire, el West Riding de Yorkshire, el North Riding y los cuatro condados septentrionales de Inglaterra. Dado que las leyes fabriles siguen siendo objeto de la oposición no disminuida de los señores de las fábricas y casi todos los años se lleva a cabo una campaña parlamentaria por su derogación, el Sr. Horner comienza con un alegato en defensa de la legislación que libera a los niños y a las mujeres del señorío absoluto de las despiadadas leyes del librecambio. Los economistas oficiales declaraban que la legislación fabril contradecía todos los principios sanos y que, en consecuencia, resultaría a la postre perjudicial para la industria. En respuesta a la primera objeción, constata el Sr. Horner:

«Puesto que en todas las fábricas hay una cifra muy elevada de capital fijo en edificios y maquinaria, la ganancia será tanto mayor cuanto mayor sea el número de horas durante las cuales esta maquinaria pueda mantenerse en funcionamiento; y ciertamente no existiría legislación alguna que se entremetiese en ello, si este trabajo pudiera ejecutarse de una manera no perjudicial para el ser humano. Pero cuando se puso de manifiesto que, a fin de obtener una mayor ganancia del capital, se ocupaba a niños, jóvenes de ambos sexos y mujeres durante el día, y a menudo también por la noche, tanto tiempo que ello era incompatible con su salud, su moral, la educación de los niños, la comodidad doméstica y todo disfrute normal de la vida, entonces los principios morales más elementales exigieron de la legislación poner fin a un mal tan grande.»

En otras palabras, el Sr. Horner expresa que, en el estado actual de la sociedad, a juicio de los economistas y de las clases cuyo portavoz teórico son, puede aparecer como «sano» un principio que no solo contraviene todas las leyes de la conciencia humana, sino que incluso penetra como un cáncer en la vida de toda una generación. Por lo que respecta a la influencia inhibitoria que las leyes fabriles supuestamente ejercen sobre el desarrollo ulterior de la industria, el Sr. Horner contrapone hechos a las declamaciones. El informe solicitado por la Cámara de los Comunes del 19 de marzo de 1835 contenía los siguientes datos sobre el número de fábricas y el número de personas ocupadas en ellas en su actual distrito:

Fábricas

Personas ocupadas

Algodón

775

132.898

Lana y estambre

220

8.738

Lino

60

5.546

Seda

23

5.445

1.078

152.627

En el informe a la Cámara de los Comunes de febrero de 1857 se indica el siguiente estado:

Fábricas

Personas ocupadas

Algodón

1.335

271.423

Lana y estambre

181

18.909

Lino

49

6.738

Seda

46

10.583

1.811

307.653

De estos cuadros se desprende que en 22 años el número de fábricas de algodón casi se ha duplicado, mientras que el número de personas ocupadas en ellas se ha más que duplicado. En las fábricas de lana y estambre, la considerable merma del número de fábricas con el simultáneo aumento del número de personas allí ocupadas a más del doble muestra la concentración del capital y la destrucción, que está teniendo lugar en gran escala, de las fábricas menores por las mayores. El mismo proceso, aunque en menor escala, puede observarse en las fábricas de lino. Por lo que atañe a las fábricas de seda, su número se ha duplicado y el número de las personas ocupadas en ellas casi igualmente.

«Pero —observa el Sr. Horner— el aumento del número real de fábricas no es la única medida del progreso, pues las grandes mejoras que se han introducido en la maquinaria de toda clase han aumentado considerablemente sus posibilidades de producción.»

Reviste particular importancia aquí que un estímulo para estas mejoras, en particular en lo que atañe a la mayor velocidad de la maquinaria en un tiempo determinado, fue dado aparentemente por las restricciones legales del tiempo de trabajo.

«Estas mejoras —dice el Sr. Horner— y la circunstancia de que los obreros pudieran por ello trabajar con mayor celo, trajeron como resultado que —como repetidamente se me ha asegurado— en un plazo más corto se realizara tanto trabajo como antes en un tiempo de trabajo más largo.»

Desde que recientemente ha mejorado la situación de los negocios, aumentan en el distrito del Sr. Horner las violaciones intencionadas y bien meditadas de las disposiciones que limitan el tiempo de trabajo y de aquellas que fijan la edad mínima de los obreros y la asistencia escolar de los niños de ocho a trece años, que según la ley solo deben trabajar media jornada. Cito del informe:

«A la tentación de la ganancia acrecentada sucumben aquellos propietarios de fábricas en cuyo código moral la desobediencia a una ley del Parlamento no constituye un crimen y que calculan que el importe de la multa que han de pagar al ser descubiertos solo representa una parte muy pequeña de la ganancia que obtienen al hacer caso omiso de las restricciones legales.»

Para comprender esta trillada queja, que hallamos en todos los informes ulteriores, ha de considerarse, en primer lugar, que los jueces de paz son en su mayor parte fabricantes o parientes suyos; en segundo lugar, que las multas impuestas por la ley son muy exiguas, y, finalmente, que los jóvenes y las mujeres solo se consideran trabajando cuando no se demuestre lo contrario. A este respecto constata el Sr. Horner:

«Nada es más fácil para un fabricante fraudulento que demostrar lo contrario. Solo necesita parar su máquina de vapor en cuanto aparece el inspector, y entonces cesa todo trabajo, pero el inspector ha de probar, en cada comunicación, que la persona nombrada en la denuncia fue hallada efectivamente trabajando. Tan pronto como comienza el trabajo ilegal, y ello sucede en seis momentos distintos del día, pues la parte principal del trabajo diario se compone de pequeñas prestaciones parciales, se aposta un vigía que, al acercarse un inspector, da inmediatamente la señal de parar la máquina y sacar a la gente de la fábrica.»

Solo pueden obtener material probatorio concluyente en verdad aquellos subinspectores que superen la repugnancia natural a un caballero y recurran a medios análogos a los que emplea un detective de policía.

Dado que tanto el inspector como sus subinspectores son pronto conocidos en todas partes en sus distritos respectivos, quedan con ello pronto incapacitados para descubrir a aquellos que violan la ley con particular destreza, y como único recurso les queda hacer acudir a sus colegas de los distritos vecinos, los cuales pueden escapar a la atención de los espías apostados por los propietarios de fábricas en las diversas estaciones de ferrocarril, porque se les toma erróneamente por comerciantes forasteros que desean hacer compras.

El siguiente boletín sobre los heridos y muertos de la campaña industrial semestral en el distrito del Sr. Horner brinda a los estudiosos de la ciencia militar un tema ciertamente notable; por él verán que los regulares tributos de miembros, manos, brazos, huesos, pies, cabezas y rostros humanos que se ofrendan a la industria moderna superan en su magnitud muchas batallas tenidas por altamente mortíferas.

Accidentes causados por maquinaria

Adultos

Jóvenes

Niños

Total

Tipo de lesión

h.

m.

h.

m.

h.

m.

h.

m.

mortales

4

-

3

1

2

-

9

1

Amputación de la mano o del brazo derechos

2

-

1

-

-

-

3

-

Amputación de la mano o del brazo izquierdos

2

-

1

1

1

-

4

1

Amputación de una parte de la mano derecha

8

19

14

14

6

4

28

37

Amputación de una parte de la mano izquierda

14

14

8

12

5

3

27

29

Fracturas de huesos de miembros y tronco

18

4

10

4

3

3

31

11

Fracturas de manos o pies

26

27

23

19

8

9

57

55

Lesiones en cabeza y rostro

11

16

12

13

7

1

30

30

Desgarros, contusiones y otras lesiones no señaladas arriba

146

97

122

138

33

35

301

270

Total

231

177

194

202

65

55

490

434

Accidentes no causados por maquinaria

Adultos

Jóvenes

Niños

Total

Tipo de lesión

h.

m.

h.

m.

h.

m.

h.

m.

mortales

3

1

-

-

-

-

3

1

Lesiones en cabeza y rostro

2

-

1

-

-

-

3

-

Desgarros, contusiones y otras lesiones no señaladas arriba

3

2

4

2

-

1

7

5

Total

8

3

5

2

-

1

13

6

El segundo informe, redactado por Sir John Kincaid, se refiere a toda Escocia, donde, según afirma, las leyes para la reglamentación del empleo de mujeres, jóvenes y niños en las fábricas se siguen observando estrictamente. Sin embargo, esto no se aplica a las leyes de instrucción, pues parece ser un método predilecto de los fabricantes escoceses hacer expedir certificados escolares para los niños que trabajan en sus establecimientos por centros creados expresamente para este fin, a los cuales los niños no asisten en absoluto o, cuando los frecuentan, no pueden enseñarles nada. Bastará con citar dos casos. En 1858, Sir John Kincaid visitó, en compañía del señor subinspector Campbell, dos escuelas de las que los niños empleados en algunas estamperías de Glasgow obtienen sus certificados. Cito del informe:

«La primera escuela era la de la señora Ann Killin, en Smith’ Court, Bridgeton. Cuando llegamos, no había niños en el aula y, al pedir a la señora Killin que deletrease su nombre, cometió en seguida un tropiezo, empezando con la letra C, pero, corrigiéndose de inmediato, dijo que su nombre comenzaba con K. Sin embargo, al examinar su firma en los libros de certificados escolares, observé que deletreaba su nombre de varias maneras, mientras que la letra no dejaba duda alguna sobre su incapacidad para enseñar. Ella misma admitió que no podía llevar el registro. La segunda escuela que visitamos fue la de William Logue, en Landressey Street, Calton, cuyos certificados me vi igualmente en el deber de declarar inválidos. El aula medía aproximadamente 15 pies de largo por 10 de ancho, y en ella contamos setenta y cinco niños que chillaban algo incomprensible con el mayor estruendo de voces. Rogué al maestro de escuela que me mostrase a alguno de los niños, y por la manera en que paseó la vista sobre la multitud vi que no tenía la menor idea de si esos niños estaban presentes o no.»

En efecto, las cláusulas de instrucción de las leyes fabriles exigen ciertamente que los niños traigan certificados de asistencia escolar, pero no que hayan aprendido algo.

En Escocia, el número de accidentes causados por máquinas ascendió a 237, de los cuales 58 ocurrieron entre hombres y 179 entre mujeres; en cambio, sólo hubo 10 accidentes no causados por máquinas. La cifra de los que requirieron amputaciones ha aumentado al igual que la de los que sufrieron accidentes menores; la diferencia se explica, sin embargo, por el mayor número de obreros empleados en la segunda mitad del año 1858. Sólo se registró un accidente mortal. Según los informes de los subinspectores de los distritos occidentales de Escocia, algunas fábricas de algodón que suspendieron el trabajo en 1857 aún no lo han reanudado, y la industria dedicada a la fabricación de estampados de moda marchó lánguidamente durante todo el año. Según los últimos informes recibidos por Sir John Kincaid del distrito oriental, en Dundee y Arbroath, a consecuencia de las recientes quiebras y de otras causas, se paralizaron varias fábricas y en algunas otras, que exteriormente trabajan a pleno rendimiento, una gran parte de las máquinas permanece parada; este estado de cosas ha de atribuirse en gran medida a la superproducción, al retroceso de los suministros habituales de lino procedentes de los países del mar Báltico y a los consiguientes altos precios de la materia prima. El número de personas habitualmente ocupadas en las fábricas está disminuyendo, y de hecho existen entre los propietarios de hilanderías de lino tentativas encaminadas a reducir el tiempo de trabajo a cuarenta y cuatro horas por semana mientras dure la depresión. En los distritos de producción lanera, en particular en la fabricación de tweed, ramo industrial que crece de día en día, se registró, por el contrario, una fuerte animación, como en Hawick, Galashiels, Selkirk, etc. Todos los ramos industriales trabajaban a plena capacidad, excepto el tejido a mano, que con el aumento del número de telares mecánicos retrocede sin cesar y pronto cesará por completo.

Sir John Kincaid ofrece el siguiente cuadro sinóptico sobre los cambios ocurridos en los principales ramos de la industria escocesa en el transcurso de veinte años, entre 1835 y 1857:

Fábricas

Número de obreros

h.

m.

total

Algodón de todas clases

1835

159

10.529

22.051

32.580

1857

152

7.609

27.089

34.698

Lana

1835

90

1.712

1.293

3.503

1857

196

4.942

4.338

9.280

Lino

1835

170

3.392

10.017

13.409

1857

168

8.331

23.391

31.722

Una reseña de los otros dos informes la reservo para un artículo ulterior, pues en particular el informe del señor Robert Baker contiene materiales de interés para los industriales de cualquier país.