Karl Marx

Signos de los tiempos

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" Nr. 5285 del 30 de marzo de 1858]

París, 11 de marzo de 1858

En Chalon-sur-Saône, el sábado por la noche, 6 de marzo, se produjo un levantamiento republicano de poca monta; el miércoles por la noche, 10 de marzo, se celebró en esta ciudad una reunión de amotinados; desde el 24 de febrero, décimo aniversario de la Revolución de Febrero, se vienen produciendo detenciones en masa, realizadas con un estilo tan propio de las redadas argelinas que, como declara el "Punch" londinense, pronto no quedarán en Francia más que dos clases: los presos y los carceleros; ha aparecido un panfleto oficioso, "Napoleón III e Inglaterra", y al mismo tiempo el "Moniteur" ha publicado extractos de la correspondencia de Napoleón I; y, por último, media París ha estado en pie para asegurarse un lugar como espectadora de la ejecución de Orsini, que aún no ha tenido lugar. Si se empieza por el último punto de este menú del Imperio, hay que señalar que, por una coincidencia de circunstancias no generalmente conocida, la cuestión del «ascenso a la eternidad» de Orsini, como reza la cínica expresión cockney, ha adquirido proporciones aún más fatales que la ejecución de los amotinados de Buzançais en tiempos de Luis Felipe. En aquel caso, se levantó en el pueblo una tempestad de indignación, porque aquella sangrienta ejecución, aunque realizada por vía judicial y de acuerdo con todas las formalidades del derecho francés, puso al desnudo los rasgos más abominables del hipócrita gobierno de Luis Felipe. Al duque de Praslin se le administró veneno para ahorrarle la vergüenza de una muerte criminal, mientras que estos émeutiers (amotinados) del hambre, campesinos medio muertos de inanición que habían cometido homicidio en un tumulto provocado por la exportación de cereales, fueron entregados implacablemente al verdugo. Orsini, en cambio, confesó virilmente su participación en el atentado y asumió toda la responsabilidad. Ha sido condenado con arreglo a la ley, y por muchas simpatías que la masa de la población parisina pueda sentir por él, en su condena no hay nada, en sí mismo, que pueda ser especialmente perjudicial para el Segundo Imperio. Pero todo el aspecto del asunto se ve completamente alterado por las circunstancias que lo han acompañado.

Durante todo el proceso judicial, la curiosidad de París se vio excitada por la extraordinaria dirección del sumario, sin ejemplo en los anales de los procesos políticos en Francia.

En el acta de acusación se emplearon expresiones suaves y moderadas. Sólo se hizo referencia de manera vaga a los hechos sacados a la luz por el juge d'instruction (juez de instrucción), mientras que los largos y repetidos interrogatorios de las autoridades policiales, que solían desempeñar un papel principal en tales procesos, fueron completamente omitidos. Cuanto menos se hable de ellos, mejor, parecía ser la opinión reinante. Por primera vez, un preso fue tratado decentemente en un tribunal imperial. Hubo, como dice un testigo ocular, «casi ninguna amenaza, intimidación o intento de pronunciar discursos declamatorios». Jules Favre, el abogado de Orsini, ni siquiera fue llamado al orden cuando se atrevió a dar rienda suelta a sus sentimientos con la siguiente frase:

«Odio la violencia cuando no está consagrada al servicio del derecho. Si hubiera una nación tan desdichada que se encontrara en manos de un déspota, el puñal no rompería sus cadenas. Dios conoce y cuenta las horas de debilidad del déspota, y reserva para los tiranos catástrofes más inevitables que el puñal del asesino.»

Tampoco el murmullo de aprobación en este punto dio ocasión al señor Delangle, el presidente, para intervenir indignado conforme a la ley. Y esto no fue todo. Se había filtrado que la carta que Orsini había escrito al emperador fue llevada a las Tullerías por el mismo Jules Favre y examinada por el emperador, quien se dice que tachó dos frases y dio la autorización para su publicación. Apenas dictada la sentencia contra Orsini, sin embargo, se le trató con el máximo rigor, y cuando pidió permiso para «ordenar sus papeles», se le respondió con la inmediata imposición de la camisole de force (camisa de fuerza).

Queda, por tanto, de manifiesto que aquí ha tenido lugar un infernal doble juego. Orsini tenía revelaciones que hacer —y las había hecho a Pietri—, relativas a la participación de Napoleón en el movimiento carbonario y a las firmes promesas que había hecho a los patriotas italianos incluso después del coup d'état, cuando todavía estaba indeciso sobre el rumbo a seguir. A fin de interesar a Orsini en contenerse y evitar así un gran escándalo público, se le hicieron promesas de indulto, en cuyo cumplimiento jamás se pensó. Este modo de proceder no es nuevo en los anales del Segundo Imperio. El lector recordará quizás el proceso de Berryer, hijo del célebre abogado y legitimista francés. La cuestión que entonces se discutía eran fraudes relacionados con una sociedad por acciones, los Docks Napoléoniens. Pues bien, Berryer padre tenía los brazos llenos de documentos que probaban que el príncipe Napoleón y la princesa Matilde se lucraban en gran escala con las mismas maniobras fraudulentas que habían llevado a su hijo al banquillo de los acusados. Si Berryer, el mayor maestro del arte declamatorio francés —un arte que depende por completo del movimiento, del tono, de los ojos y de la gesticulación del orador, y que convierte las palabras, que parecen apagadas al verlas impresas, en llamas parlantes, en descargas eléctricas al oírlas—, si hubiera sacado y comentado esos documentos, el trono imperial se habría tambaleado. En consecuencia, se le indujo a abstenerse de hacerlo, interponiéndose los más allegados al emperador y ofreciéndole, a cambio de su silencio, la segura absolución de su hijo. Él accedió, el hijo fue condenado, y padre e hijo fueron engañados. La misma maniobra se ha repetido con igual éxito en el caso Orsini. Pero esto no es todo. No sólo se le indujo a ahorrar a Bonaparte un terrible escándalo, sino también a romper su silencio y a comprometerse en interés de Bonaparte. Se le hicieron insinuaciones sobre las secretas inclinaciones del emperador en favor de la libertad de Italia, y así se le llevó a escribir su carta. Luego se representó la escena con Jules Favre. La carta de Orsini fue publicada en el «Moniteur». Con ello se pretendía aterrorizar a Austria, mostrándole de manera inequívoca hasta qué punto Bonaparte seguía siendo capaz de dirigir las aspiraciones patrióticas de los italianos, para que se mostrara dócil a las exigencias de Bonaparte. Austria fue incluso insultada. La cabeza de Orsini debe calmar su cólera y, a cambio, Austria debe hacerse aún más odiosa en Italia y sofocar los débiles gérmenes de la libertad de prensa en Viena.

Esta es, sea correcta o falsa, la interpretación general que se da al caso Orsini.

En cuanto a la émeute de Chalon, no es más que un síntoma de advertencia. Aunque toda hombría se hubiera extinguido en Francia, los hombres se lanzarían a la insurrección por el mero instinto de conservación. Morir en un combate callejero o pudrirse en Cayena: tal es la alternativa que les queda. Los pretextos bajo los cuales se realizan las detenciones —y toda detención puede conducir a Cayena, como todos los caminos conducen a Roma— pueden ilustrarse con un solo caso. Se sabe que hace algún tiempo fueron detenidos tres juristas parisinos. El tribunal, o más bien el consejo de abogados, se interesó por el asunto y se dirigió al ministro de Justicia; la respuesta fue que no se podía dar explicación alguna, pero que esos tres señores habían sido arrestados por «intrigas y maquinaciones» durante las elecciones parisinas de diez meses atrás. Si, por tanto, la émeute de Chalon corresponde por completo al curso natural de las cosas, la conducta de los oficiales de la guarnición en esta ocasión apenas se aviene con las salvajes alocuciones que el ejército francés se ha visto obligado a enviar por orden al «Moniteur». Los cuarteles se encuentran en la orilla derecha del Saona, mientras que los oficiales residen en su mayoría en la orilla izquierda, donde tuvo lugar el levantamiento. En lugar de correr al frente de sus hombres para defender el Imperio, emprendieron con cautela algunas gestiones diplomáticas para indagar si la república había sido proclamada en París o no. Incluso el «Moniteur» no se atreve a silenciar por completo el hecho. Escribe:

«Los oficiales de la guarnición, que se habían apresurado a ir a la subprefectura para obtener información sobre los rumores que ya circulaban, se abrieron paso espada en mano.»

La «Patrie» intenta tergiversar el penoso incidente escribiendo que esos curiosos oficiales querían «detener al subprefecto» «en caso de que se pusiera del lado de la república»; el hecho es que corrieron hacia el subprefecto para preguntarle si era cierto que en París se había proclamado la república. Sólo ante su negativa consideraron oportuno mostrar su celo profesional. Castellane ya ha partido de Lyon para investigar su conducta. En una palabra, el ejército da síntomas de descontento. El modo en que se le exhibió en el «Moniteur», convirtiéndolo en hazmerreír de toda Europa para luego, en gracia a John Bull, dejarlo sencillamente de lado; su fragmentación en cinco ejércitos, que Bonaparte llevó a cabo por miedo a tener que dejar el mando supremo en manos de Pélissier, que ahora se ha enfriado hacia su amo; las desdeñosas cartas en las que Changarnier y Bedeau han rechazado el regreso a Francia que se les permitía; la promoción de Espinasse, odiado en general en los cuarteles desde el asunto de la Dobruja, a un puesto de confianza excepcional; y, por último, ese oscuro presentimiento de un próximo cambio en las mareas que siempre ha distinguido a las bayonetas pensantes de Francia; todo ello ha contribuido a provocar el distanciamiento de los calculadores jefes del ejército. Junto al asunto de Chalon, el comportamiento del general Mac-Mahon en el Senado francés es un testimonio de este singular y bastante inesperado cambio. Sus observaciones sobre la loi des suspects (ley de sospechosos) fueron muy francas, y su voto fue el único en contra entre los lacayos de Bonaparte con galones dorados.